16 de diciembre de 2009

El rapto de la odalisca


N. de R.: El pasado 29 noviembre de 2009 tuve la suerte de apadrinar el lanzamiento de "El rapto de la Odalisca", la investigación hecha por la periodista Marianela Balbi sobre la desaparición, entre extraña y cómica, de un cuadro de Matisse de las bóvedas del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. El libro lo editó el sello Aguilar, del grupo Santillana. A continuación, las palabras que en la ocasión, celebrada en la Librería Kalathos de Caracas, pronuncié.

TRABAJO DE DESTILACIÓN VERDADERA

Podemos decir que hoy nos convoca una ausente. Es la Odalisca con pantalón rojo que Matisse pintó en 1925 y cuyo paradero se desconoce desde, al menos, 2002. No necesariamente era de las principales obras del artista francés, ni siquiera entre su serie de Odaliscas. Su destino marcado como pieza de segundo orden pareció confirmarse cuando en los años 80 se incorporó a la colección de un museo del tercer mundo… Aunque con ínfulas del primero.

La mala estrella de la pintura la acompañó hasta 2002, cuando se difundió la noticia de su suplantación por un trucho en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Resulta que por esos días se empezaba a librar la que debía ser la madre de todas las batallas de nuestra confrontación política, el llamado paro petrolero o sabotaje, según fuera el bando desde el que se hablaba. De modo que el pobre lienzo, que ya para entonces había sufrido, según diversos testimonios, la ignominia de ser desprendido de su marco original para que lo engraparan a un bastidor burdo, apenas consiguió ser una información de relleno, casi un caliche, para la gran prensa venezolana. Fue alimento sólo por unos días de los circuitos de chismes y trascendidos de Internet.

Supongo que quienes por sus acciones, complicidad u omisiones, fueron y son los responsables de la sustracción de la obra de la bóveda del museo, daban por descontado, con alivio, la frágil vocación de nuestro periodismo por la investigación. Si los órganos jurisdiccionales no daban con la pista para resolver el caso, calcularían, mucho menos nuestro periodismo, supuesto perro guardián del interés público, que desde hace algunos años en Venezuela evolucionó a una mascota muy domesticada.

Pero es aquí donde entra a escena nuestra heroína, para efectos de esta presentación, nuestra querida amiga y colega, para todos los demás efectos. No contaban con Marianela Balbi. Ni con su astucia ni tampoco con su olfato periodístico.

Una vez pregunté a John Dinges, el famoso reportero del Washington Post de los tiempos de Woodward y Bernstein, y hoy profesor de la Universidad de Columbia, qué caracterizaba a un periodista de investigación. Después de algunas consideraciones generales, me respondió lo siguiente: “Es un hecho que de cada cien periodistas sólo diez hacen periodismo de investigación, y otros diez o quince pudieron haberlo hecho de haber tenido la oportunidad, pero también es cierto que cincuenta de ellos no reconocerían un tema de investigación aún si los golpearas en la cara”. La diferencia de esos cincuenta con el puñado de reporteros que investigan temas periodísticos estriba en el olfato. Ese saber identificar una historia que probablemente se conecte con las andanzas ocultas del poder.

Marianela hace gala de su olfato periodístico con esta investigación que entrega. Qué duda cabe de que se encontraba en desventaja para cubrir desde su quehacer diario un tema que, en cambio, pasaba todos los días por las narices de los reporteros de la fuente cultural, quienes, sin embargo, a pesar de que se dedican a seguirle el pulso a la actividad, no hallaron ni la motivación ni el sentido del deber para continuar con esta historia. Marianela sí, por suerte para la Odalisca desaparecida y para nosotros, sus lectores y conciudadanos.

Tengo también por algo especialmente meritorio el compromiso con que Marianela supo hacerse la oportunidad de investigar. En ese sentido, El rapto de la Odalisca, el libro que hoy tenemos en nuestras manos, constituye un verdadero triunfo de la perseverancia.

Por años he oído a grandes periodistas de investigación en América Latina, hablar sobre un método que técnicamente llaman Reportería a dos velocidades. Les ahorro los detalles de la metodología. Pero, presuntamente, se trata de un sistema que permite a un reportero sacar el trabajo diario, de poca monta investigativa, que sus medios o fuentes les exigen, pero dejando el espacio necesario para que, de manera simultánea, pueda abordar los temas de largo aliento que sean de su interés y requieran de un tratamiento más minucioso.

Pues bien: nunca he visto desplegar esa reportería de dos velocidades de un modo tan efectivo e intuitivo como Marianela en el seguimiento de la pista de la Odalisca de Matisse. Con el mérito especial de que la primera velocidad de Marianela no tiene que ver con el periodismo, cosa que le hubiese facilitado su investigación, sino que la hace lidiar con su actividad productiva cotidiana, más vinculada a la comunicación corporativa. Cómo hizo Marianela para armonizar esas dedicaciones y llegar a resultados, es algo que yo quisiera aprender.

También por años oí a Marianela hablar de este proyecto. La imagino por entonces entendiéndose con una historia tan compleja y de elenco tan amplio como ésta; con las dificultades de acceso a la información que predominan en este país; con la indiferencia, cuando no la abierta renuencia, de los funcionarios culturales que habrían de ser sus fuentes y que, validos de la prepotencia compartida por autoridades tanto de la Cuarta y de la Quinta República, manejaron y siguen manejando el patrimonio tangible de la cultura como meros trofeos de su poder personal; incluso, la imagino lidiando con el escepticismo de sus pares, los periodistas.

Por suerte, repito, Marianela persistió. Su perseverancia no es sólo cosa de agradecer por nosotros, los ciudadanos, a quien ella rinde cuentas sobre un asunto de interés público que otros, en buena ley, deberían reportar. Tengo la impresión de que la persistencia de Marianela es una lección para nuestra prensa, siempre tan liviana, dada al comentario, presta a seguir, atolondrada, el carrusel de escándalos que se suceden día a día y que ponen en la misma escala, de manera engañosa, temas de gran calado con la última declaración del presidente Chávez o un chisme de palacio.

Así fue como llegó el momento en que hubo un primer borrador del libro. Una de esas versiones iniciales, muy parecida a la que hoy se presenta como libro, cayó en mis manos.

Espero que Marianela me perdone la siguiente infidencia. Pero me consta que entonces a ella le inquietaba que su trabajo de años cristalizara en un texto tan conciso, con segmentos breves, casi brutalmente al grano.

Recordé entonces una anécdota que nunca he sabido si es apócrifa, pero que se atribuye a Abraham Lincoln. Parece que el presidente que enfrentó la más grave crisis de los Estados Unidos, autor de algunas de las piezas de oratoria más importantes de la era contemporánea, una vez escribió a un amigo en una carta lo siguiente: “Si hubiera tenido más tiempo, habría escrito una carta más corta”. En el aparente contrasentido de la frase, Lincoln, si acaso fue Lincoln, rendía tributo al trabajo más exigente de la escritura y en general de toda exposición de ideas, que es el trabajo de la eficacia. El de concentrar el empeño no en más cantidad, sino en la poda y el cincelado de las palabras y las ideas que desemboca en una mayor calidad.

Con este ejemplo en mente, y luego de leer ese primer borrador y la edición ya oficial de El rapto de la Odalisca, me siento en condiciones de concluir que esa brevedad que por un momento preocupó a nuestra autora, en realidad es el producto de un verdadero proceso de destilación.

Marianela hizo un esfuerzo reconocible a lo largo del texto por llegar a la verdad desnuda, esencial y comprobable, a los hechos y nada más que los hechos. Verán acá una historia despojada de juicios de valor, que sólo ofrece certezas fundadas en documentos y testimonios cruzados. Estoy seguro de que Marianela, como todos los buenos periodistas del género, no echó aquí el resto, que sabe más de lo que en el libro aparece, pero que se ha dejado guardado aquello que, aún conociéndolo, no pudo comprobar de manera fehaciente. Además, lo que sabe y comprobó ha querido contárnoslo sin recurrir a esos adjetivos que con frecuencia no embellecen el texto y que suelen, en cambio, llevar zozobra a la redacción de meritorios esfuerzos de reportería, haciéndolos parecer en cambio obras del ensañamiento contra un funcionario o una figura pública.

No quiero extenderme más en elogios que probablemente palidezcan frente al placer o el asombro que les va a deparar la experiencia real de lectura de El rapto de la Odalisca. He querido hacer unos reconocimientos mínimos y necesarios a Marianela Balbi.

Así que para terminar, sólo me queda compartir el regocijo, acaso un tanto pérfido, lo confieso, de imaginarme a todos aquellos que, repito, por acción, complicidad deliberada u omisión, fueron responsables de la pérdida, ojalá que temporal, de nuestra Odalisca con Pantalón Rojo. La tranquilidad de esos monstruos sagrados de la gerencia cultural, de esos traders del mercado del arte, perturbada ahora por la investigación responsable y el poder de la palabra blandida por una simple reportera. Seguro que se están poniendo nerviosos.

Se trata de un regocijo apenas menor que la renovada confianza de saber que, gracias al trabajo de Marianela, la Odalisca, todavía cautiva en su misterioso retén, vuelve a recobrar su capacidad para cautivarnos, si no con su serena belleza, sí con su historia de extravíos y verdades a medias. Una historia que Marianela Balbi ha hecho más difícil de olvidar, por lo menos, hasta que llegue el día, ojalá no tan lejano, de la justicia reparadora, de la restitución del cuadro de Matisse a sus verdaderos dueños, que somos los venezolanos, y la condena para los responsables.

Muchas gracias a todos y éxitos para Marianela y su libro.

Come back imposible


N. de R. : Recientemente, en una alusión inusitada, el presidente Hugo Chávez hizo menciones amables para Eduardo Fernández, el candidato presidencial democristiano que durante los años 80 no consiguió pasar de su estado de permanente inminencia. Chávez dijo que desearía tener un adversario así. Como en un juego a dos bandas, al día siguiente, Fernández respondió en Venevisión con el despliegue de sus incuestionables credenciales antichavistas, ¡no fueran a pensar mal de él!

El episodio me ayudó, en todo caso, a recordar un cruce inesperado que tuve con Fernández en mi reportería de deportes, del que resultó una crónica que a continuación publico.

Era 1988. Fernández se enfrentaba , como candidato del partido Copei, a Carlos Andrés Pérez, de Acción Democrática, en la campaña por la disputa de la presidencia.

También ese año ocurrió otro evento sin precedentes. En la final del campeonato venezolano de béisbol profesional –el espectáculo más popular del país- se encontraron, por primera vez en esas instancias, los Leones del Caracas y los Tigres de Aragua. Un duelo de felinos. Aunque –como se lee en el texto- apenas empezaba el Año Chino del Dragón, parecía el Año del Gato de Al Stewart. Nada más auspicioso podía pasar para Fernández, conocido desde un tiempo atrás por el mote de “El Tigre”.

Por entonces yo completaba un par de meses en la fuente deportiva, a la que había ido a parar como parte de un exilio forzado. Hasta noviembre de 1987, yo había formado parte de la plantilla del magazine dominical “Feriado” de El Nacional, una especie de publicación de culto durante esa década por su estilo rompedor. Pero al apenas llegar un nuevo tren directivo al diario, que al parecer encontraba ese magazine como una fuente de dolores de cabeza, empezó una suerte de sitio contra su equipo.

Yo fui enviado a la sección de deportes. El pretendido castigo, sin embargo, resultó un alivio. A mí me gustaban los deportes. De hecho, creo que una de las motivaciones más fuertes que tuve para entrar al periodismo estuvo en la evocación de esas buenas tardes que yo pasaba, al regresar de mi colegio, leyendo las crónicas de Rodolfo José Mauriello o de Jesús Cova –quien terminó siendo mi jefe- en las páginas deportivas de El Nacional. Yo quería producir algo así.

Como casi cualquier venezolano sabe, los juegos dominicales –entonces, a horas matutinas- del béisbol venezolano son un verdadero ritual colectivo. También lo sabían Cova y los periodistas de la sección deportiva, por supuesto. Así que cada domingo enviaban a un reportero a hacer una “nota de ambiente”, que junto a la reseña del partido, recogiera esas expresiones de fervor, ingenio popular y fanatismo que sólo se dan en la atmósfera del estadio de pelota, pero que rara vez aparecen en las notas de deporte (aún siendo parte sustantiva de la experiencia del béisbol).

Ese 25 de enero de 1988, a mí me tocó ir a hacer esa crónica. No me esperaba que el juego se convertiría en un remedo de mitin político. Pero, por suerte, fue así. La verdad es que me sentía intimidado por mi propia ignorancia acerca de cómo hacer para entrar de manera oportuna al vestidor de los peloteros, formular las preguntas adecuadas, etc. Gracias a la presencia de tantas figuras de la política, y las reacciones que generaron, me bastó una historia de tribunas.

Por cierto, días después apareció un chisme en la columna “Péndulo” de la revista Zeta. Según el trascendido, a raíz de esta nota, la jefa de prensa de Fernández y ex reportera de El Nacional, Elena Block, llamó al diario a quejarse ante el editor, Miguel Henrique Otero. Interpretaron que el tono de la crónica podía ser reflejo de una supuesta postura editorial en contra del candidato.

Al rescatarla, la nota –con algunas ediciones, necesarias, creo, para que se entiendan ciertas referencias de la época y eliminar, de paso, varias oraciones de relleno propias del cierre de página de un domingo por la tarde- se me hace interesante porque su sorna más o menos deliberada refleja ese rencor pueril que para la fecha guardábamos ciudadanos y periodistas contra los partidos del establishment y que ya casi no hacíamos esfuerzo por contener.

Por último, revela algunos puntos posibles de coincidencia entre las carreras, por otro lado contrapuesta, de Chávez y Fernández: ambos querían ser peloteros, ambos encarnaron un supuesto propósito de “restar solemnidad” a la presidencia de la República, y ambos enarbolaron la consigna genérica del “cambio” como promesa de campaña.

…Y UN TIGRE SE EMBASÓ POR ERROR

Una multitud siempre será una multitud, un aforismo simple y lapidario que debería extinguir las “asombradas” reseñas de actos colectivos: la masa actuando con irracionalidad y al unísono en conciertos de rock, mítines políticos y eventos deportivos.

La prevención es más válida tratándose del béisbol profesional venezolano. Con su ritual eterno: las notas siempre gloriosas del Himno Nacional, los vendedores de cerveza con su picardía de siempre, la silbatina algo burlona para Leonardo Hernández en la tercera base del Caracas, los managers de tribuna de siempre, la invariable puesta en escena de la pelota donde todo cambia para ser siempre lo mismo.

Premisa errada. Y antinacionalista, por lo demás. Porque deja de lado y subestima la capacidad de superación del pueblo venezolano. ¡Cómo no encontrar condimentos suficientes para una crónica entre un público conformado por ciudadanos que, ante el reto de obsequiarse un gobierno más desastroso que el del Sierra Nevada y la Gran Venezuela, pudieron parir al empedernido comedor de Torontos!

Desde luego, esta digresión politiquera lucirá como un insoportable desliz que salpica la reseña deportiva. Ni modo: su pertinencia empezó a ser cierta desde el momento en que, ayer, dos automóviles Mercedes Benz y sus escoltas amarillas dejaron frente al Estadio Universitario al ministro de Relaciones Interiores, José Ángel Ciliberto, con su comitiva. O desde el instante en que -¡vaya ducha de multitudes!- el candidato socialcristiano Eduardo El Tigre Fernández, su señora, y parte de su huella genealógica en esta tierra, se ubicaron en las silletas de la sección izquierda de la tribuna central.

No es sólo del Dragón -que no del Tigre- este año, sino también de elecciones, por lo que, cómo dudarlo, el primer encuentro de la serie final entre Tigres de Aragua y Leones del Caracas fue –y así lo entendieron todos los presentes- una encuesta ómnibus de Gallup en grande y regada con Pilsen.

También pudo tomarse por una representación de la bipolaridad comicial venezolana. Pugnacidad que, sin embargo, no estaba presente de manera espontánea en los graderíos, copados por seguidores de los Leones en una final atípica como lo puede ser Aragua contra Caracas. Apenas en un trecho de la tribuna derecha se refugiaban unos pocos seguidores de los Tigres –identificables con sus gorras rojas-, reforzados en vano por grupos de tiburones, magallaneros y cardenales movilizados por los rescoldos del reconcomio anticaraquista.

A falta de movimientos de carreras sobre el diamante de juego, la atención se centraba de manera intermitente en los políticos presentes. En el ínterin, el banco de Eduardo Fernández había derivado en privado de consulta –o despacho de comisión de enlace, si se atiende a los pronósticos optimistas de su comando de campaña-, por el que desfilaban locuaces vendedores de cerveza, deportistas, periodistas.

David Concepción, El tigre mayor, se ponchaba parado cuando hablamos con su congénere.

-En mi juventud- recordó Fernández con algo de nostalgia, pero también de anécdota preparada-, yo jugaba segunda base. Y lo hacía bien. Tengo la idea de que, cuando me metí a político, el béisbol perdió una figura que bien pudiera haber actuado en otros escenarios.

- ¿Envidia a los peloteros?

- Sí, claro.

- A ellos los aclaman. En cambio, a los políticos los pitan.

- ¿Quién te dijo eso? Ayer estuve en San Cristóbal, en la Plaza de Toros, y oí muchos más aplausos que rechiflas. Incluso, uno de los diarios más importantes de la ciudad, El Pueblo, dijo que ningún torero había vencido, sino que el triunfador de la tarde era Eduardo Fernández.

Poco después, la realidad daría un pírrico respaldo a las palabras de Fernández: no lo abuchearon, pero tampoco lo aplaudieron. En cambio, tuvo que capear una tromba de gritos de “¡Gocho, gocho, gocho!”, que aclamaban al ausente ex presidente y de nuevo candidato de Acción Democrática, Carlos Andrés Pérez.

Una risa de circunstancia, y un sorbo de cerveza, sirvieron para pasar el trance.

-En esta final no voy por ningún equipo en especial, porque yo soy felino.

- En su comando deben estar muy contentos, ¿no? Jamás soñaron con una final tan propicia para su lema de campaña y su nombre de guerra.

- Por supuesto que no. Además, los Tigres comenzaron muy débiles en la temporada, pero demostraron que tigre es tigre y que al final saca sus garras. En todo caso, estoy ganando de todas, todas, porque no veo ningún equipo gocho en el estadio.

- Estadio en el que usted está sentado, como cualquier parroquiano, con su cerveza en la mano, en guayabera…

- …Y gozando una bola. El que yo sea político y candidato no me puede inhibir de venir un domingo con mi familia a disfrutar de una partida. Espero venir el próximo año como Presidente Electo, porque me propongo restar solemnidad al cargo.

Algunos rezongaban por los pasillos, molestos, por la manipulación electorera del espectáculo deportivo: “¡Esos nunca vienen al estadio!”. Parecían no comprender que pocas cosas tan cercanas al mundillo político como la peña beisbolera.

Ambas son esferas de arcanos. Tenemos esas columnas de chismes políticos, por ejemplo, donde un doctor Tal aparece diciendo un refrán que suscita miradas de complicidad entre los “entendidos”; algo estará revelando en un código exclusivo para iniciados. Bueno: en el béisbol es igual.

Un manager (en realidad, un idiota, visto desde las tribunas) se “traga” una base por bolas intencional para que después lo castiguen con un hit. Entonces saldrá un avispado a decir: “Así es el béisbol”. Y si apela a otra máxima, como alguna de Yogi Berra, los vítores no se harán esperar. En fin, cada quien se mueve en su ghetto.

El que no se movía de su butaca era el ministro Ciliberto, flanqueado por un también adusto senador Armando Sánchez Bueno. Ambos lucían paralizados, como la toletería caraquista, lo que hizo sospechar que el titular del MRI ligaba a los Leones. Pava ineludible. Hipótesis, de cualquier manera difícil de corroborar, porque al acercarme al palco presidencial aparecía un malencarado miembro de la Guardia de Honor y…

-…No se puede molestar al ministro durante el partido.

-Pero no le vamos a hablar de política. Sólo de béisbol.

-Que no se puede molestar al ministro cuando viene al estadio. Quiere disfrutar del juego.

-Está bien. Avísele que lo queremos entrevistar y, si se niega, nada que hacer…

-No se puede. Si voy y le pregunto, me toca una llamada de atención.

Evidentemente, el escolta era de los Cardenales. Por lo obstinado, digo.

El runrún político-peloteril encontró un desenlace en el octavo inning. Omar Vizquel se cayó al buscar una rolata por el campocorto y permitió que el corredor, su colega y rival David Concepción, anclara en la antesala. “Claro, tenía que ser un rockero”, señaló un fanático enardecido al torpedero capitalino.

De seguidas, un machucón permitió a Concepción anotar la única rayita del partido.

Los seguidores tigreros, exaltados, sabiéndose ganadores con una sola carrera a esa avanzada fase del juego, empezaron a corear: “¡Tigres, tigres!”. Lo hicieron con una pronunciación ambigua, poco clara, como para que la “s” final se diluyera y todo pareciera una aclamación para Fernández, el ex delfín de Caldera transmutado en felino.

Eduardo Fernández, apostado entonces en el palco de la prensa, se tomó el bullicio para sí. Perón asomado al balcón de la Casa Rosada, el chico de los socialcristianos alzó los brazos para solazarse en la equivocada glorias de unas consignas en verdad destinadas a David Concepción y al lanzador Steve Ziem , antes que a él. Pero, como pudo, su pedazo de multitud usufructó.

Ahora, siendo Carlos Andrés Pérez fan del Magallanes y Teddy Pecón de La Guaira, ¿quién más se asoma al estadio? ¿Con su natural timidez, acaso esperará Edmundo Chirinos, ex rector universitario y candidato presidencial del Partido Comunista, hasta la Serie del Caribe?

12 de diciembre de 2009

La dictadura de Tío Conejo


N. de R.: Entre 2003 y 2004, estuve a cargo, como colaborador, de la entrevista dominical del diario El Nacional de Caracas. Habré hecho como medio centenar de entregas, hasta que me cansé, creo, más del propio género de la entrevista que del espacio que se me brindaba semana a semana.

Por entonces me parecía que la entrevista atravesaba una especie de hipertrofia en los medios venezolanos. Entrecomillar una declaración ajena a veces permitía a la denominada “gran prensa” opositora difundir una versión que de otra manera nunca se animaría a suscribir por su propia cuenta periodística.

Por fortuna, se me propuso evitar a los voceros de la escena política más beligerante. En cambio, debía recoger los testimonios de venezolanos no del todo conocidos pero que, desde sus respectivas trincheras de especialización, estuvieran en capacidad y disposición para brindar luces al análisis de la crisis venezolana y su coyuntura, que por esos días terminaba de pasar por uno de sus apogeos, la huelga petrolera de diciembre de 2002 a febrero de 2003.

Con ese empeño entre ceja y ceja, recuerdo haber sostenido diálogos muy enriquecedores –quizás más para mí que para los lectores- con personalidades como Carlota Pérez, una venezolana con un trabajo internacionalmente reconocido acerca de la transformación tecnológica; con Rafael Popper, otro compatriota, casi imberbe, que sin embargo viene desarrollando desde Europa una labor importantísima de prospectiva; o con Fernando Coronil, investigador de la Universidad de Michigan.

Pero a decir verdad, ninguna de las entrevistas tuvo un impacto tan visible ni una respuesta tan entusiasta por parte de los lectores –medible en correos electrónicos y otros mensajes y comentarios- como esta que publiqué en febrero de 2003 con Axel Capriles, una de las caras más notorias –justo desde esa ocasión- de la escuela venezolana de la psicología de los arquetipos.

Supongo que fue un rapto de euforia de los lectores que siguió a la experiencia de la revelación. También, que tuvo algo de adelanto de lo que, años más tarde, sería la excelente acogida que el mercado dio a La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo, editado por Santillana. Aquí pongo, en todo caso, el motivo de esa reacción, para que se juzgue si todavía tienen sentido los conceptos que entonces Capriles emitió.

Axel Capriles aboga por una aproximación psicológica a la revolución bolivariana

“EL CHAVISMO EXPRESA UNA MENTALIDAD VINCULADA A LA POBREZA”

En 1938, cuando el periodismo todavía tenía bastante más de aventura intelectual que de folletín para la autoayuda, un reportero de la revista Cosmopolitan, H. R. Knickerbocker, preguntó a Carl Gustav Jung si las tempranas experiencias de familia habían sido las responsables de que tres tipos más o menos grises. Hitler, Stalin y Mussolini, se enseñorearan como hombres fuertes de la política europea de entonces. El sabio suizo descartó la insinuación al responder: “La ley que hay que recordar es: ‘El perseguido es el perseguidor‘. Los dictadores deben haber sufrido determinadas circunstancias para que se produzca una dictadura (…) Son creados con material humano que sufre abrumadoras necesidades”.

Las densas imbricaciones entre un hombre fuerte y el pueblo que se mostró dispuesto a dejarse cautivar por él, vuelven a interrogar, 65 años después, a un psicólogo, esta vez venezolano y, para más señas, diplomado en el Instituto C.G. Jung de Zúrich. Axel Capriles, autor de diversos libros, terapeuta y columnista de prensa, aboga por una aproximación psicológica –que juzga indispensable- al fenómeno del chavismo: “Los elementos racionales no sirven para explicar este proceso histórico. La población que lo apoya no ha gozado de satisfacciones tangibles, en términos de mejores ingresos y condiciones materiales de vida, así que estamos frente a un caso de ganancia simbólica”.

- El país se encuentra en un conflicto político que puede llevarlo a la ruina y la violencia. Aún así, el presidente Hugo Chávez afirmó esta semana, en el acto de conmemoración del fallido golpe del 4 de febrero de 1992, que personalmente estaba en “el momento más esplendoroso” de su vida.

- Cuando ciertos personajes se encuentran en estado de posesión, como lo pueden ver las personas que asisten a una sesión de médium, se sienten plenos, en éxtasis. Y yo creo que en este momento Chávez está en verdadero estado de posesión por los elementos del inconsciente colectivo. En ese acto al que haces referencia, pasó algo muy interesante. Cuando Chávez empezó a nombrar, uno a uno, a los militares caídos el 4 de febrero, “Distinguido José Tal Cosa”, “Capitán Fulano”, a cada nombre el público respondía enardecido: “¡Presente!”. Es decir, como si los muertos estuvieran allí. Si nosotros revisamos los tratados médicos de Hipócrates, encontraremos que él habla de la “posesión por los héroes muertos” como un tipo muy particular de posesión. Yo creo que, efectivamente, Chávez y una gran parte de los venezolanos están poseídos por los héroes muertos. Es la idea de que hay un vacío en nuestro presente, una incapacidad de adaptarnos a sus exigencias, que llenamos con los actos heroicos de un pasado que fuimos pero que ya no somos, y que sólo podemos recapitular.

- ¿Es esa posesión a lo que Chávez se refiere cuando dice de sí mismo que no es más que “una brizna de paja en el huracán revolucionario”?

- Hace referencia a la relación entre el líder y la masa, en la que el líder viene a ejercer la acción simbólica de una serie de necesidades que hay en las masas, las cuales las expresan a través de la individualidad de otro. Pero llega el momento en que ese líder, de tanto expresar las individualidades de todos, pierde la suya, se disuelve, y siente que pasa a convertirse en nada más que una expresión de ese colectivo. Es, de alguna manera, el portador de la individualidad de la masa. Pero como es imposible que una sola persona pueda satisfacer las infinitas y diferenciadas necesidades humanas de ese colectivo, el líder le ofrece soluciones simples y totales. En el gusto por lo simple frente a lo complejo, en la seducción de las soluciones totales, se encuentran las bases psicológicas del totalitarismo.

- ¿Qué aspecto del inconsciente venezolano ha tenido a Chávez como medio para manifestarse?

- Allí intervienen arquetipos muy importantes. Uno es la figura del justiciero. Un justiciero que no es ese ladrón típico que aparece en el folklore, que roba a los ricos para repartir entre los pobres, sino una figura como José Tomás Boves, con una carga emocional de muchísimo resentimiento.

- Esa es una imagen aterradora, de barbarie.

- Es que vuelve a aparecer el dilema de civilización versus barbarie, tan elaborado por la literatura latinoamericana. La figura de José Tomás Boves, en el siglo XIX, y la de Chávez, en la actualidad, nos dan las formas precisas como este complejo trabaja en el inconsciente colectivo de nuestra sociedad. Porque no es una simple oposición entre dos visiones antípodas. Es una barbarie que desea ser refinada y culta, y una civilización que, una y otra vez, crea los instrumentos humanos para deshacerse y volver atrás.

- ¿Es “El justiciero” el único arquetipo en juego?

- No. Chávez mantiene una conexión privilegiada con otros arquetipos que los venezolanos llevamos por dentro. Por ejemplo, el que corresponde al que habla bien, al que convence menos con los hechos que con las palabras. Otro arquetipo es el del “alzao”, que se expresa en nuestro individualismo anárquico, en ese tipo que se rebela, que se lanza ante todo, que es retrechero, que no acepta nada ni a nadie por encima de él, que no se atiene a las normas colectivas. Ese “alzao” le da una cierta frescura al vivir venezolano, pero también tiene aspectos negativos. Chávez es efectivamente un “alzao”: Continuó con el mismo tono del discurso una vez que llegó al poder; no asumió el papel del gobernante, sino que siguió siempre alzándose contra alguien, contra el oligarca, contra los partidos.

- También el Presidente parece hacer gala de un don especial para dividir.

- El justiciero siempre necesita construir un enemigo, hacia quien canaliza ese resentimiento al que sirve de vehículo. Por eso, tiene siempre que escindir continuamente cada totalidad, de tal manera que pueda tomar posesión de una porción, mientras que la otra porción necesariamente pasa a ser el lado negativo, rechazado, perjudicial. Hay una vieja película de Luchino Visconti que muestra cómo funciona ese proceso. Llega un psicópata a una casa, a alquilar una habitación. En realidad, los dueños de la casa no se la quieren alquilar pero él, con su labia, los convence. Finalmente, cuando entra a esa casa, divide a la familia, pone a todo el mundo a pelear entre sí, y toma posesión completa de la residencia.

- ¿Tiene esto que ver con el hecho de que el entorno íntimo del presidente se venga deshaciendo con el paso del tiempo?

- En muchos líderes hay una gran soledad, precisamente, porque se relacionan con una colectividad de la cual son expresión, y no con otro individuo. No son capaces de mantener una relación humana verdadera. Ese componente psicopático está presente tanto en Chávez como en toda esta desmesura, esta falta de realidad, de la revolución bolivariana. Pero también pasa que el psicópata adaptado se caracteriza por su mimetismo. Es como si el vacío anímico, producto de su deformación de carácter, fuera llenado con imitaciones de los demás. De ahí por qué muchos confunden el mimetismo psicopático con el carisma. El psicópata adaptado finge empatía y emula las reacciones e ideas de los demás, logrando que el interlocutor siempre se sienta comprendido. Si va a China, actúa como los chinos, y dice que las cosas que los chinos quieren escuchar. Ese gran mimetismo ha sido una de las armas emocionales de Chávez.

- En su libro de 1996, El complejo del dinero, usted pasa revista a la compleja relación del venezolano con la riqueza. ¿Cuánto de ello se expresa a través de la permanente sacralización de la pobreza en el discurso de Chávez?

- Primero, eso es parte de un discurso que gana adeptos en casi todas partes del mundo. Además, aquí hay un elemento de culpa muy profundo, vinculado con el éxito económico. Y, por otra parte, en Venezuela tenemos una larga historia de injusticia social, que ha construido un doloroso complejo histórico, con una carga de resentimiento obvia y natural. El discurso de la pobreza retoma ese resentimiento, por el cual Chávez llega a convertirse en el justiciero vengador.

- En el conflicto petrolero que acaba de concluir, el discurso oficial suena como quien celebra la captura de un botín: “Por fin le quitamos Pdvsa a ese grupito de gerentes que la tenían agarrada para ellos”.

- Allí se manifiesta cierto tipo de carácter social que está asociado a la pobreza, que incluye lo que los psicólogos llaman “locus de control externo”, en el cual siempre el causante de tu condición es otro, que se supone que tiene mayor poder de decisión que tú, y también la idea de que la riqueza existe como algo que está allí y se puede tomar, en vez de construirla. En ese sentido, el chavismo expresa una mentalidad vinculada a la pobreza, que sintetiza todos esos valores culturales.

- Si la oposición consigue tomar el poder, se va a conseguir con esas mayorías y los complejos que llevan o llevamos encima. ¿Qué terapia se puede prescribir para cambiar ese estado de cosas?

- Hay que atacar ciertas cosas claves en las ideas colectivas. Por ejemplo, el problema de la desconfianza es bastante grave en Venezuela. Y fíjate que eso está vinculado con el arquetipo del pícaro: Si yo lo tengo activado en mí, pienso o sospecho que en el otro también. Pero luego hay otra multitud de cosas que tratar. La noción de propiedad es una de ellas, que está muy dividida entre lo que es ocupación, lo que es usufructo, lo que es propiedad. Aquí hay que empezar un análisis de por qué toda una sociedad prefiere entregar la propiedad de sus recursos más valiosos, como por ejemplo el petróleo, a un ente difuso que es el Estado, en lugar de que cada ciudadano los tenga, como ocurre en otras naciones.

24 de octubre de 2009

El Perú que no pudo ser



N. de R.: Este fue mi primer viaje al Perú, un país que con el tiempo se me haría familiar y entrañable. Como la rica comida de esa nación, la experiencia me resultó tan novedosa como difícil de digerir de entrada.

No era cualquier Perú al que llegaba. En marzo de 1990, fecha de la visita de una semana que hicimos junto al fotógrafo Juan Carlos Kako Oropeza, parecía deshacerse en el caos de los últimos días del primer gobierno de Alan García.

Los cambistas pululaban con sus paquetes de intis (y papeles sin valor para hacer la estafa del paquete chileno) en las calles. La inflación añadía un dígito diario al costo de los bienes. Hacía tiempo que la ofensiva de Sendero Luminoso apuntaba al corazón de la República, Lima, después de bajar de su Ayacucho originario.

Para colmo, iba a cubrir un episodio también inédito, casi incomprensible. Mario Vargas Llosa, el escritor que había “traicionado” a la izquierda castrista, ahora se ofrecía para salvar a su país del abismo. Su candidatura presidencial aparecía como favorita para ganar las elecciones de mayo de 1990, en una sola vuelta.

Fue una de las afortunadas locuras de Ben Ami Fihman, el editor de la revista “Exceso” de Caracas, para la que yo trabajaba. No sé si se le ocurrió o compró la idea insensata, para una revista pequeña y que recién empezaba, de enviar un reportero y un fotógrafo a cubrir la candidatura de Vargas Llosa. Creo recordar que instó al escritor Juan Liscano, amigo de Vargas, a conseguirnos un cupo en la que sería la última gira del escritor-candidato por el interior del Perú. Tuvo éxito. Entre tanto, Ben arregló un intercambio con la antigua Aeroperú, de una página de publicidad por nuestros dos boletos.

Así no sólo Ben se ganó uno de sus primeros dolores de cabeza administrativos en la revista –que, por otro lado, habría de acumular un gran prestigio como marca editorial en el limitado mercado venezolano de revistas, lamentablemente dilapidado por sus actuales propietarios-, sino que terminamos Kako y yo a bordo del convoy periodístico que siguió por una semana a Vargas Llosa por el denominado Norte chico, una zona de oasis agrícolas sobre la franja desértica de la costa peruana.

No había espacio para relatarlo y por entonces yo le tenía un terror a narrar en primera persona que con la edad ha perdido algo de su filo. Pero, de haber sido de otro modo, quizás el making of del reportaje hubiese resultado una historia más atractiva que la que finalmente se publicó. De hecho, la inusual estructura de la nota –con una crónica cuyo texto discurría, gracias a los desvelos creativos de la diseñadora Kataliñ Alava, en paralelo al de la entrevista que Vargas llosa nos concedería, ya de vuelta en Lima, después de la gira- trata de responder a las diversas dimensiones simultáneas de la experiencia.

En cierto modo, la gira pudo servir de materia prima para una road movie y su clásico guión iniciático: la transformación que va ocurriendo en el camino. En este caso, la transformación fue interior, no tuvo que ver mucho con aventuras. Mi disposición hacia Vargas Llosa, todavía bajo el influjo del hogar de izquierdas donde crecí y por lo tanto, muy prejuiciada con respecto a la posición política del escritor, fue cambiando según iba oyendo a bordo de las van donde viajábamos los comentarios, suspicaces o despectivos, de los reporteros internacionales (austríacos, italianos, estadounidenses, de distintas nacionalidades pero todos muy progres), sobre el candidato y sus intenciones. Fui experimentando una inesperada apertura, quizás como reacción, hacia lo que Vargas Llosa tendría que decir. Creo que gracias a ello llegué a entrevistarlo en el momento justo, cuando mi ánimo no daba ni para hacer de la conversación un juicio acusatorio ni para dar pie a un intercambio complaciente. Cuando el periodismo se usa para la revancha o la adulación, es una tragicomedia.

Bien: ya es sabido que la historia le negó el triunfo a Vargas. La victoria la conseguiría un “chinito” que, por esos días que pasé en Lima, aparecía de cuando en cuando por televisión en un video de mala factura, al volante de un tractor agrícola. Se rumoraba que su candidatura era un artificio creado por Alan García para erosionar votos a Vargas Llosa. Pero Alberto Fujimori terminaría por llevar al Perú a una larga noche de diez años de autocracia.

Desde ese momento muchas cosas se trastornarían. Vargas Llosa adquiriría una segunda nacionalidad. Según me enteré por sus memorias de El pez en el agua, una planta de envasado de espárragos para la exportación que visitamos durante la gira, sería volada unos días más tarde por un ataque dinamitero de Sendero. Su quinta familiar en Barranco fue demolida y en su lugar se alza un edificio de apartamentos donde el escritor tiene un piso.

Pero al leer el trabajo me parece que algunas de las circunstancias del esfuerzo que entonces desplegó, y las reflexiones que hacía, siguen vigentes, sobre todo para alumbrar la tragedia actual de Venezuela.

Mario Vargas Llosa

LA CAMPAÑA DEL FIN DEL MUNDO

De nuevo la realidad parafrasea a la ficción. Con los demonios de la hiperinflación y la pobreza desatados, las acechanzas de la guerra civil y del colapso del Estado, el Perú que este mes va a elecciones se parece demasiado a Canudos, mientras el hombre que ofrece salvarlo predica la espinosa senda hacia el cielo neoliberal.

LIMA es una ciudad de contrastes, y esa verdad a medias o, menos aún, a tres octavos, tan tópico universal de boletín turístico, casi en ningún lugar parecerá tan real como aquí, en el Hotel El Pueblo, sobre las colinas a 30 minutos del casco central. El contrapunto de circunstancias en este caso subraya la vecindad de una naturaleza tacaña -las desérticas laderas de los cerros que rubrican el paisaje de la costa peruana- con un oasis de probeta, los cipreses y el césped japonés irrigados con obstinación, cobijando un complejo de cabañas cuyo estilo preserva con dificultad cierto equilibrio entre las casas de fachadas entramadas de Baviera y la arquitectura colonial limeña.

El paisaje tampoco se reserva paradojas. Más allá del portal del hotel, dejando atrás el reducto cinco estrellas para sortear los baches de una avenida que desafía cualquier noción de vialidad, se extiende el barrio de Vitarte, un loop de la marginalidad urbana: cada playa de almacenaje se parece a cada zaguán que se parece a cada casita, todas levantadas con adoquines de arcilla y columnas de bambú, y todas del mismo color arenoso de las colinas circundantes, Se trata de un pueblo joven, el apelativo que aquí dedican a las chabolas de todas las latitudes latinoamericanas. En Vitarte, a la sombra de las cercanas ruinas precolombinas de Pachuruco, perviven miles de obreros y personeros de la floreciente economía informal. Vitarte es también, tal vez no por eso sino por alguna otra razón, teatro de operaciones de los terrucos, los anónimos comandos de Sendero Luminoso que, de cuando en cuando, disparan contra algún agente de policía o echan abajo una torre eléctrica.

Aquí, enjugarse las lágrimas de sensibilidad social es lo mismo que espabilarse ante la tanqueta que resguarda la entrada al hotel. Un piquete de agentes de la Policía Nacional, vestidos con bragas azules y fusiles de asalto AK47 colgados al hombro, refuerza la posta. Para seguir adelante se deben franquear otros dos controles. Especialistas del Servicio Secreto otean de lado y lado. Al traspasar el lobby, un cateo corporal y una prospección con detector de metales permiten asegurar que el recién llegado no porta ni armas ni ninguna otra sorpresa letal. Por supuesto, no es una precaución normal, de todos los días.

Pasa que del lado de acá del mismo umbral, hoy se clausura el congreso La Revolución de la Libertad. La convención es una suerte de caldo primordial de lo que se espera evolucione como una Internacional Neoliberal. Quienes participan debieron pagar una inscripción de 560 dólares, o de 650 dólares si deseaban pernoctar en el hotel, con refrigerios y desayunos continentales incluidos. El grueso está constituido por párvulos de esa especie en extinción, la de los jóvenes empresarios peruanos, que cifra toda perspectiva de recuperación en la vacuna del libre mercado. De entre las muchas luminarias intelectuales de la reacción antimarxista cuya presencia se anunciaba, Octavio Paz, Lech Walesa y Hugh Thomas, optaron en definitiva por hacer mutis y enviar como reposición, o bien representantes subalternos, o videocassettes para dictar una menos riesgosa teleconferencia.

AÚN ASÍ no hay lugar para la frustración y sí para las porras y exaltación libertarias: Jean François Revel, Carlos Franqui y Carlos Alberto Montaner son de la partida. No se trata sólo de esparcir la buena nueva del neoliberalismo. También de brindar, en esta recta final de la campaña electoral peruana, un espaldarazo a la depuración modernizadora que propone el Frente Democrático (Fredemo), una coalición de centroderecha que agrupa a los tradicionales partidos Acción Popular (AP) y Popular Cristiano (PPC), en incómodo triángulo con el flamante Movimiento Libertad. A eso vino una corta delegación venezolana que, conformada por Oswaldo Álvarez Paz, Ítalo del Valle Alliegro, Emeterio Gómez, y los muchachos de Nueva Generación Democrática de paisano –es decir, sin liquiliqui-, podría además suplir con una nota de color folklórico las deserciones de los académicos.

El número fuerte del evento, como lo sugiere el sentido común y, por tanto, dicta el protocolo, se retiene hasta el final: Mario Vargas Llosa, el candidato presidencial del Fredemo, va a pronunciar un discurso de clausura que más que recordar los méritos literarios del orador, deberá compendiar el espíritu de El Gran Cambio, el lema de su campaña. Al menos eso es lo que se espera, y el título de su intervención, El País que Vendrá, de entrada no defrauda a nadie.

Los banqueros y empresarios, los godos de Lima y otras ciudades del Perú que canjearon el confort de sus oficinas climatizadas (sólo vulnerables ante los apagones que siguen a los atentados de Sendero) o sus casonas rurales, por el sofoco de la gran carpa que en los jardines de El Pueblo hace las veces de Centro de Convenciones, sienten recompensados sus desvelos cuando oyen al candidato asegurar en su discurso que “la palabra más temida por el político latinoamericano de cualquier pelaje de este siglo, el capitalismo, comienza a aparecer, con mucha prudencia y remilgos, es verdad, en nuestro vocabulario político”. Fugaz intercambio de miradas de entendimiento y cierta excitación que acompaña a los codazos propinados para significar un “te lo dije”. Desconcierto inmediato, sin embargo: “La cultura del éxito, fuente de la extraordinaria prosperidad que han alcanzado las sociedades democráticas más avanzadas, incluye también, para las empresas y los empresarios, la posibilidad de quebrar y arruinarse sin que el Estado venga a echarles una mano y tener, por lo tanto, luego de un fracaso, que empezar de nuevo desde cero”. Preocupante. ¿Será de los nuestros? ¿O acaso le sobrarán residuos de su pasado rojo? “Un Estado liberal no es concebible sin una política de apoyo al desvalido y al inerme, al que por culpa de la edad, la naturaleza o el azar no está en condiciones de valerse por sí mismo y sería aplastado y borrado si se lo dejara expuesto a las estrictas leyes del mercado”. Palmas a regañadientes.

Pero el oficio, si no la misión, de Vargas es trabajar con las palabras. Así que en cierto pasaje consigue esquivar las sospechas y las desilusiones desde el burladero de un sentimentalismo nada inocente, concebido con chanfle: “Hoy, en el extraño trance en que me encuentro, participando en una campaña electoral como aspirante a la presidencia de mi país, me digo con cierta melancolía que en los destinos individuales influyen también las circunstancias y el azar acaso tanto como la voluntad de quien los encarna. Igual que la historia de las sociedades, la de los individuos tampoco está escrita con anticipación. Hay que escribirla a diario, sin abdicar de nuestro derecho a elegir, pero sabiendo que, a menudo, nuestra elección no puede hacer otra cosa que convalidar, si es posible con lucidez y ética, lo que ya eligieron para uno las circunstancias y los otros. No lo lamento ni lo celebro: la vida es así y hay que vivirla, acatándola en todo lo que tiene de aventura terrible y exaltante”.

SON FRASES de un reiterado candidato al Nóbel de Literatura, que siguen la seductora cadencia de lo mejor de su prosa, pero también son las palabras calibradas y enfáticas, fronterizas con las consignas, de un líder en campaña: sin duda, han pasado muchas cosas desde que, en 1987, Vargas Llosa ingresara casi a su pesar al activismo político.

Habría que despejar las lagañas del mito y la ensoñación para reconstruir con veracidad la cadena de furores y sorpresas que ese año llevó al escritor a ganarse un puesto de cabecera en la política peruana y, eventualmente, este venidero mes de abril, la Presidencia de la República; la natividad de un mesías siempre guarda un misterio. Hasta entonces, su currículo institucional permanecía casi virgen. Tuvo, claro está, un pasado de escritor comprometido. Luego, el presidente Belaúnde Terry le suplicó que aceptara la Embajada del Perú en Londres. Y un accidentado encargo como presidente de la comisión que investigó la matanza de Uchuraccay, perpetrada por una ronda de campesinos contra un grupo de periodistas, agregó escaso lustre a su vida pública.

La oportunidad para que Vargas Llosa se colara hasta los tuétanos de la beligerancia política, y esa es la versión propalada por sus allegados, la concedería su antitético Alan García, entonces asido a la cresta de la popularidad. Era agosto de 1987 y Vargas pasaba una velada familiar en la playa cuando quiso el capricho de los transistores que en la radio se escuchara el discurso en que el presidente García, favorecido por la fortuna en cada uno de sus más arrojados lances, anunciaba la próxima nacionalización de todo el ramo de banca y seguros en Perú. Vargas Llosa reaccionó airado ante la medida: “Este es el preámbulo de la destrucción de la democracia en Perú”, dicen que vaticinó. Pero enseguida se propuso desmentir su propio presagio. Volvió a Lima para reunir a un grupo de amigos (banqueros, periodistas, empresarios, profesores) y redactar un comunicado de prensa opuesto a las intenciones del gobierno aprista. Quince días más tarde, desde un balcón del Gran Hotel Bolívar, Vargas Llosa veía la explanada de la céntrica Plaza San Martín con un íntimo temor: para esa noche se había convocado un mitin, que debía ser multitudinario, para repudiar la nacionalización compulsiva del sector financiero. Apenas unas semanas antes, las encuestas perfilaban un tope de popularidad para el presidente García próximo al 85 por ciento, y ese no era el mejor entorno para una manifestación a la que sólo acudiría, según aseguraba la propaganda oficialista, un puñado de banqueros y comerciantes. Cuando 50.000 personas plenaron la plaza, Vargas, gorgoreando en medio de ese chapuzón de multitudes, exclamó con una sorpresa fingida, llena de sorna:

- Caramba, ¡cuántos banqueros hay en el Perú!

A tres años de aquello, las masas ya no parecen aturdirlo. Sabe persuadirlas, conmoverlas. Y si algún cabo escapara a su adiestramiento intensivo de candidato reformista, las incertidumbres subsecuentes se extinguen ante la sincronía de un comando de campaña profesional, ejecutivo, sin miramientos perceptibles para la ineficacia. Azafatas impecablemente uniformadas reparten las carpetas oficiales del evento. Entre el material, impresos sobre cartulina, los más notables discursos del candidato y su programa de gobierno. Pero si a usted se le antoja la versión en video de alguna de las ponencias, pues, no tiene más que pedirla, porque no por nada han estado allí, encaramadas sobre andamios, las cámaras de televisión durante todo el evento.

Eficiencia, rapidez, competitividad. Es la política hecha con vigor corporativo, y un equipo de jóvenes estrategas se encarga de que la cruzada fructifique. Pero no hay que pellizcarse todavía para despertar, no, al menos, antes de de ver cómo se desborda la cornucopia electoral en los medios. En la televisión un estrépito publicitario casi sin contrapesos ensalza hasta el agobio la imagen de Vargas Llosa, el jingle del Fredemo (un compás de flauta andina, levemente evocatorio de aquél célebre pitico de la campaña, fracasada, de Luis Piñerúa Ordaz en Venezuela), y su emblema, el contorno estilizado de una escalera incaica. De cada cinco spots en la pantalla chica, cuatro son de proselitismo político, y de estos, tres los patrocina Fredemo.

Aunque desde la otra banda del espectro político no pasan por alto la oportunidad para recordar a toda voz que en la boleta electoral del Fredemo figuran como candidatos al Congreso 15 ex ministros y más de dos docenas de antiguos parlamentarios, la nueva derecha peruana subraya lo de nueva y se enviste con los fastos telegénicos de la esperanza. En la cuña central de la campaña por televisión, un par de celosías se abren para dar paso a la luz que, luego de encandilar, deja ver un paisaje de la cordillera andina, y más tarde es un coro de peruanos que cantan unidos, hasta que por fin se funden en un primer plano de Vargas Llosa. El Gran Cambio. No hay aplomo que soporte la emotividad de la secuencia, como en un país destartalado por la crisis no debería haber raciocinio impermeable a la oferta del candidato: empleo, productividad, abastecimiento, reglas claras de juego, renovación.

SÓLO el plomizo espejo del océano Pacífico continúa igual en el Malecón Paul Harris de Barranco, el distrito costero donde la clase media y la bohemia limeñas consiguieron albergue. Antes era un paseo para joggers y enamorados. Ahora persiste otro tipo de paz, tensa y por cuotas, vigilada por guardaespaldas y centinelas que resguardan la Quinta #194 de Mario Vargas Llosa.

Quien se mofe de los rasgos entre incestuosos y nepóticos que exhibe la biografía de Vargas llosa (su primera esposa era su tía; la segunda y actual, su prima), soltará una carcajada cuando se entere de que el principal vocero de la campaña es Álvaro, hijo del candidato, y de que el primo de Vargas Llosa, Freddy Cooper, coordina las giras.

En un contexto tan doméstico, que el candidato Vargas Llosa despache no ya desde su oficina sino desde su propia casa, pasa a ser una mancha en el follaje. A muchos periodistas ha recibido en el sofá blanco del estar, y mejor así, porque ninguna regalía tan estimable a la hora de redactar una entrevista y superar, de paso, los resquemores del lead-cuerpo-cola, como contar con esas viñetas de la decoración interior: la piscina pequeña, los libros de arte dispuestos aquí y allá, el lienzo de Matta que domina la sala, el retrato del escritor firmado por Guayasamín. Un escenario nada opulento, tan pulcro y atildado como Vargas Llosa mismo.

Verlo bajar de su estudio hasta la sala, fresco y sonriente, es recordar que no hará una media hora desde que despidió a los invitados de la cumbre neoliberal y que, poco antes, hasta bailó un set de huainos serranos en un acto de campaña; por tanto, es recordar que su afición por el tenis y el trote diario han hecho de él un genuino intelectual aeróbico. Encara la entrevista con cordialidad profesional. Gajes de su protagonismo. Pero aún así no deja de imponer sus condiciones. Quizás se trate de una retaliación sutil contra quienes le restan tiempo con preguntas formuladas una y otra vez, quizás sea mera cautela política, mas lo cierto es que pocos señuelos periodísticos lo asoman afuera de su discurso político, para exponerlo en medio de una entrevista a interrogantes de tipo personal.

Sin embargo, tratándose de los últimos días de campaña, Vargas Llosa ha decidido eximirse, pasados los turnos del enviado de la revista Exceso de Caracas y de un periodista italiano, de fijar más citas con corresponsales extranjeros y consagrase de lleno a la lucha en la calle por la presidencia. La resonancia internacional de su apellido (que muchos peruanos confían servirá para reabrir las bóvedas de la banca prestamista mundial) es a la vez una carnada apetitosa para el cardumen periodístico del Primer Mundo. Pero lo que todavía necesita Vargas Llosa es explicarse ante el Perú, no ante el mundo.

Explicarse es su condena. Sobre todo ahora cuando todas las encuestas le atribuyen una sólida delantera y la campaña, antaño un leal round robin, se transformó en un todos contra Vargas Llosa.

Explica una y otra vez que su política económica de shock redundará en beneficio de toda la población y no sólo de los ricos; que tras su altruismo, puesto de manifiesto al abandonar su tranquila vida de escritor, no se esconde ningún interés avieso; que su propuesta cortará las bocanadas de aire que avivan las insurgencias de Sendero Luminoso y el Movimiento Túpac Amaru.

Por supuesto, su tribuna electrónica es privilegiada (la gran prensa y los canales de televisión le apoyan casi de manera unánime), pero aún así le cuesta esquivar los embates del oficialista candidato del Apra, Luis Lucho Alva Castro, quien se refiere escuetamente a Vargas como “el candidato conservador”, o del comercial de Izquierda Socialista que muestra una imagen ligeramente distorsionada del escritor con una voz en off que enfatiza: “Este es el hombre que los ricos quieren que gobierne”.

CACASENOS, tal el vituperio que Vargas Llosa ha puesto de moda para calificar a sus adversarios, y en Huaral, un asentamiento agrícola a una hora al norte de Lima donde ahora pronuncia su discurso, tiene una nueva oportunidad para repetirlo. Como si ya no fuera atemorizante el espectro del shock macroeconómico, la campaña del oficialismo ha repartido volantes que difunden la certeza de que si el Fredemo accede al Palacio de Gobierno, todas las tierras afectadas hasta la fecha por la reforma agraria y repartidas, desde el gobierno del general Velasco Alvarado, entre parceleros, serán revertidas a sus antiguos propietarios.

El artero runrún obra prodigios en las encuestas. Desde que empezó a difundirse en el interior rural del país, la ventaja del Fredemo, que lucía blindada, se hundió desde 51 por ciento de la intención del voto a 44 por ciento. En otras palabras, de seis puntos porcentuales es el margen que restaría a Vargas Llosa remontar para evitarse los sinsabores de una segunda vuelta (prevista en el sistema electoral de ese país), donde las componendas y los inevitables zigzags del voto oculto podrían dar al traste con sus pretensiones presidenciales.

Así, para mondar punto a punto ese margen, su comando de campaña organizó esta gira por la región llamada el Norte Chico, pero conocida por el Apra como el Sólido Norte, pues lo tienen por uno de sus bastiones electorales.

La caravana incluye tres camperos de seguridad, una ranchera 4 x 4 que lleva al candidato, dos furgonetas con periodistas, y una mini pick up Toyota acondicionada para –remedando al Papamóvil- pasear a Vargas al descubierto al final de cada mitin.

Cada pueblo es una escala. En cada escala, un discurso o una caminata. El guión retórico discurre siempre por el mismo carril: la necesidad de un programa de estabilización que controle la inflación, el fin de los diezmos estatales, el propósito de hacer de cada peruano un propietario. Pero, también siempre, se introduce un matiz local.

En Huacho, otrora importante centro comercial, Vargas Llosa arranca aplausos al ofrecer la vuelta “de una institución, la de la venta a plazos”. En la costeña Barranca, se promete a sí mismo restaurar la antigua prosperidad de las nacionalizadas plantas procesadoras de harina de pescado. En el propio Huaral, donde la comunidad Nisei (inmigrantes japoneses establecidos en Perú desde comienzos del siglo XX) conforma una minoría de peso, convoca el tesón de sus electores para dar un argumento que convenza a las grandes empresas de Japón a invertir en la zona. Allí también hace las delicias del público denunciando las mentiras de los cacasenos:

- ¿Ustedes les creen a ellos?- pregunta a la gente concentrada en la Plaza de Armas de Huaral.

- Noooooo- le responden.

- ¿Acaso se le puede creer todavía a la gente del Apra?

- Noooooo- de nuevo el coro.

- ¿Creen ustedes que yo iba a dejar mis libros, mi escritorio, mi vocación, para venir a quitarles las tierras a ustedes?

- Noooooo- vuelven a responder, esta vez conmovidos por las evidencias del sacrificio. La mesa emocional queda servida para que prenda con facilidad la consigna voceada por el animador del Fredemo, y asumida con automatismo cortical por la multitud:

-Mario presidente a la primera vuelta… Mario presidente a la primera vuelta…

Por último un halo profesoral, más que de santidad a pesar de su elocuente renuncia a toda comodidad, envuelve a Vargas Llosa, que habla desde el podio con modos didácticos a la muchedumbre. Inclinado un poco hacia adelante, el micrófono en la mano izquierda, la derecha alternándose entre el filo del estrado y un gesto que corta el aire para reafirmar algún aserto crucial. Para muchos de los oyentes, votantes apristas algunos, se trata de un pituco (un sifrino) de la capital. Pero para la mayoría de las mujeres (la mayor fracción de sus votantes), es un ídolo, casi tanto como José Luis Rodríguez, El Puma, cantante venezolano que también ha venido por estos días al Perú para entrevistarse con Vargas.

Para ellas, el paradigma no es Mario solo; es Mario y Patricia. Los esposos Vargas Llosa constituyen un emblema político, propicia reivindicación de la familia como célula principal de la sociedad, sin contar el par de ocasiones en las que han estado a punto de separarse por ciertos deslices del autor, ocasiones que su campaña no insiste en recordar.

A la entrada de Puerto Supe, la alcaldesa, ficha del Fredemo, por los altavoces pide un gran aplauso para Patricia, más que por su lealtad al marido en campaña, porque ella “sí es peruana”. No es un cotejo con la boliviana Julia Urquidi, la anterior esposa de Vargas Llosa. Se trata de contrastarla con la esposa del presidente en ejercicio, Alan García, que es argentina.

Pero esto ya empieza a ser material más propicio para Pedro Camacho, el escribidor, que para la crónica periodística.

(RECUADRO) ENTREVISTA

ASÍ HABLA EL CANDIDATO

- En muchas de las entrevistas y semblanzas que le han hecho en medios de Europa y Estados Unidos, uno percibe cierto tonito perdonavidas, como de tribunal, de cacería de erratas frente al candidato conservador que pretende ser presidente del Perú. ¿Usted lo siente así?

- Generalmente los periodistas de esas grandes publicaciones occidentales, cuando vienen a América Latina, vienen a buscar pájaros tropicales. Vienen a buscar figuras exóticas que les digan cosas extravagantes que encajen dentro de esas visiones estereotipadas y caricaturales que tienen de América Latina. A esos periodistas que vienen de la libertad, que alguien les hable de la libertad los aburre. Eso está bien para ellos, pero para América Latina lo que debería funcionar son las bombas, los guerrilleros, las montañas, las barbas. Por supuesto, no todos esos periodistas son tan explícitamente imbéciles, pero hay en el fondo de muchos de ellos una visión en cierta forma muy discriminatoria. Cuando vienen aquí y no encuentran eso, entonces se sienten muy frustrados y se vengan. Pero afortunadamente para ellos todavía hay muchos intelectuales que les dan todas esas extravagancias que ellos buscan. Los alimentan muy bien, jajajá…

- Entre las muchas etiquetas que podrían variar con su incursión en la política partidista electoral, se encuentra aquella del intelectual comprometido. Antes, decir “intelectual comprometido” era sinónimo de “izquierda”.

- Era la idea de que el compromiso era apostar por la revolución, por el modelo socialista. Yo creo que todavía en América Latina hay muchos escritores que se niegan a ver lo que está ocurriendo en el mundo y se siguen jugando por las utopías colectivistas, por el totalitarismo. Es un caso extraño de perseverancia en el error en quienes se supone han hecho del reflexionar, del razonar, su profesión. Sin embargo, los pueblos latinoamericanos han demostrado que tienen una gran capacidad para aprender del error, mucho mayor que los intelectuales. Si usted mira lo que es la orientación política de América Latina en los países donde hay elecciones libres, hay una tendencia muy lúcida hacia lo que se pueden llamar soluciones pragmáticas, moderadas, en contra de los extremismos, a favor de las opciones democráticas.

- En América Latina somos muy propensos a apostar por fórmulas, recetas mágicas. Ahora está en boga la idea de la economía de mercado y de privatizar el aparato productivo, que usted propugna en su programa de gobierno. ¿En algún momento no le ha entrado la duda de que esto que usted preconiza sea igualmente una receta que, al cabo de unos años, se revele también como un fracaso? ¿Que así como se decepcionó del socialismo, se decepcione de sus convicciones actuales?

- No, porque en el caso del sistema de mercado, de economía liberal, hay muchas pruebas que muestran que ese sistema sí funciona, y en países de culturas muy distintas. Es un sistema que ha dado muy buenos resultados en Europa, pero que también los ha dado en Asia, y en América Latina también ha comenzado a dar buenos resultados donde se ha aplicado. Lo cual no quiere decir que haya recetas mágicas. Un sistema de mercado, de economía liberal, de sociedad abierta, puede funcionar a condición de que se haga todo lo necesario, que no depende exclusivamente de un esquema conceptual, abstracto. Tiene que haber detrás toda una cultura para que el modelo funcione, y esa es la parte más difícil de conseguir. No creo que sea fácil, creo que es posible. Fácil no va a ser porque, en primer lugar, enfrentamos crisis muy profundas y, por otra parte, tenemos unas malas costumbres muy arraigadas en el campo económico y en el campo social. Esas costumbres hay que cambiarlas, necesitamos una gran renovación cultural.

- Se suele decir que su incorporación a esta campaña electoral y su afán de ganar la presidencia del Perú reproduce un clásico dilema latinoamericano, el de barbarie versus civilización.

- Bueno, sí, algo de eso hay, sin utilizar esas grandes palabras que creo que no son muy convenientes. Pero si un país como el Perú, como muchos otros de América Latina, se sigue empobreciendo a este ritmo, el resultado será la barbarie. Si no atajamos esa decadencia, lo que queda es la barbarie, porque eso es lo que la barbarie significa, el hambre, la desocupación, más violencia social, más violencia política, y además el colapso de la institucionalidad del Estado. Cuando un país llega a una situación de esta gravedad, ¡hay que actuar! Si uno cree en la civilización, y cree que la civilización pasa por la democracia, hay que defender ese sistema.

- Dentro de esa polaridad entre civilización y barbarie, el símil parece agudizarse en su caso. Frente a la violencia social, frente a la crisis, la guerrilla, usted insiste en apelar al sentido común.

- Es una cosa que yo aprendí en Inglaterra, donde viví unos años, y creo que fue una experiencia muy aleccionadora: descubrir el pragmatismo, al que nosotros hemos sido muy alérgicos en América Latina. El sentido común es la gran virtud de los ingleses, saber que las ideas tienen que pasar la prueba de la realidad. Si no pasan la prueba de la realidad, no sirven.

- En medio de la campaña, ¿sigue con su trabajo literario?

- Muy poco, desgraciadamente ahora no tengo tiempo. La vida política es muy absorbente, aunque procuro siempre tener al día un par de horas por lo menos para un trabajo intelectual. Creo importante tener un trabajo intelectual y no disolverse en la actividad política que, en contrario de lo que yo quisiera, no es una actividad en la que uno tenga que ejercitar mucho la imaginación, la invención; es una actividad mucho más de maniobra, de intriga, de especulaciones inmediatistas, que de ejercicio intelectual. Entonces trato siquiera de tener un momento de cierta distancia al día, aunque por supuesto no tendría tiempo para hacer un trabajo, digamos, de aliento.

- Sin embargo, acaba de renovar por cinco años su convenio con la editorial Seix Barral de España.

- Para que reediten mis obras. Ha salido ahora un tercer volumen de ensayos, pero no se trata de obras nuevas, porque para eso no podría yo comprometerme por los momentos. Tengo también hecha una obra de teatro, pero es una obra que estoy todavía con las intenciones por lo menos de revisarla y perfeccionarla.

- ¿En qué forma cree que esta experiencia política modificará su escritura?

- Eso es difícil decirlo. Todo escritor escribe a partir de las experiencias que tiene, experiencias desde luego profundas, muy trastornadoras. Sin ninguna duda esto va a tener algún efecto en lo que escribo. Pero espero que no me estropee el estilo, jajajá.

- Forzado por esa actividad electoral, ¿qué ademanes, qué tics del político profesional se ha visto obligado a adoptar?

- Yo nunca estuve muy convencido con las teorías de Roland Barthes, que me parecían muy brillantes pero unas construcciones muy abstractas. Pero haciendo política encuentro muy convincente una de las tesis de Barthes: es la de que uno no utiliza tanto el lenguaje, sino que es utilizado por él. De cierta forma uno no puede elegir el lenguaje cotidianamente. Haciendo política se siente eso. Hay inevitablemente una fuerza de gravitación, diríamos, del lenguaje político que lo empuja a uno hacia el uso de ciertos estribillos, de ciertos estereotipos, de ciertas simplificaciones, porque supongo es la manera de llegar al mayor número. Pero es un terrible problema, porque si uno incurre mucho en esa mecanización del lenguaje, al final no hay pensamiento vivo que se exprese, se expresan simplemente lugares comunes. Esa es una de las cosas que más me ha impresionado, uno de mis más grandes descubrimientos en la política: que por más esfuerzos que uno haga, invenciblemente naufraga con mucha frecuencia en lo convencional.

- ¿Pero de pronto no se ha descubierto a sí mismo mientras besaba niños o abrazaba viejitas, y se ha preguntado: “Por qué estoy haciendo esto”?

- Eso es inevitable, pero es otra cosa. Hay unos rituales que uno debe estar dispuesto a respetar, como en todo. Si uno va a una fiesta debe vestirse de manera determinada, y si hace política creo que está obligado a pasar por ciertos gestos y a tener una exposición muchísimo mayor con la gente. Uno debe estar dispuesto a hacerlo, porque la gente tiene derecho a reclamar una cercanía de aquella persona que le está pidiendo un mandato. Cierto, no siempre es muy agradable, a veces hay que tener unas ciertas aptitudes histriónicas. Pero, en fin, eso lo tomo con espíritu deportivo. Así como otro aspecto, aquel de ejercicio de una pura técnica de maniobra, que tiene que ver poco con la creación de ideas, pero forma parte esencial de la actividad política.

- Usted solía quejarse de que la fama le había despojado de su intimidad. Sin embargo, hoy vive un aislamiento más pronunciado, con custodia las 24 horas del día, constituyendo un posible blanco para cualquier atentado terrorista. ¿No le resulta un sacrificio excesivo?

- No es que me arrepienta, porque ya sabía más o menos lo que significaba entrar a hacer política en el Perú de hoy. Pero sí añoro la privacidad. Eso de casi no tener vida familiar desde luego es algo a lo que cuesta acostumbrarse y a lo que, además, tampoco quiero acostumbrarme.

- ¿Qué evoca Venezuela para usted?

- Venezuela, durante la década de los sesenta, y todavía en los setenta, era una especie de país de la opulencia, donde los escritores eran invitados, premiados, atendidos magníficamente, publicados a todo lujo. Uno tenía la sensación de que ese era el país de las letras. Tengo muchos y muy buenos recuerdos de Venezuela. No solamente por el premio Rómulo Gallegos, sino porque allá tengo muchos amigos. Además, está muy vinculada mi memoria de Venezuela a lo que fueron los años del boom, de la novela latinoamericana, de la solidaridad y amistad entre los escritores latinoamericanos, al descubrimiento de América Latina por parte de los escritores latinoamericanos que hasta entonces vivíamos aislados en nuestros propios países. Venezuela cumplió un papel muy importante con los premios que creó, sus editoriales, sus publicaciones, revistas, congresos. Entiendo que después se ha reprochado mucho a los gobiernos venezolanos por los gastos enormes que aquello significó, pero creo que por lo menos eso sí tuvo muchos frutos, pues contribuyó mucho a crear un clima muy estimulante para los escritores.

- En Venezuela se dice que en 1967, cuando usted viajó allá a recibir el premio Rómulo Gallegos, alojado en la casa de su amigo Adriano González León, se le presentó una muchacha de Maracaibo con la intención expresa de que Mario Vargas Llosa la desflorara.

- Jajajá… Mire, aún si eso fuera cierto, yo jamás respondería a una pregunta de ese tipo. Sería muy poco caballeroso. Ni siquiera como político podría responderle. Sería imprudente, improcedente.

14 de octubre de 2009

"Elefante blanco" es poco


N. de R.: Hoy terminó de manera oficial el sueño venezolano de acceder a un Mundial de Fútbol. La vinotinto quedó octava en la tabla de clasificación en la zona de Conmebol, igual que en las eliminatorias pasadas. Pero con una cosecha de puntos sin precedentes y un empate inédito con Brasil a domicilio. Llegará, pues, la hora de hacer los balances, que, si nos vuelven a poner en contacto con las proporciones de la realidad, quizás brinden también la oportunidad de recordar una cuenta pendiente del fútbol nacional: el Centro de Alto Rendimiento de las selecciones nacionales. Debió estar listo hace años, y a pesar de ello, y de haber recibido aportes financieros de Fifa, invariablemente aparece en las promesas programáticas de Rafael Esquivel en las ya casi innecesarias campañas para su reelección en la presidencia de la Federación Venezolana de Fútbol (FVF). El porqué de ese retraso constituye en sí mismo un tema de investigación que debe abordarse. Aunque ya está documentado el inicio torcido de ese proyecto. En 2005 publiqué en la sección deportiva del diario El Nacional una serie de reportajes en tres entregas sobre la sorprendente historia de cómo la FVF decidió levantar ese Centro especializado sobre una parcela de terreno que adquirió a su propio presidente. He aquí una versión de esa serie.

El Centro de Alto Rendimiento de Fútbol se construye sobre las dudas

CON UN AUTOPASE DE RAFAEL ESQUIVEL

SE CONSIGUIÓ LA SEDE EN MARGARITA

A la hora de ejecutar su más importante proyecto de infraestructura -el complejo de edificaciones que servirá de base permanente de adiestramiento para las selecciones vinotinto- la Federación Venezolana de Fútbol no halló mejor ubicación que las adyacencias de los negocios familiares de su presidente.

En Margarita, segunda isla que tuvo por hogar después de venir al mundo en Tenerife hace 59 años, Rafael Esquivel no sólo echó las bases de un próspero grupo de empresas y de lo que sería su trayectoria en la gerencia deportiva sino, también, mucho antes que eso, de una reputación de futbolista habilidoso, que todavía perdura.

“Él jugaba en el mediocampo, era muy bueno para organizar el juego”, recuerda, por ejemplo, Willians León. Por estos días a León se le reconoce en las calles de Porlamar como el líder de una facción disidente del chavismo nativo, en cuyo nombre se presentó recientemente como candidato a la Alcaldía del Distrito Mariño en las elecciones regionales del 31 de octubre. Pero en un remoto otrora, León ganó distinta notoriedad al hacer filas en selecciones de fútbol tanto del estado Nueva Esparta como de la vinotinto juvenil. Era la época en la que coincidía sobre las canchas con un bisoño Esquivel, a quien vio en acción y por eso le concede: “Para el fútbol de aquí, Rafael fue algo así como Tostão”, concluye, sin escamotearle un parangón con el astro que acompañó a Pelé y a otros mitos del balompié durante la conquista para Brasil del Campeonato Mundial en 1970.

Sin embargo en Margarita, por mucho que le quieran adjudicar al presidente de la Federación Venezolana de Fútbol (FVF) las maneras de un crack, no se encontrará ni a un solo parroquiano que jure que vio alguna vez a Rafael Esquivel intentar con éxito, durante sus años de jugador, un autopase de la fantasía y precisión que necesitó y, ciertamente, desplegó para completar, en los registros subalternos de la isla, la propiedad de los terrenos contiguos a los negocios de la familia Esquivel donde hoy construye un viejo sueño: el Centro de Alto Rendimiento para las selecciones nacionales de fútbol

PROYECTO CONTRA RELOJ

¿Por qué un autopase? Según denuncias a las que la prensa regional dio espacio, y que documentos a los que tuvo acceso El Nacional corroboran, la FVF, bajo la presidencia de Esquivel, compró en el año 2000, por poco más de 95 millones de bolívares, los derechos sucesorales de una parcela a la empresa Distribuidora de Gasolina de Margarita, C.A. (Digasmar), de la que es presidente su hermano, Luis Esquivel, y a la que ambos se refieren como un negocio propio.

Poco después, a principios de 2001, la FVF y Esquivel pactarían con la Alcaldía del Distrito Maneiro (Pampatar) un contrato de permuta por el cual la federación intercambió esos y otros derechos con el municipio que, en compensación, les cedió los derechos sucesorales correspondientes a 48.000 metros cuadrados del fundo La Soledad de ese distrito, lugar donde se adelantan actualmente las obras del Centro. La operación, que bien pudiera calificarse como de relojería, redondeó una prodigiosa coincidencia pues, si se da crédito a las evaluaciones que habría hecho la Federación, de los cerca de un millón de kilómetros cuadrados de extensión que tiene Venezuela, en el fundo La Soledad se podían encontrar los 72.000 metros cuadrados más adecuados para desarrollar el proyecto, ¡a tan sólo unos metros del emporio comercial de los Esquivel, la muy visitada estación de servicio de Los Robles!

Desde 1999 se venía hablando de la necesidad de contar, tal como ya lo hacen las federaciones de Perú y Ecuador, entre otras, con un centro de adiestramiento que sirviera como base para las concentraciones de la oncena vinotinto, de sus réplicas de las categorías juveniles y, en definitiva, como foco de irradiación de mejoras para el fútbol criollo. La consigna se convirtió en una de las principales ofertas electorales de Esquivel en 2000, y no era para menos, porque ya entonces se esperaba contar con los recursos del Programa Goal de Fifa (Fédération International de Football Association, por sus siglas en francés, con sede en Suiza), un plan que el organismo rector del fútbol mundial concibió para promover el deporte en aquellos escasos rincones donde aún no alcanza niveles competitivos: Madagascar, Uganda, Georgia, Bangladesh, Armenia… Y Venezuela, entre otros. El aporte de Fifa se formalizó en 2001 para lo que sería uno de los diez proyectos pilotos en todo el planeta.

El primer sitio escogido para la obra fue una localidad de los altos mirandinos, La Fragua, adyacente a la carretera Panamericana. Quizás Esquivel se apresuró en vocear el hallazgo, pues aunque la propiedad del terreno parecía estar en manos del estatal Fondo de Garantías de Depósitos y Protección Bancaria (Fogade) y las autoridades del municipio Los Salias expresaron su apoyo a la iniciativa, no bien se había difundido la buena nueva en las páginas deportivas, cuando apareció un litigio acerca de la titularidad del lote. La donación por la que Esquivel cabildeaba no tuvo lugar. Pero el tiempo podía entonces estar apremiando toda vez que, como declaraba el presidente de la federación al diario Meridiano en julio de 1999: “No se puede hablar de construir el Centro de Preparación de Selecciones, si no se tiene el terreno para hacerlo. La Fifa otorgaría el dinero para construirlo, pero siempre y cuando se pueda demostrar que se tiene el terreno como para realizar esta inversión”.

SOLUCIÓN CASERA

La solución llegaría de casa: la estación de servicio de Los Robles. Ubicada en la vía que conduce de Porlamar a Pampatar, es bastante más que una gasolinera. Como si buscaran representar el espíritu gregario de la migración canaria, alrededor de los surtidores de combustible se concentran una arepera, una licorería, un centro de servicios gráficos y una estación de lavado y cambio de aceite. Cada operación es manejada por un familiar, o como dice Luis Esquivel, “aquí están mi hermana, mi cuñado, allá está mi mujer en el centro de lubricación, allá está mi otro hermano, y la hija mía administra”. Luis Esquivel es el hermano mayor de Rafael. A su cargo se encuentran la estación de servicio, concesionaria por 15 años de la marca británica BP, y otra empresa donde la familia mantiene participación, Distribuidora de Gasolina de Margarita C.A. (Digasmar), una suerte de cooperativa que agrupa a los mayoristas de combustible en la isla.

El visitante a la estación de servicio se sorprenderá cuando observe que sobre los vidrios del segundo piso de sus oficinas relucen las insignias de la Federación Venezolana de Fútbol, Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) y Fifa. No son gratuitas: detrás del papel polarizado de los ventanales se hallan un amplio despacho y una sala de reuniones que, al decir de Luis Esquivel, fueron acreditadas por la asamblea de la FVF como subsede del organismo. Allí, como lo relató Luis Esquivel en entrevista con El Nacional, se planteó en 2000, durante una asamblea federativa, la necesidad de conseguir un lugar para el Centro de Alto Adiestramiento. Según el propio Luis Esquivel, sería él mismo quien trajo a colación que muy cerca, apenas a dos curvas y un callejón de distancia desde la estación de servicio, quedaba un ventilado valle, La Soledad, que algunos herederos, por lo que se había podido enterar, estaban ofreciendo en venta.

En este punto coinciden las versiones de Luis y Rafael Esquivel: quien impulsó la compra del terreno fue Laureano González, director actual de la Escuela de Formación de Entrenadores, Dirigentes y Árbitros (Efeda) de la FVF. González, ex presidente de la liga de fútbol profesional, también hoy figura como presidente de la Comisión Electoral de la federación, lo que equivale a decir que estaba llamado a servir de árbitro en los accidentados comicios que en los días más recientes colocaron a la FVF en las primeras planas.

Por lo visto, a nadie ruborizó el hecho de que las tierras apetecidas formaran parte del vecindario de Esquivel. A nadie excepto, quizás, al propio presidente federativo, quien en entrevista concedida a El Nacional aseguró haber dado “un paso al costado”, intuyendo las implicaciones de la eventual compra. No obstante, también es cierto que no hizo nada por impedirla.

COMO PAGAR Y DARSE EL VUELTO

Resuelto el propósito de la compra, las contrariedades no hicieron sino empezar. El fundo La Soledad era parte de una herencia diluida en distintos grupos sucesorales. A moción de González, la asamblea de la FVF aprobó la adquisición de los derechos de sucesión de dos vendedores, a 2.500 bolívares el metro cuadrado, por una extensión de poco más de 30.000 metros cuadrados. Esfuerzo incompleto: el proyecto que diseñó el arquitecto Omar Carnevalli exigía un área de 72.000 metros cuadrados para alojar tres edificios y varias canchas. Y ya no habría más precios de gallinas flacas pues, como relata Luis Esquivel, a otro vendedor de derechos, la noticia de que un comprador ansioso de Caracas, la FVF, apostaba todo a nada por adueñarse de La Soledad, “le abrió las agallas y ya no quería vender sino a 15.000 bolívares el metro”.

Luce probable que fuera sólo entonces cuando Rafael Esquivel experimentó el eureka con que pudo avizorar los próximos pasos de un intrincado enroque de títulos y propiedades inmuebles que le permitiría hacer realidad su sueño.

Digasmar, la empresa donde Luis Esquivel hace las veces de presidente del Comité Ejecutivo, había adquirido unos meses antes otros derechos sucesorales por 32.000 metros cuadrados de la aledaña propiedad de La Sabaneta, separada apenas por un cerro propiedad de la familia del ex gobernador Alexis Navarro, de la apetecida La Soledad. En principio, la parcela iba a ser destinada a la construcción de viviendas para el medio centenar de empleados que tiene la empresa. Pero era ya agosto del 2000 y Digasmar (donde “mi hermano es socio también… No aparece en el documento… Pero él igualito va aquí”) no había iniciado ni un movimiento de tierras. En vista de la oportunidad, el líder de la FVF le pidió a su hermano, presidente de Digasmar, que le vendiera los derechos para un “fin social” muy concreto, sin duda, pero mediante un modo que entonces debía permanecer indeterminado hasta para el propio Luis Esquivel.

Luis Esquivel convocó a una asamblea de accionistas de Digasmar: “Yo les hice el planteamiento: miren, a la federación se le cayó un proyecto aquí, les expliqué lo que era el proyecto, y que lamentablemente ya no podían comprar porque les salía a 15.000, y no podían pagar más de 3.000… Yo les dije, francamente, que esto no es negocio, vamos a hacerlo por colaborar, para que este proyecto no se vaya a otro lado, este proyecto en Margarita es para ti, para tus nietos, para tus hijos”. Se acordó vender a la federación por 3.000 bolívares el metro cuadrado, apenas un sobreprecio de 20% con respecto a lo que Digasmar había pagado 18 meses antes, menos del 24,7% de de inflación que según el Banco Central de Venezuela (BCV) y su Índice de Precios al Consumidor (IPC) se había acumulado durante el mismo período. La operación se realizó en agosto de 2000.

A estas alturas, ninguno de los hermanos Esquivel pone empeño en negar que la federación de Rafael compró los derechos de un terreno a Digasmar, la empresa donde participa y que preside Luis. En definitiva, si acaso alguien puede encontrar máculas éticas en la transacción, no podrá decir que es ilegal. El presidente de la FVF la ampara además en su “transparencia total” y la ausencia de lucro. El pésimo negocio que Digasmar habría hecho con gusto, sirve de argumento en su favor.

Tampoco puede afirmarse que resulte una verdadera primicia. En medio de la vorágine de ambiciones y cuentas por cobrar que la proximidad de las elecciones federativas despertó, facsímiles de los documentos de la compra-venta circularon ampliamente por las redacciones deportivas de medios en Caracas y Porlamar desde finales de 2004. Escasa atención le prestaron. La característica de hecho consumado que muestra la construcción del Centro en La Soledad disuade a cualquier espíritu investigativo. Aunque como ponen en evidencia otros documentos y testimonios que El Nacional obtuvo en Margarita, puede que durante la secuencia de fintas con la que Rafael Esquivel y su Federación avanzaron entre todos los obstáculos que les separaban de su meta de erigir una “universidad del fútbol” en Margarita, hayan también quedado algunos cabos sueltos que pueden poner en entredicho el logro de un fin, en apariencia, tan loable.

ESTO POR AQUELLO

Sobre los tres andenes a los que la maquinaria pesada redujo su topografía original, ahora el fundo La Soledad hospeda los esqueletos de dos edificios de cinco pisos, de un módulo de menor altura entre ambos, y tres canchas que algún día, según los planes federativos, quedarán recubiertas de césped artificial, la principal, y natural, las otras dos. Serán los primeros campos de fútbol con grama en Margarita, donde por falta de riego, mantenimiento y, en definitiva, dinero, las pocas instalaciones para la práctica de ese deporte llevarían con toda propiedad el nombre de “arenas”. Por lo pronto, las tres extensiones semejan a potreros llenos de piedras y rastrojo.

Falta por hacer pero, qué duda cabe, lo que hoy una valla del Programa Goal de Fifa anuncia con timidez como el futuro Centro de Alto Rendimiento de Fútbol, muestra más visos de realidad que lo que Rafael Esquivel parecía tener en sus manos en septiembre de 2000. Para esa fecha, había gastado en nombre de la Federación Venezolana de Fútbol (FVF) y con la debida autorización de su asamblea, alrededor de 260 millones de bolívares, ¿y con qué contaba? Nada más que con aire. Los derechos sucesorales de un mosaico de parcelas. Pertenencias repartidas en dos fundos adyacentes pero distintos, La Soledad y La Sabaneta. Terrenos apenas potenciales que en cualquier caso seguían en comunidad hereditaria, pendientes del engorroso proceso de partición. Nada concreto que ofrecer a los donantes de Fifa. Pero a Rafael Esquivel le quedaba una carta más por jugar.

En octubre de 2000, según consta en una comunicación cuyo texto conoció El Nacional, le escribió al alcalde del Distrito Maneiro del estado Nueva Esparta, Orlando Ávila, y a los ediles del Concejo Municipal, para hacerles una propuesta: enterado de que esa municipalidad poseía los derechos de dos séptimas partes de heredad en el codiciado Fundo La Soledad, así como de otras dos séptimas partes en la comunidad de La Sabaneta, planteaba hacer una permuta de los 48.000 metros cuadrados cuyos derechos entonces controlaba el cabildo en La Soledad, por los derechos de un área similar que FVF tenía en La Sabaneta, entre ellos, los que apenas dos meses antes le había comprado a Digasmar.

La oferta tenía un cariz de ganar-ganar. De llevarse a cabo el intercambio, la FVF podría al fin amasar casi 80.000 metros cuadrados en La Soledad, ubicación que, según exponía Esquivel en su petición, era la “de mayor eficiencia para el Centro de Alto Rendimiento del Complejo Deportivo Los Robles”. Por su parte, el municipio también consolidaría un área significativa en La Sabaneta.

El 22 de diciembre, en sesión extraordinaria, el Concejo Municipal autorizó al alcalde Ávila para celebrar el contrato de permuta con la FVF. En el acta correspondiente, donde se identifica el asunto a tratar como “Relacionado con la Fifa”, entre otros equívocos, sólo constan las dudas que expresó el concejal José Urbáez Navarro acerca del impacto que el Centro, con sus requerimientos de riego y aguas servidas, pudiera depararle al sistema de cloacas de Los Robles. De resto, el acuerdo se limitó a ratificar el visto bueno que a la operación le expidiera el Procurador General del estado Nueva Esparta, Jaime Verde Aldana. La abogada que representó a la FVF en la redacción de la escritura relativa a esta permuta, y en otras transacciones del proceso, se llama Carmen Verde Aldana.

La permuta se firmó el 19 de enero de 2001. Por medio de ella, la alcaldía de Pampatar (Maneiro) recibió derechos equivalentes a 48.571,42 metros cuadrados del fundo La Sabaneta, a cambio de otros derechos por 48.571,42 metros cuadrados en el fundo La Soledad. La FVF se comprometía a construir canchas deportivas para uso de la comunidad en un remanente de poco más de 17.000 metros cuadrados en La Sabaneta. Y convenía además en que el intercambio conservaría su efecto sólo si la construcción del Centro de Alto Rendimiento se iniciaba en un plazo menor de dos años. Para ello nadie tuvo que apurar a Esquivel. Se aseguraría de colocar la primera piedra el 23 de agosto de 2001 (a un año de la compra que hizo a su empresa fraterna, Digasmar), en un acto que contó con la asistencia del entonces gobernador Alexis Navarro, el alcalde Ávila y un representante de Fifa, el chileno Harold Mayne-Nichols.

Así que a comienzos de 2001 Esquivel tenía por fin los 80.000 metros cuadrados que exigía el proyecto, con vista al mar Caribe como prestación adicional. Nada mal para alguien que apenas un semestre antes sólo disponía de derechos indeterminados sobre un lote de terrenos y una promesa condicionada de financiamiento por parte de Fifa.

Antes de empezar las obras, quedaba todavía el trámite de partición del fundo La Soledad. Poca cosa para quien no conozca los entretelones de la registraduría venezolana y los despojos, ciertos o fabulados, que en materia de bienes raíces se vendrían cometiendo en Margarita desde que el auge turístico encendió el apetito por tierras. Pero tan complicada puede resultar que, por ejemplo, a cuatro años del contrato de permuta, la Alcaldía de Maneiro todavía no consigue iniciar en La Sabaneta el proyecto habitacional que se propuso construir, en espera de la resolución de la comunidad de bienes.

Hasta que se cumpliera la partición, la FVF nada poseía sino derechos sobre La Soledad. Ni siquiera podía afirmar a ciencia cierta y en términos tangibles, qué terrenos eran los suyos. La necesidad le obligaba a concertarse con los otros beneficiarios del fundo heredado, en general, un archipiélago de sucesores de apellido Ávila.

Para fortuna de Rafael Esquivel, la partición extrajudicial de la herencia y correspondiente asignación de parcelas, se cumplió sin novedades que lamentar el 22 de junio de 2001.

Pero esa fortuna puede que sea sólo aparente.

Al menos, si prospera la denuncia que, ante el Fiscal Superior del Ministerio Público, introdujo tan temprano como el 22 de noviembre de 2001 Angélica de Jesús Ávila. Se trata de una integrante de la sucesión Ávila-Jiménez, una de nueve herederos de una porción de 22.000 metros de La Soledad. De acuerdo a su alegato, el otorgamiento del documento de partición extrajudicial de esa herencia sólo tiene carácter de “presunto”. ¿La razón? Su consentimiento al arreglo, citado en el referido documento, habría sido forjado. Si se comprueba el señalamiento por la vía penal, la partición podría quedar sin efecto. O, en otras palabras, el Centro de Alto Rendimiento, una inversión milmillonaria para un puñado de patrocinantes públicos y privados, se estaría levantando sobre tierras cuya propiedad parcial todavía podría ser asignada a un particular distinto a la FVF.

UNA DEMANDA “ARRECHA”

Aunque El Nacional no consiguió hablar con Angélica del Jesús Ávila, en su lugar lo hizo con su hijo y representante legal, el abogado Rolman Caraballo Ávila. En su relación de los hechos que lo llevaron a recusar, la semana pasada, al fiscal, Caraballo no se ahorra detalles que alienten la suspicacia. Dice que el inicio de las obras del Centro de Alto Rendimiento lo alertó: hasta donde sabía, su madre no había participado en partición alguna de esa propiedad ancestral. “Un día me dirigí al registro”, sigue narrando, “y me encontré con la sorpresa de la protocolización del documento”.

En el documento aparecía su madre como otorgante a pesar de que, asegura, “no estuvo allí”. Indicios de ello: su cédula, a diferencia de las de los demás otorgantes, no quedó impresa en copia al reverso del protocolo. Tampoco se encuentra su firma autógrafa. En cambio, el registrador anota para suplir esta última omisión que “la ciudadana Angélica del Jesús Ávila Jiménez de Caraballo (…) manifiesta encontrarse impedida en este acto para firmar, por ende solicita al ciudadano Adolfo Ángel Antinucci Alfonzo (…) para que firme a ruego este documento”.

Adelantándose a quienes olfateen intereses de otro tipo en la acción, Rolman Caraballo dice estar movido por una sed de resarcimiento de la honra: “Cualquiera a quien le pongan a su mamá como loca, como incapaz, tiene que medir una situación como esta”. Al legajo que presentó ante el ministerio público, anexó los resultados de una experticia médica y siquiátrica con la que dejaría por sentado que su madre nunca estuvo aquejada de algún mal que la inhabilitase para firmar.

El socio de Caraballo en la causa, el también abogado Johnny Guerra, aduce otras motivaciones. Guerra es comúnmente tenido en Margarita por un litigante zamarro y vehemente. Durante la entrevista, no dudó en jactarse de ser apoderado de varias personalidades insulares, como la familia del ex gobernador Alexis Navarro, y de algunos de los propietarios de tierras colindantes con el Centro de Alto Rendimiento, con lo que se asegura de dejar en claro que no quiere torpedear un proyecto que puede favorecer a los suyos: “La obra se está haciendo en un municipio del cual tanto Rolman como yo somos oriundos. Nadie puede decir aquí que estamos en contra del desarrollo de una obra que beneficie a nuestro pueblo. Pero yo no puedo estar de acuerdo con el hecho de que, porque tú tengas poder económico y político, vayas a cometer unilateralmente una cantidad de hechos irregulares para perjudicar a terceros. Si hay delito, que lo sancionen”. Guerra conserva para el final otra revelación contundente: a quien figura como firmante a ruego designado en el acto de otorgamiento, Adolfo Antenucci, la señora Angélica, “no lo conoce” y, si quedaran dudas sobre sus lealtades efectivas, “es el presidente de la Asociación de Fútbol-Sala del estado Nueva Esparta, se la pasa con los Esquivel. Esta isla es muy pequeña, todos nos conocemos”, remata.

A pesar de la solidez aparente de sus argumentos, lo cierto es que desde que en 2001 se solicitó la investigación, la fiscalía no se ha pronunciado en ningún sentido. En un comunicado que publicó la FVF en el diario La Hora de Porlamar, Rafael Esquivel profesaba en diciembre de 2001 su “confianza en el Ministerio Público del Estado Nueva Esparta” a la hora de tratar el caso. Confianza que en todo caso a su contrincante, Caraballo, se le terminó: recusó al fiscal. Pero no le ha pasado lo mismo con la certeza de que tanto el ministerio público como los tribunales repararán en que “hay un vicio del consentimiento en la partición, falta uno de los elementos esenciales de un contrato, y lo que se establece entonces es la inexistencia del contrato”. Es decir, se partiría de cero en el proceso de parcelamiento del fundo La Soledad. Un horizonte con el que Johnny Guerra se permite cierto regodeo: “Hasta ahorita nuestra actuación ha sido en el campo penal. Pero si la Fiscalía determina que hay delito en todo esto, la demanda civil que yo le meto a la Federación Venezolana de Fútbol será arrecha”.

RECUADRO

“NADA QUE OCULTAR”

El encuentro tuvo lugar en Margarita, en lo que vale considerar como el solar de los Esquivel: la Estación de Servicio Los Robles. El panorama que ofrecía la casi invasiva presencia de Daniela Kosán en bikini desde una valla de cervezas en el exterior, poco pudo hacer para disipar la tirantez que impregnaba el interior de la oficina alterna que el presidente de la Federación Venezolana de Fútbol mantiene allí. Algún desagrado parecían haber causado las distintas versiones que llegaron a oídos del jerarca del balompié criollo, acerca de las averiguaciones que El Nacional adelantaba desde varios días antes en Porlamar. Sin embargo, en la entrevista Rafael Esquivel encontró motivos para hacer gala de las artes diplomáticas que tanto debió ejercitar como gerente bancario, primero, y como gran hegemón del deporte, después. Así que accedió a comentar algunos de los aspectos más controversiales de las operaciones por las que consiguió un lugar muy cercano donde construir el anhelado Centro de Alto Rendimiento de Fútbol.

- Usted parece ser alguien muy consciente del manejo de su imagen pública. ¿Cómo fue que no pensó que la operación de compra-venta entre Digasmar y la Federación Venezolana de Fútbol se iba a ver mal?

- No, en absoluto, no puedo pensar que sea malo, más allá de que en principio no fuera motivación mía que se hiciese el Centro de Alto Rendimiento aquí. El Centro de Alto Rendimiento en un momento dado se iba a hacer en un sector de San Antonio de los Altos, que lamentablemente el terreno no se dio. Luego fue aquí donde se decide, en primer lugar, por el señor Laureano González, miembro del comité ejecutivo, para que se haga en Margarita por cuestiones, incluso, de la facilidad de la construcción, de la situación impositiva para los materiales en un régimen de Puerto Libre.

- Pero, más allá de que sea legal, debe parecer algo honesto…

- Yo no sólo lo soy, sino que lo parezco y lo sigo manteniendo… Cuando esto sucede, por supuesto, yo doy un paso al costado porque era necesario hacerlo, sin lugar a dudas se iba a involucrar la figura de orden personal. Se podía crear un ambiente incómodo hacia la persona de Rafael Esquivel, pero toda la operación, que fue muy compleja, se hace con profunda transparencia. No sólo la adopta la asamblea por unanimidad, sino también la apoya Fifa por unanimidad en su Consejo Consultivo del Programa Goal, y esa es la razón por la cual se hizo.

- ¿Quiere decir que Fifa está al tanto del origen de este terreno?

- Por supuesto, antes de hacerse el centro, vino aquí.

- ¿Pero sabe que fue un terreno comprado, en parte, a una empresa suya?

- No, pero es que Fifa no lo tiene que saber. Solamente a Fifa le interesa saber de quién es el terreno. El terreno es de la federación. Su antecedencia no le interesa a Fifa. No tiene por qué importarle. Simplemente hay que presentarle a Fifa el terreno donde se va a construir el Centro de Alto Rendimiento o cualquier otra obra que se haga con financiamiento de ellos.

- Insisto: aún siendo transparente la negociación, ¿usted no notó que sería inconveniente de todas maneras porque la gente podía interpretar que fue un negocio suyo?

- No, es que yo no puedo pensar así porque no hay un acto de mala fe. Y lo que la gente pueda pensar se aclara de la forma en que lo está aclarando usted. Sobre todo frente a algunas personas que han querido especular con esta situación cuando fueron parte activa de esa negociación y ahora la critican. ¿Por qué tengo que detenerme a pensar en situaciones malsanas, o en situaciones que se puedan plantear como que aquí hubo dolo, como lo pretendieron presentar, cuando es un bien y hay una necesidad expresa, siendo además advertidos por Fifa de que somos los primeros del programa Goal y que no nos iba a dar sus aportes si no teníamos la propiedad para construir el centro? También tuvimos una posibilidad entonces con el Hotel Maracay, pero sucede algo muy importante: nosotros pensábamos que el aspecto de ser una isla turística, iba a darle un mercado cautivo al Centro, de construirse en Margarita. No hagamos cosas para que queden como un elefante blanco. Y en Margarita hemos visto como, por ejemplo, Mineros de Guayana, en su momento, Minervén, Maracaibo, ahora en diciembre, vinieron a hacer pretemporadas. Entonces, en vez de gastar en Isla Bonita, como hicieron, o entrenar en canchas alquiladas, mejor lo hacen aquí.

- Que en 916.000 kilómetros cuadrados de superficie que tiene Venezuela, justamente el terreno indicado para construir el centro fuera el que está al lado de sus negocios, ¿no resultaba algo llamativo?

- No, es que ya buscamos otros terrenos para hacer otros centros, porque no solamente se va a hacer este. Se va a hacer uno en Mucuchíes, en Mérida, donde la federación también está financiando el proyecto, conjuntamente con el IND. Y el día de mañana habrá otros centros, menores por supuesto, que se harán en otros estados del país. Se hará uno en Oriente, concretamente en Puerto Ordaz, otro en el centro, y otro en occidente, que podría ser en San Cristóbal. Yo creo que la suspicacia o lo que usted dice que se puede generar en función de que se haga cerca de los negocios de Rafael Esquivel, pues ¡no! El Centro Comercial Los Robles no es nuestro, y otros negocios aledaños no son nuestros, simplemente que hace muchísimos años el grupo familiar Esquivel mantiene unos negocios aquí como otros están ubicados en Punta de Piedras. Podríamos haberlo hecho, por ejemplo, en Juan Griego, pero allí no tenía sentido. Sólo tenía sentido en un lugar donde se consiguiera la tierra a un precio sumamente barato.

- Aunque se la tuviera que comprar a su propia empresa.

- A Digasmar. Pero con la aprobación de la junta directiva de la federación, e incluso yo quisiera que usted pregunte, pues, cuánto gana y cuánto pierde Digasmar dieciocho meses después, al vender sus derechos. El precio real de venta tenía que haber sido al precio del dinero, y hay un análisis de esto, hay un estudio económico del Banco Central de Venezuela, porque hasta ahí se sometió dentro de los estudios que la federación hizo para realizar esta operación. La empresa Digasmar perdió trescientos y tantos bolívares por metro cuadrado, es decir, tendría que haber vendido a 3.300 y no a 3.000, pero hubo una función social.

- El alcalde de Pampatar, Orlando Ávila, dice que los terrenos que la municipalidad conservó en el fundo La Sabaneta tras la permuta, los pensaba utilizar para unas soluciones habitacionales, pero que no puede iniciarlas porque la comunidad todavía se mantiene indivisa. ¿Por qué esa circunstancia no afecta los terrenos donde se está construyendo el centro?

- Porque la partición ya está hecha con pleno consentimiento de todas las partes. El terreno de La Soledad, donde nosotros tenemos casi 80.000 metros, ya se dividió.

- ¿Cabe pensar que si la FVF hubiese decidido construir en La Sabaneta, todavía estaría esperando por que se resolviera la sucesión?

- No, se hubiera hecho, igualito.

- ¿Por qué está tan seguro? Quizás algún sucesor pudiera objetar esa partición.

- Podía no haber estado de acuerdo, pero es que los sucesores todos estuvieron de acuerdo porque allí nunca se había hecho nada, ni siquiera habían pagado los impuestos. Nosotros en La Soledad hicimos el levantamiento topográfico, vimos dónde quedaba mejor el Centro de Alto Rendimiento, pero también nos pusimos de acuerdo con los otros herederos, y le dimos lo mejor del terreno a una sucesión de nueve herederos, que es la esquina de abajo. Tiene los servicios más accesibles, etcétera. Eso facilitó, incluso, la partición.

- ¿Por qué tenía que construirse el centro en los terrenos de La Soledad?

- Porque podíamos tomar la loma, lo que permite que el aire acondicionado se use de manera racional, porque hay una brisa permanente. Es un lugar envidiable para todos los efectos, de vista, de ubicación, de cercanía.

-¿Conoce la denuncia de los abogados Rolman Caraballo y Johnny Guerra? ¿Qué posición tiene al respecto?

- Lo que pasó justamente: esa señora (Angélica del Jesús Ávila, N de R) llegó al registro, estaba sumamente nerviosa, y solicitó una firma a ruego.

-Los abogados dicen que el señor Antenucci, quien firma a ruego el otorgamiento para la partición extrajudicial, es presidente de la Asociación de Fútbol Sala del estado Nueva Esparta.

- Totalmente falso.

-¿Tampoco tiene que ver con el fútbol de Nueva Esparta?

- No es presidente de la Asociación de Fútbol Sala del estado Nueva Esparta.

- Pero sí tiene vínculos con el fútbol.

- Por supuesto. Es gente del pueblo de Los Robles, gente conocida.

-Los denunciantes aducen que otro indicio de la falta de consentimiento de la señora Ávila, es que tampoco aparece una copia de su cédula de identidad al dorso del documento de protocolización.

- No sé, abogado no soy, eso le corresponde a las personas que supervisan, para eso hay un registrador. Pero, con todo respeto: esto es querer buscarle las cinco patas al gato. Yo estoy muy feliz porque ya Pdvsa está retomando el asunto del Centro, porque eso estuvo parado por alguna situación. Y la verdad es que ese centro no es de Rafael Esquivel, no es de ninguna persona particular, sino algo que le va a quedar al país.

-¿Entonces cuál es el propósito de la denuncia?

- No lo sé. Ni quiero pensar mal, ni tampoco soy un tipo que tome una espada para pasar factura, como se ha visto en los acontecimientos de estos últimos días.

-Pero si la denuncia de los abogados resultara cierta, podría implicar que la partición de los terrenos de La Soledad no tuvo efecto.

- ¿Y qué piensas tú? ¿Qué entonces tendríamos que traer unas máquinas para tumbar lo que está hecho del Centro, o qué? Ja, ja, ja… Yo creo que todas estas son especulaciones. Porque de la misma forma hay gente que quiere vender sus lotes. Esa señora forma parte de un grupo de nueve herederos que lo que tienen son 2.600 metros cuadrados cada uno. Ya se nos acercaron dos de ellos a ofrecernos. Pero quieren vender por una barbaridad. ¿Te parece que en una propiedad de 110.000 metros cuadrados, como es el fundo La Soledad, 2.600 metros hagan la diferencia en una partición? ¡Sin ánimo, por favor, de negarle a nadie sus legítimos derechos! Y nosotros a ese terreno le pusimos cloacas, le vamos a poner calles. Ese grupo de herederos tiene el mejor sitio.

-Si esta denuncia prosperara, ¿qué impacto espera usted que tenga sobre el desarrollo del Centro de Alto Rendimiento?

- No me atrevo a especular sobre qué pueda pasar.