25 de marzo de 2016

Sobre Sobrevivientes

N. de R.: Luego de tres años sin publicar, vuelvo a hacerlo aquí con mi segunda nota extraída de Armando.info, como la primera, relacionada a alemanes llegados a Venezuela por la guerra. De esta me enteré leyendo el conmovedor libro de Edgar Feuchtwanger sobre su niñez como vecino, por diez años, de Adolfo Hitler en la Plaza del Príncipe Regente de Múnich. Como la sincronicidad siempre hace de las suyas, mi amigo Carlos Eduardo Huertas me contactó apenas un mes más tarde proponiendo hacer un reportaje sobre unos coleccionistas judíos de arte que, según unos papees que había encontrado en el National Archive de Washington DC, habían terminado en Ecuador o en Venezuela. Eran los Bernheimer. La maravillosa coincidencia me brindó la excusa para ir a Rubio a cubrir la historia y de paso participar en un especial en Internet, "Las últimas prisioneras de los nazis en América Latina", que junto a Carlos Eduardo coordinó mi colega mexicano José Raúl Olmos, otro obseso de las implicaciones en este hemiosferio de la II Guerra Mundial, con quien siempre había deseado trabajar. En la foto que acompaña el texto está Konrad O. Bernheimer, el actual patriarca de la familia de Art Dealers, nacido en Rubio.
 
 
En Táchira el antisemitismo nazi consiguió una solución ‘semifinal'

Una de las casas más distinguidas del mundo del arte, la familia Bernheimer, se salvó del Holocausto en 1939 al comprarle al Mariscal Goering, número dos del régimen nazi, una ruinosa finca cafetalera en Rubio, en los Andes de Venezuela, y mudarse allí durante la guerra. Pero no salvó todo su patrimonio.
 
Konrad O. Bernheimer es hoy una de las personas más influyentes en el mercado internacional del arte. Es presidente de TEFAF, la feria anual de antigüedades y arte clásico más importante del mundo, que se acaba de celebrar en Maastricht, Holanda. Mantiene oficinas en Londres y Múnich, la capital bávara, donde en 1864 su bisabuelo Lehmann Bernheimer arrancó un negocio familiar que pronto se convertiría en un proveedor predilecto para las grandes dinastías y plutocracias europeas.
Sin embargo, la historia de auge de los Bernheimer tuvo un dramático paréntesis entre 1938 y 1945. Un dato anómalo en la biografía de Konrad, el actual patriarca, refleja ese desvío: nació en 1950, de 
Konrad O. Bernheimer, nacido en Rubio
madre venezolana, en Rubio, un pueblo rural recostado sobre las laderas del piedemonte andino, muy lejos de las mecas globales del arte y la moda, en el estado de Táchira, en el suroeste de Venezuela, cerca de la frontera con Colombia. 
Como ocurrió con muchas familias judías del Tercer Reich alemán, el destino de los Bernheimer se torcería durante la madrugada del 9 de noviembre de 1938, la que después se conocería como la Kristallnacht –la Noche de los Cristales Rotos–. Entonces comenzó el bucle que no solo llevó a la familia de mercaderes a un exilio en una desvencijada hacienda cafetalera de los Andes venezolanos, sino que dispersó el patrimonio artístico de ese apellido, víctima de la rapacidad nazi, en distintas colecciones, un destino que todavía hoy, 77 años más tarde, mantiene misterios sin resolver.
 
El arte libera
La de los Bernheimer fue una familia notable de Múnich hasta la llegada del nazismo al poder. La suya era parábola llena de esplendor. Si bien comenzó su negocio de venta de textiles y alfombras de calidad en 1864 en la Plaza del Salvador (Salvatorplatz) de la capital bávara, apenas dos décadas después hacía construir una ostentosa edificación de estilo inglés a unas cuadras de allí, en Lenbachplatz, el Palacio Bernheimer. El lugar se convertía para entonces en el epicentro de los círculos artísticos en Múnich. Justo frente al Palacio Bernheimer el príncipe regente de Bavaria, Leopoldo, levantaría la Casa de los Artistas (Künstlerhaus), que inauguró en 1900. Años más tarde, en los bajos de la Casa de los Artistas abriría un restaurante, L’Osteria, que en los años 30 del siglo XX se convirtió en el preferido del dictador Adolf Hitler. Todavía atiende en el mismo lugar.
Era el Palacio Bernheimer “un edificio de esos a los que llaman un hotel particular, porque allí te reciben como en un hotel”, donde todo relumbraba: los criados con chaqué, “las pieles de osos extendidas sobre sofás rojos”, el piano de cola. En la fiesta que para Navidad se hacía en la mansión, “con las manos enguantadas, los mayordomos abrían las puertas de carrozas y descubrían interiores de cuero rojo, almendra, gris, negro, crema o blanco. En el salón una orquesta tocaba bajo el árbol compases conocidos, Mozart, Beethoven, Haendel, Bach, y otros más divertidos de jazz y foxtrot”.
Las fastuosas imágenes provienen de la memoria de Edgar Feuchtwanger, primo de los Bernheimer. En 1930 –fecha de las viñetas–, Edgar Feuchtwanger era un niño de cinco años, hijo de un editor judío –que entonces publicaba las obras de Carl Schmitt, el jurista pronazi– y sobrino de Lion Feuchtwanger, uno de los novelistas más populares de la época. Edgar escribiría, pasados muchos años de exilio en Inglaterra, un libro sobre su experiencia de una década como vecino de Adolf Hitler, cuya residencia del número 16 de la Plaza del Príncipe Regente de Múnich (Prinzregentenplatz 16, hoy una estación de policía) se veía desde el edificio del frente, a donde Feuchtwanger y su familia se habían mudado el mismo año de 1929. En ese volumen (Hitler, mi vecino: recuerdos de un niño judío, Anagrama, Barcelona 2014) despacha, con sencillez pueril, el origen de la prosperidad de sus parientes: los Bernheimer, escribe, “coleccionan cuadros, los compran, los exponen y los venden”.
Los nazis allanaron el 9 de noviembre de 1938 -durante la llamada Noche de los Cristales Rotos- la residencia familiar, que años después recuperaron. Foto: Wikimedia Commons.
En realidad, el de los cuadros fue un ramo que se incorporó de manera tardía al negocio Bernheimer. Habían empezado con telas, y continuado con tapetes y gobelinos. Múnich, que durante los turbulentos años 20 de la República de Weimar había servido como incubadora para el nazismo, desde 1933 ostentaba el título oficial de Capital del Movimiento, ya cuando el partido había asaltado el poder. Los Bernheimer, que habían provisto de lujos a la casa real bávara, los Wittelsbach, y a la de Prusia, los Hohenzollern, se prepararon para atender a la nueva aristocracia parda. Tras la II Guerra Mundial, Elizabeth Hirsch de Bernheimer, nuera del patriarca del clan, Otto, todavía alegaba alegaba en una declaración ante las autoridades estadounidenses de ocupación que la firma familiar había suministrado lo mejor de su inventario a Adolf Hitler y al número dos del régimen, el Mariscal de Aviación y Ministro del Interior, Hermann Goering. “Goering le compró alfombras a mi abuelo”, recordaría por su parte Konrad en 2013 durante una entrevista con el semanario Die Zeit de Hamburgo.
Sin embargo, esas relaciones no serían suficientes para proteger a una familia de la saña con que los nazis procuraban extirpar la huella judía. La primera señal clara de que algo no iba bien para los Bernheimer se dio en 1937, cuando la mansión campestre de la familia en Feldafing, a orillas del lago Stamberg, al suroeste de Múnich, fue expropiada para destinarla como sede de una escuela de cuadros del partido nazi (la instalación aloja hoy una escuela de nombre Otto Bernheimer).
El golpe de gracia llegó con el pogrom masivo del 9 de noviembre de 1938. El 7 de noviembre un activista judío había disparado a quemarropa en París a un diplomático alemán, Ernst von Rath. Cuando este murió horas después, los nazis tuvieron por fin una excusa para dar rienda suelta a los demonios del antisemitismo y organizaron una escalada final en su apartheid, la penúltima antes de poner en marcha la llamada solución final en 1942. Cientos de edificaciones de la comunidad israelí, de sinagogas a comercios, ardieron en toda Alemania y la recién anexada Austria.  Cerca de 3.000 judíos fueron llevados a prisión. Entre estos últimos Otto Bernheimer, a la sazón el jefe de la familia y del negocio, y sus hijos Kurt y Ludwig. Ludwig Feuchtwanger, el editor y padre de Edgar, también cayó en la redada.
La confiscación del patrimonio de los Bernheimer, que se consumó durante el 9 de noviembre, tuvo tanto de intimidación como de reparto de botín. Los relatos difieren en algunos detalles sobre lo que ocurrió, de lo que dan cuenta ciertos documentos que hoy reposan en el Archivo Nacional de Washington D.C.
En uno, Kurt Gerum, que como oficial medio de la policía secreta del Estado, la tenebrosa Gestapo, participó en la operación, admite durante un interrogatorio con la OSS estadounidense –precursor de la CIA– que en la toma del Palacio Bernheimer se causaron daños por 10.000 marcos del Reich. Las obras de arte, sin embargo, se conservaron intactas, dice Gerum –quien llegaría a ser, al final de la venidera guerra, jefe regional de la Gestapo en Berlín–, que las tasa en 10 millones de marcos. El lote habría quedado bajo el control del jefe local –Gauleiter– del partido nazi en Bavaria, Otto Wagner. Gerum también informa a sus interrogadores que algunas piezas, entre las que incluye cuadros de Eduard von Grüztner (pintor de Silesia, 1846-1925), de 60 a 70 fragmentos de gobelinos, y una colección de muestras de telas antiguas de Flandes, fueron numeradas y llevadas para su resguardo al Museo Nacional de Múnich.
Elizabeth Bernheimer brinda otro testimonio. En una declaración ante las autoridades de ocupación, cotiza en dos millones de marcos lo robado durante el allanamiento por Gerum, a quien acusa directamente. En el inventario incluye joyas, “valiosas esculturas” de Tilman Riemenschneider (1460-1531, escultor y tallista del Gótico tardío alemán), gobelinos “de valor irremplazable” y dos pinturas, El Filósofo (Der Philosopher) de Carl Spitzweg (1808-1885, pintor bávaro del Romanticismo) y una Madonna de Antonio Alegri, Correggio (1489-1534, pintor italiano del Renacimiento). Estos dos cuadros se convertirían, a la larga, en tema de un rittornello de reclamaciones que los Bernheimer hicieron, sin éxito aparente, para su recuperación después de la guerra
La violencia del despojo resultó apenas el preámbulo de las cinco semanas de maltratos que pasaron los hombres de la familia, trasladados al cercano campo de concentración de Dachau (al noreste de Múnich) y a la sede de la Gestapo en la calle Brienner. Cuando regresaron de ese infierno, apenas unos días antes de la Navidad de 1938, todos habían sido reducidos a piltrafas. Elizabeth Bernheimer vio a su suegro, Otto, como un hombre “completamente destruido”, rasurado el cabello a cero (En inglés en el original: “His head was shaved and he was a completely broken man”).
A falta de una descripción sobre lo que quedó de los otros Bernheimer –Kurt y Ludwig, el esposo de Elizabeth– tras el calvario carcelario, vale citar lo que el niño Edgar Feuchtwanger observó de su padre, que el 20 de diciembre volvió a casa desde el cautiverio con este aspecto: “Casi no lo he reconocido. Era un hombrecillo con el cráneo rapado y el cuerpo flaco, con los ojos hundidos en órbitas oscuras y la cara grisácea moteada de marcas violáceas. Estaba encorvado en el umbral, flotando en su ropa, que ahora le quedaba demasiado holgada”. Cuenta Edgar en Hitler, mi vecino que su padre, luego de dormir una noche, al día siguiente anunció a la familia la decisión de largarse por fin de Alemania. “Ya verás, vamos a salir de este infierno y finalmente ya no viviremos enfrente de ese cabrón”, aseguró a su hijo, agregando la primera grosería que Edgar le había oído.
Parece probable que el mismo tema, el de un apresurado exilio, se hubiese instalado durante esas horas entre los Bernheimer. Pero tenían más que perder en su huida. De hecho, Otto, el patriarca –abuelo del actual Konrad–, se oponía a abandonar sus cuantiosos activos en manos de los nazis (en su declaración, Elizabeth calcularía el patrimonio conjunto de la firma Bernheimer, sin contar las fortunas individuales, en 38 millones de marcos). Con las horas y los días, Otto recapacitaría: la situación era peligrosa. Se daba cuenta de que si habían salido vivos de Dachau fue gracias a una providencial diligencia del presidente de México, el progresista general Lázaro Cárdenas (1895-1970; presidente de 1934 a 1940). Otto Bernheimer se desempeñaba como Cónsul de México en Baviera; enterado del confinamiento de Bernheimer y sus parientes, Cárdenas desde México planteó un ultimátum al ministro de Relaciones Exteriores alemán, Joachim von Ribbentrop: si no liberaban a su cónsul, apresaría a doce de los más prominentes ciudadanos alemanes residentes en México. El mensaje tuvo sentido para los nazis, acostumbrados a la gramática del chantaje.
No quedaba claro, sin embargo, que la protección mexicana fuese a conservar su efectividad por siempre. Y de todas maneras, tomar la decisión de marcharse no era suficiente. Cada vez las autoridades nazis ponían nuevos y menos permeables escollos a la emigración judía, en forma de requisitos burocráticos y tributarios.
La solución para el dilema de los Bernheimer, inevitablemente dolorosa, vendría de su flamante cliente, el Mariscal Hermann Goering, quien vio en el trance una oportunidad para enriquecerse.
 
En el lejano oeste
De la vesania de Hermann Goering se ha escrito mucho. Hombre ambicioso, inteligente y salaz, por su corpulencia, manierismo por los uniformes, drogadicción documentada, y corrupción –con la que se convirtió por vía de los hechos en el mayor coleccionista de arte europeo durante la primera mitad de los años 40–, es quizás quien mejor encarna las diversas patologías del régimen. Héroe de la Aviación de la I Guerra Mundial, fue el menos ideológico de los líderes del nazismo. Era un hombre pragmático, con complejos de grandeza, a la vez que un verdugo y un rufián.
Goering diseñó para los Bernheimer una propuesta que no podrían rechazar. Bávaro como los Bernheimer, conocía bien las riquezas de las que sus proveedores, a punto de convertirse en víctimas, podían disponer.
El plan era este: Goering conseguiría el salvoconducto para los Bernheimer. A cambio, estos debían hacer “un favor” para un familiar de Goering.
El padre de Goering se había casado dos veces y tenido hijos en cada unión. Erika Burchard, la hija de Frieda, una las hermanas por vía paterna del futuro número dos del nazismo, contrajo matrimonio en 1921 con Walter Rode, el segundo hijo de Heinrich Enrique Rode, Este, a su vez, era la cabeza de Van Dissel, Rode & Cía, una de las casas comerciales alemanas que a fines del siglo XIX se habían instalado en Maracaibo para exportar desde ese puerto –aprovechando las vías fluviales y lacustres de la región del Zulia– la mayor parte de las cosechas de café del estado de Táchira venezolano y la provincia colombiana del Norte de Santander.
Walter Rode había heredado de su padre la hacienda La Granja, de unas 250 hectáreas, que aportó en dote al matrimonio con Erika Burchard, la sobrina por sangre paterna del Mariscal Goering. Aunque los factores alemanes se dedicaban más al comercio que a la producción, La Granja había sido una de las joyas del imperio Rode en los Andes venezolanos. La propiedad había nacido tras la crisis del precio del café de 1891. Entonces muchos productores, endeudados con los alemanes a quienes ya habían pedido préstamos o adquirido bienes, no pudieron cumplir con sus compromisos y entregaron en prenda sus minifundios.
Con esos retazos de parcela, los Rode armaron varias colchas: las haciendas Montebello, Altagracia, El Dorado, Costarrica, La Unión y La Granadina, así como la legendaria La Granja, todas en los alrededores de Rubio y de San Cristóbal, la capital del estado de Táchira. “La Granja y Montebello fueron provistas de equipos mecanizados para el procesamiento del café, desde la recepción del fruto recién cosechado hasta pulirlo y ensacarlo, como producto de primera”, recordaría en 1918 Heinrich Rode al escribir sus memorias en Hamburgo, Alemania.
Pero en 1938 los años dorados del boom cafetero habían quedado muy lejos. La Granja en manos de Walter Rode y Erika Burchard de Rode no era más que un incómodo jarrón chino, “una hacienda completamente deteriorada, de la que no sabían cómo deshacerse”, la dibujó Konrad Bernheimer en su entrevista con Die Zeit.
El tío de Buchard, el Mariscal Hermann Goering, hizo entonces de agente de bienes raíces. A cambio del salvoconducto que entregaría a los Bernheimer para abandonar Alemania, estos debían comprar de manera forzosa La Granja en Venezuela. El precio a pagar era de 2,25 millones de marcos, por una ruina cuyo precio en el mercado no sobrepasaba los 60.000 marcos. Los Bernheimer no tuvieron otra alternativa que aceptar el trato extorsivo, que además les obligaba a renunciar a la nacionalidad alemana. (De acuerdo a Edgar Feuchtwanger, el negocio contemplaba también que los Bernheimer vendieran a Goering obras de arte “por una suma irrisoria”, pero es algo que los documentos consultados no permiten confirmar).
Otto, su esposa,  y sus hijos, marcharon primero a Londres en abril de 1939. Ernst Bernheimer, hermano de Otto, migró con su esposa, Bertha, y sus cuatro hijos a La Habana, Cuba, donde falleció en 1956.
Se les congelaron todas las cuentas bancarias en Alemania y solo se les permitió portar una suma en efectivode diez marcos por persona. La expedición a Venezuela no pudo dejar la capital británica hasta que Goering comprobara que el depósito de los millones de marcos pactados en el soborno se completara. Así, en 1940, los Bernheimer embarcaron hacia un paraje del que sabían menos que de los exóticos lugares de las aventuras de Karl May.
La transacción redundó en un negocio pingüe para Goering. Con parte del dinero recibido sus sobrinos Walter Rode y Erika Buchard compraron una propiedad rural en Brandeburgo, al noreste de Berlín, a pocos kilómetros de Carinhall, la villa rural de Goering, nombrada así por la primera esposa del Mariscal, la sueca Carin Hulda, que había fallecido en 1931 por un ataque cardiaco y en cuyo honor el jerarca nazi transformó la finca en un mausoleo monumental, que ordenaría volar con explosivos en 1945 cuando los rusos se acercaban a Berlín.
Curiosamente, Erika y Walter retornaron a Venezuela después de la guerra. Una hermana de Erika –por lo tanto, también sobrina de Goering–, Elfriede, también se avecindó en Maracaibo y obtuvo junto a su esposo, el húngaro Karl Soulavy, la nacionalidad venezolana en 1955. Para entonces, en cualquier caso, la tragedia de los Bernheimer, quienes también se habían hecho venezolanos, acababa de dar un nuevo giro.
 
Retornos incompletos
Los Bernheimer no solo fueron desterrados de Alemania, de Europa, sino del lujo. “Cuando llegaron a Venezuela lo único que encontraron fue una casa completamente descuidada y vacía”, relató en 1945 Elizabeth Bernheimer, algo que solo podía saber de oídas, pues ella permaneció en Alemania como rehén de los nazis para asegurar el cumplimiento del trato. Ciudadana danesa, consiguió sobrevivir a la guerra.
La Granja resultó poco amable para la familia, que por tres generaciones había olvidado cualquier vínculo con la tierra. Nada sabían de la especializada faena del café. Llegaban a una atribulada Venezuela, cimbrada por el auge de la industria petrolera y en plena transición democrática tutelada por los militares andinos que sucedieron a la dictadura de Juan Vicente Gómez. Poco después de llegar, en 1943, murió Carlota Guttmann de Bernheimer, Lotte, la matrona del grupo.
En Rubio, el pueblo más próximo a La Granja, construyeron una casa de una sola planta al estilo español pero dotada de un típico comedor alemán, de amplias vitrinas. Kurt, el hijo menor de Otto, se casó con una lugareña, Mercedes Uzcátegui y parecía más que dispuesto a adaptarse a las condiciones de los bosques nublados tropicales. (Hoy La Granja sigue siendo propiedad privada, en manos de otro alemán que ha dejado –como todos sus vecinos– de producir café; algunas personalidades de Rubio se organizan para tratar de adquirirla y transformarla en un museo).
Contra viento y marea levantaron el negocio. Cualquier traspiés que enfrentaran tenía por fuerza que ser más llevadero que el drama que, mientras tanto, se desarrollaba en Europa. Habían escapado al Holocausto.
Pero la guerra terminó. Si la capitulación alemana se completó el 8 de mayo de 1945, apenas tres meses después, en agosto, Otto Bernheimer, el patriarca, ya estaba de vuelta en Múnich. Rubio no era lo suyo, como sí lo era el inmenso patrimonio que debía rescatar en Alemania de las devastaciones consecutivas del nazismo y la guerra. Baviera había quedado bajo control de las fuerzas militares estadounidenses y el patriarca quería volver, tentado a reconstruir el paraíso perdido.
En el Archivo Nacional de Washington D.C. reposan cartas, fechadas ya desde 1946, que suscriben, a veces al unísono, Otto Bernheimer, su hermano Ernst –desde Cuba– y su cuñada, Karoline; en ocasiones, solo Karoline, la esposa de Max Bernheimer, hermano de Otto. Era el comienzo de lo que debió ser una tortuosa diligencia para rastrear el paradero del patrimonio expoliado y persuadir a las fuerzas de ocupación de que se le restituyera.
Sendos oficios de la División de Economía del Gobierno Militar de Baviera, de 1946, aparecen previniendo a Karoline Bernheimer de que esa oficina no está autorizada a entregarle ningún objeto. Una de las circulares hace referencia a piezas depositadas en el monasterio benedictino de Ettal, en los Alpes bávaros, muy cerca de la frontera austríaca.
En la localización del tesoro disperso, algún papel debe haber jugado Josef Eggers, un ex empleado de los Bernheimer. Sin embargo, no queda clara la naturaleza de ese rol. En su deposición ante las autoridades norteamericanas, a Elizabeth Bernheimer le falta poco para denunciar a Eggers como cómplice de los nazis. Cuenta que, esa noche aciaga del 9 de noviembre de 1938, mientras la Gestapo allanaba la residencia familiar, Eggers le negó ayuda y la corrió del Palacio Bernheimer en la Lenbachplatz muniquesa. “El negocio es más importante que sus dueños”, le habría dicho Eggers para justificar su rudeza en esos momentos de angustia.
Tras la Kristallnacht de 1938, el negocio de los Bernheimer había quedado arianizado: así se llamaba el proceso por el que los bienes judíos eran confiscados y reasignados a nuevos administradores alemanes. Aunque Hans Wegner, el jefe de la Oficina de Arianización, se puso oficialmente a cargo del nuevo botín, los nazis con buen tino comisionaron a Eggers para manejar la operación diaria de la firma, que pasó a llamarse Münchener Kunsthandelsgesselschaft.
Con seguridad eso permitió seguirle la pista a los bienes dispersos. De hecho, otro documento en Washington incluye una declaración en la que Eggers certifica, en 1947, que ninguna pieza de la Münchener (antigua L. Bernheimer) ha sido vendida al extranjero. Mucho antes, la inteligencia estadounidense había interceptado una carta de Eggers para Otto Bernheimer, fechada en Múnich el 29 de mayo de 1945 –tres semanas después de la rendición de Alemania–. La ficha del Departamento de Censura del Ejército, que resume el contenido de la carta –a la que no se tuvo acceso para este reportaje–, sugiere que Eggers informa a Bernheimer que el patrimonio familiar se encuentra disgregado en diez castillos y monasterios, además de 64 almacenes.
Como fuera, las autoridades estadounidenses, acuciadas por los Bernheimer, detectaron y  entregaron las pertenencias a cuentagotas. Los documentos van dando fe de algunas de las restituciones: cuadros de Spitzweg, Wilhelm von Diez (1839-1937, pintor alemán) y Charles-Francois Daubigny (1817-88, pintor francés, precursor del Impresionismo); una casulla antigua con imagen de Cristo. Todavía en 1950 –ya fundada la República Federal de Alemania, la Alemania Occidental de Konrad Adenauer–, la oficina del Alto Comisionado de Estados Unidos para Alemania informa a los Bernheimer desde la ciudad de Wiesbaden que en su almacén central yacen algunos de sus objetos, que lista: una pintura de Spitzweg, El picnic; un baúl del renacimiento con una fecha, 1558, impresa sobre una esquina; y bordados antiguos con hilo de metal y fondo negro, “parcialmente dañados”.
Pero la misma comunicación advierte a su vez que no han sido encontrados todos los bienes relacionados en un reclamo previo de Otto Bernheimer. Con seguridad ese reclamo incluía dos obras que ya Elisabeth Bernheimer numeraba en 1946: El Filósofo de Carl Spitzweg, y Madonna de Correggio. Según su testimonio, al final de la guerra se encontraban en la Vieja Pinacoteca de Múnich (en cuyo inventario en línea hoy no aparecen).
Para este reportaje se intentó hacer contacto con Konrad O. Bernheimer –la “O” es de Otto, su abuelo– para entrevistarlo. La gestión resultó infructuosa. Pero a través de su asistente en Múnich, Eva Bitzinger, aseguró por correo electrónico que no sabe nada de esas obras (En inglés en el original: “He has never heard of this paintings”, escribió el 3 de diciembre de 2015; “He was too young when all this happened he has never heard about these claims” [sic], reiteró al día siguiente).
Konrad nació, como se ha dicho, en 1950. A los cuatro años se mudó a Baviera. Pero no con toda su familia: poco antes del retorno, el 24 de julio de 1954 –una fecha patria en Venezuela, pues corresponde al natalicio del Libertador Simón Bolívar– su padre, Kurt, hijo del patriarca Otto, se quitó la vida. Desde Múnich Otto, ya octogenario, había edulcorado la perspectiva de un regreso triunfal a los negocios familiares sin reparar en que quizás Alemania representaba para Kurt el lugar de su suplicio en el campo de concentración (Luego de una larga estadía en Múnich, algunos de los Bernheimer regresarían a Venezuela; Mercedes Uzcátegui, la madre de Konrad y viuda de Kurt, falleció en Rubio en fecha tan reciente como noviembre de 2015).
Konrad Bernheimer, cuyo idioma nativo era el castellano, hizo una carrera rutilante en el negocio del arte una vez llegó a Alemania. Su abuelo, Otto, lo destinó para ello. Compró al resto de sus familiares sus porciones del negocio, para lo que hizo vender el Palacio Bernheimer. En 2002 adquirió la galería Colnaghi en Londres, la galería comercial más antigua del mundo, para hacer sinergias con su Galería Bernheimer de Múnich.
No se puede decir que Konrad O. Bernheimer sea indiferente a la historia familiar. Por el contrario. En 2013 publicó El colmillo del Narval y los Viejos Maestros (Narwalzahn und Alte Meister; en 2015 salió una edición en inglés bajo el título de Great Masters and Unicorns), un libro donde reconstruye la saga de la dinastía tras cuatro generaciones. Para la ocasión concedió numerosas entrevistas a medios, como parte de la campaña de promoción. En ellas admite que, hasta que hizo la investigación, creía que su padre había muerto en un accidente de automóvil; la verdad solo la conoció tras revisar la correspondencia de sus padres que guardaba su hermana mayor, María Sol, fallecida en 2010 de un cáncer.
Así que El Filósofo de Spitzweg y la Madonna de Correggio siguen siendo una incógnita familiar, una pieza más de ese Museo desaparecido del que el periodista Héctor Feliciano habla en un celebrado libro de 2004 sobre el expolio nazi del arte de propiedad judía en Europa (en su caso, principalmente, en Francia). Tal vez hayan servido para saldar subrepticiamente alguna cuenta pendiente de larga data entre parientes, tal vez sean ceniza, o tal vez sirvan hoy para su contemplación por parte de unos tenedores desconocidos.

30 de marzo de 2013

Al águila le cayeron moscas

N. de R.: Por segunda ocasión en la vida tuve la fortuna de que Nacho Rodríguez Reyna me invitara a escribir en su buena revista Emeeequis de México DF: Buena porque le pone atención a la escritura, buena por creativa y bien pensada, y sobre todo buena por la persistencia por la que no ha tirado la toalla en seguir avanzando con un modelo propio de negocio que respalde al periodismo independiente. La ocasión, cómo no, fue la muerte de Hugo Chávez. Pero, si bien Nacho me solicitó un texto "cronicado", me temo que lo defraudé con un escrito apresurado que además terminó siendo una reflexión de mesa sobre el legado de Chávez, antes que algo narrativo. Aún así, me interesó subirlo a este sitio, para que funcione como una suerte de ayudamemorias o cuaderno de apuntes, pues tiene dos o tres ideas que me gustaría retomar luego y volver a trabajarlas.




HUGO CHÁVEZ: PARTIDA EN FALSO

El teniente coronel se ha ido, pero algo de él, o mucho, ha quedado en el inconsciente de los venezolanos. Hugo Chávez ha marcado a una sociedad prolija en caudillos y hombres fuertes que lo vio renacer de una intentona de golpe de Estado para convertirse en un redentor o en un demonio, según quién lo diga.

¿Qué tanto, de qué modo y por cuánto tiempo se recordará a Hugo Chávez? Difícil decirlo. Pero bien haríamos los venezolanos en nunca dejar de tenerlo presente.

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Sonará como un episodio del siglo pasado, porque en efecto lo fue: era 1998, durante la primera campaña electoral en la que Hugo Chávez se alzó con la Presidencia de la República. Pero también es cierto que esos 14 años de distancia se sienten como 100, como toda una era. De modo que puedo ser impreciso en los detalles.
Según lo que recuerdo, faltaban entonces poco más de dos meses para las elecciones. Yo asistía a una reunión en las oficinas de un think tank de la Compañía de Jesús, en el centro de Caracas, donde se presentaban los resultados de un estudio de opinión según el cual el triunfo de Chávez parecía ya inevitable.
Entre los invitados se encontraba Ramón J. Velásquez, historiador, periodista, jurista, parlamentario, político ligado al partido socialdemócrata Acción Democrática y ex presidente de emergencia en 1993-94, tras la destitución de Carlos Andrés Pérez. Pero, sobre todo, memoria viviente del país. Fuente y custodio tanto de la Historia con H mayúscula, como de la anécdota nimia sobre el poder y las costumbres.
Próximo ahora a sus 97 años de edad, Velásquez sobrevivió al futuro que en 1998 vaticinaba para el ex teniente coronel, que, en efecto, ganaría la Presidencia de la República en los comicios de diciembre y se estrenaría en el cargo en febrero de 1999.
Al cabo de un análisis repleto de erudición y campechanía, recuerdo que Velásquez dijo que Chávez se le antojaba más el fin de algo que su comienzo, o que en todo caso, representaría una “partida en falso” para una era que estaba —y tal vez todavía esté— por venir.
Ignoro si Velásquez refrendaría su pronóstico en la actualidad. Pero concluido ya cuanto Chávez tenía por hacer sobre la Tierra, me resulta imposible dejar de ver su tránsito por la política como una exacerbación de los rasgos más antiguos de la relación poder-individuo que se estableció en Venezuela desde hace 200 años. Como una estrella que justo antes de morir alcanza su máximo resplandor, el bicentenario de la vida republicana de Venezuela produjo como recordatorio al megacaudillo, la suma de todas las discrecionalidades de las que el taita de una hacienda puede hacerse para repartir premios y sanciones, amplificadas de manera exponencial por la técnica de las comunicaciones y el Potosí de un boom petrolero.
Sé que aún es pronto, sometidos como estamos a la oleada de emociones que la muerte de Chávez causó, para medir con justicia y objetividad su escala histórica.
También es cierto que fue tan copiosa su presencia en los medios y fueron tantas las contradicciones en sus palabras —incluso cuando se refería a su propia vida, la que parecía reescribir en cada intervención pública— que luce posible que cada quien tome fragmentos de sus discursos para armarse un Chávez a la medida.
Con todo, hoy son muchos, quizás la mayoría, quienes dicen que “su” Chávez vino a cambiar a Venezuela para siempre; desde mi perspectiva, en cambio, el recado que portó hablaba de lo contrario. Del peso de lo telúrico, de la carga eterna de unos inmutables que más vale tener a la vista si de verdad se quiere avanzar.
Como un sembrador de cizaña, Chávez avienta a dos sectores de la sociedad venezolana hacia extremos equivalentes. Redentor para unos, demonio para otros. El antiguo teniente coronel del ejército conservó una cualidad de su discurso, la de encender las fibras más irracionales de la fe o del odio en sus audiencias, presas de una experiencia en la que casi nada de lo que se dijera importaba; no, al menos, como el propio hecho de que él se atreviera a decirlo.
Y dudo que tal fuera su intención explícita; no, al menos hasta que tomó conciencia del efecto de exacerbación de las diferencias que esas, sus palabras, generaban y que podía capitalizar para obtener rédito político.
Lo lograba de manera primordialmente intuitiva, en conexión como estaba con algunos de los contenidos básicos de nuestro inconsciente colectivo, el que compartimos sin saber los venezolanos.
Desde que Chávez irrumpió en la escena política, en 1994, recién liberado de dos años de prisión luego de su fallido golpe de Estado, siempre me llamó la atención la facilidad con que a su alrededor brotaban apodos para adjudicarle.
Ya en la academia militar fue Tribilín, Bachaco y El Furia. O consideremos otros motes que quienes eran sus
adversarios dedicaban al comandante hacia finales de su régimen: Chacumbele, El Titán, El Innombrable, El Odiador, El Locutor, Alí Babá (por la corrupción de su equipo gubernamental) o Alí Blablá (por sus interminables peroratas), El Gran Mandón, Esteban, El Repentino, Sabaneitor, Toycurao (mofa a la versión oficial de su recuperación), El Coyote, Agapito, Hugabe, Hugo de Huganda, El Barbarazo, El Comején, Mico-mandante (una alusión racista, que durante su gravedad mutó a El Coma-andante), Boves (por un sanguinario caudillo pro realista de la Guerra de Independencia), Mambrú, El Empeorador, El Presimiente, Chuky, El Pransidente (en referencia a los pranes, denominación en lunfardo de los jefes de la delincuencia local), El Golpista, El Presaliente.
Fueron sobrenombres que en su  momento buscaban subrayar algún aspecto repudiado de la personalidad percibida en el presidente, pero con mayor frecuencia terminaban funcionando como un modo casi supersticioso de evitar el nombre del individuo, propio de quien busca evitar la convocatoria involuntaria de fuerzas oscuras, o de algo muy doloroso. Yo he de admitir que, en más de una ocasión, soñé con Chávez. Nada similar me ha ocurrido no sólo con personajes de la política, sino de cualquier otra esfera de la vida pública en Venezuela. Si éstas no son pistas de que en el subsuelo psíquico algo vibra en especial consonancia con las maneras y los decires de Hugo Chávez, no sé de qué más podrían serlo.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Carl Jung hacía notar que quien no fuera alemán, encontraría ridículos los ademanes histriónicos de Hitler y sus consignas vindicatorias. Algo así también se preguntaba, en 1940, un periodista norteamericano, John Günther: “Para millones de honestos alemanes él es sublime, una figura de adoración (…) que los llena de amor, de temor y de éxtasis nacionalista. Para muchos otros alemanes, él es precario y ridículo —un charlatán, un histérico con suerte, un demagogo embustero—. ¿Cuáles son las razones de esta paradoja?”.
Resulta, pues, que para ciertos alemanes, Hitler se refería a cosas profundamente alemanas y de un modo profundamente alemán. Igual que con Chávez, que hablaba de cosas profunda e inconscientemente venezolanas y de un modo venezolano.
Habrá que convenir en que la carrera política del presidente difunto careció de épica. Abundó en lances de suerte, audacias, chanzas. Pero nunca protagonizó un asalto al cuartel de invierno ni se fue al monte como un insurgente. La vez que lo intentó no pasó de allí, del mero intento.
Invirtió años en provocar a los poderes imperiales, que apenas lo tomaron por un spam de la historia, mientras se despachaban a Gaddafi y Hussein. Falleció en la cama, enfermo, una muerte propia de dictadores más otoñales. Entonces, y sin tomar en cuenta la manipulación política del momento, ¿por qué las escenas de histeria colectiva durante su velatorio? ¿Por qué nos sentimos en un instante de epifanía, como si asistiéramos a la colocación de la piedra angular de un nuevo culto?
Las fuerzas opuestas del amor y del aborrecimiento se atraen porque se requieren para constituir una misma unidad, la de la fascinación. En 1938, Thomas Mann se sorprendía al reconocer cómo, sobre ciertas figuras carismáticas, “geniales” —en apariencia buenas para nada, que se sustraen a sí mismas de la formación intelectual o de cualquier oficio concreto—, “una negativa que en el fondo es soberbia, (pues) surge de considerarse a sí mismo demasiado bueno (…) En base a la vaga intuición de que se está reservado para algo totalmente indefinible”, recaen las facultades “para establecer esa vinculación: una elocuencia de pésima calaña, pero efectista para las masas; una herramienta toscamente histérica propia de comediante, con la que hurga en la herida del pueblo, lo conmueve al anunciarle su grandeza ofendida, lo aturde con promesas y convierte la enfermedad anímica de la nación en vehículo de su grandeza”.
Nada cuesta imaginar al Tribilín que nunca habría de trabajar para vivir —como el Hitler vagabundo, pintor fracasado en Viena—, frustrado en sus pretensiones consecutivas de ser pelotero, animador o pintor, hallándose como un oficial gris en el ejército, que de pronto oye la clarinada de lo grande, del absoluto: en 1992 se arroja a un golpe de Estado que, sin lograr su cometido, dio inicio a su proyecto de redención social que quedó trunco con su muerte en 2013.
Fueron 20 años de hablarle al oído al inconsciente venezolano. Cabe concebir al chavismo como un brote de fundamentalismo criollo que reacciona para expulsar el cuerpo extraño del cosmopolitismo que medio siglo de inmigración masiva, democracia formal y opulencia petrolera parecían haber impuesto por vía de los hechos.
Ni éramos tan modernos ni tan abiertos. Vivimos sobre una falla tectónica que se activa de cuando en cuando, pero nunca se extingue. Chávez fue la carga explosiva que de nuevo la puso en movimiento. Una Venezuela que busque desarrollarse debe primero aprender a vivir con ella e integrarla a cualquier proyecto de sociedad que pretenda ser viable.
La fascinación por el hombre fuerte y redentor es una característica esencialmente venezolana. Distinguiendo entre andinos, ya a principios del siglo XIX Bolívar hizo un diagnóstico: “Quito es un convento, Bogotá es una universidad y Caracas es un cuartel”. Nuestra tradición de hombres fuertes que arrebatan y reparten a su voluntad es larga  y parece que no concluye con Hugo Chávez. Pero no por reiterativa, la expresión que el militar llanero encarnó deja de ser interesante y trascendental.
Como decía con algo de humor negro el filósofo Fernando Mires en reciente artículo, la historia se cumple como tragedia y se repite como telenovela: con la paráfrasis de Marx alude al caso de Chávez, cuya parábola de gloria y tragedia sigue la estructura y tono melodramáticos de un guión con regusto caribeño.
¿Qué tanto, de qué modo y por cuánto tiempo se recordará a Hugo Chávez? Difícil decirlo. Pero bien haríamos los venezolanos en nunca dejar de tenerlo presente y de reflexionar en torno a la experiencia que hemos tenido con él al poder y seguiremos teniendo con su legado, que no fue el del hombre nuevo sino el de nuestras viejas pasiones otra vez vigentes.
El costo de dejar de tenerlo a la vista será, de seguro, la reincidencia en una historia, la misma de nunca acabar.



Si de Chávez los deseos se cumplieran...

N. de R.: Desde diciembre de 2012 a la fecha me viene tocando escribir despachos para El País de Madrid, un diario señero del periodismo en castellano. El período coincidió con la agonía y fallecimiento del presidente Chávez, personaje que por 14 años reclamó la atención del mundo entero, con un éxito de mediano a grande. También coincidió con el malhadado incidente de la foto trucha del comandante en terapia intensiva, publicada durante media hora en su website y en algunas de las ediciones impresas del diario español, incidente en el que tuve una participación apenas tangencial, tal como quedó aclarado en un reportaje de José María Irujo y Joseba Elola (http://internacional.elpais.com/internacional/2013/01/26/actualidad/1359234203_875647.html). Entre las cosas que envié, mayormente notas de día, hice este texto desde Barinas, en los llanos occidentales de Venezuela, patria chica de los Chávez y, al día de hoy, una especie de parque temático de la familia. La comarca está infestada de grandes temas para investigar por los que atraviesan el nepotismo, la corrupción administrativa, el crimen organizado y el abuso de poder. Por lo pronto, esta crónica, que se publicó dos días antes del anuncio de la muerte de Chávez, le siguió la pista a un rumor sobre el paradaro del líder revolucionario cuyo rastro, solamente, permitió a la vez iluminar algunas zonas por lo general ocultas sobre el manejo discrecional de los recursos públicos por parte de la familia presidencial. Además, recoge un deseo de mal disimulado orgullo estadal, que parece coincidir con los deseos expresados en vida por Chávez: que lo enterraran en los llanos. Hasta ahora, ha sido un deseo postergado por los imperativos de la política.

Viaje al epicentro del chavismo

Barinas, su región natal, es un escenario clave en la evolución personal y política del caudillo y en las intrigas familiares que sostienen su poder

¿Dónde está Chávez? La pregunta que recorre Venezuela halla una respuesta casi unánime entre las personas mejor informadas de Barinas, el estado natal del presidente: la Hacienda Las Matas.
Se trata de un predio de 500 hectáreas a unos 40 kilómetros de la ciudad de Barinas, la capital homónima de la provincia. Durante muchos años su propietario fue David Coirán, empresario y expresidente de la empresa eléctrica del Estado Cadafe durante el segundo Gobierno del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez (1989-1992). Coirán hizo de la finca uno de los centros pioneros de la cría de búfalos. Pero en 2009 la vendió y terminó en poder de PDVSA, la empresa petrolera estatal.
Bajo la gestión de la empresa petrolera, Las Matas dejó de ser productiva. De hecho, se convirtió en coto de veraneo de la familia Chávez. Se hicieron mejoras en las cuatro casas que había. Se agregó un helipuerto con balizaje nocturno y un camino asfaltado. El año pasado, el propio presidente solicitó una nueva remodelación, que incluía la construcción de una sala clínica con equipos médicos. Tal vez fuera cierto que el líder revolucionario contemplara la posibilidad de retirarse a completar su convalecencia aquí. De la querencia que desarrolló por el lugar habla con elocuencia el hecho de que las dos últimas veces que visitó Barinas, en 2012, optó por hospedarse en la hacienda, en lugar de la finca familiar, La Chavera, o de la residencia del gobernador, su hermano Adán Chávez.
Sin embargo, en su más reciente paso por el terruño, el anhelo del ex teniente coronel se vio empañado por una contrariedad: las obras de reforma no fueron de su agrado. Reconvino con acritud a Pedro Jiménez Giusti, a quien se las había encargado. Jiménez Giusti es un paisano barinés, excapitán del ejército que dejó las armas tras participar en la asonada golpista comandada en 1992 por Chávez para derrocar el Gobierno de Carlos Andrés Pérez. Luego se reconvirtió en gerente de PDVSA.
El río Santo Domingo bordea el linde oriental del cortijo, que por otro costado comparte vallado con el contiguo Hato Corocito, que pertenece al exministro del Interior y actual gobernador del Estado de Guárico, Ramón Rodríguez Chacín.
Rodríguez Chacín es un exoficial de la Armada que formó parte de los comandos de élite que en los años ochenta se enfrentaban a las guerrillas colombianas activas en la frontera suroeste de Venezuela. Con el tiempo, los meandros del destino dieron un raro giro y pusieron al capitán de navío, ya en retiro, a congeniar con sus antiguos enemigos. Hoy se le conoce como uno de los interlocutores oficiosos del chavismo con las FARC colombianas. En 2008 le tocó representar al Gobierno venezolano en la operación para recibir en territorio colombiano la liberación de una de las rehenes más famosas de las FARC, Clara Rojas.
Fue en el Hato Corocito de Rodríguez Chacín donde Tirofijo y Mono Jojoy —el primero, fundador de las FARC, y ambos comandantes ya desaparecidos de la guerrilla colombiana— se hospedaron para reunirse con Chávez entre 2006 y 2008.
Las afueras de la Hacienda Las Matas mostraban este jueves un panorama de tranquilidad. No había ni guardias ni alcabalas. Una cuadrilla de obreros de la petrolera PDVSA hacía trabajos en la carretera colindante que conduce hasta el área de producción de San Silvestre. Los lugareños relatan que cada vez que el presidente Chávez llega, se nota mucho movimiento de helicópteros y tropas. Pero en estos días nada así se ha registrado.
Aunque es posible que el presidente Chávez haya dejado su corazón enterrado en Las Matas, no parece que pase su convalecencia aquí. El rumor, que contradice las versiones oficiales que lo tienen en una habitación del Hospital Militar de Caracas, no se corresponde con los hechos.
Quizá, en cambio, sea la expresión de un deseo local: los barineses están convencidos de que su región desempeñará un papel protagónico en el desenlace de la historia de intrigas en que se convirtió la salud de Chávez desde su operación de cáncer en La Habana, el 11 de diciembre pasado, y su posterior gravedad, reconocida a regañadientes y cuentagotas por su Gobierno.
En Barinas, a pocos se les escapan detalles del entorno que alimentan todo tipo de teorías de conspiración. Por ejemplo, ¿por qué los padres del comandante Chávez, el exgobernador Hugo de los Reyes Chávez y Elena Frías, permanecen en la capital de provincia en vez de estar al lado del enfermo en Caracas? El padre, el maestro Chávez, debió operarse por una apendicitis en el Hospital Militar de Caracas apenas unos días antes del regreso de su hijo mártir. ¿Por qué no lo esperó allá? ¿Y qué decir de Narciso Chávez, Nacho, uno de los hermanos menores del presidente? Sigue en una suerte de exilio interior en Barinitas, una población justo al piedemonte andino, luego de que durante la reciente campaña electoral figurara como una especie de ayuda de cámara del candidato-presidente.
También se espera que la enfermedad del presidente obre otro milagro: la reconciliación entre Adán y Argenis, dos de los hermanos de Chávez. Desde hace algún tiempo libran una batalla campal por el control político del Estado, batalla que por ahora gana Adán, actual gobernador de Barinas por segundo periodo consecutivo. Argenis fue el hombre fuerte durante la administración del patriarca, Hugo de los Reyes, de 80 años de edad, gobernador de 1999 a 2008. Pero cuando el mandato del padre expiró, Hugo Chávez desatendió las aspiraciones de Argenis e impuso como sucesor a Adán, su hermano mayor, exministro y exembajador en Cuba, quien adoctrinó al presidente en materia política.
Desde su despacho, Adán se ocupó de desalojar a todos los fieles de Argenis: funcionarios, contratistas, operadores, informantes. Hugo tampoco se llevaba bien con Argenis, trasladado desde 2011 a Caracas para hacerse cargo de una de las áreas de gestión más deficientes del Gobierno chavista, el suministro eléctrico. El díscolo hermano le dejó un moretón en el ojo al presidente en 2002 al final de una discusión.
“Ellos pelean en la política, pero se respetan en familia”, asegura Antonio Bastidas, exdiputado y dirigente del opositor Un Nuevo Tiempo (UNT) en Barinas. Bastidas compartió en su juventud con los Chávez, vecinos en la urbanización Rodríguez Domínguez de la capital regional. “Argenis al final va a morir con la familia”, apuesta Bastidas, “y yo estoy seguro de que los Chávez se van a convertir en una tercera corriente dentro del chavismo, distinta de las de Nicolás Maduro y Diosdado Cabello; después de todo, ¿quién más puede decir que tiene la sangre del líder?”.
El vaticinio abarca también a Aníbal Chávez, otro hermano del presidente con quien mantuvo diferencias. Hoy es alcalde de Sabaneta por el gubernamental Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), a pesar de que en 1992 fue expulsado del MBR200, el movimiento cívico-militar que, con base en una logia castrense, sirvió de plataforma para el fallido golpe de ese año. ¿El motivo de la sanción? Que Aníbal aceptó ese año el cargo de director de Educación en la gobernación del democristiano Gerhard Cartay.
Sabaneta, a 25 kilómetros al noreste de Barinas, es la Jerusalén de la revolución. Allí nació Chávez y vivió su infancia. Es un baluarte familiar, y las obras públicas más importantes con que el presidente buscó engalanarlo rinden homenaje a la estirpe. En la céntrica esquina donde estuvo la casa de paredes de barro y piso de tierra donde Chávez se crió, ahora se levanta un modélico centro de educación preescolar bautizado Mamá Rosa, en recuerdo de la abuela paterna del líder. La única calle nueva que se construyó lleva el nombre de Pedro Pérez Delgado, Maisanta, un legendario caudillo de montoneras del principio del siglo XX, antepasado de Chávez.
No debería extrañar entonces que Sabaneta vuelva a ser la zona cero del culto al presidente. “Hugo Chávez entregó la vida por esto y si se levanta va a seguir en la lucha”, dice en la plaza de Bolívar de Sabaneta Alfredo Aldana, uno de los más fervientes seguidores de Chávez, exentrenador deportivo, que formó parte del séquito de seguridad del presidente cuando este se presentó por primera vez como candidato, en 1998. “Un Hugo Chávez solo nace cada 100 años”.
Telma Torres es una novia de juventud del comandante. No tiene empacho en confesar que, casado Chávez en primeras nupcias con Nancy Colmenares y ella misma también en matrimonio, el entonces oficial del ejército siguió buscándola: “Yo le marqué en el amor”.
A Telma Torres, un jovencísimo Chávez le prometió una vez “que iba a ser ministro de la Defensa”. Aldana, por su parte, una vez presenció cómo el futuro presidente, que venía a la banca luego de jugar béisbol bajo la canícula llanera, encontró que no había agua para refrescarse, tiró al piso el envase vacío y juró con ira que “algún día sería alguien importante para que no siguieran pasando cosas así”.
Un cierto sentido de la predestinación atraviesa la parábola de Hugo Chávez en Sabaneta. Aunque no quiere decir que desde siempre se venerara su memoria con anticipación. Ricardo Aro, un memorioso militante de izquierda, recuerda que en 1986 Chávez, para la fecha capitán del ejército y comandante de un batallón acantonado en la población de Elorza, en el Estado de Apure, organizó una cabalgata de 500 kilómetros desde ese pueblo hasta el campo de Carabobo, para seguir el trayecto que 165 años antes había hecho el prócer independentista José Antonio Páez con sus lanceros. Cuando pasó por su Sabaneta natal, Chávez enterró en plena plaza de Bolívar una cápsula del tiempo que, dentro de un cilindro metálico, contenía un mensaje conmemorativo de la parada. Con las obras de remodelación posteriores en la plaza, el pergamino fue a dar a un botadero de basura, de donde lo rescató Israel Chávez, otro primo del militar.

19 de diciembre de 2012

Paralelismos del Alba

N. de R.: Esta nota me fue solicitada por el diario Clarín de Buenos Aires, casi en vísperas del 7D que terminó siendo el 17D: la fecha determinada por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner para iniciar los trámites de reversión  de algunas de las frecuencias ocupadas por operaciones radiales/televisivas del Grupo Clarín, y en las que éste habría de desinvertir para plegarse a los términos de la nueva Ley de telecomunicaciones cuya vigencia, al momento de escribir este preámbulo, seguía en suspenso. 
Se me pidió una nota que resumiera las condiciones de la libertad de prensa en Venezuela. Traté de ser breve y, más que eso: que los ejemplos que nombrase en el texto tuvieran algún eco de semejanza con lo que podría pasar en Argentina, donde parece más que factible que la invocación a fines superiores como la "democratización de los medios" resulte al final poco más que una astucia para instaurar mecanismos de control que sólo permitirán difundirse a lñas voces y versiones oficiales.
Pero, con todo y eso, no fue suficiente. o, mejor dicho: hubo de más. No bastaba el espacio disponible para publicarla. Debieron editarla. Y publicaron esto:

http://www.clarin.com/politica/Venezuela-verdad-oficial-tuerta_0_824917650.html

Reconozco que quien cinceló el texto le dio forma con criterio. Son podas que todos los días se hacen en los periódicos. El criterio que utilizó, sin embargo, lo llevó a dejar por fuera una mención que originalmente hacía a Venevisión, mención que echo de menos. Ese es el motivo más poderoso para que publique hoy la versión inicial del artículo.


En Venezuela la verdad es oficial y tuerta

Democratizar los medios y obligar a que se diga “la verdad”: las dos grandes premisas que el gobierno del presidente Chávez y la revolución bolivariana han hecho explícitas como guías de su relación con la prensa desde 1999. Banderas con las que concordar resulta fácil, pero cuyo despliegue en los hechos ha sido, por decir lo menos y para desconcierto de muchos,  tuerto y selectivo.
La salida del aire de RCTV en mayo de 2007, uno de los dos más populares y tradicionales canales de televisión del país, marcó un momento definitivo en esas relaciones. Meses antes el propio presidente Chávez había anunciado la desaparición de “ese canal golpista”. No obstante, las autoridades fueron incapaces de mostrar qué advertencias o sanciones previas se habían expedido a esa planta televisora, de acuerdo a lo estipulado en la vigente Ley Orgánica de Telecomunicaciones, que justificaran la negativa del Estado a renovar la licencia de RCTV una vez extinta.
Hoy, en la antigua señal de RCTV (el canal 2 de la frecuencia VHF) se ve un canal estatal, TVeS. En realidad, rara vez se ve: 1% de los hogares venezolanos es la cota máxima de audiencia que suele alcanzar. Al nacer prometía ser un medio de servicio público, como la BBC británica o la NPR estadounidense. Con el tiempo, sin embargo, se ha dedicado a producir telenovelas –género favorito de los venezolanos, del que RCTV fue un activo exportador- con títulos como “Caramelo’e chocolate” o “Teresa en tres estaciones” que –se lee en el microwebsite de la última- narran historias sobre “la gran esperanza de los protagonistas (…) de una Venezuela en movimiento”. Ahora que se desarrolla la campaña electoral de cara a los próximos comicios regionales del 16 de diciembre, TVeS muestra escaso o ningún pudor para transmitir, en vivo y directo y sin cortes comerciales,  los mitines de los candidatos a gobernadores provinciales del oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) .
Hoy no existe la pantalla de RCTV, ni siquiera en su minimizada versión de televisión paga en la que, bajo la marca de RCTV Internacional, se refugió. Otra medida del Ejecutivo la proscribió en 2010 de los cableoperadores.
Hoy, en cambio, Venevisión, la otra gran señal abierta y nacional de TV privada, sigue al aire. De hecho, la misma noche que RCTV desapareció, el gobierno habilitó por cinco años la concesión de Venevisión, a pesar de que en sus estudios se reunieran durante la madrugada del 11-12 de abril de 2002 los representantes de los poderes fácticos que entonces intentaron desalojar a Chávez del poder. ¿Cómo logró semejante indulgencia? En 2004 su dueño, el magnate Gustavo Cisneros, concertó unos términos de convivencia con el gobierno. Desde entonces, los espacios informativos de Venevisión se portan bien. Dirigidos por un ingeniero proveniente de la parte técnica, se cuidan de mantener en los noticiarios una paridad matemática de una información favorable al gobierno seguida por otra que proceda o de la oposición o de una fuente no política. Se suma a ese ejercicio un propósito ostensible por nunca tener una primicia. El esfuerzo por producir un artefacto que sea informativo en apariencia, pero a la vez descafeinado, que ni huela ni hieda, ni perturbe jamás a algún funcionario público, se ampara bajo un lema, “Información Justa y Balanceada”, que se va convirtiendo en motivo de escarnio para el periodismo venezolano.
Así que el cierre de RCTV tuvo como resultado neto, a cinco años de distancia, la destrucción de buena parte de las audiencias de la TV abierta, que no migraron ni a TVeS ni a otras opciones privadas o del Estado. Y el público que siguió, por lealtad u obligación, mirando ese espectro, recibe desde entonces una información insuficiente y bastante parcial, en términos de pluralidad.
¿Otro ejemplo? El 31 de julio de 2009, la autoridad del área anunció de manera sumaria el cierre, con efecto al día siguiente, de 32 emisoras de radio y una televisora local. Para la sanción se alegaron fallas en la documentación de sus habilitaciones administrativas, fallas en algunos casos gruesas, de minucia en otros. La mayoría de las sanciones, en cualquier caso, afectaron a medios de oposición: muy señaladamente, quedó desmantelado el Circuito CNB, uno de los más importantes de la radiodifusión venezolana, y cuya frecuencia fue otorgada a la Asamblea Nacional, controlada por el oficialismo. Pero eso no fue todo. En el mismo anuncio se advirtió que quedaban bajo examen otras 200 concesiones que presentaban defectos y que podían correr la misma suerte. La lista nunca se dio a conocer. Pero muchas emisoras de Caracas y del resto de país, previendo que pudieran ser las próximas en sufrir sanciones, prefirieron curarse en salud: se deshicieron de las voces más críticas de sus espacios de opinión, limpiaron sus noticiarios de contrariedades para el gobierno, incluso, se dejaron comprar por capitales privados cercanos a la revolución. El resultado ha sido el de una radio de información monocorde, con escaso contraste.
El Estado venezolano es, gracias al ingreso petrolero, un verdadero potentado. Y a ese poder financiero se agrega el inmenso poder institucional que Chávez ha amasado con la cooptación del sistema judicial, de las fuerzas armadas, de los órganos colegiados de gobierno local y del aparato productivo que aún no aniquila. Por tanto, cuenta con las herramientas para hacerse de modos sutiles de controlar  a la disidencia sin tener que apelar a métodos más crudos, propios de los regímenes de fuerza tradicionales, de los que con toda probabilidad el resto del mundo se percataría y no aceptaría. No en balde el intermitente ministro de Información y Comunicación, Andrés Izarra, pudo ufanarse en una entrevista en 2007 que el propósito de la revolución bolivariana es conseguir “una hegemonía comunicacional e informativa del Estado que permita la batalla ideológica y cultural para impulsar nuestro modelo”, enunciado que para todos los efectos rima con la denominación orwelliana de su despacho.
Cuando un testimonio desaprensivo afirma que en Venezuela hay libertad de prensa plena porque, “yo mismo vi noticias y titulares donde le decían cualquier cosa a Chávez”, no se engaña. Pero, quizás inadvertidamente, sí contribuye a engañar. Es cierto que no hay allanamientos indiscriminados de diarios y revistas, periodistas desaparecidos o censores en las redacciones. Porque esas constaciones son, en lugar de muestras de libertad, las señales externas que un elaborado sistema de control, de distinta naturaleza, necesita para legitimarse.
Lo que queda de periodismo independiente en Venezuela –incluyendo ese periodismo que se dice “de oposición” y que con regularidad incurre en exacciones y malas praxis- evita abordar determinados temas.  Verbigracia, el ascenso de las grandes fortunas privadas que se formaron a la sombra de negociados con el Estado chavista, que en su conjunto y coloquialmente los venezolanos llamamos boliburguesía.  No hay cobertura al respecto. La prudencia en este caso no es virtud sino derivado de un rosario de acciones de amedrentamiento que invocan a la contención y la autocensura.
Algunas cuentas de ese rosario son viejas conocidas: leyes ad hoc para limitar contenidos, amenazas y agresiones de baja intensidad contra periodistas, entre ellas. Pero las hay de nuevo cuño: las cadenas nacionales, con las que Chávez ha confiscado a cada medio radioléctrico del país tiempo equivalente a un discurso de cuatro meses continuos. O la nacionalización de las empresas de banca, telefonía, energía eléctrica o distribución de alimentos que antaño fueron los principales anunciantes de los medios privados, siendo que el Estado petrolero ya era un avisador tan poderoso como caprichoso en lo que al uso de la pauta publicitaria como castigo se refiere. O la demolición diaria de reputaciones de periodistas a través de espacios en los medios oficiales –tres canales nacionales de TV, 500 radioemisoras, la cadena regional TeleSur- que se dedican a difamar bajo la coartada de una “lectura crítica de medios”. O la compra de medios poco dóciles por parte de fortunas “amistosas”.
Con esas astucias se construye una hegemonía en nombre de la democratización de los medios y de la verdad.
  

8 de septiembre de 2012

Encrucijada nazi en Venezuela (II)




Juntos al fin
Ernst Schäfer gozaba en ese 1937 de cierta fama, que anticipaba la imagen de personajes del cine de aventuras estadounidense.

Mezcla de erudición y mundanidad, ambicioso y seductor, no sólo se parecía al Indiana Jones de la cinematografía sino, con más exactitud, al doctor Jones de La última cruzada (1989), que intenta –en 1938, según la trama escrita mucho después por Steven Spielberg y George Lucas- recobrar el Santo Grial para privar a los nazis de sus poderes mágicos. Sólo que Schäfer buscaba, en sentido contrario y algo más metafórico, el Santo Grial para entregárselo a los nazis.

Zoólogo de la Universidad de Gotinga, especializado en ornitología, había nacido en la ciudad de Colonia en 1910. Venía de dos resonantes expediciones en los años 30 que se adentraron en China por el río Yang Tzé, dirigidas y financiadas por un millonario heredero de Filadelfia, Brooke Dolan II (1908-1945). En ambas alcanzó las estribaciones de los Himalayas. Y también en ambas, a la vez de recolectar cientos de especies desconocidas, mostró una destreza nada académica que se revelaría, sin embargo, indispensable para las expediciones de la época: era un magnífico cazador. Su puntería legendaria le permitió abatir a un oso panda que se había atrincherado en la copa de los árboles y al que no podía ver sino apenas oír. Esas dotes añadieron ironía al accidente en que Schäfer mató a su primera esposa, Herta Volz. Durante una cacería de patos, el 9 de noviembre de 1937, Schäfer resbaló dentro del bote de remos desde el que acechaban a sus presas. Su escopeta cayó y se disparó, hiriendo a Herta en la cabeza.

Apenas tres meses después, en la primavera de 1938, Schäfer partía con su equipo de cuatro acompañantes hacia Calcuta, India, primera etapa de la expedición al Himalaya. En tan escaso tiempo había reunido suficiente ánimo para sobreponerse a la tragedia de su esposa, así como recursos suficientes para una misión grandiosa como ninguna otra. Historiadores actuales, como Isrun Engelhardt, experta en el Tibet, vienen sacando a la luz pública correspondencia y documentación que muestran una lealtad bastante laxa de Schäfer con respecto a los fines propagandísticos del viaje y a la misma Ahnenerbe (7). Llega a comprobar que la Ahnenerbe no financió directamente la excursión, debido a recelos del director ejecutivo de la fundación, Wolfram Sievers. Pero no hay duda de que Himmler le sirvió de mecenas. Y como repara Heather Pringle en su libro El Plan Maestro, los fondos que se necesitaron procedieron de empresas pertenecientes a la red corporativa de la SS, incluyendo la compañía editora tanto del Völkischer Beobachter (El Observador Popular), periódico racista que Alfred Rosenberg dirigía, como del Mein Kampf, el manifiesto psico-político de Adolfo Hitler que en la Alemania nazi se adoptó como una Biblia (8).

Cierto que, como asegura Engelhardt,  en el Virreinato de la India, controlado por Londres, resultaba un estorbo lo que en Alemania era un espaldarazo: el nombre oficial de la empresa, grabado en el membrete de toda su papelería y portaequipajes, que rezaba Expedición Alemana al Tíbet ‘Ernst Schäfer’, bajo el patrocinio del SS-Reichsführer Heinrich Himmler y vinculada con la ‘Ahnenerbe’. Pero las justificadas suspicacias del servicio colonial británico nunca constituyeron un obstáculo insalvable para la combinación de audacia, maneras diplomáticas y convicción de Schäfer.

Esas mismas cualidades permitieron a Schäfer y sus expedicionarios alcanzar metas casi inesperadas. Para desespero de los británicos, los alemanes exploraron el Reino de Sikkim pero también consiguieron que se les franqueara el paso hasta Lhasa, la capital del Tíbet, vedada de manera regular a los occidentales. Con sus modales de persuasión, Schäfer entabló una amistad verdadera con el quinto regente Reting Rinpoche (nacido como Jamphel Yeshe Gyaltsen), quien gobernaba Tíbet en nombre del niño de tres años, Tenzin Gyatso, el actual décimocuarto Dalai Lama que se refugia en India.

Cuando los exploradores alemanes debieron abandonar el subcontinente indio, apresurados por la inminencia de las hostilidades de la II Guerra Mundial, pudieron cantar victoria en buena lid. Sus trofeos científicos incluían pieles de todo tipo de animales muertos y ejemplares vivos de muchos otros, miles de semillas y muestras disecadas de distintas especies vegetales, junto a carpas, banderas, ornamentos y otras piezas de valor antropológico.

En cuanto al costado histórico y racial de la partida, cabía destacar que el antropólogo del grupo, Bruno Beger, había tomado medidas craneales y hecho moldes de cabeza a 376 personas, entre ellos, miembros de las noblezas de Bután, Sikkim, Nepal y Tíbet. Mientras, Ernst Krause, fotógrafo, traía consigo miles de instantáneas y pies de película. Tanto Beger como Krause, así como todos los otros miembros de la expedición –Schäfer, el líder; Wienert, el geofísico; y Geer, el coordinador logístico-, tenían grados de la SS. Y ambos serían, posteriormente, personajes-bisagras en el cierre de la brecha de seis grados que por entonces separaba a Schäfer de Volkmar Vareschi.

Como para no dejar dudas del carácter oficial de la expedición, el propio SS-Reichsführer Himmler envió su avión personal a recoger a los cinco héroes en Viena, penúltima escala en su largo periplo de regreso a Múnich desde Calcuta y Bagdad. Sobre la pista del aeródromo muniqués, el 4 de agosto de 1939, Himmler los recibió con honores. Al día siguiente, los periódicos de toda la nación celebraban la hazaña. Sus notas destacaban, en particular, los tres obsequios que el regente de Tíbet había enviado al Führer con los expedicionarios: un perro de la raza Lhasa Apso, una túnica de seda y una moneda de oro, junto a una carta personal que luego se prestaría a malentendidos políticos.

Una apoteosis de estas magnitudes para nada anticipaba la próxima caída en desgracia de Schäfer. La razón no queda clara, todavía en estos tiempos que corren, en los que los estudios sobre la Ahnenerbe y la expedición nazi al Tíbet han cobrado renovados bríos gracias a trabajos como los de Heather Pringle, Walter Hagen, Christopher Hale, Peter Levenda, Isrun Engelhardt, Peter Mierau, Karl Meyer y Shareen Brysac. Pero en 1941, todavía en las primeras de cambio bélicas, Schäfer no fue sólo dejado de lado sino enviado al frente de Finlandia como simple soldado de un Batallón de Castigo de la SS. Según algunas versiones, Himmler receló de Schäfer al saber que este había informado aspectos inéditos de su expedición al Almirante Wilhelm Canaris, jefe del espionaje militar alemán y rival de Himmler en la corte nazi (9). Según otras, el castigo derivaba de la escasa diligencia que Schäfer mostró con respecto a actividades de tipo propagandístico.

Lo que es cierto es la suerte con que Schäfer esquivó entonces una probable muerte en combate, gracias a la intervención de Sven Hedin. Hedin (1865-1952) era un explorador sueco de renombre, pionero en el reconocimiento del Asia Central y China interior durante el primer cuarto del siglo XX. Era el héroe científico de Schäfer y los nazis lo veneraban. Hedin retribuía esas pasiones con un filonazismo que no se esforzaba en ocultar pero que con los años de la guerra supo matizar mediante algunas críticas tímidas contra Hitler. Gracias a ese leve distanciamiento, a su intervención humanitaria en el rescate de algunos científicos (como Schäfer o el noruego Didrik Arup Seip [1884-1963]) y a sus propias proezas de explorador, Hedin se le escurrió al ostracismo científico que pudo corresponderle en la posguerra.

Pero en 1942, Hedin tenía la influencia suficiente en Berlín para rehabilitar a Schäfer. En opinión de Hedin, la valiosa colección de muestras y especímenes del Himalaya no tendría jamás ningún otro estudioso mejor. Así que en 1942, Schäfer recibió del propio Heinrich Himmler la orden de conformar la Forschungsstätte für Innerasien und Expeditionen (Instituto de Investigación para el Asia Interior y Expediciones), bajo el amparo de la Ahnenerbe y en el marco de la Universidad de Múnich, donde desde 1938 Schäfer era catedrático y después, en ese mismo año de 1942, recibiría el grado de Doctor Habilitatis.

Librado de su personal travesía por el desierto, de nuevo con el favor de Himmler, Schäfer puso manos a la obra sin rencores y con toda energía. El principal proyecto del instituto sería, por ahora, la experimentación con las especies de plantas que había traído consigo desde el Himalaya para determinar su posible uso en fitogenética aplicada. Para ello, reunir de nuevo a su equipo de leales colaboradores le pareció lo más apropiado: Beger, Wienert y el propio Krause que, además de fotógrafo, tenía conocimientos de entomología.

Sin embargo, Schäfer se dio cuenta de que la encomienda específica de Himmler requería del concurso de botánicos bien formados y dignos de una confianza más profesional y personal, que política. Él mismo no daba con un nombre adecuado para ello. Hasta que Krause, el fotógrafo, le sopló una referencia. Pocos años antes, en 1938, había hecho las fotos para ilustrar el libro de un joven botánico, Volkmar Vareschi, sobre la flora de los Alpes austríacos. El libro, La montaña en flor, inicialmente publicado en Alemania (ya Austria había sido objeto de la anexión o Anschluss), tuvo buena acogida, y hasta había sido editado en inglés por MacMillan en Nueva York (1940). ¿No podría ser el candidato que buscaban?

La sugerencia contenía en sí misma una ironía imperceptible entonces para Schäfer y Krause. Pues resulta que desde 1936 Vareschi figuraba como Asistente de Investigación y Docente de Botánica en la mismísima Universidad de Múnich donde conversaban. En cualquier otro día en la vida normal de ese campus, lo habrían encontrado a unos cuantos metros de distancia. Pero ese justo día, con sus camaradas del Batallón de Montaña, iba a bordo de un tren rumbo al frente del río Volga.

Parece increíble que Schäfer y Vareschi no se hubiesen conocido antes, siendo ambos profesores e investigadores de la Universidad de Múnich, tal como se constata en el Directorio (Personenstand) (e) de esa casa de estudios en 1941. El testimonio de la viuda de Vareschi, Lotte, lo niega: se vinieron a conocer en Múnich, sí, pero a fines de 1942 y en el despacho de la calle Widenmayer, luego del providencial llamado para que rompiera filas en la estación de Rum.

Sea como fuere, Vareschi –en sus palabras, un firme pacifista- no había podido escapar de las categorías en las que el nacionalsocialismo, como cualquier totalitarismo, forzaba a su población a enmarcarse. En 1938, el Jefe de Vareschi en el Laboratorio Botánico de la Universidad de Múnich,  Friedrich Carl von Faber (1880-1954), instó a sus ayudantes de investigación a militar en el partido nazi y en alguna de sus organizaciones de base. No era una recomendación, sino una orden, y una orden, por lo demás, “sentida”: von Faber, un nazi ferviente de insigne carrera como científico en las Indias Orientales Holandesas, los animaba no sólo a enrolarse en una causa patriótica sino a preservar sus cargos en la Universidad de Múnich, en ese momento, como todas las universidades de Alemania, sujeta a un proceso de arianización inclemente.

Puestos en la disyuntiva, uno de los ayudantes, Fritz Gessner –el mismo que 14 años más tarde acompañaría a Vareschi al Delta del Orinoco y habría de ser, aún después, Director del Instituto Oceanográfico de la Universidad de Oriente (UDO),  en Cumaná- optó por entrar a la SS que, según su perspectiva, era “lo más inteligente” entre los nazis. Algo más indolente o astuto, Volkmar Vareschi, otro ayudante, quiso hacerse miembro de las SA, una logia reducida a su mínima expresión desde la purga de 1934 y que, para mayor atractivo, tenía un Grupo de Montaña que no hacía ni ejercicios militares ni asambleas políticas, sino que se limitaba a escalar durante los fines de semana.

Así fue cómo ocurrió, según el relato de Liesselotte Zettler, viuda de Vareschi, narración que para efectos de este reportaje no pudo contrastarse con documento alguno. Pero a manera de confirmación, Lotte también recuerda que, ya en la posguerra, Gessner (1905-1972) confesó en una entrevista a la prensa alemana que había pertenecido a la SS a instancias de von Faber. Entonces, la viuda de von Faber –cuyo marido se había retirado de la academia en 1949 y falleció en 1954-  le puso una demanda por difamación.  “Pero Gessner ganó el juicio”, sigue Zettler de Vareschi. “¡Claro! Porque había suficiente testigos. Gessner escribió después a Volkmar, y a otros que estaban con ese asunto, una carta donde les dijo que en tal expediente bajo tal número en determinada oficina de Múnich quedaba el caso donde se establece que ellos fueron obligados a unirse a los nazis”.

Todavía según la narración de su viuda, de todas maneras, Vareschi no tendría a la mano las artimañas necesarias para librarse del servicio militar. En algún momento de 1942 fue reclutado. Por su formación universitaria, le correspondía instruirse en la Escuela de Oficiales del Heer (Ejército de Tierra). Pero una vez en el plantel, se declaró “pacifista”, advirtiendo  que “aunque no iba a rehuir el servicio por la patria”, no quería cargar “con responsabilidades en el campo de batalla”. El gesto bien pudo haberle valido una pena de muerte, en tiempos de guerra. El castigo que le impuso el oficial de registro a cargo de la leva fue menos riguroso: presentarse como soldado raso ante el Batallón de Montaña de la Wehrmacht (Fuerzas Armadas), junto al que debía viajar a Stalingrado a combatir al enemigo bolchevique.


La ‘blitzkrieg’ de las semillas
A unos meses del regreso de Vareschi a Múnich en 1942 para trabajar de nuevo como científico, pero esta vez al servicio de la SS, muchas cosas habían cambiado en el instituto de Ernst Schäfer, quien entre tanto pudo asistir al estreno de su documental Geheimnis Tibet (El Tibet Secreto) , una cinta de 110 minutos que, dicen, el Führer vio con desgano en la Wolfsschanze (Guarida del Lobo), su búnker de comando en Prusia Oriental.

El 17 de enero de 1943 –un par de semanas antes de la rendición del mariscal von Paulus y su VI Ejército en Stalingrado-, se celebraron los 470 años de la Universidad de Múnich. El acto de orden tuvo como invitado de honor a Sven Hedin, cuyo nombre se asignó en la misma velada al Instituto de Estudios del Asia Central. Motivos para honrar al sueco con el  nombre del instituto no escaseaban.

Pero al concluir la celebración, hubo que levantar las mesas y recoger la plata en volandas para la mudanza. La balanza de la guerra venía cambiando de lado. Ahora Múnich, como todas las grandes ciudades del territorio alemán, estaban al alcance de los bombardeos británicos y estadounidenses.  El material científico de la universidad peligraba. Los primeros evacuados fueron los integrantes del Instituto Sven Hedin, que cambió de sede a un castillo que dominaba –como todavía lo hace- el pueblo de Mittersill, en la Alta Austria, construido durante el siglo XII para defender el cruce del cercano río Salzach, y recientemente refaccionado luego de su destrucción parcial por un incendio en 1938.

La intensificación de la guerra también trajo otras señales de cambio, más ominosas. Instalados en Mittersill, los científicos del instituto descubrirían que el personal de mantenimiento del castillo lo constituían prisioneras del cercano Campo de Concentración de Pinzgau, este, a su vez, uno de los 50 campos-satélite del tenebroso Campo de Mauthausen. Si bien la población de prisioneros en el campo era variopinta –prisioneros de guerra rusos, polacos y franceses, republicanos españoles capturados en Francia, gitanos y judíos, entre otros-, quienes en Mittersill hacían las veces de ordenanzas –por turnos de 15 mujeres-  eran invariablemente Testigos de Jehová, uno de los muchos grupos que el Estado nazi había señalado como “enemigos políticos incorregibles”. A pesar de ese grave señalamiento, en general se consideraba a los Testigos de Jehová individuos poco peligrosos, amén de que sus creencias les hacían especialmente aptos para las tareas de apoyo en los laboratorios: eran incapaces de aplastar una hierba o de matar un bicho. También hubo prisioneros de guerra británicos trabajando en las labores científicas.

Pero con la guerra fue la propia misión de la Ahnenerbe y de sus 43 filiales la que había sufrido la mayor transformación. Las expediciones pueriles del período de preguerra tomaban ahora el cariz de los llamados Sammelkommandos (Comandos de Recolección), verdaderas misiones de expolio del patrimonio cultural de los territorios ocupados en Polonia, Rusia y Ucrania.

Dentro de la Ahnenerbe, el Instituto Sven Hedin, por su trabajo en el campo de la genética, parecía además diseñado a priori para abordar uno de los asuntos que se volvieron prioritarios para el III Reich: la Endlossung (Solución final) de la llamada “Cuestión Judía”. Había, pues, que saber a ciencia cierta quién era de raza judía para aniquilarlo. Aunque la industria de exterminio nazi no se anduvo con rodeos para iniciar su tarea, el problema no había perdido vigencia a fines de 1942, pues la categoría de “judío” era para la fecha una fórmula socio-política en lugar de genético-anatómica. El odio no pasaba por encima de la pulsión alemana por ser precisos: los científicos no habían dado todavía con una configuración genética o morfológica que definiera a los judíos, fuera de toda duda, y que permitiera a los verdugos separar el grano de la paja. Las matanzas podían ser más o menos indiscriminadas en los shtetl (asentamientos rurales hebreos) de Polonia, Ucrania y Bielorrusia. Pero el margen de error se haría excesivo en encrucijadas étnicas y culturales como el Cáucaso, a donde el ejército nazi se aproximaba a comienzos del otoño de 1942.

En el abigarrado catálogo del Cáucaso, podían encontrarse pueblos turcomanos, probables descendientes de los legendarios jázaros, que habían abrazado siglos atrás las creencias mosaicas pero que, en otros aspectos más visibles, en poco se diferenciaban de sus vecinos turcos, persas o azeríes; también había comunidades originarias de los dos exilios milenarios de Israel que, instaladas en la región, pasaron a profesar el zoroastrismo; estaban incuso los armenios, quienes, aunque cristianos, por sus rasgos y la naturaleza de sus actividades podían confundirse con los judíos y, de hecho, habían sufrido su propio holocausto durante la I Guerra Mundial.

En previsión de lo que allí se encontraría y acuciada por sus propias metas de exterminio en masa, a fines de 1942 la SS encargó a Ernst Schäfer y su Instituto Sven Hedin para organizar un Sammelkommando Kaukasus, que tendría por misión la de descifrar el rompecabezas racial de la zona a fin de determinar quiénes eran étnicamente judíos y a los que, por lo tanto, se daría muerte. Schäfer no le hizo ascos a la tarea. Diseñó la expedición y propuso un presupuesto base para ella. La derrota de Stalingrado y la subsecuente retirada de las tropas alemanas del frente del Volga y el Cáucaso, sin embargo, hicieron imposible su ejecución.

Un seguro miembro de la expedición frustrada y pupilo predilecto de Schäfer, Bruno Beger, no se dejó arredrar por la cancelación del proyecto y pronto consiguió cómo hacer desde el castillo de Mittersill su aporte a la pureza racial de los arios, un tema que lo había ocupado desde sus tareas de medición de cráneos en el Himalaya.

Esta vez se propuso adelantar un macabro trabajo de investigación con el doctor August Hirt. Para conducirlo, había que escoger primero a 86 prisioneros judíos de campos de concentración. Después de gasearlos, sus cuerpos tendrían que ser sumergidos –como, en efecto, lo fueron- en unos tanques metálicos especiales donde se someterían a unos tratamientos de ácidos que los desollaría y evisceraría de un modo tan perfecto que, como resultado, obtendrían 86 esqueletos níveos y relucientes. Los esqueletos así macerados debían de servir para una investigación a profundidad sobre qué, en la humanidad tangible de un judío, lo distinguía anatómicamente de las otras personas. La investigación no se llevó a efecto por la victoria aliada, pero hubo tiempo para obtener los esqueletos. A pesar del crimen, Beger pasaría indemne los procesos de desnazificación posteriores a la guerra y una detención preventiva como sospechoso en 1960. Sólo en 1970 un tribunal civil alemán en Frankfurt del Meno consiguió juzgarlo y lo condenó a una pena exigua de tres años de libertad condicional.

La desbandada de los ejércitos nazis en la Unión Soviética a mediados de 1943 traía los peores presagios a Mittersill, así como a la jerarquía nazi que en Berlín contaba con información confiable del frente. Gracias a esa información privilegiada, el SS-Reichführer Himmler y el SS-Obergruppenführer (Mayor General) Oswald Pohl (1892-1951), Jefe del Consejo de Administración de la SS, pudieron identificar unos valiosos activos que en su retirada de la Unión Soviética los alemanes bien podían requisar y, con ello, salvar los muebles.

Así, el 1 de junio de 1943, ambos acordaron con Schäfer y el SS-Untersturmführer (subteniente, tal como Vareschi) y botánico (también como Vareschi), Heinz Brücher, montar una operación comando para “rescatar” esos bienes, operación que la revista New Scientist llamó, en su edición de enero de 2008, “La Gran Guerra Relámpago (Blitzkrieg) de las semillas”, y que el equipo de investigación sueco-alemán de  Carl-Gustaf Thornström y Uwe Hossfeld no dudaría en calificar, en 2002, como “el primer caso de biopiratería en la historia”. 

Esta vez el Santo Grial sería un cargamento de semillas o, para decirlo en la jerga científica, kilogramos de germoplasma, esto es, el material genético único de origen vegetal que se conservaba en centros de acopio desde los años 20 cuando fue recolectado en todo el mundo por un grupo de científicos soviéticos, encabezado por Nikolái Vavilov.

El de Nikolai Ivánovich Vavilov es el drama clásico del genio incomprendido y adelantado a su tiempo. Nacido en Moscú en 1887, se graduó como agrónomo en 1912. Pero influido por los hallazgos de Gregorio Mendel en el siglo XIX, y  luego de una pasantía con el inglés William Bateson, se concentró en la nueva ciencia de la genética.  La efervescencia intelectual que la Revolución de Octubre encendió durante los primeros años 20 favoreció a Vavilov, quien entre tanto había prescrito una teoría justamente revolucionaria: a su entender, los grandes cultivos que la humanidad cosechaba para su sustento en realidad procedían de especies silvestres que tuvieron sitios geográficos de origen específicos, a partir de los cuales evolucionaron y viajaron, tanto por procesos naturales como por la intervención del hombre. Vavilov se creía capaz de reconstruir ese trayecto hasta dar con los orígenes. El gobierno de los Soviets lo respaldó, primero, financiando expediciones heroicas a todos los confines del planeta (incluyendo el Ártico y las cumbres andinas de América del Sur) para recabar muestras vegetales, en especial, de granos; se dice que llegó a reunir muestras de 200.000 especies en su banco. Y después, se le concedió en 1924 la dirección del Instituto de Botánica Aplicada y Nuevos Cultivos de la Unión Soviética, en Leningrado (hoy San Petersburgo, Rusia), donde se retendría la colección y se daría inicio a las investigaciones correspondientes.

Las purgas estalinistas, sin embargo, encontraron que la de Vavilov era una “seudociencia burguesa”. En 1940 fue sentenciado a muerte, condena que de inmediato se le conmutó a 20 años de reclusión. Para nada: en 1943 moría, de enfermedad e inanición, en un gulag a orillas del río Volga. Sus ideas, clasificadas en la incorrección política, parecían condenadas al olvido.

Pero no fue así. Lejos de Rusia, los científicos alemanes habían tomado años atrás debida nota de los postulados de Vavilov. Desde junio de 1941, al servicio de las fuerzas de ocupación nazis en la Unión Soviética, esperaban con impaciencia el momento de echar mano a la colección de germoplasma global. Ni el banco principal de semillas en Leningrado, ni las cerca de 200 estaciones subsidiarias que se habían abierto como respaldos en Crimea y Ucrania, fueron trasladadas por los soviéticos al este de los Urales ante el avance de los alemanes, como sí habían hecho con sus industrias y centros de investigación; era una prueba de la escasa importancia que los rusos daban a ese muestrario caído en desgracia.

En plena retirada alemana, en cambio, los jefes de la SS sí le daban valor.

De manera que en junio de 1943, apenas un mes antes de que el Führer Adolfo Hitler en persona ordenara al SS-Obersturmführer (Teniente) Otto Skorzeny (1908-1975) iniciar una operación especial para rescatar al Duce Benito Mussolini (1883-1945) en su cautiverio del Gran Sasso, Italia, Himmler encargaba al director del Instituto Sven Hedin llevar a cabo un Sammelkommando con el que guardaría algunos paralelismos: “secuestrar” las semillas de Vavilov en la Unión Soviética y traerlas a Alemania.

Sobre el terreno, Heinz Brücher quedaría al mando de la operación. Al momento con 27 años de edad, como oficial de la Wehrmacht había participado en las campañas de Polonia, Francia y la Unión Soviética, donde se había ganado la reputación de hombre resuelto y leal camarada. Además, desde 1939 tenía el título de Botánico de la Universidad de Tubinga, donde defendió su tesis a pesar de que mayormente se formó en la Universidad de Jena. Al regresar a esta, en 1941, se incorpora como asistente del profesor Karl Astel en el Instituto para la Investigación de la Herencia Humana y la Política Racial, cuya denominación lo dice casi todo; sólo faltaría agregar que allí Brücher encontró un lugar propicio para sus concepciones sobre la eugenesia –la intervención deliberada para mejorar los rasgos hereditarios humanos- inspiradas en los trabajos previos del biólogo y darwinista social Ernst Häckel (1834-1919).

De vuelta a la ciudad de Jena y al trabajo de oficina, después del frente de batalla, las condiciones también se hicieron las deseables para que Brücher, miembro del partido nazi desde 1934, se apuntara a la SS. Y ya en la organización, con su perfil académico y político, enseguida encauzó su carrera hacia el grupo de investigadores del Instituto Sven Hedin y al Sammelkommando de las semillas de Vavilov, en ambos, bajo las órdenes de Ernst Schäfer.

Pero Brücher no estaba para ser un segundón. Con pronunciado don de mando, le bastó un equipo de otras dos personas y dos vehículos para partir el 16 de junio de 1943, sólo 15 días después de la orden dictada por Himmler, a requisar 18 estaciones genéticas en Ucrania y Crimea, justo detrás de las líneas de las fuerzas alemanas que se replegaban. Nunca tuvo acceso al banco principal de Vavilov, elusivo en medio de la heroica resistencia que la ciudad de Leningrado presentó ante el sitio militar. Pero con lo que se llevó de esos 18 centros, a los que, para mayor facilidad, no hubo que someter a la fuerza, tuvo suficiente para llenar dos maletas grandes de viajero.

Al regresar a Alemania, por su éxito obtuvo un ascenso dentro de la SS y la Cruz de Hierro. Con los agasajos y las distinciones sintió llegada la oportunidad de hacer saber que esa era “su” colección y que, como subalterno, no sería hueso fácil de roer para nadie. Tenía con qué plantarse: en su defensa de tesis en Tubinga, cobró notoriedad al mantener una dura controversia con su propio tutor, Ernst Lehmann. Muchos años después, en 2008, uno de los miembros de la operación de secuestro de las semillas de Vavilov y su único sobreviviente para la fecha, Arnold Steinbrecher, recordaba a Brücher para la revista New Scientist como un hombre “meticuloso y altamente inteligente, pero muy ambicioso, exigente, enérgico y autocrático”.

Con esa ofrenda envenenada, no hubo más contención para que los celos entre Schäfer y Brücher se manifestaran de manera abierta y, para colmo, Brücher debió eludir como mejor pudo la presión de Hans Stubbe, director del Kaiser-Wilhelm-Instituts für Kulturpflanzenforschung (Instituto “Emperador Guillermo” para la Investigación de Cultivos) en Viena, que quería captarlo quizás no tanto por las cualidades de Brücher, sino por la dote que llevaba consigo, la colección Vavilov, para muchos, la palanca con que se podría dominar la agricultura mundial en los años venideros.

En noviembre de 1943, por fin, el SS-Reichsführer Himmler tomó una decisión con espíritu salomónico. Brücher no trabajaría ni para Schäfer ni para Stubbe. Se crearía un nuevo Instituto de la SS para la Genética de Plantas, con Brücher a la cabeza y la colección Vavilov como principal patrimonio. Del mismo modo que el Sven Hedin en Mittersill, el nuevo instituto tendría prisioneras de campos de concentración en el rol de personal de limpieza, y un castillo austríaco como sede, pero esta vez mucho más al este, en Lannach, cerca de las fronteras con Eslovenia y Hungría. Las tierras en torno al castillo venían sirviendo desde antes como campos de prueba para los granos que los científicos del Instituto Sven Hedin lograban.

La estrella de Brücher no perdería brillo a partir de allí. En 1944 fue nombrado Untersturmführer de la Waffen-SS, adscrito al Estado Mayor Personal del SS-Reichsführer Heinrich Himmler en Berlín.

Aunque amarga y tal vez aleccionadora, de seguro Schäfer pudo digerir la defección de Brücher con sus valiosas valijas. De peores situaciones había salido a flote. Pero también era verdad que Brücher no era el único problema que enfrentaba. Según avanzaba 1944, los suministros de todo tipo, no sólo científicos, escaseaban. Los primeros resultados aplicables de los programas de investigación con cereales estarían listos en la primavera de 1945, justo cuando se sellaría el destino final del III Reich con la victoria de los Aliados. Y con la caída del Reich, Schäfer cayó a la vez prisionero de los estadounidenses en Múnich.

Como miembro de la SS y líder científico de un programa especial de la organización, Schäfer quedó a las órdenes del CIC (Counterintelligence Corps) del Ejército norteamericano, para las averiguaciones de rigor. Debía de ser juzgado y condenado por un tribunal de desnazificación. Para ello pasó luego cuatro años en un campo de internamiento que las fuerzas de ocupación estadounidenses crearon en el antiguo cuartel de la Artillería Antiaérea alemana en Ludwigsburg, cerca de Sttutgart, Alemania. El reclusorio estaba pensado para alojar a los procesados de alto rango y criminales de guerra que hubiesen caído en manos del VII Ejército de Estados Unidos. Además de Schäfer, entre los huéspedes más connotados del lugar estuvieron en ese lapso el hijo del Kaiser Gullermo, último Emperador de Alemania, el Príncipe Augusto Guillermo de Prusia (1887-1949, diputado del partido nazi y segundo al mando de las SA); el Conde Lutz Schwerin von Krosigk (1887-1977, ex ministro de Hacienda nazi y Canciller del efímero gobierno de capitulación del almirante Karl von Dönitz); y Walther Darré (1895-1953, ex ministro de Agricultura, Jefe de la Oficina de Raza y Reasentamiento, e ideólogo nazi).

Pero, como ilustra con maestría la película de Stanley Kramer, El juicio de Núremberg (1961), también durante esos cuatro años empezaron a colarse los vientos gélidos de la nueva confrontación Este-Oeste. Antes aliados para doblegar a la Alemania nazi, ahora Estados Unidos y sus socios occidentales se preparaban, por un lado, para medir fuerzas con la Unión Soviética y los satélites que conformarían el Pacto de Varsovia, por el otro, en una suerte de boxeo de sombra global llamada Guerra Fría. En esa guerra de simulacros y escaramuzas a lo largo de la línea del Telón de Acero, por lo general fría o a punto de calentarse, a cualquiera de los bandos en pugna le iba a venir bien el refuerzo de los experimentados técnicos y militares alemanes que, quién lo dudaría, bastante habían tenido que ver con los nazis. De llamarse las cosas por sus nombres, el pueblo alemán tendría que haber sido objeto de una purificación colectiva, tal su compenetración con el nazismo y sus desmesuras; pero, a la vez, a ambos bandos se le hacía impráctica esa purga, no sólo por sus dimensiones, sino porque profundizaría el encono de los lugareños del que parecía destinado a ser el teatro de operaciones principal de la probable IV Guerra Mundial.

Fue cuando a indiciados y testigos les empezó a parecer difícil el hacer memoria ante las cortes. Jueces y fiscales de las naciones victoriosas, tanto civiles como militares, empezaron a hacerse de la vista gorda. Las mismas instalaciones de Ludwigsburg, ocupadas hasta entonces por unos prisioneros de guerra razonablemente bien alimentados, ahora eran demandadas con urgencia para acoger a los refugiados de ascendencia y habla alemanas que en venganza eran expulsados por los nuevos gobiernos comunistas de Polonia, Hungría, Rumania y Checoeslovaquia.

En 1949, Ernst Schäfer salió en libertad con su conciencia en aparente paz y su prontuario blanqueado mediante un Persilschein (Documento Persil), el salvoconducto que las autoridades aliadas de ocupación expedían y que los propios alemanes bautizaron con sorna usando la marca de un popular detergente, Persil, para referirse tanto a las propiedades limpiadoras que el documento tenía en el historial de alguien, como a la facilidad para obtenerlo, como si de un premio dentro de una caja de jabón se tratara.

Schäfer constató de inmediato que la libertad en una Alemania ocupada, dividida entre fuerzas rivales, y que literalmente trataba de levantarse de sus escombros, era parcial. Le resultaba difícil ganarse la vida. Tenía casi un lustro fuera del circuito científico y el mismo hecho de salir de prisión, a pesar de la dispensa obtenida, generaba suspicacias a su alrededor y le convertía en un recordatorio insoportablemente bullicioso de algo que todos querían olvidar. Quizás ni siquiera había una empresa que requiriese sus servicios, tan especializados, ni algún colega dispuesto a emprender a su lado. Como escribe el entomólogo venezolano Jorge González, de la Universidad Texas A&M, casi por prodigio Schäfer fue capaz de “ganar algún dinero dando conferencias sobre sus investigaciones y expediciones” (10). Pero era la comida del día para él y su familia. El futuro pintaba poco prometedor.

La tabla de salvación vendría en forma de una carta de un viejo amigo, Bernhard von Steinberg. Era un alemán, dueño de un hospedaje en Boconó, estado Trujillo, en los Andes de la lejana y misteriosa Venezuela, pero también allegado a dos científicos locales, William Phelps (1902-1988) y Tobías Lasser (1911-2006). Mediante la correspondencia, von Steinberg avisaba a Schäfer que los científicos buscaban a un naturalista que quisiera trabajar en un proyecto en Venezuela, específicamente, al servicio de Lasser. ¿No le interesaría tomar esa oferta?