19 de diciembre de 2012

Paralelismos del Alba

N. de R.: Esta nota me fue solicitada por el diario Clarín de Buenos Aires, casi en vísperas del 7D que terminó siendo el 17D: la fecha determinada por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner para iniciar los trámites de reversión  de algunas de las frecuencias ocupadas por operaciones radiales/televisivas del Grupo Clarín, y en las que éste habría de desinvertir para plegarse a los términos de la nueva Ley de telecomunicaciones cuya vigencia, al momento de escribir este preámbulo, seguía en suspenso. 
Se me pidió una nota que resumiera las condiciones de la libertad de prensa en Venezuela. Traté de ser breve y, más que eso: que los ejemplos que nombrase en el texto tuvieran algún eco de semejanza con lo que podría pasar en Argentina, donde parece más que factible que la invocación a fines superiores como la "democratización de los medios" resulte al final poco más que una astucia para instaurar mecanismos de control que sólo permitirán difundirse a lñas voces y versiones oficiales.
Pero, con todo y eso, no fue suficiente. o, mejor dicho: hubo de más. No bastaba el espacio disponible para publicarla. Debieron editarla. Y publicaron esto:

http://www.clarin.com/politica/Venezuela-verdad-oficial-tuerta_0_824917650.html

Reconozco que quien cinceló el texto le dio forma con criterio. Son podas que todos los días se hacen en los periódicos. El criterio que utilizó, sin embargo, lo llevó a dejar por fuera una mención que originalmente hacía a Venevisión, mención que echo de menos. Ese es el motivo más poderoso para que publique hoy la versión inicial del artículo.


En Venezuela la verdad es oficial y tuerta

Democratizar los medios y obligar a que se diga “la verdad”: las dos grandes premisas que el gobierno del presidente Chávez y la revolución bolivariana han hecho explícitas como guías de su relación con la prensa desde 1999. Banderas con las que concordar resulta fácil, pero cuyo despliegue en los hechos ha sido, por decir lo menos y para desconcierto de muchos,  tuerto y selectivo.
La salida del aire de RCTV en mayo de 2007, uno de los dos más populares y tradicionales canales de televisión del país, marcó un momento definitivo en esas relaciones. Meses antes el propio presidente Chávez había anunciado la desaparición de “ese canal golpista”. No obstante, las autoridades fueron incapaces de mostrar qué advertencias o sanciones previas se habían expedido a esa planta televisora, de acuerdo a lo estipulado en la vigente Ley Orgánica de Telecomunicaciones, que justificaran la negativa del Estado a renovar la licencia de RCTV una vez extinta.
Hoy, en la antigua señal de RCTV (el canal 2 de la frecuencia VHF) se ve un canal estatal, TVeS. En realidad, rara vez se ve: 1% de los hogares venezolanos es la cota máxima de audiencia que suele alcanzar. Al nacer prometía ser un medio de servicio público, como la BBC británica o la NPR estadounidense. Con el tiempo, sin embargo, se ha dedicado a producir telenovelas –género favorito de los venezolanos, del que RCTV fue un activo exportador- con títulos como “Caramelo’e chocolate” o “Teresa en tres estaciones” que –se lee en el microwebsite de la última- narran historias sobre “la gran esperanza de los protagonistas (…) de una Venezuela en movimiento”. Ahora que se desarrolla la campaña electoral de cara a los próximos comicios regionales del 16 de diciembre, TVeS muestra escaso o ningún pudor para transmitir, en vivo y directo y sin cortes comerciales,  los mitines de los candidatos a gobernadores provinciales del oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) .
Hoy no existe la pantalla de RCTV, ni siquiera en su minimizada versión de televisión paga en la que, bajo la marca de RCTV Internacional, se refugió. Otra medida del Ejecutivo la proscribió en 2010 de los cableoperadores.
Hoy, en cambio, Venevisión, la otra gran señal abierta y nacional de TV privada, sigue al aire. De hecho, la misma noche que RCTV desapareció, el gobierno habilitó por cinco años la concesión de Venevisión, a pesar de que en sus estudios se reunieran durante la madrugada del 11-12 de abril de 2002 los representantes de los poderes fácticos que entonces intentaron desalojar a Chávez del poder. ¿Cómo logró semejante indulgencia? En 2004 su dueño, el magnate Gustavo Cisneros, concertó unos términos de convivencia con el gobierno. Desde entonces, los espacios informativos de Venevisión se portan bien. Dirigidos por un ingeniero proveniente de la parte técnica, se cuidan de mantener en los noticiarios una paridad matemática de una información favorable al gobierno seguida por otra que proceda o de la oposición o de una fuente no política. Se suma a ese ejercicio un propósito ostensible por nunca tener una primicia. El esfuerzo por producir un artefacto que sea informativo en apariencia, pero a la vez descafeinado, que ni huela ni hieda, ni perturbe jamás a algún funcionario público, se ampara bajo un lema, “Información Justa y Balanceada”, que se va convirtiendo en motivo de escarnio para el periodismo venezolano.
Así que el cierre de RCTV tuvo como resultado neto, a cinco años de distancia, la destrucción de buena parte de las audiencias de la TV abierta, que no migraron ni a TVeS ni a otras opciones privadas o del Estado. Y el público que siguió, por lealtad u obligación, mirando ese espectro, recibe desde entonces una información insuficiente y bastante parcial, en términos de pluralidad.
¿Otro ejemplo? El 31 de julio de 2009, la autoridad del área anunció de manera sumaria el cierre, con efecto al día siguiente, de 32 emisoras de radio y una televisora local. Para la sanción se alegaron fallas en la documentación de sus habilitaciones administrativas, fallas en algunos casos gruesas, de minucia en otros. La mayoría de las sanciones, en cualquier caso, afectaron a medios de oposición: muy señaladamente, quedó desmantelado el Circuito CNB, uno de los más importantes de la radiodifusión venezolana, y cuya frecuencia fue otorgada a la Asamblea Nacional, controlada por el oficialismo. Pero eso no fue todo. En el mismo anuncio se advirtió que quedaban bajo examen otras 200 concesiones que presentaban defectos y que podían correr la misma suerte. La lista nunca se dio a conocer. Pero muchas emisoras de Caracas y del resto de país, previendo que pudieran ser las próximas en sufrir sanciones, prefirieron curarse en salud: se deshicieron de las voces más críticas de sus espacios de opinión, limpiaron sus noticiarios de contrariedades para el gobierno, incluso, se dejaron comprar por capitales privados cercanos a la revolución. El resultado ha sido el de una radio de información monocorde, con escaso contraste.
El Estado venezolano es, gracias al ingreso petrolero, un verdadero potentado. Y a ese poder financiero se agrega el inmenso poder institucional que Chávez ha amasado con la cooptación del sistema judicial, de las fuerzas armadas, de los órganos colegiados de gobierno local y del aparato productivo que aún no aniquila. Por tanto, cuenta con las herramientas para hacerse de modos sutiles de controlar  a la disidencia sin tener que apelar a métodos más crudos, propios de los regímenes de fuerza tradicionales, de los que con toda probabilidad el resto del mundo se percataría y no aceptaría. No en balde el intermitente ministro de Información y Comunicación, Andrés Izarra, pudo ufanarse en una entrevista en 2007 que el propósito de la revolución bolivariana es conseguir “una hegemonía comunicacional e informativa del Estado que permita la batalla ideológica y cultural para impulsar nuestro modelo”, enunciado que para todos los efectos rima con la denominación orwelliana de su despacho.
Cuando un testimonio desaprensivo afirma que en Venezuela hay libertad de prensa plena porque, “yo mismo vi noticias y titulares donde le decían cualquier cosa a Chávez”, no se engaña. Pero, quizás inadvertidamente, sí contribuye a engañar. Es cierto que no hay allanamientos indiscriminados de diarios y revistas, periodistas desaparecidos o censores en las redacciones. Porque esas constaciones son, en lugar de muestras de libertad, las señales externas que un elaborado sistema de control, de distinta naturaleza, necesita para legitimarse.
Lo que queda de periodismo independiente en Venezuela –incluyendo ese periodismo que se dice “de oposición” y que con regularidad incurre en exacciones y malas praxis- evita abordar determinados temas.  Verbigracia, el ascenso de las grandes fortunas privadas que se formaron a la sombra de negociados con el Estado chavista, que en su conjunto y coloquialmente los venezolanos llamamos boliburguesía.  No hay cobertura al respecto. La prudencia en este caso no es virtud sino derivado de un rosario de acciones de amedrentamiento que invocan a la contención y la autocensura.
Algunas cuentas de ese rosario son viejas conocidas: leyes ad hoc para limitar contenidos, amenazas y agresiones de baja intensidad contra periodistas, entre ellas. Pero las hay de nuevo cuño: las cadenas nacionales, con las que Chávez ha confiscado a cada medio radioléctrico del país tiempo equivalente a un discurso de cuatro meses continuos. O la nacionalización de las empresas de banca, telefonía, energía eléctrica o distribución de alimentos que antaño fueron los principales anunciantes de los medios privados, siendo que el Estado petrolero ya era un avisador tan poderoso como caprichoso en lo que al uso de la pauta publicitaria como castigo se refiere. O la demolición diaria de reputaciones de periodistas a través de espacios en los medios oficiales –tres canales nacionales de TV, 500 radioemisoras, la cadena regional TeleSur- que se dedican a difamar bajo la coartada de una “lectura crítica de medios”. O la compra de medios poco dóciles por parte de fortunas “amistosas”.
Con esas astucias se construye una hegemonía en nombre de la democratización de los medios y de la verdad.
  

8 de septiembre de 2012

Encrucijada nazi en Venezuela (II)




Juntos al fin
Ernst Schäfer gozaba en ese 1937 de cierta fama, que anticipaba la imagen de personajes del cine de aventuras estadounidense.

Mezcla de erudición y mundanidad, ambicioso y seductor, no sólo se parecía al Indiana Jones de la cinematografía sino, con más exactitud, al doctor Jones de La última cruzada (1989), que intenta –en 1938, según la trama escrita mucho después por Steven Spielberg y George Lucas- recobrar el Santo Grial para privar a los nazis de sus poderes mágicos. Sólo que Schäfer buscaba, en sentido contrario y algo más metafórico, el Santo Grial para entregárselo a los nazis.

Zoólogo de la Universidad de Gotinga, especializado en ornitología, había nacido en la ciudad de Colonia en 1910. Venía de dos resonantes expediciones en los años 30 que se adentraron en China por el río Yang Tzé, dirigidas y financiadas por un millonario heredero de Filadelfia, Brooke Dolan II (1908-1945). En ambas alcanzó las estribaciones de los Himalayas. Y también en ambas, a la vez de recolectar cientos de especies desconocidas, mostró una destreza nada académica que se revelaría, sin embargo, indispensable para las expediciones de la época: era un magnífico cazador. Su puntería legendaria le permitió abatir a un oso panda que se había atrincherado en la copa de los árboles y al que no podía ver sino apenas oír. Esas dotes añadieron ironía al accidente en que Schäfer mató a su primera esposa, Herta Volz. Durante una cacería de patos, el 9 de noviembre de 1937, Schäfer resbaló dentro del bote de remos desde el que acechaban a sus presas. Su escopeta cayó y se disparó, hiriendo a Herta en la cabeza.

Apenas tres meses después, en la primavera de 1938, Schäfer partía con su equipo de cuatro acompañantes hacia Calcuta, India, primera etapa de la expedición al Himalaya. En tan escaso tiempo había reunido suficiente ánimo para sobreponerse a la tragedia de su esposa, así como recursos suficientes para una misión grandiosa como ninguna otra. Historiadores actuales, como Isrun Engelhardt, experta en el Tibet, vienen sacando a la luz pública correspondencia y documentación que muestran una lealtad bastante laxa de Schäfer con respecto a los fines propagandísticos del viaje y a la misma Ahnenerbe (7). Llega a comprobar que la Ahnenerbe no financió directamente la excursión, debido a recelos del director ejecutivo de la fundación, Wolfram Sievers. Pero no hay duda de que Himmler le sirvió de mecenas. Y como repara Heather Pringle en su libro El Plan Maestro, los fondos que se necesitaron procedieron de empresas pertenecientes a la red corporativa de la SS, incluyendo la compañía editora tanto del Völkischer Beobachter (El Observador Popular), periódico racista que Alfred Rosenberg dirigía, como del Mein Kampf, el manifiesto psico-político de Adolfo Hitler que en la Alemania nazi se adoptó como una Biblia (8).

Cierto que, como asegura Engelhardt,  en el Virreinato de la India, controlado por Londres, resultaba un estorbo lo que en Alemania era un espaldarazo: el nombre oficial de la empresa, grabado en el membrete de toda su papelería y portaequipajes, que rezaba Expedición Alemana al Tíbet ‘Ernst Schäfer’, bajo el patrocinio del SS-Reichsführer Heinrich Himmler y vinculada con la ‘Ahnenerbe’. Pero las justificadas suspicacias del servicio colonial británico nunca constituyeron un obstáculo insalvable para la combinación de audacia, maneras diplomáticas y convicción de Schäfer.

Esas mismas cualidades permitieron a Schäfer y sus expedicionarios alcanzar metas casi inesperadas. Para desespero de los británicos, los alemanes exploraron el Reino de Sikkim pero también consiguieron que se les franqueara el paso hasta Lhasa, la capital del Tíbet, vedada de manera regular a los occidentales. Con sus modales de persuasión, Schäfer entabló una amistad verdadera con el quinto regente Reting Rinpoche (nacido como Jamphel Yeshe Gyaltsen), quien gobernaba Tíbet en nombre del niño de tres años, Tenzin Gyatso, el actual décimocuarto Dalai Lama que se refugia en India.

Cuando los exploradores alemanes debieron abandonar el subcontinente indio, apresurados por la inminencia de las hostilidades de la II Guerra Mundial, pudieron cantar victoria en buena lid. Sus trofeos científicos incluían pieles de todo tipo de animales muertos y ejemplares vivos de muchos otros, miles de semillas y muestras disecadas de distintas especies vegetales, junto a carpas, banderas, ornamentos y otras piezas de valor antropológico.

En cuanto al costado histórico y racial de la partida, cabía destacar que el antropólogo del grupo, Bruno Beger, había tomado medidas craneales y hecho moldes de cabeza a 376 personas, entre ellos, miembros de las noblezas de Bután, Sikkim, Nepal y Tíbet. Mientras, Ernst Krause, fotógrafo, traía consigo miles de instantáneas y pies de película. Tanto Beger como Krause, así como todos los otros miembros de la expedición –Schäfer, el líder; Wienert, el geofísico; y Geer, el coordinador logístico-, tenían grados de la SS. Y ambos serían, posteriormente, personajes-bisagras en el cierre de la brecha de seis grados que por entonces separaba a Schäfer de Volkmar Vareschi.

Como para no dejar dudas del carácter oficial de la expedición, el propio SS-Reichsführer Himmler envió su avión personal a recoger a los cinco héroes en Viena, penúltima escala en su largo periplo de regreso a Múnich desde Calcuta y Bagdad. Sobre la pista del aeródromo muniqués, el 4 de agosto de 1939, Himmler los recibió con honores. Al día siguiente, los periódicos de toda la nación celebraban la hazaña. Sus notas destacaban, en particular, los tres obsequios que el regente de Tíbet había enviado al Führer con los expedicionarios: un perro de la raza Lhasa Apso, una túnica de seda y una moneda de oro, junto a una carta personal que luego se prestaría a malentendidos políticos.

Una apoteosis de estas magnitudes para nada anticipaba la próxima caída en desgracia de Schäfer. La razón no queda clara, todavía en estos tiempos que corren, en los que los estudios sobre la Ahnenerbe y la expedición nazi al Tíbet han cobrado renovados bríos gracias a trabajos como los de Heather Pringle, Walter Hagen, Christopher Hale, Peter Levenda, Isrun Engelhardt, Peter Mierau, Karl Meyer y Shareen Brysac. Pero en 1941, todavía en las primeras de cambio bélicas, Schäfer no fue sólo dejado de lado sino enviado al frente de Finlandia como simple soldado de un Batallón de Castigo de la SS. Según algunas versiones, Himmler receló de Schäfer al saber que este había informado aspectos inéditos de su expedición al Almirante Wilhelm Canaris, jefe del espionaje militar alemán y rival de Himmler en la corte nazi (9). Según otras, el castigo derivaba de la escasa diligencia que Schäfer mostró con respecto a actividades de tipo propagandístico.

Lo que es cierto es la suerte con que Schäfer esquivó entonces una probable muerte en combate, gracias a la intervención de Sven Hedin. Hedin (1865-1952) era un explorador sueco de renombre, pionero en el reconocimiento del Asia Central y China interior durante el primer cuarto del siglo XX. Era el héroe científico de Schäfer y los nazis lo veneraban. Hedin retribuía esas pasiones con un filonazismo que no se esforzaba en ocultar pero que con los años de la guerra supo matizar mediante algunas críticas tímidas contra Hitler. Gracias a ese leve distanciamiento, a su intervención humanitaria en el rescate de algunos científicos (como Schäfer o el noruego Didrik Arup Seip [1884-1963]) y a sus propias proezas de explorador, Hedin se le escurrió al ostracismo científico que pudo corresponderle en la posguerra.

Pero en 1942, Hedin tenía la influencia suficiente en Berlín para rehabilitar a Schäfer. En opinión de Hedin, la valiosa colección de muestras y especímenes del Himalaya no tendría jamás ningún otro estudioso mejor. Así que en 1942, Schäfer recibió del propio Heinrich Himmler la orden de conformar la Forschungsstätte für Innerasien und Expeditionen (Instituto de Investigación para el Asia Interior y Expediciones), bajo el amparo de la Ahnenerbe y en el marco de la Universidad de Múnich, donde desde 1938 Schäfer era catedrático y después, en ese mismo año de 1942, recibiría el grado de Doctor Habilitatis.

Librado de su personal travesía por el desierto, de nuevo con el favor de Himmler, Schäfer puso manos a la obra sin rencores y con toda energía. El principal proyecto del instituto sería, por ahora, la experimentación con las especies de plantas que había traído consigo desde el Himalaya para determinar su posible uso en fitogenética aplicada. Para ello, reunir de nuevo a su equipo de leales colaboradores le pareció lo más apropiado: Beger, Wienert y el propio Krause que, además de fotógrafo, tenía conocimientos de entomología.

Sin embargo, Schäfer se dio cuenta de que la encomienda específica de Himmler requería del concurso de botánicos bien formados y dignos de una confianza más profesional y personal, que política. Él mismo no daba con un nombre adecuado para ello. Hasta que Krause, el fotógrafo, le sopló una referencia. Pocos años antes, en 1938, había hecho las fotos para ilustrar el libro de un joven botánico, Volkmar Vareschi, sobre la flora de los Alpes austríacos. El libro, La montaña en flor, inicialmente publicado en Alemania (ya Austria había sido objeto de la anexión o Anschluss), tuvo buena acogida, y hasta había sido editado en inglés por MacMillan en Nueva York (1940). ¿No podría ser el candidato que buscaban?

La sugerencia contenía en sí misma una ironía imperceptible entonces para Schäfer y Krause. Pues resulta que desde 1936 Vareschi figuraba como Asistente de Investigación y Docente de Botánica en la mismísima Universidad de Múnich donde conversaban. En cualquier otro día en la vida normal de ese campus, lo habrían encontrado a unos cuantos metros de distancia. Pero ese justo día, con sus camaradas del Batallón de Montaña, iba a bordo de un tren rumbo al frente del río Volga.

Parece increíble que Schäfer y Vareschi no se hubiesen conocido antes, siendo ambos profesores e investigadores de la Universidad de Múnich, tal como se constata en el Directorio (Personenstand) (e) de esa casa de estudios en 1941. El testimonio de la viuda de Vareschi, Lotte, lo niega: se vinieron a conocer en Múnich, sí, pero a fines de 1942 y en el despacho de la calle Widenmayer, luego del providencial llamado para que rompiera filas en la estación de Rum.

Sea como fuere, Vareschi –en sus palabras, un firme pacifista- no había podido escapar de las categorías en las que el nacionalsocialismo, como cualquier totalitarismo, forzaba a su población a enmarcarse. En 1938, el Jefe de Vareschi en el Laboratorio Botánico de la Universidad de Múnich,  Friedrich Carl von Faber (1880-1954), instó a sus ayudantes de investigación a militar en el partido nazi y en alguna de sus organizaciones de base. No era una recomendación, sino una orden, y una orden, por lo demás, “sentida”: von Faber, un nazi ferviente de insigne carrera como científico en las Indias Orientales Holandesas, los animaba no sólo a enrolarse en una causa patriótica sino a preservar sus cargos en la Universidad de Múnich, en ese momento, como todas las universidades de Alemania, sujeta a un proceso de arianización inclemente.

Puestos en la disyuntiva, uno de los ayudantes, Fritz Gessner –el mismo que 14 años más tarde acompañaría a Vareschi al Delta del Orinoco y habría de ser, aún después, Director del Instituto Oceanográfico de la Universidad de Oriente (UDO),  en Cumaná- optó por entrar a la SS que, según su perspectiva, era “lo más inteligente” entre los nazis. Algo más indolente o astuto, Volkmar Vareschi, otro ayudante, quiso hacerse miembro de las SA, una logia reducida a su mínima expresión desde la purga de 1934 y que, para mayor atractivo, tenía un Grupo de Montaña que no hacía ni ejercicios militares ni asambleas políticas, sino que se limitaba a escalar durante los fines de semana.

Así fue cómo ocurrió, según el relato de Liesselotte Zettler, viuda de Vareschi, narración que para efectos de este reportaje no pudo contrastarse con documento alguno. Pero a manera de confirmación, Lotte también recuerda que, ya en la posguerra, Gessner (1905-1972) confesó en una entrevista a la prensa alemana que había pertenecido a la SS a instancias de von Faber. Entonces, la viuda de von Faber –cuyo marido se había retirado de la academia en 1949 y falleció en 1954-  le puso una demanda por difamación.  “Pero Gessner ganó el juicio”, sigue Zettler de Vareschi. “¡Claro! Porque había suficiente testigos. Gessner escribió después a Volkmar, y a otros que estaban con ese asunto, una carta donde les dijo que en tal expediente bajo tal número en determinada oficina de Múnich quedaba el caso donde se establece que ellos fueron obligados a unirse a los nazis”.

Todavía según la narración de su viuda, de todas maneras, Vareschi no tendría a la mano las artimañas necesarias para librarse del servicio militar. En algún momento de 1942 fue reclutado. Por su formación universitaria, le correspondía instruirse en la Escuela de Oficiales del Heer (Ejército de Tierra). Pero una vez en el plantel, se declaró “pacifista”, advirtiendo  que “aunque no iba a rehuir el servicio por la patria”, no quería cargar “con responsabilidades en el campo de batalla”. El gesto bien pudo haberle valido una pena de muerte, en tiempos de guerra. El castigo que le impuso el oficial de registro a cargo de la leva fue menos riguroso: presentarse como soldado raso ante el Batallón de Montaña de la Wehrmacht (Fuerzas Armadas), junto al que debía viajar a Stalingrado a combatir al enemigo bolchevique.


La ‘blitzkrieg’ de las semillas
A unos meses del regreso de Vareschi a Múnich en 1942 para trabajar de nuevo como científico, pero esta vez al servicio de la SS, muchas cosas habían cambiado en el instituto de Ernst Schäfer, quien entre tanto pudo asistir al estreno de su documental Geheimnis Tibet (El Tibet Secreto) , una cinta de 110 minutos que, dicen, el Führer vio con desgano en la Wolfsschanze (Guarida del Lobo), su búnker de comando en Prusia Oriental.

El 17 de enero de 1943 –un par de semanas antes de la rendición del mariscal von Paulus y su VI Ejército en Stalingrado-, se celebraron los 470 años de la Universidad de Múnich. El acto de orden tuvo como invitado de honor a Sven Hedin, cuyo nombre se asignó en la misma velada al Instituto de Estudios del Asia Central. Motivos para honrar al sueco con el  nombre del instituto no escaseaban.

Pero al concluir la celebración, hubo que levantar las mesas y recoger la plata en volandas para la mudanza. La balanza de la guerra venía cambiando de lado. Ahora Múnich, como todas las grandes ciudades del territorio alemán, estaban al alcance de los bombardeos británicos y estadounidenses.  El material científico de la universidad peligraba. Los primeros evacuados fueron los integrantes del Instituto Sven Hedin, que cambió de sede a un castillo que dominaba –como todavía lo hace- el pueblo de Mittersill, en la Alta Austria, construido durante el siglo XII para defender el cruce del cercano río Salzach, y recientemente refaccionado luego de su destrucción parcial por un incendio en 1938.

La intensificación de la guerra también trajo otras señales de cambio, más ominosas. Instalados en Mittersill, los científicos del instituto descubrirían que el personal de mantenimiento del castillo lo constituían prisioneras del cercano Campo de Concentración de Pinzgau, este, a su vez, uno de los 50 campos-satélite del tenebroso Campo de Mauthausen. Si bien la población de prisioneros en el campo era variopinta –prisioneros de guerra rusos, polacos y franceses, republicanos españoles capturados en Francia, gitanos y judíos, entre otros-, quienes en Mittersill hacían las veces de ordenanzas –por turnos de 15 mujeres-  eran invariablemente Testigos de Jehová, uno de los muchos grupos que el Estado nazi había señalado como “enemigos políticos incorregibles”. A pesar de ese grave señalamiento, en general se consideraba a los Testigos de Jehová individuos poco peligrosos, amén de que sus creencias les hacían especialmente aptos para las tareas de apoyo en los laboratorios: eran incapaces de aplastar una hierba o de matar un bicho. También hubo prisioneros de guerra británicos trabajando en las labores científicas.

Pero con la guerra fue la propia misión de la Ahnenerbe y de sus 43 filiales la que había sufrido la mayor transformación. Las expediciones pueriles del período de preguerra tomaban ahora el cariz de los llamados Sammelkommandos (Comandos de Recolección), verdaderas misiones de expolio del patrimonio cultural de los territorios ocupados en Polonia, Rusia y Ucrania.

Dentro de la Ahnenerbe, el Instituto Sven Hedin, por su trabajo en el campo de la genética, parecía además diseñado a priori para abordar uno de los asuntos que se volvieron prioritarios para el III Reich: la Endlossung (Solución final) de la llamada “Cuestión Judía”. Había, pues, que saber a ciencia cierta quién era de raza judía para aniquilarlo. Aunque la industria de exterminio nazi no se anduvo con rodeos para iniciar su tarea, el problema no había perdido vigencia a fines de 1942, pues la categoría de “judío” era para la fecha una fórmula socio-política en lugar de genético-anatómica. El odio no pasaba por encima de la pulsión alemana por ser precisos: los científicos no habían dado todavía con una configuración genética o morfológica que definiera a los judíos, fuera de toda duda, y que permitiera a los verdugos separar el grano de la paja. Las matanzas podían ser más o menos indiscriminadas en los shtetl (asentamientos rurales hebreos) de Polonia, Ucrania y Bielorrusia. Pero el margen de error se haría excesivo en encrucijadas étnicas y culturales como el Cáucaso, a donde el ejército nazi se aproximaba a comienzos del otoño de 1942.

En el abigarrado catálogo del Cáucaso, podían encontrarse pueblos turcomanos, probables descendientes de los legendarios jázaros, que habían abrazado siglos atrás las creencias mosaicas pero que, en otros aspectos más visibles, en poco se diferenciaban de sus vecinos turcos, persas o azeríes; también había comunidades originarias de los dos exilios milenarios de Israel que, instaladas en la región, pasaron a profesar el zoroastrismo; estaban incuso los armenios, quienes, aunque cristianos, por sus rasgos y la naturaleza de sus actividades podían confundirse con los judíos y, de hecho, habían sufrido su propio holocausto durante la I Guerra Mundial.

En previsión de lo que allí se encontraría y acuciada por sus propias metas de exterminio en masa, a fines de 1942 la SS encargó a Ernst Schäfer y su Instituto Sven Hedin para organizar un Sammelkommando Kaukasus, que tendría por misión la de descifrar el rompecabezas racial de la zona a fin de determinar quiénes eran étnicamente judíos y a los que, por lo tanto, se daría muerte. Schäfer no le hizo ascos a la tarea. Diseñó la expedición y propuso un presupuesto base para ella. La derrota de Stalingrado y la subsecuente retirada de las tropas alemanas del frente del Volga y el Cáucaso, sin embargo, hicieron imposible su ejecución.

Un seguro miembro de la expedición frustrada y pupilo predilecto de Schäfer, Bruno Beger, no se dejó arredrar por la cancelación del proyecto y pronto consiguió cómo hacer desde el castillo de Mittersill su aporte a la pureza racial de los arios, un tema que lo había ocupado desde sus tareas de medición de cráneos en el Himalaya.

Esta vez se propuso adelantar un macabro trabajo de investigación con el doctor August Hirt. Para conducirlo, había que escoger primero a 86 prisioneros judíos de campos de concentración. Después de gasearlos, sus cuerpos tendrían que ser sumergidos –como, en efecto, lo fueron- en unos tanques metálicos especiales donde se someterían a unos tratamientos de ácidos que los desollaría y evisceraría de un modo tan perfecto que, como resultado, obtendrían 86 esqueletos níveos y relucientes. Los esqueletos así macerados debían de servir para una investigación a profundidad sobre qué, en la humanidad tangible de un judío, lo distinguía anatómicamente de las otras personas. La investigación no se llevó a efecto por la victoria aliada, pero hubo tiempo para obtener los esqueletos. A pesar del crimen, Beger pasaría indemne los procesos de desnazificación posteriores a la guerra y una detención preventiva como sospechoso en 1960. Sólo en 1970 un tribunal civil alemán en Frankfurt del Meno consiguió juzgarlo y lo condenó a una pena exigua de tres años de libertad condicional.

La desbandada de los ejércitos nazis en la Unión Soviética a mediados de 1943 traía los peores presagios a Mittersill, así como a la jerarquía nazi que en Berlín contaba con información confiable del frente. Gracias a esa información privilegiada, el SS-Reichführer Himmler y el SS-Obergruppenführer (Mayor General) Oswald Pohl (1892-1951), Jefe del Consejo de Administración de la SS, pudieron identificar unos valiosos activos que en su retirada de la Unión Soviética los alemanes bien podían requisar y, con ello, salvar los muebles.

Así, el 1 de junio de 1943, ambos acordaron con Schäfer y el SS-Untersturmführer (subteniente, tal como Vareschi) y botánico (también como Vareschi), Heinz Brücher, montar una operación comando para “rescatar” esos bienes, operación que la revista New Scientist llamó, en su edición de enero de 2008, “La Gran Guerra Relámpago (Blitzkrieg) de las semillas”, y que el equipo de investigación sueco-alemán de  Carl-Gustaf Thornström y Uwe Hossfeld no dudaría en calificar, en 2002, como “el primer caso de biopiratería en la historia”. 

Esta vez el Santo Grial sería un cargamento de semillas o, para decirlo en la jerga científica, kilogramos de germoplasma, esto es, el material genético único de origen vegetal que se conservaba en centros de acopio desde los años 20 cuando fue recolectado en todo el mundo por un grupo de científicos soviéticos, encabezado por Nikolái Vavilov.

El de Nikolai Ivánovich Vavilov es el drama clásico del genio incomprendido y adelantado a su tiempo. Nacido en Moscú en 1887, se graduó como agrónomo en 1912. Pero influido por los hallazgos de Gregorio Mendel en el siglo XIX, y  luego de una pasantía con el inglés William Bateson, se concentró en la nueva ciencia de la genética.  La efervescencia intelectual que la Revolución de Octubre encendió durante los primeros años 20 favoreció a Vavilov, quien entre tanto había prescrito una teoría justamente revolucionaria: a su entender, los grandes cultivos que la humanidad cosechaba para su sustento en realidad procedían de especies silvestres que tuvieron sitios geográficos de origen específicos, a partir de los cuales evolucionaron y viajaron, tanto por procesos naturales como por la intervención del hombre. Vavilov se creía capaz de reconstruir ese trayecto hasta dar con los orígenes. El gobierno de los Soviets lo respaldó, primero, financiando expediciones heroicas a todos los confines del planeta (incluyendo el Ártico y las cumbres andinas de América del Sur) para recabar muestras vegetales, en especial, de granos; se dice que llegó a reunir muestras de 200.000 especies en su banco. Y después, se le concedió en 1924 la dirección del Instituto de Botánica Aplicada y Nuevos Cultivos de la Unión Soviética, en Leningrado (hoy San Petersburgo, Rusia), donde se retendría la colección y se daría inicio a las investigaciones correspondientes.

Las purgas estalinistas, sin embargo, encontraron que la de Vavilov era una “seudociencia burguesa”. En 1940 fue sentenciado a muerte, condena que de inmediato se le conmutó a 20 años de reclusión. Para nada: en 1943 moría, de enfermedad e inanición, en un gulag a orillas del río Volga. Sus ideas, clasificadas en la incorrección política, parecían condenadas al olvido.

Pero no fue así. Lejos de Rusia, los científicos alemanes habían tomado años atrás debida nota de los postulados de Vavilov. Desde junio de 1941, al servicio de las fuerzas de ocupación nazis en la Unión Soviética, esperaban con impaciencia el momento de echar mano a la colección de germoplasma global. Ni el banco principal de semillas en Leningrado, ni las cerca de 200 estaciones subsidiarias que se habían abierto como respaldos en Crimea y Ucrania, fueron trasladadas por los soviéticos al este de los Urales ante el avance de los alemanes, como sí habían hecho con sus industrias y centros de investigación; era una prueba de la escasa importancia que los rusos daban a ese muestrario caído en desgracia.

En plena retirada alemana, en cambio, los jefes de la SS sí le daban valor.

De manera que en junio de 1943, apenas un mes antes de que el Führer Adolfo Hitler en persona ordenara al SS-Obersturmführer (Teniente) Otto Skorzeny (1908-1975) iniciar una operación especial para rescatar al Duce Benito Mussolini (1883-1945) en su cautiverio del Gran Sasso, Italia, Himmler encargaba al director del Instituto Sven Hedin llevar a cabo un Sammelkommando con el que guardaría algunos paralelismos: “secuestrar” las semillas de Vavilov en la Unión Soviética y traerlas a Alemania.

Sobre el terreno, Heinz Brücher quedaría al mando de la operación. Al momento con 27 años de edad, como oficial de la Wehrmacht había participado en las campañas de Polonia, Francia y la Unión Soviética, donde se había ganado la reputación de hombre resuelto y leal camarada. Además, desde 1939 tenía el título de Botánico de la Universidad de Tubinga, donde defendió su tesis a pesar de que mayormente se formó en la Universidad de Jena. Al regresar a esta, en 1941, se incorpora como asistente del profesor Karl Astel en el Instituto para la Investigación de la Herencia Humana y la Política Racial, cuya denominación lo dice casi todo; sólo faltaría agregar que allí Brücher encontró un lugar propicio para sus concepciones sobre la eugenesia –la intervención deliberada para mejorar los rasgos hereditarios humanos- inspiradas en los trabajos previos del biólogo y darwinista social Ernst Häckel (1834-1919).

De vuelta a la ciudad de Jena y al trabajo de oficina, después del frente de batalla, las condiciones también se hicieron las deseables para que Brücher, miembro del partido nazi desde 1934, se apuntara a la SS. Y ya en la organización, con su perfil académico y político, enseguida encauzó su carrera hacia el grupo de investigadores del Instituto Sven Hedin y al Sammelkommando de las semillas de Vavilov, en ambos, bajo las órdenes de Ernst Schäfer.

Pero Brücher no estaba para ser un segundón. Con pronunciado don de mando, le bastó un equipo de otras dos personas y dos vehículos para partir el 16 de junio de 1943, sólo 15 días después de la orden dictada por Himmler, a requisar 18 estaciones genéticas en Ucrania y Crimea, justo detrás de las líneas de las fuerzas alemanas que se replegaban. Nunca tuvo acceso al banco principal de Vavilov, elusivo en medio de la heroica resistencia que la ciudad de Leningrado presentó ante el sitio militar. Pero con lo que se llevó de esos 18 centros, a los que, para mayor facilidad, no hubo que someter a la fuerza, tuvo suficiente para llenar dos maletas grandes de viajero.

Al regresar a Alemania, por su éxito obtuvo un ascenso dentro de la SS y la Cruz de Hierro. Con los agasajos y las distinciones sintió llegada la oportunidad de hacer saber que esa era “su” colección y que, como subalterno, no sería hueso fácil de roer para nadie. Tenía con qué plantarse: en su defensa de tesis en Tubinga, cobró notoriedad al mantener una dura controversia con su propio tutor, Ernst Lehmann. Muchos años después, en 2008, uno de los miembros de la operación de secuestro de las semillas de Vavilov y su único sobreviviente para la fecha, Arnold Steinbrecher, recordaba a Brücher para la revista New Scientist como un hombre “meticuloso y altamente inteligente, pero muy ambicioso, exigente, enérgico y autocrático”.

Con esa ofrenda envenenada, no hubo más contención para que los celos entre Schäfer y Brücher se manifestaran de manera abierta y, para colmo, Brücher debió eludir como mejor pudo la presión de Hans Stubbe, director del Kaiser-Wilhelm-Instituts für Kulturpflanzenforschung (Instituto “Emperador Guillermo” para la Investigación de Cultivos) en Viena, que quería captarlo quizás no tanto por las cualidades de Brücher, sino por la dote que llevaba consigo, la colección Vavilov, para muchos, la palanca con que se podría dominar la agricultura mundial en los años venideros.

En noviembre de 1943, por fin, el SS-Reichsführer Himmler tomó una decisión con espíritu salomónico. Brücher no trabajaría ni para Schäfer ni para Stubbe. Se crearía un nuevo Instituto de la SS para la Genética de Plantas, con Brücher a la cabeza y la colección Vavilov como principal patrimonio. Del mismo modo que el Sven Hedin en Mittersill, el nuevo instituto tendría prisioneras de campos de concentración en el rol de personal de limpieza, y un castillo austríaco como sede, pero esta vez mucho más al este, en Lannach, cerca de las fronteras con Eslovenia y Hungría. Las tierras en torno al castillo venían sirviendo desde antes como campos de prueba para los granos que los científicos del Instituto Sven Hedin lograban.

La estrella de Brücher no perdería brillo a partir de allí. En 1944 fue nombrado Untersturmführer de la Waffen-SS, adscrito al Estado Mayor Personal del SS-Reichsführer Heinrich Himmler en Berlín.

Aunque amarga y tal vez aleccionadora, de seguro Schäfer pudo digerir la defección de Brücher con sus valiosas valijas. De peores situaciones había salido a flote. Pero también era verdad que Brücher no era el único problema que enfrentaba. Según avanzaba 1944, los suministros de todo tipo, no sólo científicos, escaseaban. Los primeros resultados aplicables de los programas de investigación con cereales estarían listos en la primavera de 1945, justo cuando se sellaría el destino final del III Reich con la victoria de los Aliados. Y con la caída del Reich, Schäfer cayó a la vez prisionero de los estadounidenses en Múnich.

Como miembro de la SS y líder científico de un programa especial de la organización, Schäfer quedó a las órdenes del CIC (Counterintelligence Corps) del Ejército norteamericano, para las averiguaciones de rigor. Debía de ser juzgado y condenado por un tribunal de desnazificación. Para ello pasó luego cuatro años en un campo de internamiento que las fuerzas de ocupación estadounidenses crearon en el antiguo cuartel de la Artillería Antiaérea alemana en Ludwigsburg, cerca de Sttutgart, Alemania. El reclusorio estaba pensado para alojar a los procesados de alto rango y criminales de guerra que hubiesen caído en manos del VII Ejército de Estados Unidos. Además de Schäfer, entre los huéspedes más connotados del lugar estuvieron en ese lapso el hijo del Kaiser Gullermo, último Emperador de Alemania, el Príncipe Augusto Guillermo de Prusia (1887-1949, diputado del partido nazi y segundo al mando de las SA); el Conde Lutz Schwerin von Krosigk (1887-1977, ex ministro de Hacienda nazi y Canciller del efímero gobierno de capitulación del almirante Karl von Dönitz); y Walther Darré (1895-1953, ex ministro de Agricultura, Jefe de la Oficina de Raza y Reasentamiento, e ideólogo nazi).

Pero, como ilustra con maestría la película de Stanley Kramer, El juicio de Núremberg (1961), también durante esos cuatro años empezaron a colarse los vientos gélidos de la nueva confrontación Este-Oeste. Antes aliados para doblegar a la Alemania nazi, ahora Estados Unidos y sus socios occidentales se preparaban, por un lado, para medir fuerzas con la Unión Soviética y los satélites que conformarían el Pacto de Varsovia, por el otro, en una suerte de boxeo de sombra global llamada Guerra Fría. En esa guerra de simulacros y escaramuzas a lo largo de la línea del Telón de Acero, por lo general fría o a punto de calentarse, a cualquiera de los bandos en pugna le iba a venir bien el refuerzo de los experimentados técnicos y militares alemanes que, quién lo dudaría, bastante habían tenido que ver con los nazis. De llamarse las cosas por sus nombres, el pueblo alemán tendría que haber sido objeto de una purificación colectiva, tal su compenetración con el nazismo y sus desmesuras; pero, a la vez, a ambos bandos se le hacía impráctica esa purga, no sólo por sus dimensiones, sino porque profundizaría el encono de los lugareños del que parecía destinado a ser el teatro de operaciones principal de la probable IV Guerra Mundial.

Fue cuando a indiciados y testigos les empezó a parecer difícil el hacer memoria ante las cortes. Jueces y fiscales de las naciones victoriosas, tanto civiles como militares, empezaron a hacerse de la vista gorda. Las mismas instalaciones de Ludwigsburg, ocupadas hasta entonces por unos prisioneros de guerra razonablemente bien alimentados, ahora eran demandadas con urgencia para acoger a los refugiados de ascendencia y habla alemanas que en venganza eran expulsados por los nuevos gobiernos comunistas de Polonia, Hungría, Rumania y Checoeslovaquia.

En 1949, Ernst Schäfer salió en libertad con su conciencia en aparente paz y su prontuario blanqueado mediante un Persilschein (Documento Persil), el salvoconducto que las autoridades aliadas de ocupación expedían y que los propios alemanes bautizaron con sorna usando la marca de un popular detergente, Persil, para referirse tanto a las propiedades limpiadoras que el documento tenía en el historial de alguien, como a la facilidad para obtenerlo, como si de un premio dentro de una caja de jabón se tratara.

Schäfer constató de inmediato que la libertad en una Alemania ocupada, dividida entre fuerzas rivales, y que literalmente trataba de levantarse de sus escombros, era parcial. Le resultaba difícil ganarse la vida. Tenía casi un lustro fuera del circuito científico y el mismo hecho de salir de prisión, a pesar de la dispensa obtenida, generaba suspicacias a su alrededor y le convertía en un recordatorio insoportablemente bullicioso de algo que todos querían olvidar. Quizás ni siquiera había una empresa que requiriese sus servicios, tan especializados, ni algún colega dispuesto a emprender a su lado. Como escribe el entomólogo venezolano Jorge González, de la Universidad Texas A&M, casi por prodigio Schäfer fue capaz de “ganar algún dinero dando conferencias sobre sus investigaciones y expediciones” (10). Pero era la comida del día para él y su familia. El futuro pintaba poco prometedor.

La tabla de salvación vendría en forma de una carta de un viejo amigo, Bernhard von Steinberg. Era un alemán, dueño de un hospedaje en Boconó, estado Trujillo, en los Andes de la lejana y misteriosa Venezuela, pero también allegado a dos científicos locales, William Phelps (1902-1988) y Tobías Lasser (1911-2006). Mediante la correspondencia, von Steinberg avisaba a Schäfer que los científicos buscaban a un naturalista que quisiera trabajar en un proyecto en Venezuela, específicamente, al servicio de Lasser. ¿No le interesaría tomar esa oferta?

Encrucijada nazi en Venezuela (III)


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Tierra de gracia y exilio

El martes 17 de diciembre de 1935, día en que se conmemoraba el 105to aniversario de la muerte del Libertador Simón Bolívar, el pueblo de Venezuela supo del deceso de Juan Vicente Gómez, El Benemérito, hombre fuerte del país desde 1908.

La noticia de la muerte del presidente ascendió desde Maracay –la ciudad que durante su mandato Gómez había hecho terruño de adopción, capital oficial del estado Aragua, capital de facto de Venezuela y, al final, lugar de defunción- por la carretera que todavía hoy la conecta con el puerto de Ocumare de La Costa y que el dictador ordenó construir en 1910 con mano de obra esclava de prisioneros políticos y comunes. Rauda alcanzó el punto más alto de la carretera, a 1.200 metros sobre el nivel del mar, en el sitio de la antigua Hacienda Rancho Grande, y cuando llegó a oídos de los 196 obreros que trabajaban en la construcción de un hotel de lujo allí, la noticia les hizo abandonar sus labores y herramientas. Decidieron caminar a Maracay en procesión, para nunca más regresar a la obra.

Así quedó inconcluso, hasta el día de hoy, el Gran Hotel Rancho Grande. A 77 años de su abandono, todavía se puede apreciar la imponente estructura, desde un plano superior, como un signo de interrogación de dimensiones colosales, un castillo o búnker de cemento que luce desguarnecido, a pesar de su mole, ante la gula paciente de la selva que lo rodea. Lianas y helechos se le incrustan por todas partes, y aunque un solitario guardaparques andino –en realidad, de Biscucuy, Portuguesa- se afana por hacerlo parecer un sitio residencial con su modesto mobiliario, los cristales rotos de la mayoría de las ventanas le dan aspecto de lugar de paso o, incluso, de asiento, para comunidades de aves y murciélagos.

Pero en 1935 la idea era que se convirtiera en un hotel de alto estándar, que aprovechara el delicioso clima templado de la selva de neblina como principal reclamo turístico. Como hacían los funcionarios de las administraciones coloniales en el trópico, se suponía que los cortesanos de Gómez subirían desde Maracay durante los meses cálidos de julio a septiembre para atemperarse en las instalaciones de montaña. Como la comitiva era amplia y las labores de gobierno no podían interrumpirse en esa temporada estival, se pensó en grande: 80 habitaciones tendría el hotel. 

La estampida obrera de diciembre de 1935 devolvió ese sitio de la Cordillera de la Costa a la desolación que le era natural. Aunque no por mucho tiempo. Un axioma en Venezuela establece que a la escasa propensión nativa para continuar o completar empresas de largo aliento, le corresponden unas ganas permanentes por renombrar, refundar o reciclar los cimientos de lo poco que se ha hecho.  Así que no tardaron mucho en surgir las primeras propuestas para darle un nuevo uso a la estructura, sobre todo, desde que en 1937 todos sus alrededores fueron declarados Parque Nacional. Desde entonces Henri Pittier (1857-1950) –naturalista suizo-estadounidense, de quien en 1953 el Parque Rancho Grande recibiría el nombre- aupaba para el edificio un destino como estación científica. En los hechos, la estructura sirvió de base de operaciones para la expedición de un año de duración que en 1945 William Beebe y Joselyn Crane, del Departamento de  Investigaciones Tropicales de la Sociedad Zoológica de Nueva York, realizaron por el bosque circundante, bajo los auspicios de la Creole Petroleum Corporation, que fondeó las refacciones y equipamiento del lugar. Ese mismo año, la III Conferencia Interamericana de Agricultura, reunida en Caracas, aceptó con beneplácito la propuesta de hacer de Rancho Grande una Estación Biológica internacional.

Lo turístico del lugar –el clima fresco, la paz, la frondosidad vegetal, la vida en plena diversidad- se debe a lo ecológico del lugar. Su proximidad por dos caras con el mar y la planicie tórrida ya define una particularidad. El ascenso por la carretera gomecista, desde El Limón a Rancho Grande, se convierte en una sucesión de microclimas y hábitats que parecen variar por cada 100 metros de altura. En el propio sitio de Rancho Grande, quien conduzca por la cinta ondulante de asfalto, justo antes de una curva en “U” que da inicio al descenso hacia la costa aragüeña, presenciará un espectáculo majestuoso y casi ininterrumpido: el trasvase de un caudal de neblina desde la vertiente caribeña del cerro al valle por el paso Portachuelo, un pórtico natural entre los picos Periquito y Guacamayo, a 200 metros del hotel-estación. La riqueza biológica del Parque lo convierte en un indiscutible atractivo para la investigación. Como aloja más de 500 especies de aves, en la actualidad sigue siendo un destino importante para observadores de aves de todo el mundo. Y por eso mismo es hoy, como en 1949, un verdadero paraíso para ornitólogos, como lo era William Phelps –quien, según la carta de von Steinberg desde Boconó, buscaba junto a Lasser en esa fecha un naturalista para encargarse de una tarea en Venezuela- y como Ernst Schäfer –quien, al recibir la carta de von Steinberg, seguía desempleado y no tenía cómo asegurar el sustento para sí y los suyos del día siguiente-.

Von Steinberg informó del currículo y la disposición de Schäfer a Phelps y a Tobías Lasser. Este último, científico falconiano de ascendencia libanesa, escritor y médico cirujano, formado como botánico en la Universidad de Michigan, Estados Unidos, en 1949 era Director del reciente Instituto Botánico del Ministerio de Agricultura y Cría. En calidad de tal tenía la potestad y, aún más, la urgencia de encontrar a un responsable de la nueva Estación Biológica Rancho Grande, a la que por fin el gobierno venezolano había decidido abrir. No podía ser cualquiera, sino alguien cuyo perfil científico asegurara a la estación un manejo con estándares y proyección internacionales.

De suerte tal que Lasser terminó por contratar a Ernst Schäfer. El zoólogo alemán, líder de la expedición al Himalaya de 1938-39, jefe del Instituto Sven Hedin y potencial investigador de los judíos del Cáucaso, desembarcó en Venezuela en diciembre de 1949. En enero de 1950 ya estaba instalado, a tiempo para su inauguración,  como residente en la “Estación Biológica y Museo de Flora y Fauna Henri Pittier”, pomposo nombre que el ministro de Agricultura y Cría de entonces, Amenodoro Rangel Lamus, le asignó pero que luego el sentido común acortó por “Estación Biológica Rancho Grande”.  A nombre del gobierno de la Junta Militar que ocupaba por esos días el Palacio de Miraflores, el ministerio  aprobó para la estación el triple propósito de servir de centro educativo para el público, centro de investigaciones científicas, y baluarte para la protección del entorno contra incendios, cazadores furtivos o avances agrícolas.

La lóbrega edificación en medio de la selva podía asustar a cualquiera menos a Schäfer. Además de ser un sobreviviente por excelencia, Schäfer debió presentir en la oportunidad que se le otorgaba en Venezuela, una vía para salir de la indigencia y del aislamiento científico. Además, no llegó solo. Vino con su esposa desde 1939, Ursula von Gartzen, y sus tres hijas. Enseguida tuvo oportunidad de contratar a dos ayudantes alemanes –el taxidermista Willy Tille y el ilustrador Eberstein- y cuatro venezolanos.  En vez de una ruina, Rancho Grande empezaba a asemejarse a una colmena.

La revista corporativa de la Creole Petroleum Corporation, El Farol, en su número 140 de 1952, publica un reportaje sin firma sobre la estación, donde da cuenta de la actividad de diversas misiones científicas, encabezadas por “el doctor Teusher, director del Jardín Botánico de Montreal, en Canadá; el Sr. Foster, presidente de la Asociación Internacional de las Bronceliaceas [sic]; y los doctores Test, señor y señora, de la Universidad de Michigan”.  Por cierto, el redactor anónimo de la revista se permitió una travesura al colocarle la leyenda a una de las fotos, donde aparecen empleados de segunda línea de la estación y ejemplares de pájaros disecados: “Aquí, entre la más rica colección de pájaros del mundo, trabaja a diario el Dr. Shafer [sic]”, pone en la leyenda, sin dejar de notar a continuación: “El científico odia las fotos”.  Más que fobia, con toda probabilidad se trataba de precaución. “En el exilio en Venezuela, Schäfer rara vez discutía sobre la guerra”, asegura Christopher Hale en su libro La cruzada de Himmler (11).

El hervidero en que Schäfer había logrado convertir a Rancho Grande no lo nutrían sólo científicos. También pululaban amigos y turistas que dejaban sus rúbricas en los cuadernos escolares que funcionaban, por no haber mejor alternativa, como libros de visita. Entre los primeros se encontraba también otro viejo conocido de Bernhard von Steinberg, el providencial hotelero de Boconó. Este sujeto se llamaba Hermann Pannier, un vendedor viajero de productos farmacéuticos que en 1942 había tenido que dejar Venezuela –donde vivía desde mucho antes- y regresar a Alemania después de que el gobierno del general Isaías Medina Angarita, bajo presión de Estados Unidos, declarase la guerra al Eje y distribuyera la famosa Lista Negra con la que pedía a los ciudadanos venezolanos identificar y boicotear los negocios de alemanes y japoneses en el país.

A principios de la década de los 50 Pannier estaba de regreso en Venezuela y trabajaba para una marca estadounidense de textiles. Von Steinberg lo había puesto en contacto con Schäfer. Cuando Hermann Pannier se dejaba ver en Rancho Grande, con frecuencia venía acompañado de su hijo Federico Fritz Pannier Pocaterra –futuro científico-, producto de su primer matrimonio, y de su bebita Christine, nacida en segundas nupcias con Liesselotte Zettler, sí, Lotte, la que al final de la historia se convertiría en esposa de Volkmar Vareschi. Liesselotte también hacía parte de las visitas.

Del trato frecuente se llegó a una relación íntima. Cuando Zettler empezó el trabajo de parto de la que sería su segunda hija, Ursel, en la casa de una planta y techos de caña amarga donde los Pannier vivía en Sebucán, al este de Caracas, quien yacía en la cama de al lado y se percató primero que nadie de que la bebé ya venía en camino, fue Ursula Schäfer, la mujer de Ernst.

Pannier, durante su breve exilio en Alemania, había conocido a Lotte, ella entonces desplazada del Este en control soviético. Formaron pareja en la posguerra, se casaron en abril de 1947, y tuvieron su primera hija en enero de 1948 en Baviera, cuando ya Hermann y el adolescente Fritz habían viajado de regreso a Venezuela para hacer los trámites de inmigración del resto de la familia. Lotte y la recién nacida Christine llegaron a Maiquetía el 13 de octubre de 1948.

Quizás como expresión de apoyo entre jóvenes matronas alemanas, Ursula von Gantzer de Schäfer y Lieselotte Zettler de Pannier se hicieron buenas amigas. Una y otra se brindaban compañía y alojamiento, bien en Sebucán, en ocasiones en Rancho Grande. En Ahora escribo con plumas de loro, Lotte describe con nostalgia lo que fueron las jornadas que durante unos meses le tocó pasar en Rancho Grande, como una suerte de exilio de maternidad: “…en verano 1951 -¡fue toda una aventura! Yo fui enviada con Christine y la pequeña Ursel de 3 ½ meses adonde los Schäfer en Rancho Grande, donde sus pañales ondeaban en los espacios abiertos de la ‘ruina en construcción’, donde en las noches supuestamente andaban errantes los ocelotes, y donde arriba en la gran azotea les echaba cuentos a las hijas de los Schäfer, cuando, al caer la noche, las numerosas golondrinas que anidaban en los agujeros de los muros, volaban de un lado al otro y los velos de la neblina atravesaban las copas de las enormes Gyrantheras” (12).

Con Lotte en Venezuela, pues, se completaba el elenco necesario para que, de nuevo, Ernst Schäfer se convirtiera en el artífice del cambio en la vida de Volkmar Vareschi.

Al apenas tomar las riendas de Rancho Grande, en 1950, Schäfer supo por su supervisor, Tobías Lasser, los planes que este se traía entre manos para promover la creación de un Jardín Botánico, al estilo europeo, en 70 hectáreas de terreno aledañas al viejo emplazamiento de la Hacienda Ibarra, sitio donde se levantaría la nueva Ciudad Universitaria de Caracas. Lasser calculaba que el proyecto, de inminente aprobación, aumentaría la presión de trabajo en la dependencia a su cargo, el Instituto Botánico, y sobre todo en la gestión de una de sus más caras posesiones, el Herbario Nacional. Por lo tanto, de nuevo se encontraba en búsqueda de personal científico especializado en botánica.

Schäfer no dudó en postular a Volkmar Vareschi, su viejo camarada de Múnich y Mittersill, como candidato.

¿Qué había sido de Vareschi? El final de la guerra le pilló en Austria. Como Schäfer, cayó en manos de los estadounidenses, que no tuvieron contemplaciones durante los interrogatorios que le hicieron. Una cicatriz marcada por una bayoneta en la espalda de Vareschi era, según el relato de Lotte, una de las pruebas visibles de las torturas a las que su esposo fue sometido por los agentes del CIC.

Vareschi fue a dar al Campo de Refugiados de Zell am See, un importante cruce de líneas de ferrocarril en Austria y donde, por esos días de 1946, se había estacionado parte de la famosa 101ra División Aerotransportada de Estados Unidos, cuyas peripecias darían pie al guión de la teleserie Band of Brothers. El 10 de mayo de 1946, cerca de su 40mo cumpleaños, Vareschi obtuvo su salvoconducto, que lo identificaba como Docente de Botánica y daba por lugar de residencia una dirección muy cercana al campo, en la población de Bramberg-Habach. Esto es congruente con una fuente de Internet, que para entonces lo ubica trabajando en la estación botánica de Radstadt, al sur de la ciudad de Salzburgo (13). En 1947 consiguió un cargo como Profesor Auxiliar en la Universidad de Innsbruck, la ciudad de sus orígenes, donde recibió el aviso desde Venezuela -¡el país del Orinoco!- de Schäfer.

El llamado desde Venezuela formaba parte de una cadena de favores recíprocos entre colegas, y todavía más, entre amigos. La lealtad de esa relación personal acababa de quedar reafirmada en 1946 cuando, al apenas salir de su confinamiento en Zell am See, Vareschi envió al Campamento de Ludwigsburg, donde Schäfer estaba preso, una declaración en la que el ya hombre libre buscaba exculpar a su colega ante las autoridades de ocupación. De acuerdo al autor Peter Mierau en Nationalsozialistische Expeditionpolitik (Política Nacionalsocialista de Expediciones), la misiva de Vareschi argumentaba que Schäfer había sido “un opositor a los nazis que vivió en un ‘volcán’ y muchas veces asumió peligros personales para ayudar a jóvenes científicos” (14).

Esta vez, Vareschi tampoco dejó de atender el llamado de Schäfer. Como ya se vio, desembarcó en La Guaira el 2 de julio de 1950, pero sólo vino a aparecer la tarde del 3 de julio en Caracas. Según dijo, abandonó su equipaje en el puerto y, extasiado por la visión de la naturaleza, se dejó llevar por las callejuelas ascendentes de La Guaira y las picas del cerro El Ávila hasta llegar a pie, como en una excursión, al valle capitalino. Polvoriento y con su ropa de kakhi raída por la maleza en la caminata, continuó hasta una dirección en Caracas que Schäfer le había dado para su orientación. Se trataba de una casa de una sola planta y techo de caña amarga en la zona de Sebucán en la que, una vez le abrieran la puerta,  preguntaría: “¿Aquí viven los Pannier?”.


Diezmo real
 En la actualidad, la mayoría de los materiales científicos producidos en la Estación Biológica de Rancho Grande, como restos de dioramas, expedientes de investigación y especímenes disecados –también se encuentran las grabaciones de los cantos de 683 especies de aves recogidos por el ornitólogo Paul Schwartz (1917-1979)-, los conservan con gran celo y escaso presupuesto los empleados de la Estación El Limón, justo a la entrada al Parque Henri Pittier desde Maracay.  Allí también se guardan los ejemplares que aún quedan de los libros de visita –cuadernos escolares con hojas a una sola raya- que en su época Schäfer ponía a disposición de quienes llegaban a conocer el centro. Son pocos los cuadernos y no guardan una secuencia exacta de fechas entre sí. Sin embargo, en uno de ellos, al final de la única columna escrita de una página impar, se lee una signatura que parece brillar:

            “Rey de Bélgica 9-1-50”

La inscripción, hecha a lápiz, destaca por el trazo, tan firme que casi se hace perceptible como una hendidura sobre el papel. La caligrafía muestra, en cambio, otro tipo de rigidez, la que se puede achacar a quien intenta falsificar una firma ajena. Si ya suena improbable que el rey de los belgas firmase en castellano y con letra tan indigna de su condición, un par de anacronismos terminan por despejar el fraude. Pues, que se sepa, en enero de 1950 el rey Leopoldo III de Bélgica aún no abdicaba y, de hecho, acababa de regresar a Bruselas a ocupar su trono luego de un controvertido exilio que lo había mantenido en Suiza desde 1945, luego de ser liberado de su cautiverio nazi. Además, la página del cuaderno donde se encuentra la aparente impostura corresponde a un grupo de firmas de marzo de 1952, no de 1950, entre las que se incluye la rúbrica de Hedda Schäfer, segunda de las tres hijas del matrimonio.

Muchos renglones de ese y otros cuadernos están rellenos con la escritura infantil de las niñas Schäfer. Con ello, cabe suponer que la firma de presunto puño y letra del Rey Leopoldo no es más que una jugarreta de mocosas. Pero lo significativo es, justamente, que esas criaturas eligieran el nombre de Leopoldo III para sus chiquilladas y no el de un héroe de tiras cómicas. Indicio claro de que Leopoldo ya era una mención familiar en ese hogar selvático.

En efecto, Leopoldo III, después de renunciar a la corona en 1951 en favor de su hijo Baduino, dedicó el resto de su vida a hacerse una carrera de naturalista. Entre sus expediciones a distintas partes del mundo, en tres ocasiones visitó Venezuela: 1952, 1954 y 1956, siempre con el arqueólogo José María Cruxent como escudero. En junio y julio de 1952 lideró su primera expedición y quizás también la más celebrada, al Alto Orinoco, bajo el nombre oficial de Expedición Leopoldo al Territorio Amazonas (Elata). Aún sin la certificación de la firma, todo indica que Leopoldo no perdió entonces la oportunidad de ir a conocer la Estación de Rancho Grande, de renombre internacional. Desde entonces trataría de persuadir a Ernst Schäfer para que regresara con él a Europa y convertirse en su asesor científico. Para Schäfer la oferta resultaba atractiva, pero se tomó dos años, hasta 1954, para aceptarla mientras atendía el Pabellón de Venezuela en la Convención Mundial de Caza y Pesca en Düsseldorf, Alemania.

En cierto modo se entrecruzan en la crónica de esos días dos flechazos: el que Leopoldo III y Ernst Schäfer intercambiaron en 1952 para conveniencia mutua de sus respectivos proyectos, científicos y vitales; y el que desde 1950 –cuando se vieron en el umbral de la casa de los Pannier- y para siempre conectó a Lotte Zettler y Volkmar Vareschi.

Presas de una atracción inmediata, Zettler y Vareschi enfrentaron con tacto las convenciones sociales de entonces para dar cauce a su relación. Con meticulosidad, Lotte buscó no herir a su esposo, Hermann Pannier, quien entretanto había dado un trato cordial a Vareschi y emprendido, en una apartada loma del sector Los Guayabitos, sobre una parcela adquirida a nombre de Lotte, la construcción de un par de casas que debían recibir, una vez concluidas, a las familias Vareschi –Volkmar, por su parte, había dejado esposa e hijos en Alemania- y Pannier. El concepto de las residencias venía de un bosquejo de Vareschi, quien decía haberse inspirado en una casa de Knut Hamsun, el noruego Premio Nóbel de Literatura 1920 que, como el sueco Hedin, expresó sin tapujos su simpatía con el nazismo.

Desde su arribo a Venezuela en 1950, la situación profesional y económica de Vareschi se había reafirmado. Acompañó expediciones al Sur del país, a los Andes y a Perijá, amén de la suya propia al Delta del Orinoco. En 1953 alcanzó el escalafón de Profesor Asociado de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela (UCV), de cuyo Instituto Botánico llegaría a hacerse cargo. Y si bien no lo dice en ninguno de sus escritos, es bastante seguro que había estado varias veces en Rancho Grande con su amigo y valedor Schäfer.

El de 1954 mostró ser, pues, un año decisivo. El entrevero romántico entre Zettler y Vareschi iba en camino a aclararse. Vareschi pidió el divorcio a su esposa de ultramar a la que todavía en 1953 recibió, en Venezuela, en un postrero intento de reconciliación y convivencia. Lotte obtuvo entre tanto su divorcio. Un breve paréntesis de concubinato desembocó en la formalización del matrimonio Vareschi-Zettler en 1957.

También en 1954, Ernst Schäfer se radicó en Bélgica con su familia. Pronto verificó que, además de ofrecérselas, Leopoldo III en efecto le había concedido villas y castillos: se le instaló con todo esplendor en el castillo de Villers-sur-Lesse. Schäfer tenía sus planes de investigación. Pero Leopoldo III se le adelantó con una asignación: quería que Schäfer hiciera el trabajo previo de campo y luego rodara una película en el Congo Belga (hoy República Democrática del Congo, ex Zaire), en ocasión del 50mo aniversario de la creación de la colonia -escenario de un verdadero genocidio desde los tiempos de su antepasado directo, Leopoldo II-. El proyecto contaba de inicio con un fondo de cinco millones de dólares para su realización. Schäfer, que jamás había manejado un presupuesto de ese tamaño para ninguna de sus expediciones anteriores, puso entonces su mira en África.

Resulta curioso que para ese mismo año de 1954 al menos dos fuentes, la ya mencionada Pringle y un forista, al parecer bien enterado, del website http://passionmilitaria.fr (15), aseguran que Volkmar Vareschi hacía una expedición privada por el norte de África, en Marruecos y Argelia, en compañía de Bruno Beger, el etnólogo de la expedición al Himalaya y funesto cazador de esqueletos humanos en Mittersill. Beger también estuvo prisionero desde el fin de la guerra hasta 1948, cuando salió en libertad. Lotte de Vareschi, entrevistada en Caracas, dice no recordar al tal Beger, pero tiene presente un viaje a Marruecos por esas fechas de Vareschi con Ludwig Lutti Stigler, un viejo camarada austríaco, arquitecto de cierta reputación, que en 1948 emigró, primero a Argentina, y luego a Venezuela –murió en 1994 en Baviera-.

Schäfer tardó unos tres años en filmar la película con un equipo predominantemente alemán, que incluyó al zoólogo y cineasta Heinz Sielmann (1917-2006) como guionista y director. De ese período, al menos durante año y medio contó con la presencia en el plató de Leopoldo III y su segunda esposa, Lilian de Rethy, quienes en sucesivas visitas contribuyeron a darle a la empresa científica un aire de retiro estival. En 1958 al fin estuvo lista Les seigneurs de la forêt (Los señores de la selva). La consultada Internet Movie Data Base (IMDB), cuya ficha técnica no incluye a Schäfer, describe la cinta como “un documental que muestra la lucha de los habitantes -tanto humanos como animales- del entonces llamado Congo Belga”. La narración en inglés para Estados Unidos fue hecha por Orson Welles, y la Twentieth Century Fox se encargaría de su distribución mundial.

Pero la apoteosis que parecía asegurada se trocó en ridículo una vez el pasado de Schäfer afloró de nuevo. La Asociación Belga de la Resistencia denunció en el diario socialista Le Peuple que el hombre detrás de la película era el mismo del Himalaya y Mittersill. La première en Bruselas tuvo que ser pospuesta varias veces, entre llamados a boicotear la película; en una de esas galas frustradas, el Sindicato de Trabajadores de la Electricidad se negó a proveer del servicio eléctrico a la sala de cine. En Amsterdam, la otra capital clave del Benelux, ocurrió algo similar. La noche del estreno, en marzo de 1959, la reina Juliana de Holanda, el príncipe Bernardo, y todo el quién-es-quién de los Países Bajos, se excusaron a última hora de asistir. Leopoldo III y Lilian, casi solitarios en la sala del cine Amsterdam City, entendieron que las noticias desde Bélgica habían alertado a los veteranos de la resistencia holandesa.

A pesar del fiasco, la Fox pudo estrenar el filme en 1960 en Estados Unidos y otros países de Occidente. Ante la necesidad de controlar los daños y preservar no sólo lo que pudiera quedar del negocio cinematográfico, sino la misma factibilidad del Instituto Internacional para la Conservación Natural que Leopoldo III entre tanto había fundado, el rey en retiro negoció con Schäfer una indemnización  equivalente a 200.000 euros de hoy, a cambio de su extrañamiento y silencio. Schäfer consiguió un puesto de curador en un museo en Hannover, Alemania, y  nunca más figuró en los créditos ni de la película ni de la fundación.

La muerte le alcanzó a una edad avanzada y sobre suelo alemán, donde yace desde 1992.  Sus correrías, intensas y dilemáticas, al final consiguieron extenuar a quienes buscaban ajustar cuentas de la II Guerra Mundial con él. En medio de esta parábola escrita a cuatro manos entre la desmemoria y la reinvención deliberadas, Schäfer nunca rompió su nexo con Venezuela. En 1981, según el investigador Jorge González, visitó por última vez la Estación de Rancho Grande, y todavía tendría energías para preparar con sus apuntes de campo de la década de los 50, una obra que se publicaría de manera póstuma en 1996:  Die Vogelwelt Venezuelas und ihre Oekologischen Bedingungen (Las aves de Venezuela y sus condiciones ecológicas).


Fosforito en la Renovación Universitaria

Un día a mediados de 1968, un joven tesista de la Universidad de Roma, Otto Huber, llegó al Instituto Botánico de Caracas, donde estaba por terminar el procesamiento de datos de un trabajo de campo que durante meses había hecho en Calabozo, estado Guárico. Oriundo del Tirol del Sur o Alto Adigio, territorio italiano de habla alemana, el estudiante de Botánica había hecho buenas migas con el también tirolés (del norte) Volkmar Vareschi, ya por entonces una autoridad mundial en temas de Ecología y Director del Instituto. La simpatía mutua se había estrechado tanto desde que ambos se conocieron en la Estación Biológica Francisco Tamayo de Calabozo, a principios de ese año, que para sus últimos días en Venezuela, Huber tenía asegurado hospedaje en la legendaria Quinta Tepuy de los Vareschi, en Los Guayabitos.

Al entrar, Huber se sorprendió de ver a su anfitrión y futuro mentor, Vareschi, en compañía de otro hombre que aparentaba 50 años de edad, algo corpulento, con quien hablaba en alemán. Una vez Huber se acercó, Vareschi presentó al desconocido con grandilocuencia: “Te presento a la autoridad mundial en la genética de la papa”.

Se llamaba Heinz Brücher.

El líder en 1943 del comando de rescate de las semillas de Vavilov había ido a parar a Venezuela por una conexión que esta investigación periodística no logró determinar.  Es seguro, sin embargo, que desde 1963 ocupó una cátedra en la Facultad de Ciencias de la UCV.

La trayectoria geográfica que siguió, desde que fue nombrado al frente del Instituto de Genética de Plantas de la SS, en 1943, hasta Venezuela, confirma el talante aventurero de Brücher. En febrero de 1945, ante la proximidad de las tropas soviéticas a Lannach, Brücher recibió desde Berlín unas órdenes que nunca pensó en obedecer: volar con explosivos el castillo y la colección Vavilov de germoplasma. Huyó, en cambio, con el material científico y supo mezclarse como un paisano más con la población hasta 1947, cuando los estadounidenses lo capturan en su ciudad natal de Darmstadt, Alemania. A pesar de ser aprehendido, desde entonces no hubo más rastros sobre la colección de Vavilov, acerca de la que se tejerían innumerables leyendas, muchas de las cuales emparejan su destino con la del propio Brücher.

Y es que en el momento de su detención ya ocurre, al momento de su detención, algo extraño: en vez de ponerlo en aprietos –como sucedió con colegas como Schäfer, Vareschi o Beger-, los servicios de investigación norteamericanos piden su colaboración. David Gade, investigador del Departamento de Geografía de la Universidad de Vermont, Estados Unidos, quien conocería personalmente a Brücher en Paraguay en la década de los 70, corrobora que el antiguo oficial de la SS trabajó bajo contrato por varios meses para las fuerzas de ocupación estadounidenses. Thorström y Hossfeld, por su parte, rastrean un informe científico que Brücher preparó para la Agencia Field Information Assistance-Technical  (FIAT) del Ejército norteamericano, que se encargaba de detectar en campo a los sabios y talentos alemanes con potencial para su empleo en industrias estratégicas de Estados Unidos. No se sabe qué tanto interés pudo despertar su trabajo a la larga. Pero en cierto momento Brücher llega a comprender que no está segura su exportación a Estados Unidos y que, en caso de perder valor ante los americanos, su status quo podría peligrar. Así que, sin mayores trabas, en 1947 viaja a Suecia, desde donde lo invita el legendario Sven Hedin.

Hedin pone en contacto a Brücher con su amigo, Herman Nilsson-Ehle, director de la Estación Experimental de Reproducción de Svalöv, donde le da trabajo y una atmósfera de comprensión para su conflictivo pasado. También en Suecia, Brücher terminó por casarse con Ollie Berglund, botánica y quien sería su única esposa.

Pero la cercanía de Suecia con Alemania y el giro que los acontecimientos tomaban con la Guerra Fría, eran factores que apenas dejaban vivir con tranquilidad a Brücher. Además, ya desde Lannach venía interesándose en la genealogía histórica de los cultivos sudamericanos y, en particular, de la papa y el frijol. Decidió entonces zarpar a la Argentina del presidente Juan Domingo Perón, en compañía de su reciente compañera. De acuerdo a los archivos de Uki Goñi, el periodista argentino especializado en la caza de nazis, los Brücher llegaron el 25 de noviembre de 1948 a Buenos Aires (16) desde Gotemburgo, Suecia, a bordo de un vapor de la Línea Johnson de nombre premonitorio, el M/F Orinoco. Para alimentar las leyendas, se registró entonces que las valijas del matrimonio pesaron media tonelada, suficiente para contener instrumental científico y quizás una colección extraviada (17).

Con el respaldo de una recomendación personal del genetista austríaco Erich von Tschemak –el redescubridor de las Leyes del padre Mendel sobre la Herencia-, Brücher fue contratado por la Universidad de Tucumán entre 1949 y 1954. Luego se incorporaría al personal docente e investigativo de Universidad Nacional de Cuyo, en la provincia de Mendoza, donde tuvo actividad hasta 1959 (18).

Brücher usa sus cargos académicos como lanzaderas hacia diversas exploraciones por su país de adopción, Argentina, y otros de la Cordillera de los Andes, en busca de especies salvajes de papas. Trabaja junto a su esposa y otros expertos que vienen de Europa. En su reporte La ‘Ahnenerbe’ y las actividades de Enrique Brücher en el Departamento de Investigaciones Científicas (1954-1957) de la Universidad de Cuyo, el investigador argentino Pablo Antonio Pacheco refiere que los informes de Brücher en esa época todavía mezclan “el lenguaje de la genética” con “ideas de higiene y eugenesia racial”. “Estas ideas articulan sus proyectos en Latinoamérica, y en particular, sus actividades en el DIC”, concluye (19).

Es en Mendoza donde también protagoniza un episodio que sin duda le demandó toda la sangre fría que había demostrado en el Sammelkommando de 15 años antes. Recibió de paso por la ciudad una expedición científica soviética comandada por Piotr Zhuzovsky, Director, en 1958, del antiguo Instituto de Botánica Aplicada y Nuevos Cultivos, ahora rebautizado Instituto Nikolai Vavilov, en honor al pionero cuyo nombre había sido rehabilitado tras la denuncia por Nikita Jruschov de los crímenes de la era estalinista. No se ha determinado si para esa reunión Zhukovsky estaba consciente de que su interlocutor era el perpetrador, en carne y hueso, del saqueo de la colección Vavilov en 1943. Tampoco se conoce si, sabiéndolo o no, Zhukovsky presionó a Brücher para que compartiera con los rusos sus simientes agrícolas y hallazgos o si, por el contrario, Brücher se adelantó a ofrecerlos como estratagema. Cualquiera fuera el motivo, en 1960 las ironías de la historia cerraron un ciclo, pues entonces Brücher, el saqueador, se convirtió en proveedor del saqueado, el Instituto Nikolai Vavilov.

El talento de Brücher como agente encubierto de contrainteligencia no tenía límites. En 1968, año de la rebelión juvenil mundial, el movimiento de Renovación Universitaria de la UCV lo sorprende en Caracas y, tras una serie de intrigas palaciegas de las que dan testimonio unas cartas archivadas hoy en la Facultad de Ciencias, Brücher queda sin cátedra y con una extensión de contrato de apenas tres meses. Luego de agotar otras instancias internas y externas, amenazando con una campaña internacional de protesta y con desertar al IVIC, Brúcher termina por redactar un resumen de los agravios que ha padecido, dirigido al entonces rector de la UCV, Jesús María Bianco, desde Moscú –que escribe Moskwa-, donde los soviéticos –sus enemigos de 1943- le dan acogida. Sin ruborizarse, llega a asegurar en esa carta del 1 de septiembre de 1969, que la UCV se ha convertido en un circus (en inglés, en el original) de luchas por el poder a nombre de una llamada Renovación Académica “Comunista” (así, entre comillas en el original para subrayar la ironía). Y remata: “Los comunistas aquí (en Moscú) deploran el uso de esta palabra”.

Parece factible que cuando Otto Huber se consiguió con Brücher en el Instituto Botánico, por esos días de 1968, Volkmar Vareschi le estuviese brindando asilo temporal a su colega. De hecho, recuerda Huber en entrevista por el servicio Skype desde su residencia en Merano, Italia, durante las siguientes dos semanas que estuvo en el Instituto ocupó un escritorio “a un metro” del que le fue asignado a Brücher. “Brücher no se ocupó mucho de mí; por supuesto, yo era sólo un estudiante”, ríe ahora Huber, ex Director del Instituto Botánico de Caracas y destacado investigador que vivió por 25 años en Venezuela. “Pero de vez en cuando hablamos. Lo que llamaba la atención era su agresividad, ladraba como un perro. Hablaba mal de tutti li mundi, ‘que si Venezuela era una mierda, que si esto y lo otro’. Y era muy desconsiderado con los colegas venezolanos. Él les decía en la cara que no valían nada”.

También así –“como un fosforito”- recuerda Lotte de Vareschi a Brücher: “Él estuvo cierto tiempo en el Instituto Botánico, pero tenía problemas con las otras doctoras. Era un hombre difícil de tratar. Volkmar no estaba muy de acuerdo con Brücher. Ellos no eran verdaderamente amigos. Eran tipos muy diferentes”.

Si algún aspecto saboteó las innatas cualidades de Brücher para la doble identidad, fue su invariable mal humor. El archivo de la Facultad de Ciencias de la UCV arde en intercambios de reclamos y epítetos entre Brücher y personal de la Facultad. Quedó documentado, por ejemplo, un impasse de principios de 1968 entre Brücher y el profesor Leandro Aristiguieta, por la disponibilidad de un vehículo Land Rover que se usaba para el trabajo de campo. El caso llega finalmente hasta el Consejo de Facultad, ante el que el Director Encargado de la Escuela de Biología, Otto Núñez-Montiel, rinde un informe por el que diagnostica: “Con anterioridad, el profesor H. Brücher ha tenido otros roces poco gratos con personal de la Escuela, según copia de otros documentos. Parece que el profesor H. Brücher es sumamente temperamental y se ofusca fácilmente cuando no logra satisfacer sus deseos”.

Es difícil calcular cuánto aportó esa confictividad a la decisión final de separarlo de la universidad. Las comunicaciones oficiales se limitan a avisarle, a partir de junio de 1968,  de una restructuración en la que no tendrán ni cabida ni presupuesto suficiente los programas de investigación del Departamento de Genética a cargo de Brücher, máxime –como puntualiza un memorando (m) del Decano de Ciencias para el momento, Luis Tugues-, cuando estos parecían duplicar “los esfuerzos que hacen otras facultades (…) El campo de la fitogenética es desarrollado por la Facultad de Agronomía y otras instituciones en el país con magníficas posibilidades materiales que a nuestra Facultad le costaría muchos esfuerzos alcanzar”.

De que esta línea argumental no sentó bien a Brücher dan fe muchas cartas donde lamenta que la ignorancia de sus colegas amenace con interrumpir sus investigaciones, concentradas en ese momento en la manipulación genética mediante partículas atómicas del lupino o chocho, una leguminosa andina de alto rendimiento pero con un contenido tóxico que Brücher intentaba neutralizar. Pataleó, amenazó con una conflagración mundial de organizaciones científicas, hizo saber que no dejaría en manos de la UCV un microscopio Leitz Aristophot cuya donación él había gestionado, y, por fin, cuando capituló, dejó saber en otra carta que el Ivic mostraba interés por su trabajo.

Pero sería de otra índole el infortunio que por fin apartaría al obstinado Brücher de Venezuela. Su esposa, Ollie Berglund, también había obtenido un cargo como profesora de la Facultad de Ciencias. Todavía en 1969 daba horas de la materia Biología Vegetal mientras el Departamento de Bioquímica de la misma Facultad la tenía bajo contrato como investigadora de un proyecto sobre proteínas en la caraota. Los Brücher habían fijado residencia en San Antonio de los Altos.

El 25 de enero de 1971, Ollie Berglund de Brücher, de 45 años de edad, murió en un accidente de tránsito en la carretera Panamericana, en el trayecto del Ivic a San Antonio de los Altos. Una gandola que venía desde el estado Zulia cargada con madera le pasó por encima al Ford Falcon donde iba la investigadora, quien falleció de inmediato. Al volante del carro venía uno de los dos hijos de Heinz y Ollie Brücher, Erik Humberto, de 18 años, quien fue rescatado con vida de los fierros retorcidos después de varias horas de labor conjunta entre bomberos y miembros de la Guardia Nacional, pero falleció en la mesa de operaciones del Periférico de Coche.

Ileso pero algo consternado, Antonio José Rosas, el conductor del camión, dio su versión del hecho al corresponsal del diario El Nacional en la zona, Carlos Lugo: “El auto me quitó la derecha, hice todo lo posible por evitar el choque, pero lo fuerte del impacto me hizo perder el control de la gandola y ocurrió la tragedia”.

Llama la atención que todavía hoy, diversas fuentes sigan dando por cierto que Ollie de Brücher y su hijo murieron por disparos de soldados venezolanos tras no atender la voz de alto en una alcabala. El profesor Gade, de la Universidad de Vermont, todavía lo sostiene (20), y el periodista norteamericano Alex Shoumatoff, que cubrió en 2006 la historia de Brücher para un reportaje nunca publicado de la revista Vanity Fair, menciona en correo electrónico para esta nota “el misterio del accidente de automóvil que mató a la esposa de Brücher y a su hijo, según recuerdo, en Caracas” (21). Shoumatoff, de todas maneras, anuncia que pronto publicará su propia versión en un reportaje de 100 páginas en su website, DispatchesFromTheVanishingWorld.com.

Pero no. La esposa e hijo de Brücher perdieron sus vidas en un evento azaroso. La idea de una conspiración oculta puede haber surgido de una confusión con otro incidente de cierta similitud en el que, en 1963, soldados mataron a tiros frente a un centro de votación –y no una alcabala- de Caripe, estado Monagas, a Eduardo Fageström, padre del naturalista e investigador finlandés Juhani Ojasti (22). Como también pudo tener origen en el oscuro y violento desenlace de la vida del mismo Brücher.

La tragedia cortó las amarras de Heinz Brücher con esta tierra que le había resultado tan ingrata. Hasta para un hombre corrido en siete leguas, la conmoción era tremenda. “Después de eso”, sentencia Lotte de Vareschi, “Brücher no se quedó mucho tiempo más, porque nadie estaba muy bien con él acá”.


El ocaso de los dioses
 Con su categoría como asesor de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, con sede en Roma) y contratista de Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, con sede en París), Brücher hizo trabajo de campo en Trinidad-Tobago y luego en Paraguay, como investigador de la Universidad de Asunción. Allí lo conocería David Gade, de la Universidad de Vermont, en 1975, fecha a partir de la que seguirían intercambiando correspondencia. Desde Paraguay Brücher reclamaría el descubrimiento de los ancestros arcaicos del maní y de la piña, y también sería uno de los precursores en el estudio de las posibilidades de una planta nativa, la Stevia rebaudiana, como cultivo comercial. Hoy la hoja de Stevia se ha difundido globalmente como un exitoso sucedáneo del azúcar tradicional.

Pero cuando ese último contrato expiró, Brücher regresó a la ciudad de Mendoza, en Argentina, a la Universidad de Cuyo y al Centro Regional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Cricyt), y en especial al lugar que en esas etapas finales de su vida sentiría como su hogar, la Estancia Kondorhuasi, en Ugarteche, una localidad cordillerana al sur de Mendoza. La casa grande de la estancia la habían construido los Brücher desde los años 50, cuando adquirieron la propiedad. Pero ahora era sólo una sombra de los sueños que tal vez entonces abrazaron. De su precaria estructura sólo destacaba, como nunca dejaron de observar las posteriores notas periodísticas, el portal coronado con un emblema de un ave que podía parecer o un cóndor o un águila imperial alemana.

Brücher se mudó solo, pues su hijo sobreviviente, Sven Alberto, prefirió asentarse en otra ciudad argentina, Córdoba. La soledad no apaciguó el impulso del investigador. Por el contrario, fue durante ese período que completó sus dos libros, incluyendo Useful plants of neotropical origins and its wild relatives (1989) publicado por la todopoderosa editorial alemana Springer. La obra, un compendio de las investigaciones de Brücher, prometía también convertirse en la summa sobre la genealogía de los cultivos americanos que habían conquistado el mundo, como el maíz, la papa, el tomate, el cacao o la yuca. Pero recibió profusas críticas de sus colegas por su pobre edición científica y las libertades con que Brücher deslizó entre el texto simples opiniones, que evocaban vagamente su ideología.

Entre los críticos estuvieron los científicos venezolanos Erika Wagner y Freddy Leal. Ellos vertieron sus objeciones en un artículo del Journal of Tropical Ecology en 1991. Pero luce poco probable que Brücher se diera por enterado de ellas, porque en ese mismo 1991 murió asesinado.

Una nota del Diario de Los Andes de Mendoza (23), titulada INVESTIGAN ASESINATO DEL CIENTÍFICO Y EX OFICIAL NAZI, reportaba que el martes 17 de diciembre fue encontrado el cuerpo sin vida de Brücher en su finca de Kondorhuasi. El autor de la nota, un anónimo, habló con los vecinos del lugar y registró “que nadie escuchó nada. El homicidio se realizó en horas de la madrugada”. El cadáver fue encontrado por el encargado de la finca, un empleado de nacionalidad paraguaya, quien dio parte a las autoridades. El cuerpo se hallaba “con las manos atadas a la espalda, para lo cual se utilizó una cinta engomada, al igual que los pies y parte de la cara, lo que le habría provocado la muerte por asfixia”.  Si bien en el local reinaba el desorden, no parecía producto del registro azorado por parte de los atacantes, concordaba el reportero con una mujer a la que cita, sino el desorden “propio de un hombre que vive solo”. Nada de valor faltaba en el inventario paterno, certificó el hijo, Sven Brücher, venido de Córdoba. Y como de rigor correspondía, la policía, en persona del subcomisario Ramón Ignacio Ahumada, anunció que las investigaciones continuarían.

Pero el caso nunca tendría resolución. En diciembre de 2008, 17mo aniversario del crimen, una nota del mismo diario (24), con el vendedor título de EL EXTRAÑO CASO DEL BIÓLOGO DE ADOLF HITLER y la firma de la reportera Marianna Guzzante, se preguntaba: “¿Qué pasó esa noche en Cóndor Huasi (sic)?”.

Ante la falta de respuestas, que perdura hasta hoy, algunos creyeron ver en el hecho las firmas del secreto israelí Mossad o de la KGB soviética. La pista más sólida, no obstante, la brindó David Gade, desde la Universidad de Vermont. Durante sus últimos meses de vida, Brücher se ufanaba de la delicada investigación en la que trabajaba. Ufanar: el verbo no es gratuito. Iracundo y audaz, la desfachatez acompañaba también al ex oficial de la SS. Un ejemplo menor de esa característica, pero que la ilustra al detalle, lo tenemos en un papel científico que publicó en 1988. Sin ningún reparo usa para el texto, escrito en alemán, un epígrafe en inglés: “We shall go to the pyre, we shall burn, but we shall not renounce our conviction” (“Iremos a la hoguera, arderemos, pero no renunciaremos a nuestra convicción”). La cita es de Nikolai Vavilov, el hombre de cuyo trabajo se había aprovechado, y al que quizás en secreto admiraba.

Según Gade, Brücher le aseguraba en sus últimas correspondencias que investigaba sobre el uso de una enfermedad viral, la Estalla, como agente para una guerra biológica; para más señas, una guerra biológica contra la coca. De hecho, el agente activo de la Estalla, el Fusarium exysporum f. sp. Erythroxyli fue aislado de hojas de plantas muertes de coca. Con escasa precaución, Brücher dejaba saber a quien se lo preguntara sobre su trabajo para hacer de la Estalla un producto que pudiera propagarse entre las plantaciones de coca de toda Sudamérica para exterminarlas, sin afectar a otras plantas anexas. Era el sueño dorado de la DEA (Drug Enforcement Administration) en Estados Unidos para su arsenal de recursos contra el tráfico de drogas. Pero la muerte detuvo los progresos de Brücher en el laboratorio. Tal vez el narcotráfico había buscado una forma eficaz de proteger su negocio.

La culpa como epílogo
La entrevista de Liesselotte Zettler de Vareschi que se cita –cuando no se trata de extractos de sus memorias, Ahora escribo con plumas de loro- a lo largo de este reportaje, no se suponía que fuera con ella. Frágil a sus 94 años de edad, se había excusado de asistir a un homenaje para su esposo en diciembre de 2011 en la Asociación Cultural Humboldt (ACH) de Caracas, cuando también se presentó la nueva edición de su libro Ahora escribo.... En su lugar, prefirió enviar un evocador video de salutación.

La cita era con Peter Vareschi, el hijo de ambos, diseñador gráfico y artista. Sería en Tepuy, el proyecto de autoconstrucción de los años 50 cerca del Valle de Sartenejas, que hoy luce como una cabaña de muros blancos, asediada por el avance de la vegetación tropical. En la sala donde Peter me recibe, fotos y libros de Volkmar Vareschi enseñan los efectos del paso de tiempo. Máscaras rituales de alguna etnia amazónica cuelgan de las paredes.

Pero de pronto irrumpe Lotte en silla de ruedas. Acude por el llamado no sólo de la memoria histórica, quiero imaginar, sino además porque los seres queridos que la muerte se ha llevado de algún modo reviven cuando se les recuerda y nombra en voz alta. En el diálogo se refiere con indistinto cariño a “Volkmar” o “Vati” (“Papi”, en alemán). Como todo hay que decirlo, habrá que precisar que no fue un diálogo en rigor, aunque tampoco conversación colectiva de tres. En su ancianidad –dice Peter-, con una pobre audición pero el intelecto intacto, su madre entiende mejor las palabras y tonos de voz que le son familiares. De modo que para la entrevista Peter sirve de repetidor de las preguntas que hago, así como de traductor de los tramos de respuestas que Lotte ofrece en alemán.

Termina por sorprenderme la serenidad con que atiende a un reportero que quiere indagar, exactamente a 70 años de los hechos, sobre el molesto tema del pasado de su difunto esposo en conexión con la SS. No es que nunca parezca alterarse; es que siempre se mantiene atenta y amable, hasta que aduce cansancio para retirarse.

Es verdad que quería corroborar con ella algunos aspectos de las historias de Vareschi, Schäfer y Brücher. Pero lo que más estimulaba mi curiosidad y quería despejar allí era la supuesta existencia de un libro inédito de Vareschi, algo como una autobiografía novelada, que de existir, tal vez ayudaría a iluminar muchos de los trechos de esas historias ocupados hasta ahora con especulaciones. Zettler de Vareschi lo nombra en diversas partes de sus memorias. Su esposo había empezado a trabajar en él ya en los años 50, con el nombre provisional de Libro Z, pero nunca dejó de reescribirlo, a máquina y en alemán. Vareschi  luego seleccionó un título definitivo para el libro, Der Schuldbürger (El ciudadano con culpa). Pero no alcanzó a completarlo. Aún antes de su muerte, había confiado la conclusión del último capítulo, para el que dejó algunas fichas preparadas, a Lotte. Ésta se pregunta, todavía hoy, si será capaz de terminarlo.

La viuda confirma la existencia del libro. Aclara que si bien se apoya sobre episodios autobiográficos, está escrito como ficción, un recurso que Vareschi utilizó como marco para sus reflexiones acerca del verdadero tema que le ocupaba, el de la culpa. “El título del libro”, explica Lotte, “contiene hasta cierto punto una ironía que Volkmar usa para preguntarse de qué forma podía ser él culpable individualmente. Y no sólo se refería a la guerra. Por ejemplo, cuenta que cuando estuvo en Marruecos, él hizo un dibujo de una mezquita. Y un musulmán le reclamó que no debía hacer eso, porque era contra su religión, y tomó de la basura una muñeca y empezó a golpearlo con ella en la cabeza. Volkmar corrió, huyendo del agresor, y pasó por una calle donde había mucho tráfico y se ocultó entre los carros, y detrás de él oyó que unos carros chocaron y que la gente gritaba, dejando así la pregunta abierta: ¿Tuve culpa en el choque? ¿Le pasaría algo al tipo? A Volkmar le interesaba mucho ese tema, la culpa. El capítulo que no terminó, por ejemplo, trata sobre nuestros indios. Y se pregunta si nosotros, los blancos, tenemos culpa o no de que ellos en parte desaparezcan, o si los religiosos, que ayudaron fantásticamente a los indios del Orinoco, sin embargo con esa ayuda no tendrían culpa en hacerlos perder su identidad. Él quería poner esas cuestiones a la consideración de los otros. ¿Qué culpa tiene el individuo que hace su vida con buenos deseos y buena voluntad?”.

La culpa. Debe haber sido un tema en las evocaciones, públicas o no, de Vareschi, Schäfer y Brücher, tres personalidades muy distintas a las que la vida hizo camaradas y llevó a cruzarse en la SS, en Mittersill, en la ciencia y en Venezuela. El peso del pasado les persiguió todo el tiempo. Algunas veces lo consiguieron eludir, pero en otras les cobró caro. A la culpa innata de ser alemanes de la Alemania enloquecida de los años 30 y 40, cargarían con la de formar parte -de manera convencida o desprevenida- de una organización criminal, además de la de sobrevivir a un apocalipsis que borró de la faz de la tierra a más de ocho millones de compatriotas. Y todavía así, ¿luce inhumano o proporcional el tributo que, en forma de una permanente desazón, pagaron el resto de la vida por lo hecho durante un período de menos de diez años? Si uno se pregunta, en las dramáticas circunstancias del nazismo y la II Guerra Mundial, ¿tuvieron esos científicos en verdad la opción de decidir por ellos, o fueron arrastrados por corrientes que escapaban de su control? ¿Qué respuesta obtendría, con toda honestidad?

“Yo creo que mi esposo sabía que para muchas preguntas no tenemos respuesta”, dice Lotte. “Precisamente porque era científico, sabía cuántas cosas estamos en capacidad de saber y cuántas cosas no podemos contestar”.
Con reportes de Silvina Acosta (Washington DC, Estados Unidos) y Luis Leonardo Gregorio (Mendoza, Argentina).


NOTAS
(1)   VARESCHI, Volkmar: “Orinoco arriba: A través de Venezuela siguiendo a Humboldt”. Lectura, Caracas 1959, pp. 7-8.
(2)   Ibidem, p. 28
(3)   Ibidem, p. 8
(4)   KRISPIN, Karl: “Alemania y Venezuela: 20 testimonios”. Fundación para la Cultura Urbana, Caracas 2005, p. 5
(5)   ZETTLER DE VARESCHI, Liesselotte: “Ahora escribo con plumas de loro: Una Mecklenburgueña llegó a Venezuela”. Play Market-Oscar Todtmann Editores, Caracas 2011, pp. 117-118.
(6)   PRINGLE, Heather: “El plan maestro: Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi”. Debate, Barcelona 2007, p. 347.
(7)   EHRENHARDT, Isrun: “Mishandled Mail: The Strange Case of the Reting’s Regent Letter to Hitler” en revista ZAS, document .pdf.
(8)   PRINGLE: Op. Cit., pp. 209-210.
(9)   Der Spiegel: “Der Anti-Disney” en http://www.spiegel.de/spiegel/print/d-42624950.html
(10)                       GONZÁLEZ, Jorge M. : “Ernst Schäfer (1910-1992)- From the mountains of Tibet to the Northern Cordillera of Venezuela: a biographical sketch” en Proceedings of the Academy of Natural Sciences of Philadelphia, No 159, Philadelphia 2012, p. 84.
(11)                       http://es.scribd.com/doc/43554155/Appointment-in-Berlin
(12)                       ZETTLER DE VARESCHI: Op. Cit., p. 123
      

(15)                       PRINGLE: Op. Cit., p. 393/ Forista Herault de Sechelles en “Des medecins nazis” en  http://passionmilitaria.fr/vB3.7.2/showthread.php?p=39498

(16)                       Correo electrónico al autor de Uki Goñi, 23 de febrero de 2012.

(17)                       THORSTRÖM, Carl Gustaf: Utbyta biodiversitet: SS-botanikerna under Barbarossa-offensiven 1941-43 -absurd anekdot eller dagsaktuell allegori? En http://blogg.slu.se/forskarbloggen/?p=133


(18)                       PACHECO, Pablo Antonio: La ‘Ahnenerbe’ y las actividades de Enrique Brücher en el Departamento de Investigaciones Científicas (1954-1957), en .pdf


(19)                       PACHECO, Pablo Antonio: Op. Cit., p. 4


(20)                       GADE, David: “Converging Etnobiology and Ethnobiography: Cultivated Plants, Heinz Brücher, and Nazi Ideology” en Journal of Ethnobiology, Vol 26-1, Spring/Summer 2006, p. 84.


(21)                       Correo electrónico al autor de Alex Shoumatoff, 24 de febrero de 2012.

(22)                       Correo electrónico al autor de Juhani Ojasti, 12 de marzo de 2012.

(23)                       Diario Los Andes, Mendoza 27 de diciembre de 1991, Segunda Sección, p. 5

(24)                       http://www.losandes.com.ar/notas/2008/12/21/estilo-399551.asp