22 de febrero de 2010

Cabeza a cabeza hasta el (verdadero) final


N. de R.: Aunque hoy luzca inverosímil o ridículo, fue cierto que, por una época, una de las cosas más importantes que ocurría en Venezuela era el juego del 5 y 6.

Uno podía ver, cada domingo hípico, largas colas de gentes de todas las edades en una espera, más o menos festiva, y a la vez más o menos incómoda, para sellar su “cuadrito”. Los programas de carreras, conducidos por un Mr. Chips o un Alí Khan, conformaban su propio prime time en las tardes de domingo. Los periódicos tenían la obligación editorial de señalar sus favoritos en las primeras planas de sus ediciones de domingo. Jockeys, entrenadores y animales eran reconocidos como ídolos.

Yo mismo tengo por un hecho histórico que esa esperanza que cada semana se renovaba, en el sentido de que el reverso de nuestra situación económica familiar estaba en los cascos de los caballos, fue uno de los rituales que más me vinculaba con mi madre y mi padre. Por un tiempo me dio por agarrar los datos de la Gaceta Hípica y similares, prorratear los tiempos de los ejemplares, hacer curvas; con el esposo de una prima, metíamos esos datos para procesarlos en una de las pioneras computadoras de Radio Shack y obtener una predicción sobre los ganadores. Que no eran muy confiables esos cálculos, lo dice la precariedad de mi vida –y mi economía- posterior. Pero en cualquier caso mis padres aceptaban las sugerencias, acaso menos por validar la metodología con que se confeccionaron, que por una fe filial en que el hijo menor pudiera estar iluminado con un don de adivinación.

La importancia del 5 y 6, y del espectáculo de las carreras de caballo, en general, seguía vigente para 1985, cuando escribí esta nota.

En ese momento yo trabajaba para el dominical “Feriado” del diario El Nacional de Caracas. Si bien trataba de recoger el habla y los temas de la calle, el magazine no se restringía a la cobertura de las tendencias que la realidad o el lugar común asignara de interés para el público juvenil. De hecho, no sólo no renunciaba a cubrir temas “duros” y “tradicionales” de la política y la cultura, sino que en cierto modo –nunca sistemático, nunca sostenido, nunca admitido- se ocupaba de traducir a la jerga juvenil esos temas, a veces, incurriendo con ese buen propósito en cierta frivolidad o tremendismo.

Esa inclinación no necesariamente comprendía un tema tan guarachero y “adeco” como el hipismo.

Sin embargo, ese año dos jinetes pugnaban, triunfo por triunfo, con una pasión propia de telenovela, por el liderato en las estadísticas de victorias. ¿El plot? Manido pero aún insuperable: el viejo maestro, Juan Vicente Tovar, luchaba para mantenerse ante las arremetidas de un joven contendor, Douglas Valiente. Fue así que la intriga por el desenlace rebasó el ámbito (ya bastante amplio entonces) de los aficionados al hipismo.

Además, por fortuna, junto a su proverbial galofilia, el director del suplemento, Luis Alberto Crespo, cargaba siempre consigo su amor por los caballos. Así que se pautó este trabajo, un perfil simultáneo de ambos gladiadores. Su título y sumario, con los que salió publicado, se deben al ingenio de Crespo.

Como se verá, no fue un reportaje exigente ni en la reportería ni la escritura. Su mayor novedad estuvo en el diseño de Karmele Leizaola para hacer ver a los rivales, frente a frente, con sus textos respectivos discurriendo en la página con un paralelismo que la vida y la muerte se encargarían de confirmar. Pero yo quedé contento. Ningún otro medio, ni siquiera los deportivos, adoptaron ese enfoque, por lo demás bastante obvio. Entiéndase: yo tenía 24 años y me contentaba con poco.

Pasarían años antes de que esa mínima satisfacción de publicar un trabajo, al menos, correcto, trocase por una expectativa mayor. Como muchos saben, en 2000, con apenas unos meses de separación, ambos jinetes cometieron suicidio. Triunfadores y famosos como eran; y no es que tenga la concepción –bastante más pueril de lo que sigo siéndolo- de que el éxito público vacuna contra la desesperanza. Sin embargo, es algo que en 1985 parecía improbable. Ahora tengo la impresión de que, en su implacable paralelismo, los destinos cruzados de Tovar y Valiente quizás constituyan el germen de una historia que pudiera arrojar alguna luz sobre la moraleja del suicidio, si es que hay alguna, o sobre el sinsentido de la vida.

DOS CABALLOS LLAMADOS TOVAR Y VALIENTE

Los hípicos sólo los han visto encaramados en los caballos, batiéndose en los clásicos en los lomos de ‘Iraquí’ y de ‘Mantle’, chiquiticos allá arriba con esos pájaros de cuatro patas, llenos de real y de fama, pero pocos se los imaginan cuando andaban en el ladre ni la vida que tienen que llevar para pesar menos que una pluma y estar mosca para pasar por la última curva con caballo y todo a la leyenda. ¿Qué hacen Juan Vicente Tovar y Douglas Valiente después de que le quitan el sillín a sus ‘cracks’ y se enfrentan a los chismes que los acusan de odiarse?

Juan Vicente Tovar: “Me dirán villano por siempre”

Sube el telón: aparece un ayudante general de una fábrica de Catia o Boleíta. Baja y vuelve a subir el telón: sale al escenario un buen padre de familia acomodada en la urbanización Los Naranjos de El Cafetal.

Lo anterior no fue ni un chiste ni una obra de ficción. Es la representación de una biografía de Juan Vicente Tovar.

“Tus ideas tienen que cambiar con el status de vida que lleves. Pienso, sin embargo, que mi único cambio ha sido el del dinero y la fama. Mi mentalidad, mi honestidad, son las mismas de cuando yo vivía en San José del Ávila. Sin embargo, cuando vuelvo al barrio noto que ya no soy bien visto. Los amigos te hacen preguntas medio imprudentes, que no encajan en ese aprecio que supuestamente le profesan a uno”.

El ascenso social no es algo que se cometa de manera impune. Lo comprueba con amargura el campeonísimo del hipismo local, el único con una Triple Corona a cuestas. A finales de los años 60, Juan Tovar era trabajador de una textilera donde se confeccionaba ropa para damas. Su aplicación lo hacía candidato firme a uno de esos botones de reconocimiento a los cinco años –o diez, o quince- de labores. En tan sólo un año, los propietarios de la empresa le habían premiado con nueve aumentos de salario. Sin embargo, su epopeya fabril se vio interrumpida por algo fortuito: los meseros del restaurante donde él y sus compañeros iban a almorzar, le consiguieron a Tovar –y a sus espaldas- una cita para probarse en la Escuela de Jinetes. El desconocido coach del restaurante que lo promovió seguramente reparó en el tamaño y contextura de Tovar, correspondientes al retrato hablado del jockey. El joven obrero fue al hipódromo a regañadientes. Y así llegó la revelación: “Cuando vi los animales de cerca, su pelo brillante, su carácter brioso… Todo me pareció fantástico. Luego, cuando conocí las caballerizas, tuve que meterme de lleno en el hipismo y dejé el trabajo y los estudios”.

El insight que experimentó lo guió a un camino repleto de faenas penosas, tan duras como las del peón de caballeriza. En su primera monta oficial cruzó toda la pista, desde el puesto 12, de donde partió, a la primera línea; se ganó de inmediato una suspensión. Cuando regresó a la cancha para su segunda monta, se fracturó una de sus piernas.

La fortuna no fue después mezquina con Tovar para compensar sus sinsabores: Tras cuatro meses de recuperación, ganó en la reaparición y el impulso le alcanzó para quedar de segundo en la estadística de jinetes de esa temporada. Hoy ya suma ocho temporadas seguidas como campeón en carreras ganadas. Ningún otro jinete lo ha hecho en la historia del hipismo local. Cosas de talento, destino y ¿padrinazgos?

“Sí, en nuestro país parece ser que todo se hace por palanca; una ayuda es imprescindible”, Tovar se apresta a la confesión. “En hipismo eso es más fuerte, porque hay poco espacio para tantos jockeys y entrenadores. De los 200 jockeys que hay, apenas somos 20 o 30 los que ganamos carreras. Entonces es muy difícil imponerse en este medio. Es necesario contar con el favor de alguien. Fíjate, mi primera monta ganadora me la dio Eduardo Azpúrua, no sé si por caridad o porque me lo merecía por el interés que mostré. Me la dio sólo para que me agarrara, porque me aseguró que era una imperdible. ¡Imagínate! Esa semana yo ni dormí. Me probaba el traje, las botas, de lo emocionado que estaba. Y en efecto gané, corriendo rectico, saliendo por el puesto 14 y llegando por el 14”.

Entre aventuras y desventuras, Tovar se ha hecho de un verdadero arsenal de recursos y triquiñuelas para ganar carreras. Su leyenda negra quizás rebase las dimensiones reales de ese repertorio. Pero no pocas veces ha sido motivo de reclamaciones y denuncias, especialmente en estos días, cuando Douglas Valiente le disputa, victoria a victoria, el liderazgo entre los jockeys. “Si la habilidad y la inteligencia son perversidad, entonces toda la vida seré un villano, porque siempre conduciré así a mis ejemplares. Las carreras de caballos son competencias y como tales deben entenderse. En una competencia es perfectamente legítimo que tú embotelles a un caballo; también es lícito que abras un caballo para defender tu carrera. Aquellos jockeys que no lo entiendan así tendrán que comprarse una pista para ellos y correr solos. Allí es cuando se ve que un jockey es bueno. Cuando tiene recursos, cuando sortea los tropiezos, cuando guarda las capacidades del caballo para el final: Ese sí es un buen jinete, no el que se queja de cualquier necedad”. Pero las virtudes del jinete, así sea un Juan Vicente Tovar, poco representan ante el aporte –o el peso muerto- del animal. “Un entrenador no puede decir que va a hacer un crack de lo que comúnmente llamamos un burro. Tampoco un jinete. Un buen jinete es el que consigue que un buen caballo gane por una nariz. Hace que el caballo le rinda”.

Tales artimañas se las consiente Tovar. Lo demás es una intensa preparación física –corre seis kilómetros todas las noches-, su constancia –trabaja 20 caballos por sesión-, y su invariable confianza en sí mismo. Trabajo y más trabajo. No apela a las supersticiones tan presentes en el hipismo, aunque admite: “Sí soy muy católico. Rezo todas las noches, al acostarme, y todas las mañanas, al levantarme. Pero no soy de los que se dan golpes de pecho y van a la iglesia con regularidad. Todos los jockeys, sin excepción, se encomiendan y persignan antes de cada carrera, pero de allí salen a la cancha a matarse. Yo no. Rezo, pero tampoco exagero. No quiero ser un católico farsante. Y a las supersticiones ni les hago caso, porque eso es ignorancia e inseguridad. Por mí, me pueden echar las siete maldiciones”.

Juan Vicente lee de todo, dice, especialmente poesía. Declama, y hasta canta, que cantando fue como conquistó a su esposa, Yolanda. Así también mata ahora el tedio de las horas de reclusión en el hogar, a las que le ha obligado el acoso de los fanáticos. “Aquí suena el teléfono 260.000 veces, con gente que pide datos. ¡Eso es horroroso! Hay que gente que llama sin siquiera ser conocida. Pero consigue el número telefónico para pedir alguna información. Por fortuna, mi esposa sabe atenderlos. Y cuando mis datos no resultan o un caballo que yo conduzco no gana, los aficionados me insultan, me dicen cosas terribles. He ido a cenar con mi esposa y mis dos hijas, y viene un tipo a insultarme, o a decirme que me odia porque una vez llevaba cinco y yo fallé en la sexta. Pero eso lo comprendo, así como entiendo los aplausos que me dan cuando triunfo”.

La popularidad de Tovar quizás no tenga parangón actual en ninguna otra figura deportiva o de farándula. Parte de su imagen la ha sabido capitalizar en endosos publicitarios, como la reciente campaña que hizo para el Banco de los Trabajadores de Venezuela (BTV). Pero a sus 35 años de edad puede que su vida útil de deportista, así como la de figura pública, se acerquen al final. Para algunos, incluso, la insurgencia de Douglas Valiente no es más que una señal del ocaso de la supremacía de Tovar. “Yo estoy preparado para eso. Tengo los pies sobre la tierra. Con la edad se van las condiciones, y con las condiciones se van los triunfos, incluso la vida. Yo le doy gracias a Dios por lo que me ha deparado. Pero voy a luchar porque mi etapa continúe, por extender mi tiempo”.

Douglas Valiente: “No sabía que existía un hipódromo”

“Eso sucede sólo en la televisión: que un jockey con su primera monta y con un outsider, gane la Triple Corona”, se mofa Douglas Valiente de las recientes hazañas del actor Tony Rodríguez como un jinete en la telenovela Las Amazonas, de Venevisión. “Eso no pasa en ningún hipódromo del mundo”, insiste, sin reparar en ningún momento en que, quizás, su propia peripecia vital es la adaptación más fiel a la realidad del típico guión cinematográfico en el que el protagonista, después de superar obstáculos de todo tipo, comprueba que nada es imposible y que lo se desea de verdad se consigue.

Estamos en el Junko Country Club, donde Valiente vive. A la vista están su Mercedes Benz 280, su quinta campestre. No están a la vista, aunque sus efectos se sientan, sus 20.000 dólares promedio de ingreso mensual y su creciente popularidad entre los aficionados hípicos –vale decir, la mayoría de los venezolanos.

Poco años atrás, Douglas no era sino un flaquito que jugaba fútbol en camineras de Maracay, estado Aragua. El quinceañero llevaba todas las de perder en su forcejeo con las matemáticas en bachillerato. Entonces supo de una vía expedita a la gloria y los cheques: Un cuñado le habló de la Escuela de Jinetes. En los caballos, pues, parecía estar una clave. Al fin y al cabo, era llanero. “Quizás de allí me venga la vena hípica. Aunque te digo, yo en Valle de la Pascua veía los caballos, los conocía, pero nunca me había montado en ellos. Mucho menos me pasaba por la cabeza la posibilidad de ser un jinete. Hasta que entré a la escuela, no monté caballo; ni siquiera sabía que existía un hipódromo”.

En la escuela la vida se le hizo dura. Se garantizaba la subsistencia “recogiendo camas” de caballos en las cuadras, a razón de cinco bolívares semanales por criatura. El sacrificio, sin embargo, quedaba resarcido por el conocimiento íntimo de los animales que lograba en las caballerizas.

El cierre de la Escuela de Jinetes, en 1976, obligó a Douglas a emigrar al sur. En el hipódromo de Ciudad Bolívar dio sus primeros pasos de jockey. Debutó ganando con la yegua Pirulera. Y se puede decir que el batacazo fue doble, pues en la misma jornada conoció a su actual esposa, la hija del regente de la cuadra donde entrenaba el animal.

Dos años más tarde, sobre el ejemplar Totón, cubría por primera vez, en prueba oficial, la distancia de la pista de La Rinconada. Era el comienzo de una travesía exitosa: en 1979 y 1980 pudo figurar entre los diez jinetes más ganadores; en 1982 y 1983 escoltó a Juan Vicente Tovar en la estadística; y en 1984 compartió con Tovar el Casquillo de Oro. “A los 26 años creo que ya he hecho bastante. He corrido con suerte y con la ayuda de algunas personas. Pero más allá de lo bueno que pueda ser un jinete, o lo malo, lo importante es si el caballo es bueno. Tú puedes preguntarle a jinetes de la talla de Gustavo Ávila y Ángel Francisco Parra si ellos han ganado estadísticas con caballos malos, y te van a decir que no. El jinete ayuda, pero no es lo determinante. Este año he ganado muchas más carreras que Balsamino Moreira, y sin embargo no voy a decir que soy mejor jinete que él. No. Él sabrá no una, sino 20 trampas más de las que yo sé”.

Esos recursos –o trampas o mañas- pueden hacer la diferencia entre la victoria y la derrota en un “cabeza a cabeza”. “Las mañas no se aprenden, nacen con uno, y yo creo que van saliendo a medida que uno va participando en carreras. Eso sí, hay que practicarlas. Pero a veces no valen de nada. Entenderse con los caballos puede ser difícil: hay ejemplares muy indóciles, que aunque uno los dirija hacia un lado, ellos cogen para otro. Con los animales uno no sabe cómo van a reaccionar”. Ese rasgo imprevisible de los animales le ha costado serios inconvenientes a Douglas Valiente. Suspensiones y fracturas están entre las secuelas de tales desencuentros. “Muchas veces pagué la novatada. En ocasiones los caballos no atendían mis exigencias, y entonces venía el golpe en los 200 metros finales, a pesar de que uno hacía todo lo posible por no molestar. Los jueces veían el foul y me suspendían”.

Tales circunstancias permiten que, pasando por sobre la veteranía y la repetición de algo que ya se ha hecho mil veces, se mantenga intacto algo de miedo –sí, por qué no llamarlo así- antes de cada prueba. “El nerviosismo no es por la posibilidad de una rodada o de ganar o de perder. Es como una tensión del momento, que te impide pensar. Si yo te digo que en el aparato de salida me acuerdo de mi madre, de mi esposa , o de mis hijos, te mentiría. Allí no se piensa en nada. Uno actúa automáticamente, con la mente en blanco, esperando que den la partida. Uno es como una computadora, programada para eso”. Durante la carrera, el jinete vigila el rendimiento de los rivales potenciales, mientras administra el de su monta. Al finalizar la competencia, la recompensa puede resultar esquiva, intangible. “Al terminar la carrera viene una especie de relax. Pero la sensación varía, según sea la posición en la que uno llegó a la meta. Si ganaste, la alegría dura poco; enseguida viene otra competencia, y tienes que adaptarte a ella. La que se corrió, ya pasó”.

Aunque el brillo de la aristocracia hípica –que incluye a no más de diez jinetes, entre ellos Douglas, cuyas ganancias mensuales pueden contarse por cientos de miles de bolívares- puede resultar abrumador, el común de los jockeys no conoce, precisamente, una vida rosa. Los que conducen a ejemplares perdedores, la mayoría, apenas perciben 200 bolívares por monta y hacen sólo un poco más del salario mínimo por mes. Mientras, estrellas como Valiente no pueden descuidarse, a riesgo de perder su status. “Todos los días salgo de mi casa a las cinco de la mañana, para estar en el hipódromo a las cinco y media y hacer ejercicios. Tres días a la semana troto seis kilómetros, aquí en las canchas de golf del club. De jueves a domingo hago dieta para mantener el peso. ¿Mi rutina los días de carrera? Los domingos, por ejemplo, me levanto como a las seis de la mañana y preparo el desayuno, en compañía de mi mayorcito, Leonardo Enrique. Después voy a las canchas y camino un poco, no corro. Vuelvo a casa y como a las nueve de la mañana desayuno con la familia. Dependiendo de la hora de mi primer compromiso, me voy a La Rinconada con tal de estar una hora antes de la prueba”.

Gana alguna carrera y se asegura los churupos para casa. Así de sencillo. O no. Porque carga con la responsabilidad de quitarse de encima la etiqueta de segundón. Ser el nuevo señor de las estadísticas. Lo que implica dejar a un lado a Juan Vicente Tovar. “Siempre salen jinetes con la pretensión de ser el sucesor de Parra, o el de Tovar. Por lo que se ve ahora en el ambiente, parece que viene una era de Valiente. Pero primero hay que descontar al campeón actual, a Juan Vicente Tovar”.

14 de febrero de 2010

Lealtad a principios


N. de R.: La foto que ilustra corresponde a Fritz Gerlich, el periodista alemán de los años 20 y 30 que cito en la nota de más abajo. Se trata de una columnita que hace algunos meses me pidió la entonces coordinadora de la revista "Producto". Creo que nunca salió publicada, o por políticamente incorrecta o acaso porque nunca se produjo la edición especial sobre libertad de prensa en la que -creí entender- iría inserta.

En cualquier caso, me pareció que la reciente defenestración de Alberto Federico Ravell de la Dirección General de Globovisión y la desactivación previsible del canal como último reducto de la impertinencia frente al teniente coronel Chávez, constituye una oportunidad para recuperar el texto de la nada.

A mí no me cabe duda de que para la prensa y el pensamiento en Venezuela se acercan momentos decisivos en los que no necesariamente el instinto de supervivencia y la lealtad a los principios tirarán hacia el mismo lado. Habrá que estar muy atentos a esa tensión y decidir lo que haya que decidir para no traicionarse uno mismo.

FÁBULA ETERNA: MORALEJA PENDIENTE

En la miniserie televisiva “Hitler, the rise of evil”, reciente y multilaureada (más por sus logros técnicos en la recreación de época que por su rigor histórico, habrá que advertir), se recuerda el martirio del periodista “Fritz” Gerlich. Conservador y protestante por formación familiar, Gerlich –interpretado en la pantalla por el actor Matthew Modine-, tras conocer a un temprano Hitler poco antes del fallido “Putsch” de Múnich, a principios de los años 20, empieza una deriva que le llevará desde una posición de derecha nacionalista a la franca resistencia antifascista. Pero, aún más importante, de manera simultánea se desplaza también del discurso panfletario al ejercicio del periodismo de investigación.

En 1932, presintiendo como inminente la ascensión de Hitler al poder, lejos de arredrarse, urge a los reporteros de su periódico “El camino recto” a conseguir indicios sobre las malas prácticas del futuro Führer. Cree que aún puede, con la denuncia, desviar el curso de la historia. Finalmente demuestra actos de corrupción en las SA, las temibles tropas de choque que mientras intimidaban a los adversarios del partido nazi en la calle, negociaban embarques de petróleo con “traders” británicos. Pero Gerlich calculaba mal, sobreestimándolos, los efectos de la revelación periodística. El pueblo alemán, que no quiere enterarse de nada más que de la gloria que le espera, vota masivamente a Hitler para llevarlo al gobierno en enero de 1933.

No pasaría más de un mes antes de que Gerlich tuviera ante sí a Erich Roehm, el jefe de las SA. Quiere conocer quién ha sido la fuente que puso la filtración en manos del periodista. Gerlich se niega a dar el nombre. Ni falta que hará: pronto el informante sería descubierto y castigado con la ley de fuga. Pero ello no evita que Gerlich vaya a dar a la cámara de torturas, primero; de allí al campo de concentración de Dachau; y, por fin, a la ejecución sumaria, en junio de 1934.

Vemos, pues, que el poder siempre anhela lo mismo. Controlar la información. Permitir o prohibir versiones. Menos obstaculizar la búsqueda de la verdad que asegurarse el predominio indisputado de una narración de las cosas que ha de tomarse por la verdad.

Claro que es cosa de agradecer a la historia política del siglo XX –o a la sofisticación del cinismo, vaya uno a saber- que a estas alturas del nuevo milenio los métodos del poder cambiaran. El trayecto del periodista, desde el enfrentamiento ante una autoridad airada que quiere conocer sus fuentes, hasta la estación final de su aniquilación, se ha prolongado. Pospuesto, incluso, por suerte. En esta Venezuela del proceso bolivariano se estiró con eufemismos mucho menos sanguinarios que la manopla y la cachiporra, posmodernos, tal vez, pero quizás más efectivos: la presión mediante la pauta publicitaria; la compra de medios por parte de capitales “amigos” del gobierno; la apertura de procesos administrativos por los organismos regulatorios; la amenaza de cese de las concesiones; el arsenal de leyes, ambiguas y punitivas, promulgadas y por hacer; la confiscación de tiempos informativos y publicitarios mediante las pertinaces cadenas nacionales. El renovado arsenal de la censura sutil y la autocensura.

Pero, cabe recordar, el motivo del poder sigue siendo el mismo.

¿Se concibe enfrentarlo con alguna dosis de coraje y honestidad menor a la que en su momento puso Gerlich?

Me parece que no.

Por eso preocupan las tibiezas de los medios que en Venezuela, ciertamente en medio de condiciones muy desfavorables, se tienen por independientes. Sus vacilaciones entre las realidades del negocio y los ideales de su misión ciudadana. Sus renuencias a adoptar códigos de ética, de transparencia y los métodos del mejor periodismo. La vocación marcada de muchos de sus responsables a hacer de aprendices de brujos, como si controlaran una perilla con la que pueden bajar o subir a capricho –disfrazado de “estrategia”- el volumen de la conflictividad, de las primicias y del escrutinio del poder.

Ninguna libertad debe darse por sentado. De hecho, siempre tienen un precio. Los tiempos por venir mostrarán dónde estaban, si los había, los Gerlich de la prensa venezolana.

12 de enero de 2010

Conversatorio con John Dinges


N. de R.: En 2004, el entonces Director Ejecutivo del Instituto Prensa y Sociedad de Venezuela (Ipys Venezuela), Andrés Cañizález, me invitó a hacer la relatoría del primer taller, de dos días de duración, que dictara John Dinges en el país. Dinges, legendario ex reportero de The Washington Post, profesor de la Universidad de Columbia y -quizás la referencia más relevante para los lectores- autor del trabajo de investigación que puso a la luz pública el tenebroso entramado de la "Operación Cóndor" (el acuerdo semioficial pactado en los años setenta entre los regímenes militares del Cono Sur para intercambiar prisioneros y coordinador operaciones encubiertas de represión multinacionales), brindó entonces valiosas lecciones a un grupo de una veintena de reporteros venezolanos.

Al final del curso, para abundar, hubo oportunidad de hacer un conversatorio informal, que no fue siquiera una entrevista, durante un almuerzo. Por fortuna se registró en una grabadora lo que entonces se conversó -con el conocimiento de Dinges de que estaba on the record-, donde se abordaron otras cuestiones, quizás colaterales y menos técnicas, pero igualmente interesantes, acerca del ejercicio del periodismo de investigación, que el veterano periodista ayudó a iluminar desde su experiencia. Acá verán una versión editada de los fragmentos más destacados de la conversación, en la que también participaron el propio Cañizález y las periodistas venezolanas Narela Acosta y Luisa Torrealba.

“MEJORAR LOS TEXTOS ES UNA TAREA PRIMORDIAL EN VENEZUELA”

- ¿Es la iniciativa individual del periodista el factor crucial para que una investigación arranque y llegue a término, o aún si existe esa iniciativa, qué tan indispensable resulta que los medios asignen recursos especiales para hacer la investigación?

-Creo que el problema es un poco distinto. El asunto es que cuando un reportero tenga la idea de un tema para hacer una investigación sólida, en ese momento el diario o la televisora debe estar abierto a recibir ese tipo de ideas y disponer de un sistema para llevarlas a cabo. Lo que pasa a veces es que dicen en el medio: “Qué bueno que tienes esa idea, pero la harás en tu tiempo libre, porque tienes que terminar tu trabajo diario”. Debe existir la voluntad de las personas que manejan el dinero en el medio para invertir recursos en un tema. Pero en contrapartida, ese tema tiene que ser importante para la agenda noticiosa del medio. O sea, no puede ser una cosa exclusivamente individual del periodista, porque hay mucho egoísmo en eso también: “Yo tengo una idea y me tienes que dar tiempo”. Porque pudiera ser una linda idea pero sin mucho que ver con la agenda del medio. Con esto no estoy hablando de una agenda política, sino del concepto que el editor jefe o el jefe de redacción maneja de su medio y de la dirección que quiere imprimirle y de los temas de los que quiere que el medio se haga dueño. Los proyectos de investigación normalmente caben dentro de esa agenda. No es que no haya la posibilidad de que un tema nuevo se descubra y sea tan bueno que se deba hacer sin que necesariamente tenga que ver con la temática del medio. Pero yo creo mucho en la influencia de los editores al formular ese tipo de decisiones, que no son solamente del reportero. Muchos de los temas que los reporteros conciben son un poco así, autoindulgentes.

-Lo que pasa es que los periodistas en Venezuela solemos quejarnos mucho y colocar la disposición del medio como una precondición: “Ah, como no hay ni los recursos ni la demanda para trabajos de investigación, entonces no investigo”.

-Yo creo que no se puede hacer periodismo de investigación sin la participación de los editores. El diario debe mostrar interés por incluir regularmente una cierta dosis de investigaciones sólidas, de asegurarse de que siempre haya una investigación en marcha. Y esas son decisiones de los editores.

-Pero esa figura del editor, tal como se le entiende en la prensa norteamericana, no existe en Venezuela. Aquí predomina una supervisión que está más dedicada a llenar espacios que a hacerle coaching y seguimiento a las notas.

-Entonces se puede montar un sistema de autoayuda entre los periodistas. A falta de un editor, cuando hay una idea, un proyecto, se forma un equipo con varios reporteros que trabajan juntos y se ayudan entre ellos para pensar la investigación, para hacer la planificación y servir de abogados del diablo los unos con los otros a la hora de validar el trabajo. Siempre es importante que haya más de una mente en la investigación.

-¿Nunca trabajaste en el marco de una unidad de investigación?

-No como reportero. Como editor, sí.

-¿O sea que siempre investigaste en solitario?

-Pero siempre con muy buenos editores. Así nunca me sentí solo. Incluso cuando hice trabajos freelance. Por ejemplo, cuando cubrí el tema de unos terroristas italianos que trabajaban en Chile lo hice freelance para la revista The Nation de Nueva York. Ahí tenía un editor que sigue siendo muy amigo mío aunque hoy ya no está en la revista, ahora escribe libros; él era como mi contacto con la revista y por encima de él estaba un gran periodista que se llama Victor Navasky, que ahora es profesor en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia. Entonces era el editor de la revista, hoy es el publisher. Se trataba de mi primer intento por escribir algo largo, investigativo, para una revista. Antes de eso no había ido más allá de las 1.200 palabras, y este era un artículo de 5.000 palabras. Y ese gran editor me ayudó bastante en enfocarlo. Recuerdo que escribí una cosa para ellos, muy larga, que ya estaba casi lista, había pasado la primera edición. Yo estaba en España dictando un curso, y hasta allá me escribieron para decirme: “John, los elementos de análisis de tu artículo son demasiado débiles, tú estás presentando todos los hechos pero no estás orientando al lector en qué deben pensar, tienes que arriesgarte más, poner tu opinión, pero tu opinión analítica”, pero yo soy muy renuente a ello. Así que el propio Victor Navasky me mandó una carta insistiendo en que yo debía meter más elementos de análisis, y como tengo mucha confianza con él, me dije, “Bueno, voy a hacerlo”. Escribí una carta de respuesta a Victor acerca de lo que yo pensaba sobre mi investigación. Eran unas 500 palabras que después las cruzamos con el texto original, y funcionó.

-Al comienzo de tu taller en Caracas, aseguraste que Venezuela es hoy la mejor historia que puede conseguir el periodismo en América Latina y que, sin embargo, los periodistas venezolanos no parecíamos darnos cuenta de eso. ¿A qué atribuyes esta miopía?

- Esa miopía siempre existe entre periodistas. Es un hecho que de cada 100 periodistas sólo diez hacen periodismo de investigación, y otros diez o quince pudieran haberlo hecho de tener la oportunidad, pero también es cierto que 50 de ellos no reconocerían un tema de investigación aún si los golpearas en la cara. Pero me parece que en Venezuela hay una causa adicional: la politización de los medios. Porque si tú estás metido en la agenda política de tu diario, entonces no tienes espacio ni para la descripción de qué es lo que pasa en el momento histórico del país ni para dar dos o tres pasos atrás y mirar detenidamente qué pasa aquí. Me parece que hacen falta ojos frescos y bien abiertos para ver mejor qué es lo que pasa con la gente de los cerros, con las misiones, en definitiva, para reportear la realidad concreta y no la agenda política del diario.

- Criticas la politización de los medios en Venezuela pero, ¿no te parece que quizás haya momentos en los que, como periodista, si percibes que la democracia de tu país está en riesgo, debes asumir un periodismo “militante”?

- Según mi opinión, lo que pasó aquí en Venezuela no es que los medios tomaran una posición de defender a la democracia o que estuvieran haciendo periodismo de investigación para revelar los peligros para la democracia venezolana, no. Sino que exageraban algunos aspectos, adoptaron una manera muy ligera de contar las cosas, cometieron, de hecho, muchos errores, y admitieron fuentes anónimas, incluso, admitieron que algunas fuentes mintieran siempre que sus mentiras favorecieran a los argumentos de la oposición. Eso no tiene que ver con la toma de posiciones políticas, eso es mal periodismo, simplemente. Que un diario tenga una línea política es algo que no me genera ningún problema. El problema se produce cuando un diario toma una posición política que influye sobre su cobertura periodística, porque entonces típicamente hace notas que favorecen la agenda del dueño, suaviza las críticas a su posición, y con ello logran que sus lectores tengan que leer otro diario para informarse. Hay muchos medios a los que no les importa hacer esto. Otra alternativa está en soluciones como la que adoptó, en sus mejores momentos, el diario El Mercurio de Santiago de Chile, que siempre ha sido un medio muy político. Es un diario que cubre todas las noticias, reproduce todas las declaraciones más importantes del día, recoge todo el mainstream de la política y el quehacer chileno sin un sesgo político evidente. Si tú lees El Mercurio, te enteras de la información que necesitas; y eso que, ojo, no es buen diario en el sentido de que está bastante mal escrito, pero se ocupa de ser un diario completo.

- Cierta facción del periodismo venezolano parece haber asumido el siguiente criterio: “Como son tiempos excepcionales, vale pasar por alto algunos procedimientos engorrosos del periodismo ortodoxo”.

- Sé que esa es la justificación que muchos periodistas invocan aquí. Pero, en verdad, ¿qué hace un periodista cuando observa que está en peligro la democracia en su país? Es una pregunta importante, y como creo que todos somos susceptibles a esa pregunta, debemos encargarnos de responderla. Creo que la respuesta es esta: si percibes durante tu ejercicio profesional del periodismo que hay razones fundadas para pensar que la democracia está en riesgo, entonces, asume esa hipótesis como una línea informativa que debes seguir, pero trabajándola periodísticamente. A mi entender, por ejemplo, el gobierno de Richard Nixon constituyó un peligro para la democracia en mi país, no por su posición política, sino por su voluntad sistemática de mantenerse en el poder violando la constitución. Watergate fue la revelación de los crímenes a los que Nixon estaba dispuesto a llegar con tal de mantenerse en el poder. De seguir así, con un gobierno que utilizaba métodos anticonstitucionales y criminales, la democracia estaría en serio riesgo en Estados Unidos. Pero la respuesta ante esa situación de Ben Bradlee y y Katherine Graham, desde el Washington Post, no fue decir: “Como está en peligro la democracia y la historia es tan importante, tenemos permiso para mentir”. No, por el contrario. Lo que dijeron fue: “Si éramos cautelosos antes, ahora tenemos que ser cien por ciento más cautelosos. Si siempre confirmábamos una información con dos fuentes, ahora serán tres fuentes”. Ellos respondieron con más periodismo, con más rigor, para proteger la democracia. Y ese esfuerzo, por cierto, tuvo un costo porque luego, durante la presidencia de Ronald Reagan o las de los Bush, el Washington Post dejó de ser crítico con el gobierno, como compensando Watergate, porque no querían aparecer como una oposición automática frente a otra administración republicana. Por eso, muchos dicen que Watergate fue el triunfo que debilitó al periodismo norteamericano por los 30 años siguientes.

- Si hoy te confiaran la jefatura de un medio venezolano, ¿qué temas pautarías como potenciales investigaciones?

- El sistema judicial, por ejemplo: cómo funciona, quiénes son los jueces, qué decisiones toman, es decir, todos los detalles para conocer qué hay detrás de su falta de transparencia. Estoy seguro de que esta investigación llegaría a revelaciones importantes. Pero creo que más que diseñar los temas, lo que yo haría con un diario local, y sé que no se está haciendo, es insistir en que los reporteros trabajen temas humanos, donde aparezca como cosa rutinaria la gente común, en vez de los políticos y las autoridades. Temas que muestren cómo la política, la economía, las leyes, en fin, las decisiones de poder, afectan al ciudadano de la calle. Para que la gente que lee el periódico se vea reflejada en él. Historias con un fuerte elemento literario, con una línea narrativa claramente identificable, es decir, con historias que sean historias. También me parecería importante conseguir que en los medios locales los editores editen, y que los reporteros produzcan notas claras. Que todas las notas sean claras y que, si no lo son, no aparezcan en el diario. ¿Cuál es el criterio para saber si una nota es clara? Que el hombre de una educación normal la pueda entender. Cierto, es inevitable que las notas especializadas tengan unas características más complejas, pero en la manera de escribirlas deben parecer claras y simples. Mejorar los textos es una tarea primordial en Venezuela.

- Con tu investigación que puso al descubierto los entretelones de la Operación Cóndor pareces haberle puesto punto final a ese tema. Si tuvieras sólo diez segundos para resumir qué revela a investigación, ¿qué aspecto específico destacarías?

- Sería difícil en ese tiempo. Creo que me referiría, por ejemplo, a la comprobación de que un asesinato en Washington, el del ex canciller chileno Orlando Letelier, pudo ser prevenido. O que Uruguay intentó asesinar a un congresista norteamericano, a pesar de que el gobierno de Montevideo era amigo de Washington en ese momento.

- Cuando uno lee a los teóricos del tema se encuentra con una fórmula: una investigación parte de una hipótesis, y la respuesta a esa hipótesis debería bastar como resultado de la investigación. Si seguimos esta línea de pensamiento, ¿la respuesta a tu hipótesis inicial no pudiera servir como ese resumen de diez segundos acerca de lo que descubrió tu libro?

- Es que yo no tenía una hipótesis única para el libro. Lo que yo busco es lo que llamo “la historia clandestina”. Se trata de esos casos en los que se conoce la historia global, pero no se sabe quién lo hizo, por qué lo hizo, mediante cuáles métodos. Es la historia subterránea. Por ejemplo, yo ya conocía a grandes rasgos la historia que dio origen a Operación Cóndor a raíz de mi libro anterior, sobre la muerte de Letelier. Tenía mucha información y sabía exactamente dónde quería profundizar la historia para reconstruirla, incluyendo cosas ya conocidas pero otras, entonces, desconocidas.

- ¿En Operación Cóndor hubo algún aspecto de la investigación que te parece que quedó sin concluir?

- Sí, varios.

- Y, a pesar de esos cabos sueltos, ¿qué te llevó a decidir: “Hasta aquí, ya terminé la investigación”?

- Primero, que había pasado mucho tiempo y mi contrato tenía un año de vencimiento, ja, ja, ja... Pero, sobre todo, porque tú sientes que llegas a un punto en el que la investigación no produce más avances. En un momento dado estás avanzando muy rápido, todo lo que consigues es material, pero de repente empiezas a darte cuenta de que estás dando vueltas, pisando terreno conocido. Encuentras uno que otro detalle adicional, pero de manera muy poco eficiente. Esa es la señal de que ya debes sentarte a escribir y no insistir con la investigación. Parece obvio, pero hay algunas personas que no saben distinguir y siguen años y años investigando.

- Lo que hace pensar que, así como hay que tener perspectiva para identificar y abordar un tema, también hace falta perspectiva para ponerle límites.

- Es algo difícil. Si vieras el esquema inicial que hice de mi libro, te darías cuenta de que cinco capítulos quedaron finalmente afuera.

- También es posible que los periodistas, tan acostumbrados a la presión del deadline en sus medios, pierdan las referencias cuando se meten en un proyecto donde no existe esa presión externa.

- Puede ser, pero en mi caso, yo estaba consciente de mi deadline. Así que adopté un ritmo de trabajo en el que, para escribir un capítulo, primero durante una semana estaba juntando y organizando datos, es decir, metiendo en mi cabeza todo lo que iba a estar en el capítulo; y después, escribía en dos o tres semanas un capítulo de 25.000 palabras. Yo sabía que si no había terminado un capítulo por mes, estaba en problemas. Y eso se fue agilizando. Al final del proceso estaba escribiendo dos capítulos por mes. Porque es más difícil escribir los capítulos iniciales, que los finales. De hecho, hoy veo Operación Cóndor y pienso que en los primeros capítulos quedaron cosas que debí sacar, el libro arranca demasiado lento. Los primeros capítulos del libro me costaron mucho, porque para ese momento el lector no tiene todavía nada del contexto de la historia. Lo que se traduce en que uno tenga la tendencia de explicarlo todo al comienzo. Llegó un momento en que mi editor, que es un tipo muy irónico, me tuvo que decir: “Ya, John, ¿cuántas veces me tienes que explicar qué sucedió con Letelier?”.

- ¿Reescribes mucho?

- Los primeros capítulos, sí. Son una tortura. Porque a esa altura del texto todavía no tengo voz. Nunca quedo satisfecho con mis primeros capítulos, pero en Operación Cóndor tampoco quería quedarme atascado en la tarea de arreglarlos. Así que seguí de largo. Y sólo volví a esos primeros capítulos cuando terminé el libro y estaba claro que cosas que nombraba en esos primeros capítulos ya estaban muy detalladas en el resto del libro, así que podía sacarlas del comienzo.

- ¿Siempre citas la documentación que obtienes, o hay casos en que te la reservas como respaldo de tu narración? A veces el esfuerzo del investigador periodístico por hacer patente que cuenta con una documentación, pareciera entorpecer la narración de la historia.

- Yo siempre hago evidente de dónde saco las cosas, aunque nunca relato mi proceso de reportear. Sólo en algunos casos de fuentes primarias que aportan una información crucial, llamo la atención sobre el proceso de reportear, de cómo llegué a ellas, por qué son importantes. Si no es necesario para el lector saber de dónde saqué los datos, pongo la fuente al final, en las notas, de modo que no te interrumpa la lectura.

- ¿Cómo lograr que el celo investigativo de un reportero no termine convirtiéndose en ensañamiento personal contra una figura o una institución? Al final de cuentas, el periodista podría haber trabajado cualquier otro tema, pero se dedica a uno en especial, ¿no podrían estar influyendo en la elección del tema y su seguimiento los prejuicios del periodista o la agenda de su medio?

- Yo no he tenido ese problema porque mis blancos han sido villanos, dictadores, ese tipo de personajes. Mis obsesiones van en esa dirección. Admito que puede haber personas que digan que John Dinges está demasiado obsesionado con Pinochet. Mi mujer, entre ellas. Pero es verdad que uno tiene que escribir sobre el tema que uno conoce.

- En libros de texto muy importantes sobre técnicas de investigación periodística, como el de Daniel Santoro, se suele hacer mención acerca del papel que juegan las infidencias de las llamadas “viudas del poder” en la orientación y consolidación de un trabajo investigativo. Llama, en cambio, la atención que tú prácticamente no hagas referencias a este tipo de fuentes.

-Yo trato de evitar la tentación de basar mis investigaciones en los cuentos de las víctimas, de los adoloridos, de los resentidos, porque no quiero que el enfoque de ellos se convierta en mi enfoque. Claro, no los rechazo, y a veces son necesarios. Por ejemplo, yo entrevisté aquí en Caracas al coronel Roberto Díaz Herrera, porque era una fuente indispensable, directa, sobre el general Manuel Antonio Noriega, había sido su segundo… Pero trato de evitar las fuentes fáciles, la gente que quiere hablar conmigo, pero más que por su calidad de resentidos, porque suelen ser fuentes secundarias o terciarias.

- Por cierto, ¿por qué no has abordado la escritura de un libro sobre técnicas de investigación?

-Porque lo que enseño no son ideas originales mías, todas son copiadas de amigos míos, ja, ja, ja… En serio. Por ejemplo, yo defino diez pasos de una investigación en un modelo que tengo desde hace unos 20 años. Y ahora resulta que acabo de ver en el manual de IRE (Investigative Reporters and Editors) un método de organizar las etapas de la investigación con una lógica igual a la de mi modelo. La manera de describir las etapas es un poco distinta, y no recuerdo ahora si son ocho o trece fases, pero se trata de exactamente el mismo proceso. Creo que es por todas las conversaciones que los periodistas de investigación mantenemos entre nosotros, como nos ayudamos, llegamos a un método más o menos establecido.

-¿Nunca has sentido la tentación de hacer ficción a partir de cosas que has vivido como periodista?

-Sí, pero no creo que tenga el método para escribir ficción. Es más difícil, yo creo… No sé, tal vez. Mi señora siempre me dice que ya es tiempo de que escriba una novela.

- ¿Algún proyecto de libro se te ha quedado en el tintero?

-Sí, yo quería escribir un libro sobre la guerra de guerrillas en América Central. Particularmente me interesé en los guerrilleros de El Salvador. En 1980, ellos lanzaron una “ofensiva final” a la manera de la que había llevado al poder a los sandinistas un año antes. Pero mientras en Nicaragua tuvieron éxito, en El Salvador pelearon 15 días y aparentemente fueron derrotados. Nueve meses después había señales de actividad guerrillera, pero la Embajada de Estados Unidos y el gobierno salvadoreño insistían en que no, que la guerrilla había desaparecido y que sólo se estaban haciendo operaciones de limpieza. Entonces yo fui de nuevo a El Salvador, hice contactos con los guerrilleros a través de algunas personas, y me llevaron al campo. Ahí me encontré con unos guerrilleros muy bien entrenados, con buen armamento, fuertes, con buena comida, buenos uniformes, quienes me explicaron su táctica, cómo habían sobrevivido y cómo habían replanificado su ofensiva. Entonces escribo una nota acerca de que la guerra no estaba terminada y que el FMLN preparaba una ofensiva. No era que yo estaba anunciando que iban a volver a pelear, ya entonces había batallas menores, pero mi nota era como decir: “Esta cosa va en serio, hay muchos recursos aquí”. Bueno, la guerra en El Salvador duró diez años más. En un país tan chico nunca pudieron liquidar a la guerrilla, a pesar del apoyo de Estados Unidos. Me quedé fascinado con los guerrilleros. Y quería también cubrir la guerra en Guatemala, empecé a juntar documentos internos de los guerrilleros y muchas cosas de ese tipo, pero no terminé, llegué a cierto punto y sentí que sería muy peligroso hacerlo, y no tenía tiempo,,,

- ¿Por qué peligroso? ¿Qué consecuencias temías?

-Meterse en Guatemala era muy peligroso, había peligro por parte del gobierno y peligro por parte de los guerrilleros, que no eran tan civilizados como los salvadoreños. En fin, creo que la historia estaba ahí pero no pude seguir la investigación.

- Pero en el curso de tus investigaciones no habrás dejado de correr riesgos.

- Ah, claro, en Chile me tomaron preso y quisieron deportarme. Había un sector que me quería echar, asociado con la extrema derecha del gobierno de Pinochet, pero como el otro sector más blando me dejó quedar, entonces el sector ultraderechista, fascista, terrorista, se puso en contacto conmigo, y me hizo esta amenaza: “Estás expuesto, ya no podemos garantizar tu seguridad, cuidado con caminar en la calle que hay terroristas sueltos, te puede pasar cualquier cosa”. Me asusté un poco.

- Esa faceta heroica y aventurera del periodismo durante la cobertura de situaciones de conflicto, de guerra, de crisis política, siempre sale a relucir. Pero ahora también hay un debate en algunos países en torno a lo que algunos llaman “periodismo de conflicto”, y otros “periodismo por la paz”, que enfatiza la responsabilidad que cabe a los reporteros en, si no el mantenimiento de la paz, al menos sí en evitar la escalada del conflicto, tratando de no atizar la polarización y los prejuicios.

- Sí, conozco un poco la idea. Debo decir que me despierta alguna sospecha cuando se empieza a hablar del periodismo como algo que debe darle forma a la historia enfatizando algunos puntos en lugar de otros. Eso siempre da la idea de un periodismo controlado, o politizado, pero no en el sentido partidista, sino en términos de lo políticamente correcto. Hay que dejar que el periodismo siga su rumbo.

- Quienes lo propugnan también tratan de darle una visión humana a las historias, para que la cobertura del conflicto no sea sólo el conteo de bajas y consiga sensibilizar al público.

- Eso está bien, siempre que no quiera decir que hay temas que no se deben tocar porque presuntamente irían contra la paz. En todo caso, la cobertura de guerra requiere de una preparación muy fuerte por parte del periodista. Por supuesto, en cuanto a su propia seguridad. Pero también en cosas como el conocimiento de las leyes sobre derechos humanos, porque cuando tú estás en una situación de guerra debes estar en capacidad de reconocer lo que es una violación de la Convención de Ginebra y lo que no es. Normalmente, la gente no lo sabe. Ni siquiera los periodistas. Y tienes que aprenderlo, pues vas a estar en medio de una situación en la que no vas a conseguir a nadie que te diga: “Tal cosa es un problema o una violación a los derechos humanos”.

- Mientras cada vez hay más textos y talleres de periodismo de investigación, menos evidentes se hacen las nuevas generaciones de periodistas de investigación. Siguen sonando los mismos nombres.

- ¡Entonces fuimos la edad de oro del periodismo! Ja, ja, ja… Recuerden que el periodismo de investigación realmente nació como género en los años 70 y se desparramó por todo el mundo como una meta periodística que no existía antes y, tal vez, los que practicamos el periodismo de investigación en esos primeros tiempos tuvimos éxito y copamos el mercado, ¿no? Fíjense que en el Washington Post el periodista de investigación más importante todavía es Bob Woodward.

- Das clases de radio en Columbia. ¿Has hecho investigación en radio? ¿Qué especificidad de los medios radioeléctricos aflora cuando se hace periodismo de investigación en ellos?

-Sí. El equivalente en radio a los reportajes de investigación de la prensa escrita, son los documentales. Si tienes una historia muy complicada y quieres hacerla para la radio, necesita una línea narrativa muy fuerte, incluso, más fuerte que en prensa, porque realmente si no tienes una cosa muy bien hecha, el oyente se va.

- Pero, ¿consideras que los medios radioeléctricos están en desventaja con respecto a los impresos para la investigación?

- No. Yo no creo que la televisión te impida o dificulte hacer investigación. Lo que sí creo que lo impide son los formatos-tipos de espacio informativo que en los medios han decidido que son los únicos aceptables. Si tienes una estación de televisión en la que ningún reportaje pasa de un minuto y medio, no vas a hacer investigación, simplemente. Pero sería perfectamente posible que el director dijera: tenemos un tema muy importante, vamos a poner al aire cinco minutos hoy, cinco minutos mañana, cinco minutos el día siguiente, vamos a hacer entrevistas que complementen los reportajes. Parece increíble, pero en Estados Unidos las mejores investigaciones se hacen en televisoras locales.

- ¿Tienes un ejemplo en mente?

-El caso de las camionetas Ford Explorer, por ejemplo, que lo destapó una televisora en Texas. O una estación en Utah que descubrió que un alcalde viajaba a Nueva York para reuniones oficiales y se quedaba cinco días yendo al teatro, divirtiéndose. Ellos obtuvieron todos los itinerarios, incluso comprobaron que él se había traído una amiga de otra parte y ese tipo de cosas. A partir de entonces el alcalde dio ruedas de prensa en las que respondía que no, que podía ser que él hubiera hecho un reembolso tardío de gastos pero que nunca tuvo la intención de usar los fondos públicos en su beneficio. Pero entonces los de la televisora consiguieron las facturas de gastos en las oficinas del alcalde, donde aparecía la compra de unos muebles y entonces llamaron la atención del alcalde: ¿Dónde están esos muebles?, le preguntaron. Y el alcalde les prometió que en una semana los invitaría a darse una vuelta por la sede de la alcaldía para que vieran dónde estaban los muebles. Total que, en efecto, a la semana fueron a las oficinas del alcalde y allí estaban el sofá de cuero, la lámpara de 1.500 dólares… Pero de alguna manera que no recuerdo, los periodistas convencieron a un juez para que incautara las filmaciones de seguridad de las oficinas del alcalde, ¿y con qué se encontraron? En las cintas aparecía gente que durante el fin de semana había traído esos muebles costosos desde sus casas a las oficinas del alcalde, para que estuvieran allí cuando los periodistas vinieran.

- Esa necesidad de imágenes contundentes en la TV ha dado pie al uso de la cámara oculta, ¿tienes alguna posición sobre ese recurso?

- Me parece que se abusa mucho con ese recurso. Hay un riesgo evidente de manipulación. Porque preparas una situación con todos los elementos de un crimen y pones allí una cámara para registrarlo, pero con toda probabilidad el crimen no se habría cometido sin tu injerencia.

-¿Nunca te has hecho pasar por alguien para hacer un reportaje?

-A veces he llegado a un lugar sin identificarme como periodista, sólo como una persona normal, para hacer preguntas o ver algo. Pero nunca miento, nunca digo que soy algo que no soy. En la mayoría de las situaciones es una ventaja ser periodista y ser reconocido como periodista. Yo tengo que conseguir acceso y normalmente ser periodista me ayuda.

-En el taller nombraste con frecuencia la ventaja que sentiste tener como corresponsal extranjero en el Cono Sur al contar con la perspectiva que te había dado una Maestría sobre América Latina. ¿Sugieres que es necesaria una educación de cuarto nivel para hacer mejor periodismo?

-Entre los corresponsales extranjeros la tendencia es la del periodismo de paracaídas: van al lugar, son periodistas muy capaces, con mucho apoyo, consiguen una o dos historias y se van. No les parece necesario conocer ni el contexto ni la historia, ni hacerse de un entendimiento del proceso ni de nada, simplemente llegan, ven lo que está pasando y se van. Yo siempre traté de evitar ese tipo de cosas. Por eso trato primero de entender bien la situación que me voy a encontrar, trato de leer mucho, libros y documentos, no sólo diarios. Se trata de una actitud. Tiene que ver con la preparación académica pero es más que eso, es como un método de estudiar, es como ser estudiante siempre y saber a la vez cómo ser estudiante.

-Ibas a ser sacerdote…

-Sí. Los requisitos para ser cura eran filosofía y latín, que los estudié en la universidad. Después de eso estudié inglés, también historia, e hice un postgrado en Teología.

-… Y resultaste un periodista muy destacado. Pero con una trayectoria así en Venezuela no habrías podido ejercer el periodismo. No sé si sabes que aquí sigue vigente una Ley de Colegiación que reserva el ejercicio del periodismo a quienes obtengan un título universitario de Comunicador Social o su equivalente. Con disposiciones así, ¿qué crees que ganan o pierden los medios de comunicación venezolanos?

-Creo que no ganan nada. Los únicos que ganan con ese sistema son los profesores de periodismo que tienen empleos asegurados.

11 de enero de 2010

Leyenda, a como diera lugar



N. de R.: Creo que la pieza periodística por excelencia de la revista Exceso de Caracas fue, y quizás lo siga siendo, la semblanza. No sé si hay una definición estándar del género, si acaso es un género. Pero desde la fundación de la revista en 1989, quisimos entender la semblanza como una historia de vida de un personaje rutilante, en la que, normalmente, el principal testimonio provenía del propio protagonista, contrastado o completado, eso sí, con versiones de terceras fuentes. No muchas, a decir verdad. Porque también nos lo tomamos más como un esfuerzo narrativo que de reportería. Craso error. Que no impidió, sin embargo, que se convirtiera en un rasgo diferencial de la publicación, pues tampoco podía decirse que hubiese algo distinto a la noticia y la entrevista de a diario en otros medios informativos.

De esas semblanzas subo esta de Charles Brewer-Carías, quien para la fecha, 1990, parecía desdecir 50 años de naturalismo con una nueva cruzada a favor de la actividad minera en el estado Bolívar.

No hay duda de que se trata de un personaje colorido. Ya es un atractivo. Pero además Brewer dice un par de ¿imprudencias u honestidades?, que Patrick Tirney citó en su laureado reportaje El Saqueo de El Dorado: Cómo Científicos y Periodistas han devastado el Amazonas (Grijalbo, 2002), .

CHARLES BREWER-CARÍAS: INVENTARIO DE SUPERVIVENCIA

No siempre la selva lo quiere como inquilino, pero él vuelve sólo para redimirse en medio de los resquemores que suscita. "Sajoco", Tucán en lengua makiritare, fue comno le apodaron los indios en honor a su habilidad para meter las narices en todas partes. El presidente Herrera le dijo "Eche pa´lante" y se fue a invadir la Guayana Esequiba en una excursión que le costó el puesto de ministro y un matrimonio. Arruinado en el kilómetro 88, vuelve a sobrevivir a los malos tiempos bajo la inesperada identidad de un minero.

Un prolongado ejercicio de disciplina: tal vez así se comprenda que, adolescente, Charles Brewer-Carías tramara la aventura sin cuartel de rodear sus pies con alambre de púas al caminar. O quizás una cólera innata, pues, ¿a qué otra cosa achacar un sosiego tan frágil que, asegura, no soporta ni un sorbo de café o de alcohol sin explotar de ira? Hasta el arrebato místico podría funcionar como hipótesis; los amigos que bien le conocen saben que la soledad del explorador –ferviente seguidor de Gurdjeff en una época- no pocas veces traspone el ensimismamiento para alcanzar el éxtasis.

Es difícil explicar qué confluencia de circunstancias permitió incubar en Venezuela al último de los enciclopedistas, o al primero de los generalistas. Según cómo y dónde se le vea, es naturalista, fotógrafo, dibujante, poeta, geólogo, músico, artesano, lingüista, atleta de alta competencia, geógrafo, explorador, montañista, paracaidista, odontólogo; esta última especialidad es la única que refrenda un diploma universitario. Indiana Jones en versión venezolana. O un Alejandro de Humboldt de nuestros días, como lo llamó el reportero Uwe Georg, de la revista alemana Geo. El símil no es excesivo. Hasta ministro de la República llegó a ser Brewer-Carías, y si en su gestión hubiera corrido con mejor suerte, bien se podría admitir que recogió incluso la vocación de estadista del mayor de los Humboldt, Guillermo. Como los Humboldt, de Brewer-Carías se diría que es de buena familia.

Pero, por eso mismo, la vuelta de herradura de esta historia equivale nada menos a que Alejandro de Humboldt en persona hubiera aprobado, en los albores de la primera revolución industrial, la instalación de una hiladora manchesteriana a orillas del brazo Casiquiare. Sí: fue desde que, en 1982, Brewer-Carías debió separarse de su primera esposa, María Mercedes Capriles, y fue a dar con sus huesos y algunos billetes prestados hasta un rancho de zinc en la zona selvática del kilómetro 88, al sureste del estado Bolívar.

Los efectos de la mudanza sólo mostrarían una pública y premeditada manifestación algunos años después, en 1990, cuando en un artículo de opinión para el diario El Nacional de Caracas, Brewer-Carías sorprendiera al país entero al defender la actividad minera independiente en la Amazonía venezolana. Es que en el ínterin de su personal hégira, el descubridor de las simas de Sarisariñama y conquistador del cerro Autana había agregado a su currículo de 75 páginas un oficio nuevo, penoso, pero más productivo: minero.

A despecho de su imagen más esparcida, la de un boy scout recrecido, Brewer-Carías genera tantas percepciones como visiones se refractan en un caleidoscopio. En determinados círculos científicos del exterior, su palabra sirve de referencia inequívoca. Su emblemático bigote, en cambio, representa la bestia negra de los medios académicos venezolanos. Envidia, dirán algunos; rigor, replicarán otros. Por años, un director del Jardín Botánico de la UCV prohibió que se le permitiera la entrada al herbario; se cuenta que su sucesora al frente de esa institución, más sutil y urticante, al recibir las muestras vegetales recopiladas por una expedición, borró de las tarjetas de identificación los datos que acreditaban a Brewer-Carías como director de la misma, lo que en definitiva impidió que nuevas especies se agregaran al grupo de 24 que ya llevan el patronímico breweri en su denominación científica, de acuerdo a la nomenclatura latina ideada por Linneo.

De vieja data son esas rencillas. Su noción de la espectacularidad, rara contraparte de su aislamiento, le granjea enconos. Aún veinteañero, en 1962, se entera de una extraña historia: cual fantasmas, un belga y un conde serbio han bajado las aguas del río Caura para reportar que Jean Liedloff, escritora norteamericana que integraba su expedición, fue secuestrado por las huestes del cacique Kamarakuni. Inmediatamente, Brewer-Carías organiza una operación de rescate por las cuencas del propio Caura y de La Paragua, aledaño. Aunque por fin encontraría a la estadounidense –quien se había quedado en la selva con los yekuanas por decisión voluntaria y no víctima de un rapto- mientras surcaba en un bongo las aguas del río Mari, sin necesidad de rescates o mayores heroísmos, el episodio le hizo merecer unos cuantos titulares de prensa que, a su vez, levantarían ronchas entre otros expedicionarios con mayor experiencia e inclinación por el bajo perfil.

Más tarde, en 1969, la ocasión pareció reproducirse pero en mayor escala y con una puesta en escena más vistosa: el antropólogo francés Claude Bourquelot, se llegó a saber, habría perdido el juicio en la aldea de Adulima-wateri de la Sierra Parima, donde permanecía confinado junto a su colega Jacques Lizot como parte de un trabajo de campo. Acusaba a Lizot de pederasta y amenazaba con hacer daño a los demás, como a sí mismo.

Al rescate del desquiciado y sus acompañantes acudiría Brewer-Carías. Acompañado por un grupo de amigos aventureros y un médico, se lanzó en paracaídas desde una aeronave de la Fuerza Aéra sobre el shabono en crisis. Redujo a Bourquelot y lo amarró con fuerza para llevarlo de vuelta a la civilización. Tanto el salto como la captura del científico, suscitaron críticas por su improvisación, audacia y ostentación. Pero para sí, Brewer desechaba las objeciones: “¿Qué querían? ¿Que llegara navegando? Por aire, en menos de 24 horas llegamos al pueblo”.

El mineralizado círculo de amigos que lo rodeara en sus campañas de rescate y aún lo circunda, era fundamentalmente el mismo que integró su curso de paracaidismo civil en 1964. Luego ese grupo cambió de overol para fundar el Grupo de Rescate de Montaña, y en 1968 secundó a Brewer en una prueba que todavía asombra: sobre el curso del río Erebato, en lo más inaccesible de la selva guayanesa, se arrojaron en paracaídas sin cargar más nada que un machete y una caja de cerillos. Era el primer curso de supervivencia en selva que se dictaba en Venezuela. Con tan exiguo equipaje, los once camaradas vagaron por nueve días en la jungla orinoquense. No fue tan sólo una prueba sino la experiencia embrionaria para el monumental bagaje de técnicas de sobrevivencia que Brewer viene compilando desde hace más de dos décadas en un volumen que “seguramente editaré en el extranjero, y que va a ser el primero en adaptar su contenido a las circunstancias de la selva tropical, pues todos los manuales existentes, incluidos los que utiliza el ejército venezolano para su adiestramiento en la materia, corresponden a la experiencia acumulada en la tundra boreal y las junglas del Pacífico Sur durante la II Guerra Mundial”. Por ahora no son los ejércitos, sino varias empresas, las que apuran a Brewer-Carías para reanudar sus cursos de supervivencia, pero destinados ejecutivos corporativos, al parecer, sustitutos contemporáneos de los comandos y exploradores de antaño.

El primero, siempre el primero. Ese espíritu de pionero aderezado con una pizca de edulcorada fraternidad sintetizó un embriagante coctel que de pronto podría resultar explosivo. A veces parece cargado de un exceso de amiguismo y autocomplacencia: no pocos se muestran atónitos al comprobar que la toponimia establecida por las expediciones en las que Brewer participa o dirige, siempre se parece mucho a los apellidos del propio expedicionario o de su staff. Por ejemplo, sin reparar en las versiones que aseguraban que George Burns –un montañista inglés que por muchos años viviera en Venezuela, luego de acompañar en distintas empresas a Sir Edmund Hillary- había recorrido antes la ruta, Brewer, cuando subió al nevado pico Humboldt del estado Mérida por su cara Este, no dudó en bautizar el desfiladero adyacente a la cumbre como la Garganta Brewer-Carías. Siete años después, cuando exploró por primera vez el sistema de cuevas y galerías del cerro Autana, en el estado Amazonas, nadie pareció reparar en la nómina de denominaciones ilustres que endosó a los planos que había trazado –Boca Alejo Carpentier, Galería J. M. Cruxent-, como sí lo hicieron con unánime recelo en dos pequeñas bocas llamadas, respectivamente, Charles Brewer-Carías y David Nott. Nott, un escritor y periodista inglés que trabajaba para la agencia United Press International, supo remachar una fructífera yunta con Brewer. Se unió a sus expediciones más conspicuas, como la del cerro Autana o las de las mesetas de Jaua y Sarisariñama. Pero sobre todo mostró a Brewer la senda de la promoción editorial: durante esos años refulgentes alcanzó a publicar dos relatos, The Eye of God y Exploration in the lost World, este último, una vaga extrapolación del clásico de Conan Doyle.

Desde entonces, Brewer-Carías ha debido coronar cada una de sus empresas contra de -a veces, a favor de- los engorrosos vaivenes de la polémica. No lo puede evitar. Cuando descendió a las fosas de Sarisariñama, que había descubierto y voceado como las más profundas del mundo, las escaramuzas adquirieron un cierto tinte semántico, pues el descubrimiento casi simultáneo de la sima Aonda, lo obligó a referirse a sus simas como “las más voluminosas del mundo”.

Brewer ha confiado a sus amigos una definición: “No soy más que un asceta”. Tal vez por eso ni se inmuta al admitir que, aparte de una velada entre amigos makiritares ennoblecida con tripas de tapir a las brasas, no es animal gastronómico; todos los días, domingos incluidos, se levanta a las cuatro y media de la mañana. Pero hasta aquí quizás se trate sólo de costumbres. Las verdaderas tendencias de Brewer-Carías para la ascesis son otras que se manifestaron desde muy temprano, y que en su oportunidad preocuparon a la familia.

Y mire que no era un hogar que se mostrara especialmente vulnerable ante las sorpresas. Un antepasado por parte de padre, cónsul del Reino Unido en el puerto de La Guaira en el siglo XIX, proveyó al torrente sanguíneo de la parentela la flema impermeable a los excesos del trópico. Por el costado materno, la suerte del general Rafael Capó, oficial del ejército realista durante la guerra de Independencia pero que siguió su vida en Venezuela hasta perderla durante la Guerra Federal, ofrecía un claro precedente de empecinamiento.

Aún así, resaltaba la fruición con que el pequeño Charlie improvisaba silicios, infligía heridas a sí mismo, y enfrentaba toda clase de incertidumbres en excursiones por las intricadas vegas de las quebradas que cruzaban las, por ese entonces, haciendas de El Rosal, Las Mercedes, Valle Arriba o Prados del Este, siempre con la mente puesta en la prueba de “a ver hasta dónde puedo soportar”. Ya adolescente, como interno en un colegio en la ciudad andina de Mérida, preparó motu proprio un lecho con un simple tablón, para no sentir –explicó luego- inconvenientes nostalgias cuando debiese, durante sus soñadas expediciones, dormir sobre el suelo.

Los primeros indicios públicos acerca de los resultados de estos preparativos surgieron, como menciones de prensa, a propósito de sus éxitos deportivos, antes que en el excursionismo. El caso es que mientras conocía a la familia Capriles, y dentro de ella, a su mentor, Teo, y a la que sería su primera esposa, María Mercedes, se dedicó a la natación: horas y horas de entrenamiento con la meta de superarse a sí mismo. Sin embargo, las jornadas más exigentes a la par que gratificantes para Charles, eran las vísperas de competencia, cuando, junto con sus compañeros, permanecían encerrados en un cuarto oscuro de modo de sustraerse a cualquier estímulo que distrajera su enfoque sobre la justa venidera. Llegó a ser recordman nacional y campeón bolivariano y centroamericano. Pero dejó la natación cuando esa disciplina dejó de funcionar como acicate de superación. Pronto la sustituyó por la gimnasia con aparatos.

Si bastaría un régimen así para agobiar a cualquiera, entre tanto Brewer se las arregló para estudiar al mismo tiempo las carreras de Odontología, Biología, Letras y Psicología. De ellas sólo completó Odontología, pero de las que desertó no debería interpretarse necesariamente un fracaso académico. Aún en la Facultad de Ciencias de la UCV se habla del examen de la materia Ecología en el que, inopinadamente, Brewer-Carías se levantó de su pupitre y entregó el cuestionario, en blanco, al profesor de la cátedra. Este era nada menos que Volkmar Vareschi, el legendario científico surtirolés. Vareschi, que tenía a Brewer por uno de sus alumnos predilectos, no pudo más que preguntarle, con sorpresa, a qué debía el desafuero. Brewer respondió, siempre según la leyenda: “Es que ya revisé el cuestionario y me doy cuenta de que puedo sacar un 18. No me pude preparar para un 20, que es lo único suficiente para mí”.

¿Entrega mística? ¿Soberbia? Cualquiera de las dos, quizás. Por la razón que fuese, aún cuando concluyó los estudios de Odontología, decidió que no estaba preparado para la práctica profesional. Siempre contraviniendo la prudencia predicada por sus padres, se marcha a Europa por una semana, que terminaría siendo medio año de peripecias y trabajos a destajo en París y Milán. Al regresar a Venezuela, peregrina con un amigo misionero hasta las comarcas todavía vírgenes del Alto Caura. Allí permanecería un año más con los makiritares. Aprendió su idioma y una ética vital extrema: “Germán, el makiritare que sería mi tutor, fue quien me rompió los esquemas”, relata. “Yo había llegado con esas ínfulas del recién graduado, pensando que les iba a enseñar de todo. Pero un día viene él y me empieza a preguntar cómo puede hacer para sembrar caraotas y para fabricar una lata de aluminio donde envasar sardinas. Por supuesto, me enfrasqué en una explicación técnica, pero enseguida me di cuenta de que no concretaba nada, y de que Germán me había hecho esas preguntas sólo para cuestionarme y decirme de alguna manera que yo, para ellos, no era más que un recién nacido. Así aprendí que entre los makiritares el tener no equivale a adquirir y atesorar cosas, sino a saber hacerlas. Para ellos, pertenecer a una cultura es la capacidad que tiene cada individuo de volver a generar los objetos de esa cultura”. Para Brewer el desquite vendría dos años después, en una visita de Germán a Caracas. En su apartamento, el rubio asimilado como aborigen, pudo tocar para el capitán makiritare una de las melodías pentatónicas de la etnia en una flauta de madera construida por el propio Brewer. Germán no tuvo más que oficiar la unción con estas palabras: “Sajoco, ya eres un hombre”.

Sajoco, Tucán en makiritare, es el apodo que sus otros compatriotas endilgaron a Brewer, porque metía las narizotas en todo.

Pero esa curiosidad, indispensable para la sobrevivencia en la selva tropical, no le reportó a Brewer más que impasses cuando en 1979 el presidente de la República, Luis Herrera Campins, le pidió encargarse del, entonces por estrenar, ministerio de la Juventud. Quizás sea exagerado evocar la imagen del elefante en la cristalería. Pero no hay duda de que Brewer sucumbió ante el síndrome Cocodrilo Dundee. Ante la zamarrería citadina de los políticos, poco pudo su obstinado voluntarismo.

Mientras propiciaba el cierre de algunas de las principales avenidas caraqueñas los días domingo para habilitarlas como circuitos de jogging, su otra cruzada sanitaria, la prohibición de comerciales de cigarrillos en medios audiovisuales, le ganó la ojeriza de la poderosa industria publicitaria. Sus campamentos juveniles de frontera generaron unas escenas de filiación paramilitar que desagradaron a la izquierda. Su lema, “Ni un centímetro para Colombia”, lo enfrentó en un tour de force con Bogotá, mientras en la Casa Amarilla se afanaban en remensar los desgarros abiertos en la histórica relación colombo-venezolana por el ministro novato. Por fin, el caldero de la tolerancia desbordó: Brewer ideó unas incursiones secretas en la Guayana Esequiba que, según el aventurero, contaron con el beneplácito, informal y vernáculo, como lo era el propio presidente, pero explícito, de Herrera Campins: “Eche pa´lante”. Cuando el escándalo internacional estalló, alguna oficialidad del ejército cuya presunta ineptitud había quedado en evidencia por el dinamismo de Brewer y sus habilidades para ganarse el favor presidencial, aprovechó para pasar factura y exigir la salida de Brewer del gabinete. Lo que no fue obstáculo para que el video de dos horas de duración que Brewer grabó en territorio guyanés y que mostraba instalaciones militares del vecino del este, fuera estudiado por el muy secreto Grupo de Planeamiento de Operaciones de las Fuerzas Armadas, y que derivara al Pentágono, entonces inquieto por la posible configuración de un eje La Habana-Georgetown.

Cuando arreciaba la cacería contra el ministro, y en la Guyana de Forbes Burnham se desplegaban afiches ofensivos con el rostro de Brewer como ilustración, este pretendió jugarse la carta presidencial. “Presidente”, le dijo por teléfono en busca de un espaldarazo, “cuando quiera podemos reunirnos para poner a su disposición mi cargo, si por exigencias políticas así lo requiere”. La respuesta de Herrera Campins lo congeló: “Cómo no, pase por mi oficina esta tarde a las cuatro”. Desde esa tarde de la destitución, Brewer no habló con Herrera. “Creo que ha sido el golpe más fuerte de mi vida”. Pero aún le esperaba más.

La de su capital político no fue la única mengua que sufrió tras la aventura militar. Según relata, al dejar su despacho en la avenida Urdaneta de Caracas, tuvo que pedir 300 bolívares prestados. Parte de su patrimonio se había escurrido en el financiamiento de los raids al interior de Guyana y operativos de captación de la juventud exploradora. La inopia en miras fue el caldo de cultivo ideal para las desavenencias matrimoniales; se separó de María Mercedes Capriles tras veinte años de unión y tres hijos. Vuelta al ascetismo: Brewer renunció a su porción de bienes en el reparto del divorcio.

Guiado a la sazón por unos amigos, llegó al mítico kilómetro 88 de la rita a la Gran Sabana, un lugar todavía relativamente inexplorado. Le acompañaban la que sería su nueva esposa, Fanny Mendoza, y su bagaje de aventurero. En busca de diamantes, allí hizo de obrero y de buzo. Uno de sus contratantes, Livio Calligaro, supo del exministro y pronto le tomó confianza. Con un préstamo del italiano, Brewer empezó sus andanzas como empresario del oro. Pero no sin tropezar con los resabios de su pasado, Repetidas denuncias –presentadas, entre otros, por parlamentarios como Vladimir Gessen y Carlos Tablante- sobre concesiones logradas mediante favoritismos, prospecciones clandestinas de minerales estratégicos y otras presuntas malandanzas, lo vienen afectando. Hasta mantiene un pleito de linderos con otro minero italiano que, a una semana de iniciado el diferendo, apareció muerto en Ciudad Guayana; algunos se arrojaron a los tribunales para denunciarlo como autor del homicidio. Pero el propio señalado y la verdad documentada –esta con más éxito que aquel- desecharon esas versiones. Según Brewer, todo obedecería a una “campaña orquestada” por sectores camuflageados entre las instituciones, interesados en echarle el guante a la producción minera, por una parte, y grupos radicales inspirados en el Libro Verde de Muammar Al Gaddafi, que habrían olisqueado las favorables condiciones objetivas para la subversión armada en ese territorio.

De idéntica manera, ante los reparos ecologistas, el otrora naturalista ha ensamblado una argumentación cáustica, osada,sí, pero efectiva: “En toda la historia de la exploración aurífera en Venezuela no han sido deforestadas más de 500 hectáreas de superficie selvática. Ahora, ¿por qué no preguntan cuántas fueron deforestadas para Los Pijiguaos? ¿O para la carretera Upata.Santa Elena de Uairén? ¿Por qué no hablan del desastre ecológico de los cerros Bolívar y El Pao? ¿De las represas que se planean en el alto Caroní? Además, apuesto a que en 50 años más, las actuales minas de oro estarán cubiertas por árboles. Creo, entonces, que de lo que se trata es que se pueda explotar el oro el oro en la máxima porción con el menor impacto ecológico. Para eso, hay que reglamentar. Pero no se pueden desdeñar los 7.000 millones de dólares que al año produce la explotación del oro”.

8 de enero de 2010

Béisbol menor


N. de R.: La verdad es que poco o nada tiene que ver con periodismo. Pero no aguanté las ganas de subir este texto, recientemente publicado en la edición aniversaria de la revista "Olímpicas". En ocasión del inicio de la temporada de béisbol profesional en Venezuela, al amigo Ramón Navarro se le ocurrió pedir a algunos colegas y firmas de prestigio, relatos donde el béisbol fuera protagonista o escenario. Esta es la narración, medio autobiográfica, medio ficcionada, que envié.

El juego no termina hasta que se acaba


Yo tendría entonces, ¿cuántos? ¿Nueve, diez años de edad? No recuerdo bien. De lo que sí estoy seguro es que había traspasado los siete años, el umbral de lo que, según mi mamá previno en los almuerzos de familia (todavía o no había llegado el televisor a casa o no almorzábamos frente a él, así que se podía conversar), sería la “edad de la razón”. A partir del séptimo año de vida, alegaba mi mamá, el niño estaba en conciencia de que el mundo iba más allá de su yo. El niño, ese niño indeterminado al que mi mamá hacía referencia con tono de laboratorio conductista, en casa no podía ser otro sino yo, el menor de tres hermanos, dos de los cuales sufrían ya para aquel momento las consternaciones de la pubertad.

En liceos públicos, mi mamá enseñaba física y esas matemáticas que por una época dieron en llamar “modernas” así que, teniéndose por integrante de la vanguardia magisterial en Venezuela, gustaba de atender con pedagógica equidad tanto las observaciones de Jean Piaget como las máximas de la sabiduría convencional. Ambas fuentes coincidían, al parecer, en la trascendente inscripción que debía advertir sobre el capitel de entrada a los siete años: “Desde aquí serás una persona, abandona cualquier esperanza”.

Lo cierto es que tendría entonces nueve o diez años de edad, repito. Es decir, de dos a tres años de lidia con las revelaciones del mundo externo. Tiempo suficiente quizás para probarme a mí mismo que tenía, o no tenía, con qué afrontar las desilusiones que desde temprano nos depara la vida. Aunque hoy sigo creyendo que demasiado temprano para darme por enterado de que la vida es una mierda.

Fue en esos días que me tocó enterarme de ello por boca del señor Fermín.

Por circunstancias que nunca conocí y que por lo tanto no tengo por qué recordar a efectos de este relato, el señor Fermín se había convertido a la vez en Gerente General y patrocinante de Los Potrillos BBC, el equipo de béisbol de liga menor al que no me propuse pertenecer pero en el que me había ganado un puesto, o eso creía, más que por perseverancia o talento, por el mérito exclusivo de estar ahí.

Tampoco recuerdo si Fermín era nombre de pila o apellido. Pero el señor Fermín se había vuelto importante. Al comienzo sólo éramos un grupo de muchachos que jugábamos caimaneras en una pequeña planicie que había sobrado luego de que se levantaran las quintas de la nueva urbanización. El terreno tenía una geometría más caprichosa que la del Fenway Park, con dos cerritos que lo circundaban en forma de herradura, del left al right pasando por home, concediéndole así un cierto aspecto de anfiteatro. En lugar de un vallado, al fondo se alzaba una barrera de bambúes. Podía decirse que los espigados tallos, además de muralla, también hacían de pista de seguridad, pues estaban justo al borde de una barranca que caía en picado sobre una quebrada.

Un día, sin mayor aviso, llegaron unos obreros a aterrazar las laderas de los cerritos. Hasta un Caterpillar vino para ayudar a definir las gradas de tierra. Pusieron un backstop de rejas y clavaron tres almohadillas y el homeplate. Después conocimos la noticia de que alguien, el mismo que había ordenado las obras, había inscrito el campo y el equipo en una liga de béisbol infantil.

Así apareció el señor Fermín. Supongo que quien trajo la noticia de la inscripción lo conocía. Yo no, hasta entonces. Como les dije, ni menor ni mayor aviso había llegado sobre su existencia al rincón que yo ocupaba. Ese rincón estaba cada vez más escorado hacia la raya del right field, por mera estrategia de sobrevivencia. Yo, que me ponchaba a cada rato, tenía alguna, no sé si destreza , pero sí disposición, para atrapar los batazos elevados. Como, aún así, no sentía mucha confianza por mí mismo, preferí confiar en las leyes de la física, esa física que mi mamá enseñaba. Intuí que no salían muchos batazos hacia el rightfield. Me adueñé de esa posición que, la verdad sea dicha, nadie codiciaba. De forma deliberada me colocaba casi encima de la raya de foul, para no hacerme notar mucho, sobre todo por parte del centerfield, con quien ni por equivocación quería disputarme un globo que transitara por la zona intermedia de los dos jardines. La estrategia funcionó. Apenas me alcanzaron unos cinco flies, de los que cuatro se me cayeron del guante, y sólo uno de esos errores costó un par de carreras. Los demás resultaron inofensivos. Con todo y mis ponches no me hacía notar pero seguía allí, cubriendo el rightfield de Los Potrillos BBC, en las caimaneras y, luego, cuando empezamos a jugar partidos de práctica contra equipos organizados de distintas ligas, por varios meses, en espera del gran día, cuando jugaríamos por fin uniformados nuestro primer encuentro regular.

Aunque antes de eso llegaría el día que supe que la vida es una mierda.

Ese día fue sábado. Todos, jugadores y no jugadores, aspirantes al recién formado equipo, muchos a quienes yo nunca antes había visto, estábamos reunidos en casa del señor Fermín. Le habían llegado los uniformes y esperábamos que los repartiera. Lo que se escuchaba desde el porche de la quinta de estilo colonial, entre columnas abombadas como baobabs y mesas de pantry, era el jaleo de plásticos y cartones rasgados. El señor Fermín, se suponía por los sonidos que venían del maletero de su casa, abría los empaques contenedores donde venían las distintas piezas del uniforme –gorra, camisa, pantalón, una sudadera manga larga, medias tobilleras y de estribo; los spikes los ponía cada quien- para armar el kit de cada jugador. Todos esperábamos el llamado personal: “Fulano, toma; aquí tienes tus vainas”. Los hombres se hablaban con malas palabras.

Mi expectativa personal estaba también un poco teñida de bochorno. Como mi nombre le resultara muy extraño, el señor Fermín había resuelto llamarme “Everest”. No es que me avergonzara del nombre de guerra que me endosó, pero habrá que admitir que un sustantivo personal tan encumbrado no ayudaba mucho a mi propósito primordial de pasar agachado.

Pero nunca más oí el vozarrón del señor Fermín pronunciar ese Everest. Lo que siguió lo recuerdo con esa viscosa sensación de cámara lenta que acompaña a algunas pesadillas.

Desde el otro lado de la pared, todavía invisible, lo que dejó oír el señor Fermín arrojó sobre todos nosotros una sentencia bíblica:

- Ya vamos a empezar con el reparto. Pero les digo: a cada uno, antes de entregarle su paquete, les vamos a revisar la ropa interior. El que tenga los interiores manchados ni tiene uniforme ni juega.

En una fracción de segundo, que en la cámara lenta onírica equivalió a toda una jornada de reflexión, vi con claridad que mi carrera de beisbolista llegaba a su fin.

Para que se entienda mi certeza y no se vaya a atribuir a unas repentinas dotes de clarividente, a estas alturas debo introducir un dato: a los siete años no sólo tuve que aceptar el abandono de mi dulce inconsciencia de párvulo. También renuncié a una prebenda mantuana que extrañamente se reservó para mí en ese hogar de clase media, profesional, liberal, donde me crié: que me limpiaran el culo. Terminaba de defecar y un perentorio “¡ya!” desde la poceta conseguía que nuestra señora de servicio doméstico, una solícita andina, acudiera a realizar la labor. Hasta que algo hizo pensar a mi mamá que en su cronograma del desarrollo infantil, a los siete años de edad, ya no había lugar para semejante práctica.

Así que a mis nueve, diez años de edad, las chapuzas de inexperto que cometía tanto al encargarme de mi razón como al usar el guante de béisbol, también tenían lugar en tan íntima rutina de mantenimiento. A decir verdad, los resultados no siempre eran todo lo prolijos que debían ser, y aunque no podría asegurar que ese día preciso tuviera algo de qué avergonzarme, opté por no arriesgarme en la supuesta revisión.

Me marché. No tuve oportunidad de saber a qué se debía la inesperada condición del chequeo de ropa interior. Hasta entonces nunca tuve evidencias de que el mecenazgo del señor Fermín entrañase un propósito más elevado de formación ciudadana o de promoción de las buenas costumbres. Tampoco, como llegaría a sospechar mucho tiempo después, que sirviese de retorcido pretexto para desvestir muchachitos. A lo mejor sólo fue una fanfarronada, una broma pesada hecha para asustar a los que podía asustar, como yo. Ni tan sólo me quedé para saber si me tocaba un uniforme. Supongo que no. Mi palmarés deportivo no daba para mucho.

Por supuesto, mi amor propio quedó herido. Aunque tampoco voy a exagerar. Sí, me divertía jugar béisbol, sin compromisos campeoniles. Sí, fantaseaba con hacer de Enzo Hernández o Ángel Bravo o José Herrera o, dadas mis limitaciones, de “Pipo” Correa, el eterno suplente de los Tiburones de La Guaira. Pero en ningún momento ambicioné ser un pelotero.

De modo que no fue por esa leve desilusión, vinculada con la mierda de una manera tan explícita, que supe que la vida era una mierda. Lo vine a saber al momento que también supe, unos días después, que el mismo señor Fermín en persona le había dado el uniforme -que era como el matador dándole la alternativa torera al novillero- a Douglas.

Douglas lo merecía por muchas razones. Era el único muchacho del barrio vecino que se había integrado al equipo. Era el único aparentemente pobre y a todas luces negro. Esos logros morales tenían que ver con sus aptitudes deportivas: también era el mejor del equipo. Según las necesidades, jugaba como short, pitcher o centerfield. Cualquiera fuera la posición, eso sí, al batear equivalía a una garantía casi absoluta de jonrón. Su sola presencia en el lineup atemorizaba a los rivales. De hecho, sólo su presencia permitía vislumbrar un equipo de béisbol de entre un grupo de pánfilos de clase media.

El detalle es que Douglas siempre olía a orines. Siempre. Los demás pensamos primero que se trataba de un asunto de mala higiene. Pero el propio Douglas abordó sin tapujos el tema. Dijo que padecía de una condición del organismo que le impedía controlar la micción. Por supuesto, no lo dijo así. Por ese tiempo manejábamos otra clase de vocabulario, fuéramos pobres, menos pobres o no tan ricos.

Una vez, en plenas prácticas, se orinó encima del mismo bluyín desteñido que usaba todos los días. Salió corriendo al baño de la casa adyacente que provisionalmente nos servía como vestuario y cantina. Cuando regresó –húmedos los pantalones por un intento apresurado por lavarlos con jabón de tocador-, explicó con lujo de detalle cómo su condición corría con la culpa del embarazoso –para cualquier otro, pero no, al parecer, para él- episodio. Como colofón definitivo para sancionar, fuera del alcance de cualquier duda, su padecimiento, reveló que en ese mismo instante aún tenía “el pipí inflamado”. Hizo un ademán para mostrarlo. Nadie se ofreció para constatarlo. Todos nos conformamos con creer sin ver. Esa tarde, yo volví a casa con el cuento. Me hice eco de la versión de Douglas. Pero a pesar del color de la anécdota, como que me pareció poca cosa expresar los síntomas con las mismas palabras. Así que hice gala de lo que aprendía en mi colegio privado y narré toda la peripecia, sembrando cierta estupefacción sobre la mesa de cena familiar, al incluir el diagnóstico: Douglas tenía “el pene” –acerté en refinar el léxico- “inflado” –entonces sí que me equivoqué-.

Total que la injusticia escandalizaba: si el control de esfínteres y el cumplimiento de normas de higiene figuraban entre los requisitos para hacer filas en Los Potrillos BBC, Douglas, con todas las de la ley, no podía tomar parte. Aunque, qué va: siguió haciendo de las suyas en varios campeonatos, usando el uniforme del equipo y, supongo, esparciendo sus fragancias de enfermo por los diamantes de la liga infantil.

No podía creer que una regla que se anunciaba tan severa para mí, fuese pasada así por alto para otro. Confieso que tramé distintas venganzas, que nunca llevé a cabo. Pensé también en desprestigiar a Douglas pero, ¿cómo? Era la clase de tipo que se orinaba en medio de un campo de béisbol sin conmoverse. Contra eso no se puede.

Seguí dándole vueltas al asunto por un tiempo, hasta que le perdí la vista a Douglas o al béisbol, no sé, o vino otro rencor a instaurarse en mi ánimo.

Muchos años después tropecé en el diario con una nota de la sección de sucesos. Era sucinta e impersonal como el resto de los partes policiales, más o menos similares, que competían por la página y la atención de los lectores. Reparé en esa nota en particular porque reportaba una muerte por disparos en el barrio vecino al edificio de apartamentos donde viví durante mi infancia. Aparecía la foto de la víctima: sin duda se trataba de Douglas, con dos décadas encima. Como hasta ese día no había tenido noticias de él por los medios –quería decir que no había alcanzado la fama en ligas profesionales-, yo lo hacía bateando pelotas con el fongo a novatos , como coach en alguna de esas granjas de talentos bisoños que hay en provincias. Pero no. Estaba en el tráfico de drogas, me refutaba el expediente de la policía científica. Su muerte se produjo durante “un ajuste de cuentas entre bandas rivales que tratan de controlar los negocios clandestinos” en la zona. En declaraciones quizás no escuetas en su origen pero necesariamente podadas en la redacción para aprovechar el espacio disponible, sus familiares, reunidos frente a la morgue de Bello Monte, pedían justicia para su deudo que, insistían, no se metía en nada raro, era sano; incluso, era deportista.

Sí que era deportista, pensé. Sano, quién sabe; estaba el asunto de la micción.

No sentí que el tiempo me hubiese traído la satisfacción de una revancha tan tardía como desproporcionada, no. Como tampoco sentí pesar. Ya nada de eso tenía que ver conmigo. Pasé la página.