8 de septiembre de 2012
Encrucijada nazi en Venezuela (III)
(17)
THORSTRÖM,
Carl Gustaf: Utbyta biodiversitet: SS-botanikerna under Barbarossa-offensiven
1941-43 -absurd anekdot eller dagsaktuell allegori? En http://blogg.slu.se/forskarbloggen/?p=133
(18)
PACHECO, Pablo Antonio: La ‘Ahnenerbe’ y las
actividades de Enrique Brücher en el Departamento de Investigaciones
Científicas (1954-1957), en .pdf
(19)
PACHECO, Pablo Antonio: Op. Cit., p. 4
(20)
GADE, David: “Converging
Etnobiology and Ethnobiography: Cultivated Plants, Heinz Brücher, and Nazi
Ideology” en Journal of Ethnobiology,
Vol 26-1, Spring/Summer 2006, p. 84.
24 de diciembre de 2011
¿Quién le teme a Mister Danger?

N. de R.: Este es el primer texto que escribo especialmente para el blog y que no forma parte de una publicación anterior. Resulta que George W. Bush ha vuelto a dar la cara para impulsar las ventas de sus memorias o el lanzamiento de su biblioteca presidencial, y la ocasión se me hace propicia para reconstruir en la memoria y el teclado un encuentro que sostuve con él, junto con otros colegas extranjeros, en la Casa Blanca, hace casi cinco años. En su momento me abstuve de escribir sobre la cita porque no estaba seguro de si así estaría sirviendo por mampuesto a agendas ajenas, más poderosas y abarcadoras que mi propio panorama de testimoniante. Algunos de sus pasajes entonces pudieron constituir primicias periodísticas, tanto como causales para que, en medio de la polarizada política venezolana, se abriera una investigación penal. Pero ahora que el mismo ex presidente Bush se proclama fuera de la política, que Rodríguez Zapatero y Lula Da Silva ya no están en el poder, y que Obama finalmente ha conseguido encarnar el tan ansiado adversario imperial para Chávez, creo que los aspectos más cortantes del relato por fin podrán haber perdido algo de filo.
************
Así que, helo aquí, al Presidente de Estados Unidos de América, George Walker Bush.
Es un poco más alto que yo (aunque más bajo que como lo imaginaba) y se mantiene risueño mientras nos recibe uno a uno con la mano extendida, a las puertas del Salón Oval.
Con la primera impresión no consigo saber si es su estatura cercana o su sonrisa franca -todo lo profesionalmente franca que, supongo, puede parecer después de años de práctica- aquello inesperado que desarma mis prejuicios. Desde ese instante me obligo a recordar que es el mismo político que consintió las cárceles clandestinas donde se aplicaba el tormento del Submarino, que es el amo y señor del botón rojo y que no escasean las buenas conciencias que lo quisieran ver en el banquillo de un tribunal internacional.
Pero al mismo tiempo percibo algo que de ningún modo se corresponde con la caricatura del primogénito atorrante, torpe, dado por igual a la juerga que a la boutade, que en el filme W de Oliver Stone sólo busca compensar su complejo paterno para mostrar al Viejo Bush que sí da la talla en la misión de hacer Historia.
Tal vez sea una persona equivocada, tal vez ruin, tal vez chata y simplona. En la próxima hora y fracción que pasaremos con él no tendré oportunidad para comprobarlo o refutarlo. De lo que sí quedaré convencido es de que es un líder por sí mismo.
Era septiembre de 2007. Yo había llegado a Washington DC con el único propósito de recibir el Democracy Award que ese año fue otorgado al Instituto Prensa y Sociedad de Venezuela (Ipys Venezuela), que dirijo, así como a los periodistas Hisham Kaseem, de Egipto; Kavi Chongkittavorn, tailandés, Presidente de la Asociación de Prensa del Sureste Asiático; y a la mártir del periodismo ruso, Anna Politkovskaya, quien había sido asesinada por pistoleros a sueldo menos de un año antes en Moscú.
A la postre recibiríamos el galardón en un salón del Congreso de Estados Unidos, tal como el protocolo señalaba. Pero persistía cierta duda sobre si el entonces presidente Bush tendría oportunidad de ofrecer a los ganadores una audiencia, no del todo prevista en el programa, aunque por tradición establecida como una usanza de cortesía. Las exigencias de seguridad y la agenda presidencial mantenían en vilo las expectativas; y fue con menos de 24 horas de antelación que finalmente supimos que, en efecto, Bush esperaría por nosotros a la mañana siguiente.
Asistimos los receptores del premio. A nombre de Politkovskaya, estuvo presente la colega Elena Milishina, quien en el semanario Novaya Gazeta de Moscú había heredado de la difunta reportera la deletérea cobertura del conflicto en Chechenia. A mí me acompañó mi pareja de entonces.
Antes de que se nos diera paso a la Casa Blanca, bromeábamos sobre la etiqueta a seguir. Me pareció que, para todos, era el primer encuentro con un presidente de Estados Unidos de América, el hombre al que una fórmula simplista pero ampliamente aceptada concede el título del más poderoso del mundo. Desconocíamos –aunque a unos nos preocupaba más ese desconocimiento que a otros- si estábamos apropiadamente vestidos o si debíamos haber preparado unas palabras.
Enseguida la chanza dejó su lugar a un cierto asombro. La Casa Blanca y su entorno destacan por su sencillez. A mi juicio y por lo que recuerdo, no hay nada imponente ni en la arquitectura ni en los símbolos. Tal vez no haga falta ninguna pompa porque ya el sitio, en sí mismo, es el símbolo que se hace venerar.
El asombro vino cuando comprobamos que el acceso a ese recinto de poder planetario es (o era entonces) casi tan sencillo como la adustez de la construcción. En el primer puesto de control un solitario infante de Marina comprueba las identidades y llama para avisar la llegada de los visitantes. Una vez autorizado el acceso, no habrá más chequeos. Un corto sendero por un jardín conduce hasta el vestíbulo. Allí nos topamos con un par de funcionarios de la sede, una secretaria (o secretario) en un escritorio y otro Infante de Marina que hace guardia con una pose más estatuaria que amenazante. Se pasa luego a un saloncito circular, desprovisto de mobiliario. Si su geometría inusual no bastara para advertir que se está en la antesala del famoso Salón Oval, un grupo de pendones, registro de decenas de campañas militares contra enemigos exteriores e interiores –abundan las referencias a naciones amerindias puestas en derrota-, deja saber al menos que se está cerca de la historia.
Se abre una puerta y Bush sale a nuestro encuentro. Tras hacernos pasar, vamos quedando alineados en formación cerrada, hombro con hombro. Estamos en la Oficina Oval. De tan vista, pasaría por un set televisivo. Pero no es utilería. A nuestras espaldas queda el escritorio del presidente, original del primer Roosevelt, Theodore. Es Bush quien pasa revista al abolengo del mueble. Luego señala, justo en la pared de enfrente, un pequeño retrato de George Washington, el padre de la patria y primer presidente, aunque Bush prefiera un chiste para identificar al personaje: “El primer George W.”.
En persona, Bush hace gala de un cierto donaire y hasta, sí, de un carisma que desdicen de la grisura que el lugar común le impone. Y es que, como caí de inmediato en cuenta, algo más que suerte, contactos, dinero y un apellido debe hacer falta para ganar cuatro campañas electorales –contando sus candidaturas para la Gobernación de Texas y para convertirse en el cuadragésimotercer presidente de la Unión. En la vida real, el Chance Gardener de Jerzy Kosinski –nuestro criollo Diente Roto- no sobreviviría a los caucus de arranque.
Pasa por una persona en verdad encantadora y su presencia llena la sala. También es cierto que la ocasión se le presta para el buen humor. Se nos informó de antemano acerca del gran entusiasmo que en Bush despiertan los que él llama Freedom fighters, sobre todo los disidentes en desventaja contra regímenes opresivos, y por su modo de brillar es posible que en ese instante nos estuviera tomando por tales.
Se propuso dialogar con cada uno de nosotros, muy en breve, sobre situaciones de nuestros respectivos países. Pero en los siguientes minutos su conversación se decantó, en definitiva, por Venezuela. Razones tendría, explicó, para salirse del guión: Venezuela se le hacía cercana porque su padre, el ex presidente Bush, con frecuencia iba allá a pescar. También su hermano Jeb vivió en Venezuela. Por último, el tema le brindaba la oportunidad de usar algunas de las palabras en español que ya de niño aprendió en su natal Texas.
Días después de la reunión, el influyente columnista de The Washington Post, Jackson Diehl, citaría al colega egipcio Kaseem en tono de reproche: “Egipto era la menor de las prioridades” de Bush, se quejaba en su declaración el eminente editor de El Cairo tras asistir al encuentro. Según Kaseem, al hablar con mayor interés sobre “Birmania, Venezuela y Rusia”, el presidente de Estados Unidos puso en evidencia qué tan en segunda fila se marchitaba el interés por Egipto en la agenda exterior estadounidense (y eso sin que entonces se pudiera imaginar que ya estaba en ciernes la revuelta que cuatro años más tarde iba a derrocar a Hosni Mubarak).
Vale expresarlo al revés: si el tiempo dedicado por el presidente en su conversación indicaba algo sobre el orden de prioridades en los asuntos externos de Washington, no habría duda de que Venezuela estaba en el tope. Sea como fuera, Bush no sólo habló profusamente, "loud and clear", sobre lo que, a su entender, ocurría en Caracas; también lo hizo sin pelos en la lengua.
Se mostró desilusionado por la falta de compromiso de la comunidad internacional en el monitoreo de la situación en Venezuela. En especial se quejó del presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y aseguró que en la tarea mancomunada, necesaria pero retardada, de contener a Chávez, tampoco se podía confiar en el presidente Kirchner de Argentina. Relató que el día anterior había recibido en esa misma oficina donde ahora conversábamos al Primer Ministro de Portugal, José Socrates, por esas fechas a cargo de la presidencia rotativa de la Unión Europea. Bush, conocedor de la existencia de una amplia colonia lusa en Venezuela, preguntó a Sócrates sobre su política hacia Chávez. Según contó con algo de sorna y desilusión, no recibió respuesta.
Tenía, en cambio, otra cosa que decir sobre Luiz Inacio Lula Da Silva, presidente para entonces de Brasil. A Bush le parecía que “Lula sí está consciente de lo que pasa en Venezuela”. Aún más: que superadas ya las exigencias de la reelección para un segundo término del ex dirigente sindical y, por lo tanto, dejando también atrás la necesidad de complacer, o al menos de no contrariar, al ala izquierda del oficialista Partido de los Trabajadores (PT), Lula por fin tenía las manos libres para ayudar a Estados Unidos a lidiar con Chávez. Recordó que cuando el presidente Evo Morales nacionalizó la industria petrolera en Bolivia, afectando así enormes activos de Petrobras, había llamado por teléfono a Lula para decirle: “¿Ves lo que te dije?”. Lula, de acuerdo con Bush, estaba muy enojado y culpaba a Chávez de lo ocurrido.
Vino el momento de las fotografías oficiales en el despacho. Mientras nos disponíamos a posar según las indicaciones de la fotógrafa residente, algún elemento de la composición debió ocasionar un chispazo de déjá vu en Bush quien, sin más, se excusó de antemano si esa imagen oficial, al ser distribuida, nos causaba algún problema en Venezuela. Recordaba el caso de María Corina Machado, la hoy diputada electa a la Asamblea Nacional por el estado Miranda, precandidata presidencial y, para el momento de nuestra visita (como en el de su propia visita), cara pública de la ONG Súmate. En 2005, Machado estuvo también en la Oficina Oval y una foto de ese encuentro, en la que la venezolana daba la mano a mister Danger -el seudónimo de inspiración galleguiana que Chávez le endilgó para nombrarlo- en señal de amistad y tal vez hasta de compromiso, apareció en las primeras planas de los diarios nacionales, con lo que se hizo acreedora no sólo de las invectivas más que esperadas de los voceros oficialistas, sino de dardos inclementes de columnistas de oposición.
Bush no tuvo problemas en confesarse ingenuo, pues, según dijo, pensó que con esa instantánea junto a Machado, indirectamente había expedido una cobertura de protección a la opositora venezolana. Pero que enseguida supo que la había perjudicado, ¡y cuánto! También había comprendido que cada vez que se refería al comandante Chávez no hacía más que inflar la popularidad y resonancia del presidente venezolano, y que, por lo tanto, para tranquilidad de sus asesores del Departamento de Estado, ya se sentía comprometido con la disciplina necesaria para dejar de mencionarlo.
Sin embargo con tantas cortapisas, estos encuentros privados con freedom fighters como nosotros, dijo, se le habían convertido en un gozo especial, pues constituían la única manera que le quedaba para decirle “esto” a Chávez.
El “esto” del presidente Bush sólo pudo expresarlo con un gesto impropio ya no de su investidura, sino de la cultura popular norteamericana.
Con una breve pausa, sin duda deliberada, buscó poner el acento sobre el “esto” que…
…para sorpresa y tal vez desazón de sus funcionarios…
…para obvia sorpresa de nosotros, visitantes, periodistas, que quizás nunca quisimos creer que la Historia que escriben los hombres de poder pudiera contener renglones así de ramplones…
… resultó ser un europeizado corte de mangas.
Atónitos, cruzábamos nuestras miradas. ¿Era algo que Bush quería adrede que registráramos y difundiéramos luego? ¿O un exceso imprevisto de entusiasmo le llevó a la imprudencia? En cualquiera de esos casos, ¿por qué le pareció “esto” algo más comunicable, convincente, ingenioso, universal, que la muy americana tosquedad del dedo medio?
No era, pues, momento de urbanidades. Bush había instalado una atmósfera apremiante de confianza. Así que tras su travesura, me atreví a comentarle que en todo lo que le parecía preocupar sobre la situación venezolana residía una ironía perturbadora: la revolución del presidente Chávez se financiaba con la gasolina que los ciudadanos norteamericanos, sus conciudadanos, pagaban día a día para echar a andar sus vehículos.
Bush entendió que tal vez en mi frase yacía, sin pronunciarse, una sugerencia para el boycott petrolero. Por lo tanto respondió en ese sentido: Estados Unidos no podía prescindir de los suministros petroleros venezolanos, aseguró. Aunque sólo representaran –dijo- alrededor de ocho por ciento del consumo estadounidense de petróleo, si esa fracción salía del mercado los precios del crudo se dispararían y la economía de Occidente colapsaría. Que, por lo demás, su gobierno no estaba dispuesto a hacer ninguna acción directa con respecto no sólo a Venezuela, sino a Cuba, pues pudieran malinterpretarse y generar peores consecuencias. Que, personalmente, él había decidido esperar a ver cómo las, a su juicio, erradas políticas económicas del gobierno venezolano lo llevarían al desastre. Y que en ese intervalo, para atender las situaciones (interconectadas, a su parecer) de Cuba y Venezuela, confiaba en iniciativas de personalidades europeas, sobre todo, de líderes de Europa Oriental, que habían sufrido la experiencia comunista y por ello estaban comprometidas con las causas de la democracia, la libertad y los derechos humanos en cualquier parte del mundo.
Ya se iba a cumplir una hora de un encuentro que debió durar, según agenda, 20 minutos. La prolongación corría por cuenta del entusiasmo del texano. Noté que los funcionarios subalternos que nos acompañaban se veían encantados con el renovado ánimo de su presidente, y como que tampoco querían que la cita concluyera.
Todavía faltaba, como nos ofreció, que nos llevara a conocer el legendario jardín de rosas de la Casa Blanca. Allí nos tomamos otras instantáneas. Pero, cercano a la despedida, a sabiendas tal vez de que empezaba a transitar el último año de sus dos administraciones presidenciales y de que más allá lo esperaba el juicio de la Historia, del que nadie podía garantizarle absolución, adoptó el tono grave de un pastor presbiteriano: “Sé que vamos a ganar en Irak”, nos aseguró, y cifró esa certeza en su fe, equiparable a la de sus compatriotas: “¿Saben que este es un país donde todos los días hay personas comunes y corrientes que rezan por Estados Unidos y por su Presidente? Esta es una nación de oración. Y yo me siento muy orgulloso de estar al frente de una nación como esta”.
Aunque a estas fechas no he leído su libro, consagrado según su publicidad a describir las circunstancias en las que tomó las más trascendentes decisiones de su gestión –Decision Points es, por eso, su título-, tengo la impresión de que su corte de mangas para un Hugo Chávez in absentia no formará parte de esos momentos decisivos. De seguro que ni siquiera estuvo en ese tipo de procesos, más o menos racionales, pero sopesados, que concluyen con esas firmes determinaciones que solemos llamar “decisiones”. Aunque tal vez reserve ese relato para otro volumen donde liste los raptos de ira de su presidencia: Rage Points, un título probable.
12 de diciembre de 2010
El hombre del perfil

N. de R.: Esta semana –con más precisión, el pasado lunes 5 de diciembre- Caracas presenció una apoteosis de Jon Lee Anderson, quien vino a dar un par de conferencias en menos de 24 horas. La primera vez que llegó a la ciudad, en 2001, no era todavía la celebridad periodística que es hoy y, aunque ya contaba con varios títulos editoriales de gran calado en su bibliografía y era el designado oficial de The New Yorker para crónicas y perfiles de personajes internacionales, le faltaba cartel aún para pasar por gurú. Mejor para él: había venido al país para trazar el perfil de Hugo Chávez y necesitaba para sí mismo, justamente, un bajo perfil que no lo iluminara o apenas lo hiciera. Estaba por irse de Venezuela cuando supe de su presencia por un pitazo de Sergio Dahbar, quien me pidió entrevistarlo para la revista Primicia. Anderson accedió a conversar siempre que no habláramos sobre su trabajo sobre Chávez, que apenas terminaba de reportear y que a la larga aparecería no sólo en The New Yorker sino en su antología “El dictador, los demonios y otras crónicas” (publicada en castellano por Anagrama). La restricción se cumplió a medias, por pura generosidad de Anderson en el diálogo (duró cerca de tres horas) que tuvo lugar en el Bar del Hotel Tamanaco, donde se alojaba. Para la fecha no habían ocurrido ni el golpe de opereta de abril en Venezuela, ni los ataques del 11-9 en Estados Unidos, así que habría que reconocer en el periodista norteamericano una cierta capacidad premonitoria con sus menciones a la caja de Pandora del putsch, o al Talibán.
“ESCRIBO PORQUE NO SÉ HACER OTRA COSA”
El escritor norteamericano Jon Lee Anderson ha cumplido un amplio ciclo de conversaciones con el mandatario y ha recorrido buena parte del país para el trabajo que prepara a solicitud de The New Yorker. Justifica el interés de la revista porque Venezuela cuenta en el esquema de las cosas a nivel global y su entrevistado "es el protagonista de estos cambios". De sus andanzas venezolanas concluye en que "el aire está tan cargado que no me sorprende que no haya ocurrido nada" y advierte sobre un golpe como solución: "cuando uno abre esa caja de pandora nadie sabe lo que puede pasar"
Si usted, lector, fue uno entre los escasos millares de resistentes -o sediciosos, según sea la perspectiva- que el 31 de marzo pasado se reunieron en la Plaza Brión de Chacaíto para aborrecer, en ceremonia colectiva de la individualista clase media, la supuesta cubanización del sistema educativo venezolano, quizás llegó a sentirse bajo el escrutinio de un espigado hombre que también se ha ocupado de examinar a gentes como Augusto Pinochet, Saddam Hussein o Charles Taylor, el lúgubre Señor de la Guerra liberiano. El hombre, para más señas, porta una mirada penetrante, sí, pero diáfana, tanto como el castellano que adquirió a lo largo de decenas de correrías periodísticas en América Latina y España -donde reside-.
Cualquiera, incluso usted, juzgaría como un honor haber merecido la atención de ese hombre, firma emblemática del mensual The New Yorker y biógrafo del Che Guevara. Pero, sépalo de una vez, usted no le causó buena impresión.
"Es que esa protesta me resultó demasiado pueril", larga Jon Lee Anderson con una sonrisa que hace juego con la relajada atmósfera del bar del Hotel Tamanaco donde se realiza la entrevista. "Me hizo recordar la época de la Cruzada Cívica contra Noriega en Panamá, ¿sabes? Era como un festín de gente bien que salía para gritar contra Noriega en la hora del almuerzo. ¡Imagínate que en Chacaíto se agruparon frente a un McDonald's en donde aparecían los arcos dorados o una hamburguesa gigante, no recuerdo bien, dando vueltas! Yo salí con la convicción de que ellos ni siquiera se dieron cuenta de cómo lucieron. Nosotros, en la clase media -y yo me incluyo en ella- siempre pensamos que somos los que decidimos, que somos los que tenemos que ser incluidos en la ecuación política y que, aún más, la suerte de los condenados de la tierra, de los miserables, depende de nuestra conciencia social. Pero aquí, en este país, la clase media es una ínfima minoría. La mayoría es, en una democracia, la que lleva la batuta y, en el caso de Venezuela, la gente de la clase media quizás ni se ha dado cuenta de que la mayoría es la gente pobre, la gente de los cerros. Esa manifestación fue un ejemplo más de la gente que se opone a un proceso predicándose a sí misma".
Que no se vaya a creer, en cualquier caso, que Anderson paseó su perspicacia solamente por Chacaíto. Estuvo en Barinas, en la frontera tachirense con Colombia, en los cerros de la parroquia caraqueña de La Vega y hasta en los fastos oficiales con que fue recibido el presidente chino Jiang Zemin, todo como parte del intenso reporteo de seis semanas en Venezuela que necesitó para preparar un perfil del presidente Hugo Chávez Frías. La nota debe ser publicada en The New Yorker a fines de junio, pero la aparente holgura del cronograma le dice poco al ya legendario periodista, a quien aguardaban hasta tres semanas de escritura, y otras dos de corrección, antes de entregar el texto a la revista. "Todo el proceso me habrá ocupado tres meses", acaba de sumar, quizás un lapso nada excesivo para tratarse de un periodista con reputación de meticulosidad y puntillismo.
Con cierta reserva accede a hablar para Primicia. Primero, aclara, no quiere adelantar impresiones sobre Chávez; y es que, a pesar de haber sostenido hasta tres conversaciones con el Presidente, no creía conocerlo lo suficiente como para afirmar algo contundente. Además, todavía estaba recopilando información que solamente a la vera de su escritorio, en Málaga, podría organizar para fundar conclusiones. Su comedimiento, al final, obedece también a la lealtad con su medio. "Yo soy staff de The New Yorker. Por contrato hago cinco piezas al año para ellos, que suelen ser perfiles políticos o crónicas largas que, a su vez, son perfiles de un proceso político en algún país. Mi contrato dice que no puedo hablar sobre los trabajos que estoy haciendo", advierte, para enseguida conceder que "aquí, al hablar contigo, me estoy tomando cierta libertad y queda a mi juicio hacerlo. Pero debo respetar mi contrato".
Amén de lealtad, en su trabajo Anderson hace gala de un arrojo revestido de perseverancia que, junto a un acendrado sentido de la objetividad, le han reportado memorables scoops e inquinas nada escasas. En Cuba -donde vivió tres años mientras reconstruía, mediante testimonios de primera mano y documentos inéditos, la transfiguración de Ernesto Guevara en el Che- y en medio del frenesí propagandístico por la repatriación del niño Elián González, supo arrancarle a un siquiatra local un diagnóstico de Fidel Castro: "Síndrome psicopático caracterizado por un fuerte narcisismo y tendencias paranoides". Aún antes, en Londres, se topó con el general Augusto Pinochet para completar un reportaje sobre el tirano en retiro: apenas tres días después de que circulara la edición de The New Yorker con la nota de Anderson, el juez español Baltasar Garzón libraba la orden para apresar al dictador chileno. "Claro, los militares chilenos pensaron inmediatamente que yo era el causante. Garzón dice que supo de la presencia de Pinochet un día después de que salió el reportaje... No sé. Yo creo que él ya sabía que estaba allí. En todo caso, lo que sí creo es que la publicación de su foto en Londres hizo más pesado, más shocking, el hecho de que él estuviera así, libre. Pero fue una coincidencia, de esas extraordinarias".
Ahora le ha correspondido revelar en un mínimo de 10.000 palabras los arcanos de la Revolución Bolivariana y de su máximo líder, Hugo Chávez. "Yo estuve muy feliz de que los editores convinieran conmigo en que era la ocasión para hacer un perfil del presidente Chávez", celebra la encomienda. "Ya ha estado dos años en el poder y el proceso político en Venezuela ha tenido una etapa de maduración; ya no es como ponerlo bajo la lupa en los primeros tres meses". Encuentra Anderson que la elección del tema enseña "que la gente afuera ha tomado conciencia de que Venezuela cuenta en el esquema de las cosas a nivel global y que el presidente Chávez es el protagonista de estos cambios".
- ¿No será, en todo caso, muestra de que los medios de Estados Unidos y del Primer Mundo se siguen interesando en América Latina sólo por sus personajes exóticos, pintorescos?
- En mi caso no estoy buscando lo pintoresco. Además, yo vivo en España y viajo mucho por el mundo, por lo que vengo a ser un periodista norteamericano muy sui generis. Yo no me siento contaminado por lo que pudieran ser las ataduras culturales de percepción para un norteamericano. Pero, sin duda, cualquiera que haya seguido al presidente Chávez se da cuenta de que es un hombre colorido, que rompe moldes, simpaticón, muy mediático.
- Pero, cuando le vendes a The New Yorker el tema del presidente Chávez, la revista habrá sido más sensible ante ciertos argumentos que ante otros. ¿No revelaría eso cuáles son los preconceptos dominantes?
- Diría que hay dos figuras del Hemisferio Occidental que son de interés en la actualidad: uno que siempre ha sido de relevancia para la prensa mundial, que es Fidel Castro, ya veterano; y el nuevo personaje que ha surgido es Hugo Chávez. Por supuesto, frente a él hay un arcoiris de reacciones. Pero eso lo hace más interesante, desde el punto de vista periodístico. Desde el punto de vista editorial, creo que el hecho de que se haya encargado un perfil del presidente Chávez es una demostración de su importancia. El perfil es un género que se publica, quizás, sólo una decena de veces al año entre los cincuenta números de The New Yorker. Y en cada número que aparecen, los perfiles tienden a ser el artículo de cabecera y a tener mucha resonancia.
Las cosas pueden ponerse mucho más agrias
Las viñetas de protesta light en Chacaíto, que sin duda habrán de adornar su próximo reportaje, al parecer desmerecen tamaña expectativa. A su paso por Venezuela, dice Anderson, encontró una banalidad que abisma y que parece no guardar proporción con el acertijo que representa Chávez. ¿Un fenómeno telúrico que sobrepasa su propio marco de origen? Quizás, solamente quizás. Pero entre tanto, y hasta que la historia o su sucedáneo inmediato, la sociedad mediática, emita un veredicto al respecto, la mera sospecha sirve de excusa para arrear unas cuantas verdades de observador -que no de editorialista, pues Anderson no lo pretende ser- contra el establishment venezolano... Si tal cosa existe. "Me ha sorprendido la pobreza de ideas en la atmósfera política venezolana. Me he llevado una imagen bastante mala. Si se trata de la oposición, me parece que está con ideas fijas de cómo es el presidente Chávez, y no va a salir de ahí. En muchos casos, pareciera que esas percepciones son de origen casi clasista y, en algunos casos, diría que hasta racista. Uno no encuentra mucho fondo; hay muchos chismes y hasta los mismos periódicos, supuestamente de calidad, los publican".
- Siendo experto en la cobertura de conflictos violentos, ¿no te sorprende descubrir una revolución tan relajada como ésta, la Bolivariana?
- No lo creo. Me parece que he encontrado una sociedad muy polarizada. Es más: creo que es hasta preocupante la falta de diálogo entre diferentes sectores de la sociedad. Encuentro que hay una clase media y una clase empresarial muy antagónicas con el gobierno, y eso, por lo que se siente, por lo que uno huele, y por mi experiencia anterior en otros sitios, me hace pensar que, si no hay una mejora en este sentido, las cosas pueden ponerse mucho más agrias. Aquí he conversado con ex militares que hablan de golpe en forma abierta. Esto es algo que en cualquier otro sitio te parecería muy irresponsable o, al menos, temerario. He tenido un sinfín de conversaciones con gente que realmente detesta al presidente Chávez, así como he tenido muchas conversaciones con gente que lo venera. Y es preocupante cuando no hay un campo intermedio; eso no augura nada bueno para la sociedad venezolana. Diría que el aire está tan cargado que me sorprende que no haya ocurrido nada. Y quizás esto sea un reflejo de lo positivo de Venezuela. Los venezolanos parecen tener un resorte en su idiosincrasia que hace que al final nadie llegue al muro de contención aunque, claro, leyendo la historia contemporánea de Venezuela sé que por alguna parte de todo esto hay un muro de contención, porque ha ocurrido antes: hubo un caracazo, varios intentos de golpe de Estado...
-De esta situación que has visto durante las últimas semanas en Venezuela y de su posible evolución, ¿qué parangón crees que se ajuste más al proceso político de Chávez: el Panamá de Torrijos, el Perú de Velasco Alvarado, la Argentina de Perón o la Indonesia de Sukarno?
- Bueno, si la analogía es con Indonesia, sería terrorífico. Allí los militares desencadenaron un baño de sangre en el país. Sé lo que digo porque mi familia llegó a vivir a Indonesia justo después del golpe. Se dice que mataron a 300.000 personas, sobre todo chinos étnicos y militantes del Partido Comunista que, supuestamente, estaban coaligados con Sukarno. Por eso es un poco preocupante cuando uno oye a gente hablando en Venezuela sobre un golpe como solución, porque cuando uno abre esa caja de pandora nadie sabe lo que puede pasar. También hay semejanzas con procesos anteriores, como en Panamá y en Perú, donde un sector de las Fuerzas Armadas tomó la iniciativa ante un clima de asqueo con procesos ya caducos o faltos de credibilidad. En buena parte de América Latina la democracia se ha ganado una connotación de corrupción y de agudización de la pobreza. Ante eso, lógicamente, la gente intenta conseguir una solución drástica. Por eso se entiende lo que ha pasado en Venezuela. Hay otro ejemplo que tú no me mencionaste, pero que me ha venido a la cabeza desde que llegué a Venezuela, y es el Chile de Allende. Allí un presidente socialista, elegido por una minoría, cierto, pero elegido popularmente, comienza a hacer una serie de reformas que para la clase media y los militares fueron muy radicales. Y todo sabemos lo que vino después.
Poder puro
Justo sería precisar que las abyecciones del poder no constituyen el único tópico en la mira periodística de Jon Lee Anderson. Gabriel García Márquez y el rey Juan Carlos de Borbón, por ejemplo, también figuraron entre sus más relevantes retratos en prosa. Pero la repetida aparición de rebeldes, caudillos y jerarcas del Tercer Mundo en su particular galería sugiere un acusado interés por esta clase de líderes, cuando no simple fascinación. "Yo estoy interesado en el ejercicio del poder, en general", acomoda una definición. "Las figuras que me interesan y que he investigado tienden a ser hombres que han llegado al poder por las armas. De todos, posiblemente Saddam Hussein sea el que tiene un poder más cercano al absoluto; pero no iría tan lejos como decir que tienen el poder absoluto. Ninguno de los sistemas que yo he visto es monolítico. Yo creo que, aparte de llegar al poder por las armas, y por cierto que el presidente Chávez sale de ese cuadro porque finalmente llegó al poder por el voto popular, son hombres que han instaurado regímenes políticos que ellos perciben como revolucionarios. Como procesos dinámicos que buscan transformar radicalmente sus sociedades. Y eso también es interesante para mí. Yo no he llegado a una conclusión global acerca de ellos, y no los pondría a todos en una misma canasta, pero confieso que me interesan más estos hombres que los De La Rúa o los Fox o los Tony Blair".
Si bien nunca le hizo ascos a la vivisección de los regímenes de hombres fuertes, habrá que admitir que, al ocuparse de ellos, Anderson le da una continuidad algo más refinada a una vocación que se expresó por primera vez a comienzos de los años 80 cuando, siendo corresponsal de guerra en Centroamérica, su hermano Scott, también periodista y escritor, le propuso escribir al alimón un libro sobre la ultraderecha: Inside the League: The shocking expose of how terrorists, nazis, and latin american death squads have infiltrated the World Anti-Communist League. Un título por demás descriptivo, que nada ahorra a sus potenciales lectores. "Es que en Centroamérica me hice especialista en dos géneros humanos: los Contras y los Escuadrones de la Muerte", refiere.
Urgidos por la síntesis periodística, podría afirmarse a grandes trancos que la vida y desarrollo profesional de Jon Lee Anderson se organizan en torno a otros tres libros de su autoría: el primero, War Zones, escrito también con su hermano, es la crónica de cinco puntos calientes del globo: El Salvador, Irlanda del Norte, Palestina, Uganda y Sri Lanka; luego debió convivir con rebeldes de Afganistán, la Franja de Gaza, el Sahara Occidental, Birmania y, otra vez, El Salvador, para redactar Guerrillas: The inside stories of the world's revolutionaries; y, finalmente, con Che: a revolutionary life (publicado por Emecé Editores en castellano, ver recuadro) obtuvo, tras cinco años de trabajo, el reconocimiento internacional que su consagración a un mismo tema, el de la insurgencia armada, le debía. "Fue un poco para mí la búsqueda del por qué de esos individuos que toman esa acción en su vida y cambian la historia. Yo me fasciné con esas personas que cruzan ese umbral, porque al hacerse guerrillero hay que tomar una decisión fundamental, seas afgano, birmano, salvadoreño o colombiano; hay un momento en que tú dices: 'Voy a matar y estoy dispuesto a morir por este ideal'. Mi fin fue entenderlos, comprenderlos, para poder explicar un fenómeno que ya se hizo global. Entonces hice un libro sobre guerrillas. De eso, fui llevado a buscar la síntesis del ser guerrillero, a través de mi investigación en la vida del Che Guevara. Y eso como que cerró una etapa en mi vida. Desde entonces, hace cuatro años, me encuentro haciendo para The New Yorker perfiles de figuras que me interesan. Porque llegó un momento en el que me di cuenta de que la necesidad de seguir viendo una guerra, y otra, y otra, en realidad era una búsqueda de sentir que había experimentado todo lo que se puede experimentar. Y la última vez fue en Bosnia, justo antes de comenzar el libro del Che. Allí estuve dos meses, y me di cuenta de que no estaba aprendiendo de esa experiencia. Yo salí de Bosnia perplejo, con la única certeza de que el plomo es el plomo, no importa si es pequeño o grande, o cómo te lo tiran, es la misma cosa, y tú puedes sentir miedo así o asá, o verlo reflejado en cualquier rostro, y es el mismo terror, la misma turbación del espíritu. Y se me fue la pasión. El Che fue, digámoslo así, la primera ocasión en la que pude ganarme la vida sin que me tiraran balas. Fue la primera vez que pude llevar a mi familia a un sitio de trabajo".
La aparición del tema familiar en la charla no es gratuita. De hecho, es un issue fundamental para entender, desde cierta perspectiva, los impulsos de su carrera y buena parte de su cosmopolitismo. "Somos cinco hermanos, incluyendo dos hermanas, una china y otra costarricense", intenta con gracejo una explicación, "tengo una madrastra coreana, mi mujer es inglesa y mis hijos son como cubano-andaluces". Hijo de un diplomático de la administración Kennedy y de una escritora de libros infantiles, comenzó la trashumancia a temprana edad: a los 18 años ya había tenido ocho países, distintos a los Estados Unidos, como residencia. Finalmente encontraría arraigo en el gusto por la aventura y la pasión por el Tercer Mundo.
- ¿Nunca te has sentido intimidado frente a entrevistados como Charles Taylor o Augusto Pinochet, hombres que han decidido la vida o muerte de personas o de pueblos enteros?
- Desde el momento en que llegué a Liberia hasta el momento en que salí, fue como cuando uno entra en una prisión y camina por todos los pabellones sin guardias: tú tienes que sentir miedo. Pero lo controlas. Ese era un reino de terror. Lo más asqueroso que yo he visto jamás. Y Taylor es uno de los hombres más repugnantes, moralmente, que yo haya conocido jamás. Pero yo tenía que reservar ese sentimiento para poder escucharlo y poder sentir lo que es su realidad, su verdad. Aunque en el caso de Taylor, su verdad es de un horror total. Pinochet, en cambio, me provocó otras reacciones.
- ¿Quizás llegaste a sentir compasión por el 'Otoño del Patriarca'?
-Recuerdo que antes de ir a Chile yo leí la historia de Serge Kleinsfeld, el cazador de nazis, que buscó a Klaus Barbie pensando matarlo, en los años 70. Y cuando al final lo tuvo enfrente, con un revólver en la mano, no hizo nada. Como que se le fue el odio. Claro, yo no me sentía marcado por el odio contra Pinochet, pero me hacía la pregunta de cómo iba a reaccionar frente a él: yo, por supuesto, como muchos que han vivido en América Latina, tengo amigos chilenos cuyos padres o amigos fueron asesinados durante la dictadura. Pero estaba principalmente fascinado por lo que era el aspecto teatral de su empecinamiento en hacerse Senador Vitalicio y mirarse todos los días, frente a frente, con sus enemigos. Mi primera reacción cuando él entra al cuarto donde yo estoy y se sienta para hablar es: "Vaya, la vejez sí que ayuda". Si has sido un carnicero en el pasado, la verdad es que las canas y las arrugas te ayudan, porque todos hemos sido programados para sentir benevolencia hacia un anciano. Yo, al menos, no podía estar sentado allí y sentir odio hacia él, aunque sabía que era Pinochet y aunque su terrible verdad salió de nuestras conversaciones, en el sentido de que él se había hecho Senador Vitalicio para protegerse del castigo, y que era un hombre que vivía con temor. Que sabía lo que había hecho y que, al final, resultó un cobarde, porque él aceptaba que hubo abusos, pero sin aceptar su responsabilidad. Él quería verse como el Padre de la Patria Nueva, y sus héroes eran los Césares romanos, Napoleón, y hasta Mao, o sea, hombres del poder absoluto, del poder amoral de las grandes hazañas. Pero, a la misma vez, para él, y ésta es su gran tragedia, lo lamentable era no haber podido aplastar ciudades y conquistar tierras, a pesar de que sí derramó sangre.
-Y quizás un drama semejante lo experimente Chávez, ¿no? En el sentido de que no conquistó el poder tras una campaña armada o, bajando del monte, como quizás lo soñó, sino que llegó a hacer su revolución a través del voto.
- Bueno, a lo mejor no es justa esa comparación con Pinochet... No sé. Pinochet, sólo casi como de tercera mano aceptaba que sí, hubo sacrificios lamentables, pero necesarios para lograr lo que él creía que era la primera conquista en la lucha contra el expansionismo soviético en el Hemisferio Occidental. Es un hombre muy militar y muy de su época, de los años 30, cuando él se formó, y en eso es muy fascinante. Durante el reportaje yo estaba muy consciente de que estaba frente a frente con el último dictador verdaderamente fascista del siglo XX, descendiente directo de una línea que comenzó con Hitler, Mussolini y Franco. Tenía los mismos esquemas mentales de esa época y de esos actores, pero con un escenario muy reducido... Yo no diría que conozco lo suficiente a Chávez como para decir que sé lo que siente en el fondo, si él hubiese querido o no llegar al poder a través de las armas. Pero remontémonos a hace nueve años, cuando él era un militar, y la rebelión armada era su única opción. Luego, según tengo entendido, fuera de prisión, él comenzó a actuar en el escenario civil, y vio otras posibilidades. Creo que es un hombre que, sí, tenía el poder por delante y lo ha buscado por todos los medios posibles.
- Entrevistaste a Pinochet durante su estadía en Londres. ¿Llegaste a sospechar que estaban por apresarlo?
- Sabía que Garzón estaba detrás de él. Su entorno me hizo saber que iba a Inglaterra, no fue muy publicitado ese viaje, y es hasta banal la historia de mi encuentro con Pinochet en Londres. Al principio, los militares de su entorno no me veían muy bien, y como que cerraron filas a su alrededor para imposibilitar que hubiera sesiones de foto en Chile. Así que yo volví a España, estaba escribiendo, y seguía manteniendo contacto con el entorno familiar del general, sabiendo que iba a Londres. Entonces hice otro esfuerzo para que se realizara una sesión de foto ahí. Arreglé con un fotógrafo inglés y le pedí que encontrara un sitio cerca del Hyde Park Hotel, donde se alojaba Pinochet. Y escogió una suite presidencial en un hotel donde Montgomery tuvo su cuartel general durante la II Guerra Mundial. Lo cual, por cierto, fascinó a Pinochet. Pero cuando entramos al salón que había contratado el fotógrafo, era un lugar cursilísimo: terciopelos victorianos, cupidos por todos lados; hasta a Pinochet le pareció cursi. Pero, claro, parece que el fotógrafo lo había buscado así para tener un fondo casi inverosímil. Fue un poco cómico... Pero, bueno, vinieron el Agregado Militar, varios guardaespaldas, la hija, el nieto... Y aproveché el momento para entrevistarlo de nuevo. Al día siguiente me fui a España, terminé de escribir el artículo, se publicó en la revista un lunes 12, creo recordar, y el viernes 16 lo arrestaron.
- Con un Hussein, con un Pinochet, que te han dado su confianza, que te han abierto las puertas, ¿no has llegado a sentir que traicionas esa confianza cuando te sientas frente a la computadora y escribes algo desagradable sobre ellos?
- Yo soy quien soy, y lo sigo siendo tanto en el reporteo como en la redacción. Si eso fuera un riesgo o un síndrome o una patología mía, yo creo que eso sería algo que se reflejaría en mis trabajos. Pero creo que mis trabajos hablan por sí solos. Con eso no quiero decir que no pueda haber crítica legítima a mis trabajos. Pero, en general, la mayoría de las personas ven mis artículos como balanceados. Y a algunos no les gusta eso. Con frecuencia el equilibrio es polémico, sobre todo cuando escribo sobre personajes polémicos como estos. Hay gente de la izquierda que no puede tragar que yo me haya sentado en una misma habitación con Pinochet, o que en ningún momento de mi reportaje le haya llamado criminal. Así hay gente de la derecha que me odia por haber escrito sobre el Che y me acusan de haber resucitado el mito. Mi propósito no es condenar a nadie ni alabarlo, es llegar a su verdad. Y yo hago mi trabajo.
- ¿Eso explica que te hayas acercado a los "villanos" de la historia?
- En un momento, sí, cuando era necesario hacerlo. Yo creo que ya aprendemos cuando logras que esa gente te hable. Te digo que hace diez años en Afganistán, donde se fundó el Talibán, yo estuve cuando abolieron la música, mucho antes que se supiera de ese movimiento. Estaban todavía los rusos bombardeando. En ese contexto yo podía entender por qué esa gente se dirigió a ese tipo de acciones. Pero, ¿qué pasó después? El mundo los ignoró. Hace tres años los Talibanes dijeron que iban a volar los Budas del desierto. Pero nadie les escuchó. ¿Por qué no los entendemos? ¿Por qué no los oímos? Nadie se interesa en entender cómo una gente puede volver varios siglos atrás, y llevar a todo un pueblo con ellos.
- ¿Crees que este acercarte a personajes tan envueltos en prejuicios, ha conseguido cambiar las percepciones sobre alguno de ellos?
- Eso lo dirá el tiempo, creo. Si algo se cuela allí, muy bien. Yo personalmente siento la necesidad de seguir desentramando aspectos de la realidad más problemática. Es algo propio, personal y, simplemente, escribo porque no sé hacer otra cosa.
--------------------------------------------------------------------------------------HASTA LA VICTORIA, ¿SIEMPRE?
El renombre internacional de Jon Lee Anderson se cimentó con la aparición, en marzo de 1997, de su libro Che: a revolutionary life. Para su hechura, tuvo la meritoria paciencia, y no poca fortuna, de labrarse el acceso hasta la viuda del Che, Aleida March, y los diarios inéditos del revolucionario argentino. Ese acceso, y los tres años que vivió en La Habana para conseguirlo, le asignaron al libro fuertes sospechas de versión oficial del régimen generadas, sobre todo, desde los entornos de la ultraderecha estadounidense y del fundamentalismo anticastrista en Miami. Pero no serían las únicas presiones para el autor: al final, la redacción del original se convirtió en una suerte de carrera contra los otros escritores -el mexicano Paco Ignacio Taibo II, el francés Pierre Kalfon y, sobre todo, el hoy canciller mexicano, Jorge Castañeda- que simultáneamente preparaban textos biográficos para ese año jubilar, trigésimo aniversario de la muerte del Che en Bolivia. "Cuando comencé la investigación yo me sentía solo en el mundo, pero al cabo de un año supe de Castañeda, así como de Taibo, quien por cierto me mandó un mensaje a través de alguien que no recuerdo, algo así como: 'Oye, Anderson, yo estoy en esto ya y te voy a ganar'".
- Y hoy, ¿te animarías a hacer una comparación de esos libros y decir que saliste bien librado?
- Sí, siendo objetivo, ja, ja, ja... Kalfon es un hombre de 64 años que ha sido periodista, ha trabajado para el gobierno francés, y un hombre muy identificado con la izquierda de los años 60 y 70, un hombre que en su libro trata de reflejar su tesis, que es básicamente que Fidel traicionó al Che, es decir, un escenario Stalin-Trotsky. Yo no creo que su tesis esté muy bien sustentada, en términos periodísticos. El de Taibo no es una biografía, porque él es un escritor ameno que no esconde su simpatía por el Che. Es un libro valioso, pero no es una biografía como tal; en el mundo anglosajón es visto como una hagiografía. El de Castañeda también tiene valiosos aportes periodísticos, investigativos, pero es menos una biografía, creo yo, que una continuación de su propia tesis de que las armas no funcionaron y que la izquierda tiene que encontrar nuevas fórmulas, tesis que Castañeda estrenó en La utopía desarmada y que busca sintetizar un poco en el personaje del Che, con quien identificó las culpas o los errores de la izquierda. Creo que todos los libros son complementarios.
- Sin embargo, hay quien habla con sospecha de tu libro sobre el Che, justamente por el acceso que tuviste a fuentes cubanas. ¿Cómo es visto hoy el libro en Cuba?
- En Cuba mi libro no circula libremente. La Revolución nunca ha opinado sobre mi libro. Pero todo el mundo lo tiene. La nomenklatura lo tiene. Incluso ha habido gente de alto nivel que, privadamente, me ha dicho: "Oye, Anderson, muy bien", pero estoy seguro que esa misma gente a otros compañeros les dice que "ese Anderson traicionó la confianza, qué puedes esperar de los yanquis, etcétera". Con el libro me interesaba llenar lagunas históricas, saber lo que pasó en determinados momentos, pero lo que personalmente quería lograr y me siento cien por ciento satisfecho en haberlo hecho, era entender cómo Ernesto Guevara De La Serna se convirtió en el Che, y por qué. Eso lo logré. Conozco a ese hombre, y creo haberlo reflejado. Yo quería encontrar cómo es que cuajó la figura del Che. Y eso sí que fue sudor y lágrimas. No fue que yo estuviera sentado ahí mientras los cubanos me traían cajas llenas de documentos a mi casa. No fue fácil. La viuda del Che y yo nos simpatizamos; y tuve la suerte de que ella me abriera por primera vez el acceso.
22 de febrero de 2010
Cabeza a cabeza hasta el (verdadero) final

N. de R.: Aunque hoy luzca inverosímil o ridículo, fue cierto que, por una época, una de las cosas más importantes que ocurría en Venezuela era el juego del 5 y 6.
Uno podía ver, cada domingo hípico, largas colas de gentes de todas las edades en una espera, más o menos festiva, y a la vez más o menos incómoda, para sellar su “cuadrito”. Los programas de carreras, conducidos por un Mr. Chips o un Alí Khan, conformaban su propio prime time en las tardes de domingo. Los periódicos tenían la obligación editorial de señalar sus favoritos en las primeras planas de sus ediciones de domingo. Jockeys, entrenadores y animales eran reconocidos como ídolos.
Yo mismo tengo por un hecho histórico que esa esperanza que cada semana se renovaba, en el sentido de que el reverso de nuestra situación económica familiar estaba en los cascos de los caballos, fue uno de los rituales que más me vinculaba con mi madre y mi padre. Por un tiempo me dio por agarrar los datos de la Gaceta Hípica y similares, prorratear los tiempos de los ejemplares, hacer curvas; con el esposo de una prima, metíamos esos datos para procesarlos en una de las pioneras computadoras de Radio Shack y obtener una predicción sobre los ganadores. Que no eran muy confiables esos cálculos, lo dice la precariedad de mi vida –y mi economía- posterior. Pero en cualquier caso mis padres aceptaban las sugerencias, acaso menos por validar la metodología con que se confeccionaron, que por una fe filial en que el hijo menor pudiera estar iluminado con un don de adivinación.
La importancia del 5 y 6, y del espectáculo de las carreras de caballo, en general, seguía vigente para 1985, cuando escribí esta nota.
En ese momento yo trabajaba para el dominical “Feriado” del diario El Nacional de Caracas. Si bien trataba de recoger el habla y los temas de la calle, el magazine no se restringía a la cobertura de las tendencias que la realidad o el lugar común asignara de interés para el público juvenil. De hecho, no sólo no renunciaba a cubrir temas “duros” y “tradicionales” de la política y la cultura, sino que en cierto modo –nunca sistemático, nunca sostenido, nunca admitido- se ocupaba de traducir a la jerga juvenil esos temas, a veces, incurriendo con ese buen propósito en cierta frivolidad o tremendismo.
Esa inclinación no necesariamente comprendía un tema tan guarachero y “adeco” como el hipismo.
Sin embargo, ese año dos jinetes pugnaban, triunfo por triunfo, con una pasión propia de telenovela, por el liderato en las estadísticas de victorias. ¿El plot? Manido pero aún insuperable: el viejo maestro, Juan Vicente Tovar, luchaba para mantenerse ante las arremetidas de un joven contendor, Douglas Valiente. Fue así que la intriga por el desenlace rebasó el ámbito (ya bastante amplio entonces) de los aficionados al hipismo.
Además, por fortuna, junto a su proverbial galofilia, el director del suplemento, Luis Alberto Crespo, cargaba siempre consigo su amor por los caballos. Así que se pautó este trabajo, un perfil simultáneo de ambos gladiadores. Su título y sumario, con los que salió publicado, se deben al ingenio de Crespo.
Como se verá, no fue un reportaje exigente ni en la reportería ni la escritura. Su mayor novedad estuvo en el diseño de Karmele Leizaola para hacer ver a los rivales, frente a frente, con sus textos respectivos discurriendo en la página con un paralelismo que la vida y la muerte se encargarían de confirmar. Pero yo quedé contento. Ningún otro medio, ni siquiera los deportivos, adoptaron ese enfoque, por lo demás bastante obvio. Entiéndase: yo tenía 24 años y me contentaba con poco.
Pasarían años antes de que esa mínima satisfacción de publicar un trabajo, al menos, correcto, trocase por una expectativa mayor. Como muchos saben, en 2000, con apenas unos meses de separación, ambos jinetes cometieron suicidio. Triunfadores y famosos como eran; y no es que tenga la concepción –bastante más pueril de lo que sigo siéndolo- de que el éxito público vacuna contra la desesperanza. Sin embargo, es algo que en 1985 parecía improbable. Ahora tengo la impresión de que, en su implacable paralelismo, los destinos cruzados de Tovar y Valiente quizás constituyan el germen de una historia que pudiera arrojar alguna luz sobre la moraleja del suicidio, si es que hay alguna, o sobre el sinsentido de la vida.
DOS CABALLOS LLAMADOS TOVAR Y VALIENTE
Los hípicos sólo los han visto encaramados en los caballos, batiéndose en los clásicos en los lomos de ‘Iraquí’ y de ‘Mantle’, chiquiticos allá arriba con esos pájaros de cuatro patas, llenos de real y de fama, pero pocos se los imaginan cuando andaban en el ladre ni la vida que tienen que llevar para pesar menos que una pluma y estar mosca para pasar por la última curva con caballo y todo a la leyenda. ¿Qué hacen Juan Vicente Tovar y Douglas Valiente después de que le quitan el sillín a sus ‘cracks’ y se enfrentan a los chismes que los acusan de odiarse?
Juan Vicente Tovar: “Me dirán villano por siempre”
Sube el telón: aparece un ayudante general de una fábrica de Catia o Boleíta. Baja y vuelve a subir el telón: sale al escenario un buen padre de familia acomodada en la urbanización Los Naranjos de El Cafetal.
Lo anterior no fue ni un chiste ni una obra de ficción. Es la representación de una biografía de Juan Vicente Tovar.
“Tus ideas tienen que cambiar con el status de vida que lleves. Pienso, sin embargo, que mi único cambio ha sido el del dinero y la fama. Mi mentalidad, mi honestidad, son las mismas de cuando yo vivía en San José del Ávila. Sin embargo, cuando vuelvo al barrio noto que ya no soy bien visto. Los amigos te hacen preguntas medio imprudentes, que no encajan en ese aprecio que supuestamente le profesan a uno”.
El ascenso social no es algo que se cometa de manera impune. Lo comprueba con amargura el campeonísimo del hipismo local, el único con una Triple Corona a cuestas. A finales de los años 60, Juan Tovar era trabajador de una textilera donde se confeccionaba ropa para damas. Su aplicación lo hacía candidato firme a uno de esos botones de reconocimiento a los cinco años –o diez, o quince- de labores. En tan sólo un año, los propietarios de la empresa le habían premiado con nueve aumentos de salario. Sin embargo, su epopeya fabril se vio interrumpida por algo fortuito: los meseros del restaurante donde él y sus compañeros iban a almorzar, le consiguieron a Tovar –y a sus espaldas- una cita para probarse en la Escuela de Jinetes. El desconocido coach del restaurante que lo promovió seguramente reparó en el tamaño y contextura de Tovar, correspondientes al retrato hablado del jockey. El joven obrero fue al hipódromo a regañadientes. Y así llegó la revelación: “Cuando vi los animales de cerca, su pelo brillante, su carácter brioso… Todo me pareció fantástico. Luego, cuando conocí las caballerizas, tuve que meterme de lleno en el hipismo y dejé el trabajo y los estudios”.
El insight que experimentó lo guió a un camino repleto de faenas penosas, tan duras como las del peón de caballeriza. En su primera monta oficial cruzó toda la pista, desde el puesto 12, de donde partió, a la primera línea; se ganó de inmediato una suspensión. Cuando regresó a la cancha para su segunda monta, se fracturó una de sus piernas.
La fortuna no fue después mezquina con Tovar para compensar sus sinsabores: Tras cuatro meses de recuperación, ganó en la reaparición y el impulso le alcanzó para quedar de segundo en la estadística de jinetes de esa temporada. Hoy ya suma ocho temporadas seguidas como campeón en carreras ganadas. Ningún otro jinete lo ha hecho en la historia del hipismo local. Cosas de talento, destino y ¿padrinazgos?
“Sí, en nuestro país parece ser que todo se hace por palanca; una ayuda es imprescindible”, Tovar se apresta a la confesión. “En hipismo eso es más fuerte, porque hay poco espacio para tantos jockeys y entrenadores. De los 200 jockeys que hay, apenas somos 20 o 30 los que ganamos carreras. Entonces es muy difícil imponerse en este medio. Es necesario contar con el favor de alguien. Fíjate, mi primera monta ganadora me la dio Eduardo Azpúrua, no sé si por caridad o porque me lo merecía por el interés que mostré. Me la dio sólo para que me agarrara, porque me aseguró que era una imperdible. ¡Imagínate! Esa semana yo ni dormí. Me probaba el traje, las botas, de lo emocionado que estaba. Y en efecto gané, corriendo rectico, saliendo por el puesto 14 y llegando por el 14”.
Entre aventuras y desventuras, Tovar se ha hecho de un verdadero arsenal de recursos y triquiñuelas para ganar carreras. Su leyenda negra quizás rebase las dimensiones reales de ese repertorio. Pero no pocas veces ha sido motivo de reclamaciones y denuncias, especialmente en estos días, cuando Douglas Valiente le disputa, victoria a victoria, el liderazgo entre los jockeys. “Si la habilidad y la inteligencia son perversidad, entonces toda la vida seré un villano, porque siempre conduciré así a mis ejemplares. Las carreras de caballos son competencias y como tales deben entenderse. En una competencia es perfectamente legítimo que tú embotelles a un caballo; también es lícito que abras un caballo para defender tu carrera. Aquellos jockeys que no lo entiendan así tendrán que comprarse una pista para ellos y correr solos. Allí es cuando se ve que un jockey es bueno. Cuando tiene recursos, cuando sortea los tropiezos, cuando guarda las capacidades del caballo para el final: Ese sí es un buen jinete, no el que se queja de cualquier necedad”. Pero las virtudes del jinete, así sea un Juan Vicente Tovar, poco representan ante el aporte –o el peso muerto- del animal. “Un entrenador no puede decir que va a hacer un crack de lo que comúnmente llamamos un burro. Tampoco un jinete. Un buen jinete es el que consigue que un buen caballo gane por una nariz. Hace que el caballo le rinda”.
Tales artimañas se las consiente Tovar. Lo demás es una intensa preparación física –corre seis kilómetros todas las noches-, su constancia –trabaja 20 caballos por sesión-, y su invariable confianza en sí mismo. Trabajo y más trabajo. No apela a las supersticiones tan presentes en el hipismo, aunque admite: “Sí soy muy católico. Rezo todas las noches, al acostarme, y todas las mañanas, al levantarme. Pero no soy de los que se dan golpes de pecho y van a la iglesia con regularidad. Todos los jockeys, sin excepción, se encomiendan y persignan antes de cada carrera, pero de allí salen a la cancha a matarse. Yo no. Rezo, pero tampoco exagero. No quiero ser un católico farsante. Y a las supersticiones ni les hago caso, porque eso es ignorancia e inseguridad. Por mí, me pueden echar las siete maldiciones”.
Juan Vicente lee de todo, dice, especialmente poesía. Declama, y hasta canta, que cantando fue como conquistó a su esposa, Yolanda. Así también mata ahora el tedio de las horas de reclusión en el hogar, a las que le ha obligado el acoso de los fanáticos. “Aquí suena el teléfono 260.000 veces, con gente que pide datos. ¡Eso es horroroso! Hay que gente que llama sin siquiera ser conocida. Pero consigue el número telefónico para pedir alguna información. Por fortuna, mi esposa sabe atenderlos. Y cuando mis datos no resultan o un caballo que yo conduzco no gana, los aficionados me insultan, me dicen cosas terribles. He ido a cenar con mi esposa y mis dos hijas, y viene un tipo a insultarme, o a decirme que me odia porque una vez llevaba cinco y yo fallé en la sexta. Pero eso lo comprendo, así como entiendo los aplausos que me dan cuando triunfo”.
La popularidad de Tovar quizás no tenga parangón actual en ninguna otra figura deportiva o de farándula. Parte de su imagen la ha sabido capitalizar en endosos publicitarios, como la reciente campaña que hizo para el Banco de los Trabajadores de Venezuela (BTV). Pero a sus 35 años de edad puede que su vida útil de deportista, así como la de figura pública, se acerquen al final. Para algunos, incluso, la insurgencia de Douglas Valiente no es más que una señal del ocaso de la supremacía de Tovar. “Yo estoy preparado para eso. Tengo los pies sobre la tierra. Con la edad se van las condiciones, y con las condiciones se van los triunfos, incluso la vida. Yo le doy gracias a Dios por lo que me ha deparado. Pero voy a luchar porque mi etapa continúe, por extender mi tiempo”.
Douglas Valiente: “No sabía que existía un hipódromo”
“Eso sucede sólo en la televisión: que un jockey con su primera monta y con un outsider, gane la Triple Corona”, se mofa Douglas Valiente de las recientes hazañas del actor Tony Rodríguez como un jinete en la telenovela Las Amazonas, de Venevisión. “Eso no pasa en ningún hipódromo del mundo”, insiste, sin reparar en ningún momento en que, quizás, su propia peripecia vital es la adaptación más fiel a la realidad del típico guión cinematográfico en el que el protagonista, después de superar obstáculos de todo tipo, comprueba que nada es imposible y que lo se desea de verdad se consigue.
Estamos en el Junko Country Club, donde Valiente vive. A la vista están su Mercedes Benz 280, su quinta campestre. No están a la vista, aunque sus efectos se sientan, sus 20.000 dólares promedio de ingreso mensual y su creciente popularidad entre los aficionados hípicos –vale decir, la mayoría de los venezolanos.
Poco años atrás, Douglas no era sino un flaquito que jugaba fútbol en camineras de Maracay, estado Aragua. El quinceañero llevaba todas las de perder en su forcejeo con las matemáticas en bachillerato. Entonces supo de una vía expedita a la gloria y los cheques: Un cuñado le habló de la Escuela de Jinetes. En los caballos, pues, parecía estar una clave. Al fin y al cabo, era llanero. “Quizás de allí me venga la vena hípica. Aunque te digo, yo en Valle de la Pascua veía los caballos, los conocía, pero nunca me había montado en ellos. Mucho menos me pasaba por la cabeza la posibilidad de ser un jinete. Hasta que entré a la escuela, no monté caballo; ni siquiera sabía que existía un hipódromo”.
En la escuela la vida se le hizo dura. Se garantizaba la subsistencia “recogiendo camas” de caballos en las cuadras, a razón de cinco bolívares semanales por criatura. El sacrificio, sin embargo, quedaba resarcido por el conocimiento íntimo de los animales que lograba en las caballerizas.
El cierre de la Escuela de Jinetes, en 1976, obligó a Douglas a emigrar al sur. En el hipódromo de Ciudad Bolívar dio sus primeros pasos de jockey. Debutó ganando con la yegua Pirulera. Y se puede decir que el batacazo fue doble, pues en la misma jornada conoció a su actual esposa, la hija del regente de la cuadra donde entrenaba el animal.
Dos años más tarde, sobre el ejemplar Totón, cubría por primera vez, en prueba oficial, la distancia de la pista de La Rinconada. Era el comienzo de una travesía exitosa: en 1979 y 1980 pudo figurar entre los diez jinetes más ganadores; en 1982 y 1983 escoltó a Juan Vicente Tovar en la estadística; y en 1984 compartió con Tovar el Casquillo de Oro. “A los 26 años creo que ya he hecho bastante. He corrido con suerte y con la ayuda de algunas personas. Pero más allá de lo bueno que pueda ser un jinete, o lo malo, lo importante es si el caballo es bueno. Tú puedes preguntarle a jinetes de la talla de Gustavo Ávila y Ángel Francisco Parra si ellos han ganado estadísticas con caballos malos, y te van a decir que no. El jinete ayuda, pero no es lo determinante. Este año he ganado muchas más carreras que Balsamino Moreira, y sin embargo no voy a decir que soy mejor jinete que él. No. Él sabrá no una, sino 20 trampas más de las que yo sé”.
Esos recursos –o trampas o mañas- pueden hacer la diferencia entre la victoria y la derrota en un “cabeza a cabeza”. “Las mañas no se aprenden, nacen con uno, y yo creo que van saliendo a medida que uno va participando en carreras. Eso sí, hay que practicarlas. Pero a veces no valen de nada. Entenderse con los caballos puede ser difícil: hay ejemplares muy indóciles, que aunque uno los dirija hacia un lado, ellos cogen para otro. Con los animales uno no sabe cómo van a reaccionar”. Ese rasgo imprevisible de los animales le ha costado serios inconvenientes a Douglas Valiente. Suspensiones y fracturas están entre las secuelas de tales desencuentros. “Muchas veces pagué la novatada. En ocasiones los caballos no atendían mis exigencias, y entonces venía el golpe en los 200 metros finales, a pesar de que uno hacía todo lo posible por no molestar. Los jueces veían el foul y me suspendían”.
Tales circunstancias permiten que, pasando por sobre la veteranía y la repetición de algo que ya se ha hecho mil veces, se mantenga intacto algo de miedo –sí, por qué no llamarlo así- antes de cada prueba. “El nerviosismo no es por la posibilidad de una rodada o de ganar o de perder. Es como una tensión del momento, que te impide pensar. Si yo te digo que en el aparato de salida me acuerdo de mi madre, de mi esposa , o de mis hijos, te mentiría. Allí no se piensa en nada. Uno actúa automáticamente, con la mente en blanco, esperando que den la partida. Uno es como una computadora, programada para eso”. Durante la carrera, el jinete vigila el rendimiento de los rivales potenciales, mientras administra el de su monta. Al finalizar la competencia, la recompensa puede resultar esquiva, intangible. “Al terminar la carrera viene una especie de relax. Pero la sensación varía, según sea la posición en la que uno llegó a la meta. Si ganaste, la alegría dura poco; enseguida viene otra competencia, y tienes que adaptarte a ella. La que se corrió, ya pasó”.
Aunque el brillo de la aristocracia hípica –que incluye a no más de diez jinetes, entre ellos Douglas, cuyas ganancias mensuales pueden contarse por cientos de miles de bolívares- puede resultar abrumador, el común de los jockeys no conoce, precisamente, una vida rosa. Los que conducen a ejemplares perdedores, la mayoría, apenas perciben 200 bolívares por monta y hacen sólo un poco más del salario mínimo por mes. Mientras, estrellas como Valiente no pueden descuidarse, a riesgo de perder su status. “Todos los días salgo de mi casa a las cinco de la mañana, para estar en el hipódromo a las cinco y media y hacer ejercicios. Tres días a la semana troto seis kilómetros, aquí en las canchas de golf del club. De jueves a domingo hago dieta para mantener el peso. ¿Mi rutina los días de carrera? Los domingos, por ejemplo, me levanto como a las seis de la mañana y preparo el desayuno, en compañía de mi mayorcito, Leonardo Enrique. Después voy a las canchas y camino un poco, no corro. Vuelvo a casa y como a las nueve de la mañana desayuno con la familia. Dependiendo de la hora de mi primer compromiso, me voy a La Rinconada con tal de estar una hora antes de la prueba”.
Gana alguna carrera y se asegura los churupos para casa. Así de sencillo. O no. Porque carga con la responsabilidad de quitarse de encima la etiqueta de segundón. Ser el nuevo señor de las estadísticas. Lo que implica dejar a un lado a Juan Vicente Tovar. “Siempre salen jinetes con la pretensión de ser el sucesor de Parra, o el de Tovar. Por lo que se ve ahora en el ambiente, parece que viene una era de Valiente. Pero primero hay que descontar al campeón actual, a Juan Vicente Tovar”.
14 de febrero de 2010
Lealtad a principios

N. de R.: La foto que ilustra corresponde a Fritz Gerlich, el periodista alemán de los años 20 y 30 que cito en la nota de más abajo. Se trata de una columnita que hace algunos meses me pidió la entonces coordinadora de la revista "Producto". Creo que nunca salió publicada, o por políticamente incorrecta o acaso porque nunca se produjo la edición especial sobre libertad de prensa en la que -creí entender- iría inserta.
En cualquier caso, me pareció que la reciente defenestración de Alberto Federico Ravell de la Dirección General de Globovisión y la desactivación previsible del canal como último reducto de la impertinencia frente al teniente coronel Chávez, constituye una oportunidad para recuperar el texto de la nada.
A mí no me cabe duda de que para la prensa y el pensamiento en Venezuela se acercan momentos decisivos en los que no necesariamente el instinto de supervivencia y la lealtad a los principios tirarán hacia el mismo lado. Habrá que estar muy atentos a esa tensión y decidir lo que haya que decidir para no traicionarse uno mismo.
FÁBULA ETERNA: MORALEJA PENDIENTE
En la miniserie televisiva “Hitler, the rise of evil”, reciente y multilaureada (más por sus logros técnicos en la recreación de época que por su rigor histórico, habrá que advertir), se recuerda el martirio del periodista “Fritz” Gerlich. Conservador y protestante por formación familiar, Gerlich –interpretado en la pantalla por el actor Matthew Modine-, tras conocer a un temprano Hitler poco antes del fallido “Putsch” de Múnich, a principios de los años 20, empieza una deriva que le llevará desde una posición de derecha nacionalista a la franca resistencia antifascista. Pero, aún más importante, de manera simultánea se desplaza también del discurso panfletario al ejercicio del periodismo de investigación.
En 1932, presintiendo como inminente la ascensión de Hitler al poder, lejos de arredrarse, urge a los reporteros de su periódico “El camino recto” a conseguir indicios sobre las malas prácticas del futuro Führer. Cree que aún puede, con la denuncia, desviar el curso de la historia. Finalmente demuestra actos de corrupción en las SA, las temibles tropas de choque que mientras intimidaban a los adversarios del partido nazi en la calle, negociaban embarques de petróleo con “traders” británicos. Pero Gerlich calculaba mal, sobreestimándolos, los efectos de la revelación periodística. El pueblo alemán, que no quiere enterarse de nada más que de la gloria que le espera, vota masivamente a Hitler para llevarlo al gobierno en enero de 1933.
No pasaría más de un mes antes de que Gerlich tuviera ante sí a Erich Roehm, el jefe de las SA. Quiere conocer quién ha sido la fuente que puso la filtración en manos del periodista. Gerlich se niega a dar el nombre. Ni falta que hará: pronto el informante sería descubierto y castigado con la ley de fuga. Pero ello no evita que Gerlich vaya a dar a la cámara de torturas, primero; de allí al campo de concentración de Dachau; y, por fin, a la ejecución sumaria, en junio de 1934.
Vemos, pues, que el poder siempre anhela lo mismo. Controlar la información. Permitir o prohibir versiones. Menos obstaculizar la búsqueda de la verdad que asegurarse el predominio indisputado de una narración de las cosas que ha de tomarse por la verdad.
Claro que es cosa de agradecer a la historia política del siglo XX –o a la sofisticación del cinismo, vaya uno a saber- que a estas alturas del nuevo milenio los métodos del poder cambiaran. El trayecto del periodista, desde el enfrentamiento ante una autoridad airada que quiere conocer sus fuentes, hasta la estación final de su aniquilación, se ha prolongado. Pospuesto, incluso, por suerte. En esta Venezuela del proceso bolivariano se estiró con eufemismos mucho menos sanguinarios que la manopla y la cachiporra, posmodernos, tal vez, pero quizás más efectivos: la presión mediante la pauta publicitaria; la compra de medios por parte de capitales “amigos” del gobierno; la apertura de procesos administrativos por los organismos regulatorios; la amenaza de cese de las concesiones; el arsenal de leyes, ambiguas y punitivas, promulgadas y por hacer; la confiscación de tiempos informativos y publicitarios mediante las pertinaces cadenas nacionales. El renovado arsenal de la censura sutil y la autocensura.
Pero, cabe recordar, el motivo del poder sigue siendo el mismo.
¿Se concibe enfrentarlo con alguna dosis de coraje y honestidad menor a la que en su momento puso Gerlich?
Me parece que no.
Por eso preocupan las tibiezas de los medios que en Venezuela, ciertamente en medio de condiciones muy desfavorables, se tienen por independientes. Sus vacilaciones entre las realidades del negocio y los ideales de su misión ciudadana. Sus renuencias a adoptar códigos de ética, de transparencia y los métodos del mejor periodismo. La vocación marcada de muchos de sus responsables a hacer de aprendices de brujos, como si controlaran una perilla con la que pueden bajar o subir a capricho –disfrazado de “estrategia”- el volumen de la conflictividad, de las primicias y del escrutinio del poder.
Ninguna libertad debe darse por sentado. De hecho, siempre tienen un precio. Los tiempos por venir mostrarán dónde estaban, si los había, los Gerlich de la prensa venezolana.