14 de octubre de 2009

"Elefante blanco" es poco


N. de R.: Hoy terminó de manera oficial el sueño venezolano de acceder a un Mundial de Fútbol. La vinotinto quedó octava en la tabla de clasificación en la zona de Conmebol, igual que en las eliminatorias pasadas. Pero con una cosecha de puntos sin precedentes y un empate inédito con Brasil a domicilio. Llegará, pues, la hora de hacer los balances, que, si nos vuelven a poner en contacto con las proporciones de la realidad, quizás brinden también la oportunidad de recordar una cuenta pendiente del fútbol nacional: el Centro de Alto Rendimiento de las selecciones nacionales. Debió estar listo hace años, y a pesar de ello, y de haber recibido aportes financieros de Fifa, invariablemente aparece en las promesas programáticas de Rafael Esquivel en las ya casi innecesarias campañas para su reelección en la presidencia de la Federación Venezolana de Fútbol (FVF). El porqué de ese retraso constituye en sí mismo un tema de investigación que debe abordarse. Aunque ya está documentado el inicio torcido de ese proyecto. En 2005 publiqué en la sección deportiva del diario El Nacional una serie de reportajes en tres entregas sobre la sorprendente historia de cómo la FVF decidió levantar ese Centro especializado sobre una parcela de terreno que adquirió a su propio presidente. He aquí una versión de esa serie.

El Centro de Alto Rendimiento de Fútbol se construye sobre las dudas

CON UN AUTOPASE DE RAFAEL ESQUIVEL

SE CONSIGUIÓ LA SEDE EN MARGARITA

A la hora de ejecutar su más importante proyecto de infraestructura -el complejo de edificaciones que servirá de base permanente de adiestramiento para las selecciones vinotinto- la Federación Venezolana de Fútbol no halló mejor ubicación que las adyacencias de los negocios familiares de su presidente.

En Margarita, segunda isla que tuvo por hogar después de venir al mundo en Tenerife hace 59 años, Rafael Esquivel no sólo echó las bases de un próspero grupo de empresas y de lo que sería su trayectoria en la gerencia deportiva sino, también, mucho antes que eso, de una reputación de futbolista habilidoso, que todavía perdura.

“Él jugaba en el mediocampo, era muy bueno para organizar el juego”, recuerda, por ejemplo, Willians León. Por estos días a León se le reconoce en las calles de Porlamar como el líder de una facción disidente del chavismo nativo, en cuyo nombre se presentó recientemente como candidato a la Alcaldía del Distrito Mariño en las elecciones regionales del 31 de octubre. Pero en un remoto otrora, León ganó distinta notoriedad al hacer filas en selecciones de fútbol tanto del estado Nueva Esparta como de la vinotinto juvenil. Era la época en la que coincidía sobre las canchas con un bisoño Esquivel, a quien vio en acción y por eso le concede: “Para el fútbol de aquí, Rafael fue algo así como Tostão”, concluye, sin escamotearle un parangón con el astro que acompañó a Pelé y a otros mitos del balompié durante la conquista para Brasil del Campeonato Mundial en 1970.

Sin embargo en Margarita, por mucho que le quieran adjudicar al presidente de la Federación Venezolana de Fútbol (FVF) las maneras de un crack, no se encontrará ni a un solo parroquiano que jure que vio alguna vez a Rafael Esquivel intentar con éxito, durante sus años de jugador, un autopase de la fantasía y precisión que necesitó y, ciertamente, desplegó para completar, en los registros subalternos de la isla, la propiedad de los terrenos contiguos a los negocios de la familia Esquivel donde hoy construye un viejo sueño: el Centro de Alto Rendimiento para las selecciones nacionales de fútbol

PROYECTO CONTRA RELOJ

¿Por qué un autopase? Según denuncias a las que la prensa regional dio espacio, y que documentos a los que tuvo acceso El Nacional corroboran, la FVF, bajo la presidencia de Esquivel, compró en el año 2000, por poco más de 95 millones de bolívares, los derechos sucesorales de una parcela a la empresa Distribuidora de Gasolina de Margarita, C.A. (Digasmar), de la que es presidente su hermano, Luis Esquivel, y a la que ambos se refieren como un negocio propio.

Poco después, a principios de 2001, la FVF y Esquivel pactarían con la Alcaldía del Distrito Maneiro (Pampatar) un contrato de permuta por el cual la federación intercambió esos y otros derechos con el municipio que, en compensación, les cedió los derechos sucesorales correspondientes a 48.000 metros cuadrados del fundo La Soledad de ese distrito, lugar donde se adelantan actualmente las obras del Centro. La operación, que bien pudiera calificarse como de relojería, redondeó una prodigiosa coincidencia pues, si se da crédito a las evaluaciones que habría hecho la Federación, de los cerca de un millón de kilómetros cuadrados de extensión que tiene Venezuela, en el fundo La Soledad se podían encontrar los 72.000 metros cuadrados más adecuados para desarrollar el proyecto, ¡a tan sólo unos metros del emporio comercial de los Esquivel, la muy visitada estación de servicio de Los Robles!

Desde 1999 se venía hablando de la necesidad de contar, tal como ya lo hacen las federaciones de Perú y Ecuador, entre otras, con un centro de adiestramiento que sirviera como base para las concentraciones de la oncena vinotinto, de sus réplicas de las categorías juveniles y, en definitiva, como foco de irradiación de mejoras para el fútbol criollo. La consigna se convirtió en una de las principales ofertas electorales de Esquivel en 2000, y no era para menos, porque ya entonces se esperaba contar con los recursos del Programa Goal de Fifa (Fédération International de Football Association, por sus siglas en francés, con sede en Suiza), un plan que el organismo rector del fútbol mundial concibió para promover el deporte en aquellos escasos rincones donde aún no alcanza niveles competitivos: Madagascar, Uganda, Georgia, Bangladesh, Armenia… Y Venezuela, entre otros. El aporte de Fifa se formalizó en 2001 para lo que sería uno de los diez proyectos pilotos en todo el planeta.

El primer sitio escogido para la obra fue una localidad de los altos mirandinos, La Fragua, adyacente a la carretera Panamericana. Quizás Esquivel se apresuró en vocear el hallazgo, pues aunque la propiedad del terreno parecía estar en manos del estatal Fondo de Garantías de Depósitos y Protección Bancaria (Fogade) y las autoridades del municipio Los Salias expresaron su apoyo a la iniciativa, no bien se había difundido la buena nueva en las páginas deportivas, cuando apareció un litigio acerca de la titularidad del lote. La donación por la que Esquivel cabildeaba no tuvo lugar. Pero el tiempo podía entonces estar apremiando toda vez que, como declaraba el presidente de la federación al diario Meridiano en julio de 1999: “No se puede hablar de construir el Centro de Preparación de Selecciones, si no se tiene el terreno para hacerlo. La Fifa otorgaría el dinero para construirlo, pero siempre y cuando se pueda demostrar que se tiene el terreno como para realizar esta inversión”.

SOLUCIÓN CASERA

La solución llegaría de casa: la estación de servicio de Los Robles. Ubicada en la vía que conduce de Porlamar a Pampatar, es bastante más que una gasolinera. Como si buscaran representar el espíritu gregario de la migración canaria, alrededor de los surtidores de combustible se concentran una arepera, una licorería, un centro de servicios gráficos y una estación de lavado y cambio de aceite. Cada operación es manejada por un familiar, o como dice Luis Esquivel, “aquí están mi hermana, mi cuñado, allá está mi mujer en el centro de lubricación, allá está mi otro hermano, y la hija mía administra”. Luis Esquivel es el hermano mayor de Rafael. A su cargo se encuentran la estación de servicio, concesionaria por 15 años de la marca británica BP, y otra empresa donde la familia mantiene participación, Distribuidora de Gasolina de Margarita C.A. (Digasmar), una suerte de cooperativa que agrupa a los mayoristas de combustible en la isla.

El visitante a la estación de servicio se sorprenderá cuando observe que sobre los vidrios del segundo piso de sus oficinas relucen las insignias de la Federación Venezolana de Fútbol, Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) y Fifa. No son gratuitas: detrás del papel polarizado de los ventanales se hallan un amplio despacho y una sala de reuniones que, al decir de Luis Esquivel, fueron acreditadas por la asamblea de la FVF como subsede del organismo. Allí, como lo relató Luis Esquivel en entrevista con El Nacional, se planteó en 2000, durante una asamblea federativa, la necesidad de conseguir un lugar para el Centro de Alto Adiestramiento. Según el propio Luis Esquivel, sería él mismo quien trajo a colación que muy cerca, apenas a dos curvas y un callejón de distancia desde la estación de servicio, quedaba un ventilado valle, La Soledad, que algunos herederos, por lo que se había podido enterar, estaban ofreciendo en venta.

En este punto coinciden las versiones de Luis y Rafael Esquivel: quien impulsó la compra del terreno fue Laureano González, director actual de la Escuela de Formación de Entrenadores, Dirigentes y Árbitros (Efeda) de la FVF. González, ex presidente de la liga de fútbol profesional, también hoy figura como presidente de la Comisión Electoral de la federación, lo que equivale a decir que estaba llamado a servir de árbitro en los accidentados comicios que en los días más recientes colocaron a la FVF en las primeras planas.

Por lo visto, a nadie ruborizó el hecho de que las tierras apetecidas formaran parte del vecindario de Esquivel. A nadie excepto, quizás, al propio presidente federativo, quien en entrevista concedida a El Nacional aseguró haber dado “un paso al costado”, intuyendo las implicaciones de la eventual compra. No obstante, también es cierto que no hizo nada por impedirla.

COMO PAGAR Y DARSE EL VUELTO

Resuelto el propósito de la compra, las contrariedades no hicieron sino empezar. El fundo La Soledad era parte de una herencia diluida en distintos grupos sucesorales. A moción de González, la asamblea de la FVF aprobó la adquisición de los derechos de sucesión de dos vendedores, a 2.500 bolívares el metro cuadrado, por una extensión de poco más de 30.000 metros cuadrados. Esfuerzo incompleto: el proyecto que diseñó el arquitecto Omar Carnevalli exigía un área de 72.000 metros cuadrados para alojar tres edificios y varias canchas. Y ya no habría más precios de gallinas flacas pues, como relata Luis Esquivel, a otro vendedor de derechos, la noticia de que un comprador ansioso de Caracas, la FVF, apostaba todo a nada por adueñarse de La Soledad, “le abrió las agallas y ya no quería vender sino a 15.000 bolívares el metro”.

Luce probable que fuera sólo entonces cuando Rafael Esquivel experimentó el eureka con que pudo avizorar los próximos pasos de un intrincado enroque de títulos y propiedades inmuebles que le permitiría hacer realidad su sueño.

Digasmar, la empresa donde Luis Esquivel hace las veces de presidente del Comité Ejecutivo, había adquirido unos meses antes otros derechos sucesorales por 32.000 metros cuadrados de la aledaña propiedad de La Sabaneta, separada apenas por un cerro propiedad de la familia del ex gobernador Alexis Navarro, de la apetecida La Soledad. En principio, la parcela iba a ser destinada a la construcción de viviendas para el medio centenar de empleados que tiene la empresa. Pero era ya agosto del 2000 y Digasmar (donde “mi hermano es socio también… No aparece en el documento… Pero él igualito va aquí”) no había iniciado ni un movimiento de tierras. En vista de la oportunidad, el líder de la FVF le pidió a su hermano, presidente de Digasmar, que le vendiera los derechos para un “fin social” muy concreto, sin duda, pero mediante un modo que entonces debía permanecer indeterminado hasta para el propio Luis Esquivel.

Luis Esquivel convocó a una asamblea de accionistas de Digasmar: “Yo les hice el planteamiento: miren, a la federación se le cayó un proyecto aquí, les expliqué lo que era el proyecto, y que lamentablemente ya no podían comprar porque les salía a 15.000, y no podían pagar más de 3.000… Yo les dije, francamente, que esto no es negocio, vamos a hacerlo por colaborar, para que este proyecto no se vaya a otro lado, este proyecto en Margarita es para ti, para tus nietos, para tus hijos”. Se acordó vender a la federación por 3.000 bolívares el metro cuadrado, apenas un sobreprecio de 20% con respecto a lo que Digasmar había pagado 18 meses antes, menos del 24,7% de de inflación que según el Banco Central de Venezuela (BCV) y su Índice de Precios al Consumidor (IPC) se había acumulado durante el mismo período. La operación se realizó en agosto de 2000.

A estas alturas, ninguno de los hermanos Esquivel pone empeño en negar que la federación de Rafael compró los derechos de un terreno a Digasmar, la empresa donde participa y que preside Luis. En definitiva, si acaso alguien puede encontrar máculas éticas en la transacción, no podrá decir que es ilegal. El presidente de la FVF la ampara además en su “transparencia total” y la ausencia de lucro. El pésimo negocio que Digasmar habría hecho con gusto, sirve de argumento en su favor.

Tampoco puede afirmarse que resulte una verdadera primicia. En medio de la vorágine de ambiciones y cuentas por cobrar que la proximidad de las elecciones federativas despertó, facsímiles de los documentos de la compra-venta circularon ampliamente por las redacciones deportivas de medios en Caracas y Porlamar desde finales de 2004. Escasa atención le prestaron. La característica de hecho consumado que muestra la construcción del Centro en La Soledad disuade a cualquier espíritu investigativo. Aunque como ponen en evidencia otros documentos y testimonios que El Nacional obtuvo en Margarita, puede que durante la secuencia de fintas con la que Rafael Esquivel y su Federación avanzaron entre todos los obstáculos que les separaban de su meta de erigir una “universidad del fútbol” en Margarita, hayan también quedado algunos cabos sueltos que pueden poner en entredicho el logro de un fin, en apariencia, tan loable.

ESTO POR AQUELLO

Sobre los tres andenes a los que la maquinaria pesada redujo su topografía original, ahora el fundo La Soledad hospeda los esqueletos de dos edificios de cinco pisos, de un módulo de menor altura entre ambos, y tres canchas que algún día, según los planes federativos, quedarán recubiertas de césped artificial, la principal, y natural, las otras dos. Serán los primeros campos de fútbol con grama en Margarita, donde por falta de riego, mantenimiento y, en definitiva, dinero, las pocas instalaciones para la práctica de ese deporte llevarían con toda propiedad el nombre de “arenas”. Por lo pronto, las tres extensiones semejan a potreros llenos de piedras y rastrojo.

Falta por hacer pero, qué duda cabe, lo que hoy una valla del Programa Goal de Fifa anuncia con timidez como el futuro Centro de Alto Rendimiento de Fútbol, muestra más visos de realidad que lo que Rafael Esquivel parecía tener en sus manos en septiembre de 2000. Para esa fecha, había gastado en nombre de la Federación Venezolana de Fútbol (FVF) y con la debida autorización de su asamblea, alrededor de 260 millones de bolívares, ¿y con qué contaba? Nada más que con aire. Los derechos sucesorales de un mosaico de parcelas. Pertenencias repartidas en dos fundos adyacentes pero distintos, La Soledad y La Sabaneta. Terrenos apenas potenciales que en cualquier caso seguían en comunidad hereditaria, pendientes del engorroso proceso de partición. Nada concreto que ofrecer a los donantes de Fifa. Pero a Rafael Esquivel le quedaba una carta más por jugar.

En octubre de 2000, según consta en una comunicación cuyo texto conoció El Nacional, le escribió al alcalde del Distrito Maneiro del estado Nueva Esparta, Orlando Ávila, y a los ediles del Concejo Municipal, para hacerles una propuesta: enterado de que esa municipalidad poseía los derechos de dos séptimas partes de heredad en el codiciado Fundo La Soledad, así como de otras dos séptimas partes en la comunidad de La Sabaneta, planteaba hacer una permuta de los 48.000 metros cuadrados cuyos derechos entonces controlaba el cabildo en La Soledad, por los derechos de un área similar que FVF tenía en La Sabaneta, entre ellos, los que apenas dos meses antes le había comprado a Digasmar.

La oferta tenía un cariz de ganar-ganar. De llevarse a cabo el intercambio, la FVF podría al fin amasar casi 80.000 metros cuadrados en La Soledad, ubicación que, según exponía Esquivel en su petición, era la “de mayor eficiencia para el Centro de Alto Rendimiento del Complejo Deportivo Los Robles”. Por su parte, el municipio también consolidaría un área significativa en La Sabaneta.

El 22 de diciembre, en sesión extraordinaria, el Concejo Municipal autorizó al alcalde Ávila para celebrar el contrato de permuta con la FVF. En el acta correspondiente, donde se identifica el asunto a tratar como “Relacionado con la Fifa”, entre otros equívocos, sólo constan las dudas que expresó el concejal José Urbáez Navarro acerca del impacto que el Centro, con sus requerimientos de riego y aguas servidas, pudiera depararle al sistema de cloacas de Los Robles. De resto, el acuerdo se limitó a ratificar el visto bueno que a la operación le expidiera el Procurador General del estado Nueva Esparta, Jaime Verde Aldana. La abogada que representó a la FVF en la redacción de la escritura relativa a esta permuta, y en otras transacciones del proceso, se llama Carmen Verde Aldana.

La permuta se firmó el 19 de enero de 2001. Por medio de ella, la alcaldía de Pampatar (Maneiro) recibió derechos equivalentes a 48.571,42 metros cuadrados del fundo La Sabaneta, a cambio de otros derechos por 48.571,42 metros cuadrados en el fundo La Soledad. La FVF se comprometía a construir canchas deportivas para uso de la comunidad en un remanente de poco más de 17.000 metros cuadrados en La Sabaneta. Y convenía además en que el intercambio conservaría su efecto sólo si la construcción del Centro de Alto Rendimiento se iniciaba en un plazo menor de dos años. Para ello nadie tuvo que apurar a Esquivel. Se aseguraría de colocar la primera piedra el 23 de agosto de 2001 (a un año de la compra que hizo a su empresa fraterna, Digasmar), en un acto que contó con la asistencia del entonces gobernador Alexis Navarro, el alcalde Ávila y un representante de Fifa, el chileno Harold Mayne-Nichols.

Así que a comienzos de 2001 Esquivel tenía por fin los 80.000 metros cuadrados que exigía el proyecto, con vista al mar Caribe como prestación adicional. Nada mal para alguien que apenas un semestre antes sólo disponía de derechos indeterminados sobre un lote de terrenos y una promesa condicionada de financiamiento por parte de Fifa.

Antes de empezar las obras, quedaba todavía el trámite de partición del fundo La Soledad. Poca cosa para quien no conozca los entretelones de la registraduría venezolana y los despojos, ciertos o fabulados, que en materia de bienes raíces se vendrían cometiendo en Margarita desde que el auge turístico encendió el apetito por tierras. Pero tan complicada puede resultar que, por ejemplo, a cuatro años del contrato de permuta, la Alcaldía de Maneiro todavía no consigue iniciar en La Sabaneta el proyecto habitacional que se propuso construir, en espera de la resolución de la comunidad de bienes.

Hasta que se cumpliera la partición, la FVF nada poseía sino derechos sobre La Soledad. Ni siquiera podía afirmar a ciencia cierta y en términos tangibles, qué terrenos eran los suyos. La necesidad le obligaba a concertarse con los otros beneficiarios del fundo heredado, en general, un archipiélago de sucesores de apellido Ávila.

Para fortuna de Rafael Esquivel, la partición extrajudicial de la herencia y correspondiente asignación de parcelas, se cumplió sin novedades que lamentar el 22 de junio de 2001.

Pero esa fortuna puede que sea sólo aparente.

Al menos, si prospera la denuncia que, ante el Fiscal Superior del Ministerio Público, introdujo tan temprano como el 22 de noviembre de 2001 Angélica de Jesús Ávila. Se trata de una integrante de la sucesión Ávila-Jiménez, una de nueve herederos de una porción de 22.000 metros de La Soledad. De acuerdo a su alegato, el otorgamiento del documento de partición extrajudicial de esa herencia sólo tiene carácter de “presunto”. ¿La razón? Su consentimiento al arreglo, citado en el referido documento, habría sido forjado. Si se comprueba el señalamiento por la vía penal, la partición podría quedar sin efecto. O, en otras palabras, el Centro de Alto Rendimiento, una inversión milmillonaria para un puñado de patrocinantes públicos y privados, se estaría levantando sobre tierras cuya propiedad parcial todavía podría ser asignada a un particular distinto a la FVF.

UNA DEMANDA “ARRECHA”

Aunque El Nacional no consiguió hablar con Angélica del Jesús Ávila, en su lugar lo hizo con su hijo y representante legal, el abogado Rolman Caraballo Ávila. En su relación de los hechos que lo llevaron a recusar, la semana pasada, al fiscal, Caraballo no se ahorra detalles que alienten la suspicacia. Dice que el inicio de las obras del Centro de Alto Rendimiento lo alertó: hasta donde sabía, su madre no había participado en partición alguna de esa propiedad ancestral. “Un día me dirigí al registro”, sigue narrando, “y me encontré con la sorpresa de la protocolización del documento”.

En el documento aparecía su madre como otorgante a pesar de que, asegura, “no estuvo allí”. Indicios de ello: su cédula, a diferencia de las de los demás otorgantes, no quedó impresa en copia al reverso del protocolo. Tampoco se encuentra su firma autógrafa. En cambio, el registrador anota para suplir esta última omisión que “la ciudadana Angélica del Jesús Ávila Jiménez de Caraballo (…) manifiesta encontrarse impedida en este acto para firmar, por ende solicita al ciudadano Adolfo Ángel Antinucci Alfonzo (…) para que firme a ruego este documento”.

Adelantándose a quienes olfateen intereses de otro tipo en la acción, Rolman Caraballo dice estar movido por una sed de resarcimiento de la honra: “Cualquiera a quien le pongan a su mamá como loca, como incapaz, tiene que medir una situación como esta”. Al legajo que presentó ante el ministerio público, anexó los resultados de una experticia médica y siquiátrica con la que dejaría por sentado que su madre nunca estuvo aquejada de algún mal que la inhabilitase para firmar.

El socio de Caraballo en la causa, el también abogado Johnny Guerra, aduce otras motivaciones. Guerra es comúnmente tenido en Margarita por un litigante zamarro y vehemente. Durante la entrevista, no dudó en jactarse de ser apoderado de varias personalidades insulares, como la familia del ex gobernador Alexis Navarro, y de algunos de los propietarios de tierras colindantes con el Centro de Alto Rendimiento, con lo que se asegura de dejar en claro que no quiere torpedear un proyecto que puede favorecer a los suyos: “La obra se está haciendo en un municipio del cual tanto Rolman como yo somos oriundos. Nadie puede decir aquí que estamos en contra del desarrollo de una obra que beneficie a nuestro pueblo. Pero yo no puedo estar de acuerdo con el hecho de que, porque tú tengas poder económico y político, vayas a cometer unilateralmente una cantidad de hechos irregulares para perjudicar a terceros. Si hay delito, que lo sancionen”. Guerra conserva para el final otra revelación contundente: a quien figura como firmante a ruego designado en el acto de otorgamiento, Adolfo Antenucci, la señora Angélica, “no lo conoce” y, si quedaran dudas sobre sus lealtades efectivas, “es el presidente de la Asociación de Fútbol-Sala del estado Nueva Esparta, se la pasa con los Esquivel. Esta isla es muy pequeña, todos nos conocemos”, remata.

A pesar de la solidez aparente de sus argumentos, lo cierto es que desde que en 2001 se solicitó la investigación, la fiscalía no se ha pronunciado en ningún sentido. En un comunicado que publicó la FVF en el diario La Hora de Porlamar, Rafael Esquivel profesaba en diciembre de 2001 su “confianza en el Ministerio Público del Estado Nueva Esparta” a la hora de tratar el caso. Confianza que en todo caso a su contrincante, Caraballo, se le terminó: recusó al fiscal. Pero no le ha pasado lo mismo con la certeza de que tanto el ministerio público como los tribunales repararán en que “hay un vicio del consentimiento en la partición, falta uno de los elementos esenciales de un contrato, y lo que se establece entonces es la inexistencia del contrato”. Es decir, se partiría de cero en el proceso de parcelamiento del fundo La Soledad. Un horizonte con el que Johnny Guerra se permite cierto regodeo: “Hasta ahorita nuestra actuación ha sido en el campo penal. Pero si la Fiscalía determina que hay delito en todo esto, la demanda civil que yo le meto a la Federación Venezolana de Fútbol será arrecha”.

RECUADRO

“NADA QUE OCULTAR”

El encuentro tuvo lugar en Margarita, en lo que vale considerar como el solar de los Esquivel: la Estación de Servicio Los Robles. El panorama que ofrecía la casi invasiva presencia de Daniela Kosán en bikini desde una valla de cervezas en el exterior, poco pudo hacer para disipar la tirantez que impregnaba el interior de la oficina alterna que el presidente de la Federación Venezolana de Fútbol mantiene allí. Algún desagrado parecían haber causado las distintas versiones que llegaron a oídos del jerarca del balompié criollo, acerca de las averiguaciones que El Nacional adelantaba desde varios días antes en Porlamar. Sin embargo, en la entrevista Rafael Esquivel encontró motivos para hacer gala de las artes diplomáticas que tanto debió ejercitar como gerente bancario, primero, y como gran hegemón del deporte, después. Así que accedió a comentar algunos de los aspectos más controversiales de las operaciones por las que consiguió un lugar muy cercano donde construir el anhelado Centro de Alto Rendimiento de Fútbol.

- Usted parece ser alguien muy consciente del manejo de su imagen pública. ¿Cómo fue que no pensó que la operación de compra-venta entre Digasmar y la Federación Venezolana de Fútbol se iba a ver mal?

- No, en absoluto, no puedo pensar que sea malo, más allá de que en principio no fuera motivación mía que se hiciese el Centro de Alto Rendimiento aquí. El Centro de Alto Rendimiento en un momento dado se iba a hacer en un sector de San Antonio de los Altos, que lamentablemente el terreno no se dio. Luego fue aquí donde se decide, en primer lugar, por el señor Laureano González, miembro del comité ejecutivo, para que se haga en Margarita por cuestiones, incluso, de la facilidad de la construcción, de la situación impositiva para los materiales en un régimen de Puerto Libre.

- Pero, más allá de que sea legal, debe parecer algo honesto…

- Yo no sólo lo soy, sino que lo parezco y lo sigo manteniendo… Cuando esto sucede, por supuesto, yo doy un paso al costado porque era necesario hacerlo, sin lugar a dudas se iba a involucrar la figura de orden personal. Se podía crear un ambiente incómodo hacia la persona de Rafael Esquivel, pero toda la operación, que fue muy compleja, se hace con profunda transparencia. No sólo la adopta la asamblea por unanimidad, sino también la apoya Fifa por unanimidad en su Consejo Consultivo del Programa Goal, y esa es la razón por la cual se hizo.

- ¿Quiere decir que Fifa está al tanto del origen de este terreno?

- Por supuesto, antes de hacerse el centro, vino aquí.

- ¿Pero sabe que fue un terreno comprado, en parte, a una empresa suya?

- No, pero es que Fifa no lo tiene que saber. Solamente a Fifa le interesa saber de quién es el terreno. El terreno es de la federación. Su antecedencia no le interesa a Fifa. No tiene por qué importarle. Simplemente hay que presentarle a Fifa el terreno donde se va a construir el Centro de Alto Rendimiento o cualquier otra obra que se haga con financiamiento de ellos.

- Insisto: aún siendo transparente la negociación, ¿usted no notó que sería inconveniente de todas maneras porque la gente podía interpretar que fue un negocio suyo?

- No, es que yo no puedo pensar así porque no hay un acto de mala fe. Y lo que la gente pueda pensar se aclara de la forma en que lo está aclarando usted. Sobre todo frente a algunas personas que han querido especular con esta situación cuando fueron parte activa de esa negociación y ahora la critican. ¿Por qué tengo que detenerme a pensar en situaciones malsanas, o en situaciones que se puedan plantear como que aquí hubo dolo, como lo pretendieron presentar, cuando es un bien y hay una necesidad expresa, siendo además advertidos por Fifa de que somos los primeros del programa Goal y que no nos iba a dar sus aportes si no teníamos la propiedad para construir el centro? También tuvimos una posibilidad entonces con el Hotel Maracay, pero sucede algo muy importante: nosotros pensábamos que el aspecto de ser una isla turística, iba a darle un mercado cautivo al Centro, de construirse en Margarita. No hagamos cosas para que queden como un elefante blanco. Y en Margarita hemos visto como, por ejemplo, Mineros de Guayana, en su momento, Minervén, Maracaibo, ahora en diciembre, vinieron a hacer pretemporadas. Entonces, en vez de gastar en Isla Bonita, como hicieron, o entrenar en canchas alquiladas, mejor lo hacen aquí.

- Que en 916.000 kilómetros cuadrados de superficie que tiene Venezuela, justamente el terreno indicado para construir el centro fuera el que está al lado de sus negocios, ¿no resultaba algo llamativo?

- No, es que ya buscamos otros terrenos para hacer otros centros, porque no solamente se va a hacer este. Se va a hacer uno en Mucuchíes, en Mérida, donde la federación también está financiando el proyecto, conjuntamente con el IND. Y el día de mañana habrá otros centros, menores por supuesto, que se harán en otros estados del país. Se hará uno en Oriente, concretamente en Puerto Ordaz, otro en el centro, y otro en occidente, que podría ser en San Cristóbal. Yo creo que la suspicacia o lo que usted dice que se puede generar en función de que se haga cerca de los negocios de Rafael Esquivel, pues ¡no! El Centro Comercial Los Robles no es nuestro, y otros negocios aledaños no son nuestros, simplemente que hace muchísimos años el grupo familiar Esquivel mantiene unos negocios aquí como otros están ubicados en Punta de Piedras. Podríamos haberlo hecho, por ejemplo, en Juan Griego, pero allí no tenía sentido. Sólo tenía sentido en un lugar donde se consiguiera la tierra a un precio sumamente barato.

- Aunque se la tuviera que comprar a su propia empresa.

- A Digasmar. Pero con la aprobación de la junta directiva de la federación, e incluso yo quisiera que usted pregunte, pues, cuánto gana y cuánto pierde Digasmar dieciocho meses después, al vender sus derechos. El precio real de venta tenía que haber sido al precio del dinero, y hay un análisis de esto, hay un estudio económico del Banco Central de Venezuela, porque hasta ahí se sometió dentro de los estudios que la federación hizo para realizar esta operación. La empresa Digasmar perdió trescientos y tantos bolívares por metro cuadrado, es decir, tendría que haber vendido a 3.300 y no a 3.000, pero hubo una función social.

- El alcalde de Pampatar, Orlando Ávila, dice que los terrenos que la municipalidad conservó en el fundo La Sabaneta tras la permuta, los pensaba utilizar para unas soluciones habitacionales, pero que no puede iniciarlas porque la comunidad todavía se mantiene indivisa. ¿Por qué esa circunstancia no afecta los terrenos donde se está construyendo el centro?

- Porque la partición ya está hecha con pleno consentimiento de todas las partes. El terreno de La Soledad, donde nosotros tenemos casi 80.000 metros, ya se dividió.

- ¿Cabe pensar que si la FVF hubiese decidido construir en La Sabaneta, todavía estaría esperando por que se resolviera la sucesión?

- No, se hubiera hecho, igualito.

- ¿Por qué está tan seguro? Quizás algún sucesor pudiera objetar esa partición.

- Podía no haber estado de acuerdo, pero es que los sucesores todos estuvieron de acuerdo porque allí nunca se había hecho nada, ni siquiera habían pagado los impuestos. Nosotros en La Soledad hicimos el levantamiento topográfico, vimos dónde quedaba mejor el Centro de Alto Rendimiento, pero también nos pusimos de acuerdo con los otros herederos, y le dimos lo mejor del terreno a una sucesión de nueve herederos, que es la esquina de abajo. Tiene los servicios más accesibles, etcétera. Eso facilitó, incluso, la partición.

- ¿Por qué tenía que construirse el centro en los terrenos de La Soledad?

- Porque podíamos tomar la loma, lo que permite que el aire acondicionado se use de manera racional, porque hay una brisa permanente. Es un lugar envidiable para todos los efectos, de vista, de ubicación, de cercanía.

-¿Conoce la denuncia de los abogados Rolman Caraballo y Johnny Guerra? ¿Qué posición tiene al respecto?

- Lo que pasó justamente: esa señora (Angélica del Jesús Ávila, N de R) llegó al registro, estaba sumamente nerviosa, y solicitó una firma a ruego.

-Los abogados dicen que el señor Antenucci, quien firma a ruego el otorgamiento para la partición extrajudicial, es presidente de la Asociación de Fútbol Sala del estado Nueva Esparta.

- Totalmente falso.

-¿Tampoco tiene que ver con el fútbol de Nueva Esparta?

- No es presidente de la Asociación de Fútbol Sala del estado Nueva Esparta.

- Pero sí tiene vínculos con el fútbol.

- Por supuesto. Es gente del pueblo de Los Robles, gente conocida.

-Los denunciantes aducen que otro indicio de la falta de consentimiento de la señora Ávila, es que tampoco aparece una copia de su cédula de identidad al dorso del documento de protocolización.

- No sé, abogado no soy, eso le corresponde a las personas que supervisan, para eso hay un registrador. Pero, con todo respeto: esto es querer buscarle las cinco patas al gato. Yo estoy muy feliz porque ya Pdvsa está retomando el asunto del Centro, porque eso estuvo parado por alguna situación. Y la verdad es que ese centro no es de Rafael Esquivel, no es de ninguna persona particular, sino algo que le va a quedar al país.

-¿Entonces cuál es el propósito de la denuncia?

- No lo sé. Ni quiero pensar mal, ni tampoco soy un tipo que tome una espada para pasar factura, como se ha visto en los acontecimientos de estos últimos días.

-Pero si la denuncia de los abogados resultara cierta, podría implicar que la partición de los terrenos de La Soledad no tuvo efecto.

- ¿Y qué piensas tú? ¿Qué entonces tendríamos que traer unas máquinas para tumbar lo que está hecho del Centro, o qué? Ja, ja, ja… Yo creo que todas estas son especulaciones. Porque de la misma forma hay gente que quiere vender sus lotes. Esa señora forma parte de un grupo de nueve herederos que lo que tienen son 2.600 metros cuadrados cada uno. Ya se nos acercaron dos de ellos a ofrecernos. Pero quieren vender por una barbaridad. ¿Te parece que en una propiedad de 110.000 metros cuadrados, como es el fundo La Soledad, 2.600 metros hagan la diferencia en una partición? ¡Sin ánimo, por favor, de negarle a nadie sus legítimos derechos! Y nosotros a ese terreno le pusimos cloacas, le vamos a poner calles. Ese grupo de herederos tiene el mejor sitio.

-Si esta denuncia prosperara, ¿qué impacto espera usted que tenga sobre el desarrollo del Centro de Alto Rendimiento?

- No me atrevo a especular sobre qué pueda pasar.

14 de marzo de 2008

Binacional


N. de R.: Tenía mucho tiempo tras la pista de Gabriela Febres-Cordero, superconectada ex ministra venezolana que, después de formar parte del parvulario tecnocrático de Carlos Andrés Pérez durante su segundo gobierno, parecía haber desaparecido. No era así: tenía una vida de vértigo en la Embajada de Colombia en Washington. Allí -eso me figuraba yo- se codeaba con gente poderosa. Corroboré algunas de mis fantasías en este trabajo que por ahora circula con la revista "Exceso". Sus historias me resultaron fascinantes; el espacio, como siempre, insuficiente. La foto muestra en un extremo a la Febres-Cordero y, en el otro, a su ex marido y ex embajador colombiano ante la Casa Blanca, Luis Alberto Moreno

GABRIELA FEBRES-CORDERO: AMOR EN TIEMPOS DE CÓLERA

La ex ministra de Carlos Andrés Pérez tiene enterrado su corazón en Colombia, el país donde se lo acaban de romper. Recién separada del ex embajador de Pastrana y Uribe en Washington, Luis Alberto Moreno, saca cuentas de su vida. Pero, en vez de sumirla en la contemplación, el balance la llevó a poner todas sus energías en apadrinar valores neogranadinos, desde Juanes, el cantautor, a los niños de la música vallenata o los indios Tayronas de Santa Marta

Se lo oí decir a una amiga: “El apellido Febres-Cordero es todo lo que queda de la Gran Colombia”. Me lo dijo cuando empezaba a hacer entrevistas para esta nota. Y ahora que la escribo me convenzo de que no encontraré ninguna otra frase mejor que esa —aunque fue dicha con sorna; no en balde mi amiga vive en Washington D.C. — para sintetizar los postulados y conclusiones del perfil de Gabriela Febres-Cordero que aquí inicia.
Sin embargo, resta algo por agregarle. Así que a reformular la hipótesis, extendida y aclarada, con el siguiente corolario: el apellido Febres-Cordero es, repito, lo que queda de la Gran Colombia; pero es más vestigio, vivo, pugnando todavía por sobresalir, que reliquia inerte de museo.
La ex ministra del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, el del ajuste macroeconómico, lleva ese apellido y también, por vía materna, el de Salom. Uno lo emparenta con el prócer León Febres-Cordero, primer jefe supremo, en 1820, de la recién independizada provincia de Guayaquil, homónimo del patriarca democristiano y ex presidente del Ecuador en la actualidad, así como con una retahíla de nombres que dan lustre a la historia patria de Venezuela; el otro, por su parte, la conecta con Bartolomé Salom, general en Jefe de los Ejércitos de la República, el “Arístides de Colombia”, como lo llamó el propio Bolívar, quien lo tuvo por jefe del Estado Mayor. “Mi abuelo Pedro”, pasa revista al álbum familiar, “nacido alrededor de 1900, se sentía muy orgulloso de él y contaba que el general Salom era el único que conocía lo que había pasado con el fusilamiento de Piar, pero que guardó el secreto. También le tocó ser el custodio de los pertrechos para la Batalla de Boyacá, aquí cerca, en el páramo de Pisba. Era un hombre honorable y de confianza”.
Pero hasta aquí llegan los dominios de la heráldica y de la reacción al carbono 14.
Porque ha sido la vida presente de Gabriela Febres-Cordero, más que su estirpe, la que la colocó en medio de los entreveros donde cada tanto se riñen y vuelven a amistar las naciones hermanas del área andina, hijas todas del Libertador, cuartos desmembrados de la antigua Gran Colombia.
Primero, en el cargo de ministra-presidenta del Instituto de Comercio Exterior (ICE) no sólo rompió registros de edad como la integrante más joven del kindergarten tecnocrático de Pérez, sino que, sobre todo, tuvo a su cuidado el proceso de integración comercial de un Pacto Andino que todavía por entonces lucía robusto. Luego, como esposa del embajador por siete años de Colombia en Washington, Luis Alberto Moreno —hoy, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) —, supo convertirse en la discreta y eficaz aliada de la audaz campaña de relaciones públicas que su marido, a nombre de Bogotá, desplegó en la capital del imperio para conseguir el visto bueno de dos gobiernos y también un par de legislaturas norteamericanas para el controvertido Plan Colombia y a su extensión, el Plan Patriota.
Ahora, a la pregunta de “¿Y qué es de la vida de Gabriela Febres-Cordero?”, cabría responder: “como siempre, en la movida”. La movida, por ejemplo, de las frágiles, a punto de ruptura, relaciones colombo-venezolanas, con un pie metido entre los decision makers de Bogotá, sus amigos, y otro en el quién-es-quién de Caracas, sus amigos y parientes. Se disponía a almorzar, poco días después de nuestro encuentro, con el ex presidente Ernesto Samper; y, según aseguró, pocos días antes había recibido un saludo de año nuevo del presidente Álvaro Uribe por vía telefónica. La llamada incluyó otra pregunta que desde el Palacio de Nariño procuraba auscultar la dimensión del daño al vínculo binacional: “Cuénteme cómo ve las cosas”.
—¿Y cuál fue tu respuesta? ¿Cómo veías las cosas?
—No, no quiero entrar en esos temas. No me interesa que el mundo entero sepa eso. De hecho, fue una llamada cariñosa y personal, y él aprovechó para preguntar. Pero obviamente en todos los escenarios donde uno está con gente… El otro día estuve con Juan Manuel (Santos, ministro de Defensa de Colombia) y también me estuvo preguntando que cómo veía las cosas.
Para completar la certificación de calidad de sus contactos, también podría afirmarse que está en la movida de la farándula internacional, apadrinando la carrera de Juanes, verbigracia, mientras se mueve para convocar a Plácido Domingo a un evento de beneficencia.
Sin embargo, estas respuestas se quedarían cortas ante el panorama que se le presenta. Se diría, por sorprendente que pueda sonar, que Gabriela Febres-Cordero tiene cosas más importantes en qué pensar ahora. Recientemente separada de Moreno, con quien convivió 12 años, se avecina a los trámites del divorcio y separación de bienes, inevitablemente borrascosos. Y está a punto de cumplir 50 años de edad, un hito definitivo en el tránsito vital de cualquier individuo, en una fecha de tan poderosos significados cabalísticos, que los chinos la eligieron para darle inicio ese día a los Juegos Olímpicos de Pekín, el venidero 8 de agosto (08-08-08).

Ha dicho que el páramo de Pisba nos queda “aquí cerca” porque nos encontramos en la Casa Medina, una mansión señorial de los años 40 transformada en hotel de lujo en plena zona financiera de Bogotá. Hace frío a pesar de que ya casi es mediodía y de que por unos instantes se ha despejado la cubierta de nubes grises que en estos días iniciales del año obtura la visión del cielo sobre la capital neogranadina. El personal de relaciones públicas del hotel se desvive por ofrecer un café tipo capuchino, bien calientito, a “doña Gabriela”, junto a otras deferencias que, me permito suponer, sólo se reservan a los clientes frecuentes. “Esta gente es maravillosa”, califica Febres-Cordero no sólo al solícito personal del hotel, sino a los colombianos: “Son muy profesionales”. El episodio da pie a una breve disquisición sobre las diferencias y semejanzas entre colombianos y venezolanos, que no pretende otra cosa que ayudar a calentar la conversación, aunque bien valdría como contexto para las fricciones a ambos lados de la frontera. La radiografía que tantos años de interacción con colombianos le han permitido obtener, la anima a asegurar que son muchas las desemejanzas que se esconden en la fraternidad forzada de una relación siamesa: “Para el colombiano, que es muy distinto a nosotros, hay cosas que no logra entender del venezolano. Una es la estridencia nuestra. El colombiano la maneja con prudencia, pero le mortifica. Ellos hablan pasito. Nosotros hablamos duro y repicado. Puede parecer caricatura, pero es cierto: En un desencuentro nuestro, cualquiera te parte la botella y te pone el pico en el cuello. Pero de ahí no pasa la cosa. En cambio aquí, mudos, te volteas, ellos se sacan el revólver de la ruana, pam, y muerto caíste. Nosotros no pasamos del pico de la botella. Ellos tienen la ruana… Entonces, claro, imagínate la impresión de una gente que es así cuando la amenazan y le gritan cuatro cosas”.
Hay que reconocer que los tiempos que corren no parecen propicios para que un venezolano declare su amor por Colombia. En el caso de Gabriela Febres-Cordero, no obstante, sobran las licencias. Lo suyo con Colombia sí que es amor en tiempos de cólera. El nexo que mantiene con el país vecino es de vieja data y se vino a concretar con su matrimonio con Luis Alberto Moreno, colega ministro del gabinete del presidente César Gaviria. Eran otros tiempos, sin duda. La oleada de reestructuraciones neoliberales recorría de arriba abajo la América Latina. Niños prodigio jugaban a recomponer países a las órdenes de Carlos Salinas de Gortari, Carlos Saúl Menem, Carlos Andrés Pérez y el propio Gaviria. Febres-Cordero cerraba filas con los Moisés Naím, Miguel Rodríguez, Ricardo Hausmann y Beatrice Rangel, entre otros que, con sus experimentos de ingeniería económica y social, desdecían de sus orígenes diversos para constituirse en una nueva clase, la tecnocracia, de la que hoy pocos recuerdan si acaso existió de verdad.
En el área de Comercio Exterior, Gabriela Febres-Cordero sirvió como ariete de la apertura. A estas alturas, si bien no reniega de la experiencia, trata de ponerla en perspectiva: “Eso es el retrato de una época. En ese momento yo tenía 29 años; Miguel tenía 33; Moisés, como 34. Todos veníamos de una buena formación en Venezuela y Estados Unidos. Pero nadie tenía formación política. Se suponía que el presidente Pérez sabía de eso. Uno iba a hacer el oficio y la tarea que le dijeron. Claro que hubo cosas en las que nos equivocamos. En el área mía, por ejemplo, recuerdo unas discusiones tremendas sobre el tema del maíz en Venezuela, cuánto costaba producirlo en Venezuela y cuánto costaba importarlo. La ecuación obvia daba que la importación resultaba mil veces mejor. Que beneficiaba a millones de consumidores. Lo que está muy bien. Pero reconozco que en ese momento, cuando se tomaron decisiones de las que yo fui partícipe, nunca me senté a pensar en qué pasaba con una familia que vivía de sembrar maíz en su conuco. No fue necesariamente por insensibilidad. Se hablaba del programa de reconversión y reentrenamiento que tenía que acompañar a la apertura. Eso estaba contemplado. Pero era una de esas cosas que, como uno se da cuenta después en la vida, se quedan en la teoría. El problema no era la apertura. El problema era qué hacer con la minoría afectada, porque inmediatamente estabas generando una exclusión. Allí es donde yo hoy me riño con las soluciones masivas y sistémicas. Al tratar a todo el mundo con el mismo rasero, se crean unos bolsones de exclusión de los que nadie se ocupa. Hay que ponerles atención. Creo que todavía no hay conciencia de que la sumatoria de los bolsones de exclusión es lo que genera las revoluciones y las turbulencias”.
Así como fue fecunda para la reflexión, la pasantía por el gobierno de Pérez sirvió para alimentar la agenda de contactos de Gabriela Febres-Cordero entre sus pares colombianos. Noemí Sanín, actual embajadora en Madrid y puntera en las encuestas de los presidenciables; Juan Manuel Santos, otro candidato in pectore y actual ministro de la Defensa; y Gabriel Silva, presidente de la influyente Federación Colombiana de Cafeteros, lo que equivale a llamarlo el “dueño” de Juan Valdez; fueron algunas de las amistades cosechadas en ese período. Aunque más importante resultó su encuentro con el joven ministro de Desarrollo Económico, Luis Alberto Moreno. La leyenda sostiene que se conocieron en una reunión de directorio de la Corporación Andina de Fomento (CAF). Difícil saber si el flechazo fue instantáneo. De lo que no se puede dudar es de la fuerza de la conexión. Gabriela Febres-Cordero, que después de las intentonas golpistas de 1992 había dejado su puesto en el gabinete, se mudó a Colombia. Moreno, que venía de un matrimonio con la periodista norteamericana Adriana Foglia, puso manos a la obra a un trueque de compañía que la comidilla bogotana consagró con una suerte de proverbio: “Cómo será de verraco Luis Alberto que se consiguió una mujer más brava, más rica y más chiquita que Adriana”.

Lo de la altura no era, valga la expresión, un dato menor. Tampoco un chiste. Febres-Cordero, menuda y compacta, parecía mandada a hacer para el troquel de Moreno, de apenas 1,61 de estatura. Una pareja pigmea que se engrandecía en la yunta de sus personalidades. En particular Moreno, que fue, además de ministro, productor de noticieros televisivos, representante de conglomerados en telecomunicaciones, director de la campaña presidencial de Andrés Pastrana y, en sus mocedades, vendedor de aspiradoras, compensaba la ligereza de su humanidad con un don de gentes y una capacidad de persuasión que pondría a prueba en lo que fue su asignación estelar: la embajada de Colombia en Washington. Cómo sería de exitosa su gestión que, después de estar en el cargo durante cuatro años bajo la administración Pastrana, el presidente Álvaro Uribe lo ratificó por tres años más. Su indicador de desempeño era muy objetivo: la aprobación por parte de Ejecutivo y Congreso del Plan Colombia, una multimillonaria ayuda en armamento y programas sociales para combatir al narcotráfico que luego, bajo el nombre de Plan Patriota, se reconvertiría en campaña anti-insurgente.
Moreno no lo tenía nada fácil. Colombia entonces era tenida como uno de los Estados frágiles, acaso abortados, en cuyos vacíos se hacían fuertes la subversión de izquierda y el crimen organizado. Echar al mar un camión de volteo cargado de dólares lucía más rentable que tirar recursos de los contribuyentes norteamericanos en esa tierra de nadie. Para colmo, los alegados nexos del presidente Uribe con las fuerzas irregulares del paramilitarismo poco hicieron en optimizar las probabilidades de la tarea.
Para el éxito con que coronó su cometido, Moreno contó con las artes organizativas de su esposa. Febres-Cordero, poco dada a hacerse al papel decorativo de mujer de diplomático que las usanzas de Washington le asignaban, descansaba poco inventándose algo en qué descargar sus energías. Primero, redefinió la gestión de la Embajada y renovó su staff: “Eso es como manejar un hotel, una casa, un restaurante y un departamento de alimentos y bebidas las 24 horas del día. Tú eres gerente y ama de llaves a la vez. ¡Es tremendo!”. El ajuste le valió no pocos roces, pero aclara, debidos a su propia personalidad obsesiva y severa, y en nada atribuibles a su condición de venezolana mandando en baile de colombianos. Se trata de un carácter que ya en otra entrevista para esta revista (Exceso, agosto 1991) intentaba definir así: “Yo digo ‘voy’ y por ahí me meto”, le aseguraba a la colega Faitha Nahmens, “y no me importa qué me llevo por delante. No puedo ser ladina ni sirvo para edulcorar las cosas”. Sería, insistía también en ese entonces de sus 33 años, un fatalismo hereditario que se puede achacar al general Salom, “que murió de una rabieta. Sí, en Carora estaban fustigando a un hombre y él quiso interceder. Como lo humillaron, ya era viejo entonces, rompió la espada que le había regalado el Libertador y se echó a morir”.
Orgullosa pero sin echarse a morir, la venezolana se las ingenió para coordinar entonces una investigación sobre la arquitectura de las principales embajadas de Washington, publicada en edición de lujo por Villegas Editores de Bogotá. Sin embargo, se le estaba agotando el turno de “mirón de palo, y de pronto”, ahora relata en Casa Medina, “terminé engranando y se me ocurrieron cosas, actividades complementarias que podían apuntalar lo que se estaba haciendo desde la Embajada para que la percepción de Colombia fuera distinta”.
“Hay un caso que recuerdo mucho, el de un senador demócrata de Vermont, Patrick Leahy, un tipo muy importante que estaba en el Comité de Foreign Operations, el que da la plata. Muy de la línea de Delahunt y de Meeks, esto es, muy en la línea de derechos humanos, y a quienes la llegada del presidente Uribe produjo todo un cuestionamiento por el perfil que tenía. Había que convencer a estos demócratas no sólo de que Uribe había ganado limpiamente las elecciones, sino de que era la persona honorable y correcta que Colombia se merecía. A través de distintos medios, a través de su señora, que se volvió muy amiga mía, se le hizo la corte hasta que fue a la casa un poco remolón. Buscamos el menú más adecuado. Preparamos un pescado en hojas de plátano, que practicamos varias veces. Pero estaba la pregunta de qué vino se le ponía. Alguien me había mencionado que él tenía raíz europea. Me metí en Internet y conseguí que la mamá era italiana. Por mera intuición me metí a ver qué había en la región de Italia de donde venía su madre. Encuentro entonces que hay un viñedo en el pueblo donde la mamá nació y donde él pasó su infancia. Entonces empecé a buscar dónde conseguía ese vino. Zanqueé por todas partes y conseguí un distribuidor en California. Llamé a California: ‘Mándenme el vino urgente para acá’. Me mandaron el vino. Cuando llega el señor, la comida y todo estaba perfecto, pero yo seguía sintiendo que aquel señor estaba como cerrado. Entonces le sirven el vino y él pide la botella para verla. Cuando agarra la botella, yo lo veo palidecer desde el otro lado de la mesa. Luis Alberto me miró como diciéndome ‘¿qué pasó, cuál fue esta metida de pata?’. Yo no le había dicho nada porque se me olvidó. Bueno, resulta que el senador me pregunta dónde conseguí ese vino. Entonces le digo: ‘En California’. Pero él siguió: ¿Usted sabe que este vino es de mi pueblo?”. Le dije: ‘Sí, lo sé’. ¿Y cómo sabía? ‘I did my homework’, le respondí. ¡Y se acabó! Desde ese momento el hombre abrió la santamaría y fue otro cuento totalmente distinto”.

“¿De qué vivo? De mi herencia”. Vaya; esto se llama honestidad brutal. Aunque, si lo pienso mejor, me parece que no es más de lo que cabe esperar de una mujer que se apresta a hacer balance a los 50 años de edad y que tiene las condiciones para financiarse ese alto en el camino, siempre tan favorable para la reflexión. Su cuerpo se traslada con frecuencia de uno a otro de sus hogares entre New York y Bogotá, aunque por momentos parece que su alma residiera, provisionalmente, en una zona etérea ubicada en alguna otra dimensión. Dice que, pasando revista a lo que hasta ahora fue su vida, pudo trazar check marks en la lista de tareas cumplidas. Claro que el balance incluye los vidrios rotos de su relación con Moreno, segundo matrimonio que intenta, y que, aunque por ahora no sabe a qué se va a dedicar, el resultado neto de estas incertidumbres no es la angustia sino “una tranquilidad enorme”, que la acompaña mientras se estaciona en el hombrillo.
Alrededor de sus muñecas, junto a otras pulseras, danzan media docena de cordones de hilo blanco. Son aseguranzas, las llama, y les fueron dispensadas por mamos —caciques o chamanes— de las etnias tayronas que habitan la Sierra Nevada de Santa Marta, sobre la costa Atlántica de Colombia. Cuando cumplió 40 visitó por primera vez a esos nativos, cuyo aislamiento se acentúa según aumenta la cota. En esa ocasión un mamo, Jacinto, de la tribu más elevada —tanto en la montaña como en el espíritu—, los Kogui, le auguró, a través de un intérprete: “Usted va a ir a un sitio muy lejos y va a ir con su marido y la función de su marido será hablar, hablar y hablar. Usted tiene que ayudarlo para decirle a esos ‘hermanos menores’ que no contaminen la tierra”. En retrospectiva, Febres-Cordero cree identificar en esas palabras una mención no tan velada al programa de fumigaciones que a la postre comprendería el Plan Colombia. “Eso fue antes de que enviaran a Luis Alberto a Washington. Entonces no entendí nada. Pero después entendí. Hoy se hacen erradicaciones manuales de las plantas de coca, pero al principio fue pura fumigación. Y yo siempre me acordaba de eso”.
El presagio —que también anunciaba el venidero reinado de los paramilitares en Colombia— encontró tierra fértil en la vocación por el misticismo de la venezolana. Colegas periodistas en Bogotá dan crédito a versiones según las cuales Febres-Cordero es alguien capaz de ‘montarle un trabajo’ a una rival. Cierta o no, exagerada o no, poco importa esta caracterización que la implicada ni niega ni confirma. En cualquier caso, lo relevante es el modo en que convirtió la causa de los tayronas, acorralados por los desmanes en asfalto y acero del progreso y por el ascenso a través de sus tierras de los sembradíos de coca, en su causa. Pronostica que el apoyo a los indígenas, o lo que es lo mismo, a la recuperación del entorno natural de la Sierra Nevada de Santa Marta, le tomará los próximos 25 años. Por lo pronto, se ocupa en una frenética búsqueda de patrocinios con la que se empeña, además, en demostrar que su pausa vital no se traduce en inacción. “Le pasas un videíto a los gringos y ya los sensibilizas para bajarlos de la mula”, se ríe, sin descartar otros métodos de persuasión. No hace mucho, por ejemplo, se llevó a varios indígenas de la sierra a pasar las de Cocodrilo Dundee en New York, entre rascacielos y juntas con donantes. Parece que les fue bien.
Sin embargo, tiene que barajar con cautela su acceso a financistas del Primer Mundo, no vaya a ser que los atosigue con distintas peticiones y seque por mero descuido alguna fuente de recursos. Porque son varios sus proyectos humanitarios y cada uno se merece dinero fresco del norte. Está también, por ejemplo, United for Colombia, la fundación que dirige para la asistencia a niños y soldados lisiados por minas antipersonales y que ya ha tratado 72 casos en muy poco tiempo. Allí trabaja con Juanes, líder a su vez de la Fundación Mi Sangre, pero contraparte también de Gabriela en una relación ganar-ganar en la que cada quien obtiene recompensas. La caraqueña contribuyó a poner a Juanes en los mapas de uno de los productores cruciales de la industria musical norteamericana, Quincy Jones, y del ex beatle Paul McCartney. “Estábamos en un yate en el Mediterráneo. Yo cargaba mi i-pod con las canciones de Juanes. Y se lo di a oír a Quincy. Le encantó. Desde el yate llamé a Juanes y le dije: ‘Te paso a Quincy Jones’. De ahí lo invita al segundo concierto de We are the world, we are the children. Maná y él fueron los únicos latinoamericanos. Después Quincy lo metió entre los líderes más influyentes del futuro en la revista Time. Tiempo después, me puse en contacto con Heather Mills, que tenía el programa Adopt a minefield. Cuando le llegué a esa señora y nos pusimos de acuerdo para hacer una gala en Los Ángeles pro fondos para Colombia, surgió la pregunta de quién iba a cantar. Eso fue en 2004. Y, no te creas, ¡fue duro! Me tocó negociar con Heather y Paul McCartney porque querían que fuera Shakira. Pero yo estaba empeñada en que fuera Juanes, porque había sacado dos años antes la canción ‘Fíjate bien donde pisas’”. Ahora, para una ocasión similar, trata de conquistar al tenor Plácido Domingo, que “conoce bastante o algo del trabajo que hace la fundación, ha visto el video de los niñitos, él sabe cuánto hay que levantar todos los años para que todos tengan prótesis todos los años. La última vez que lo vi fue ahorita, en New York, en una función de Ifigenia en el Met: fui al camerino y entonces me dijo: ‘A ver, cómo es que hay que trabajar esto’”.
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RECUADRO 1

La gota fría

La combinación entre farándula musical y labor pro bono, que estuvo a punto de cristalizar también en la Fundación ALAS recientemente creada por Shakira –“en realidad no fue ella, sino Antonio (de la Rúa, prometido de la cantante), quien me llamó para que me vinculara y lo ayudara a coordinar la relación con otras fundaciones; pero allí entraron Carlos Slim y el grupo Santo Domingo con una buena plata y quisieron participar más activamente en la estructura administrativa”-, se funde con una reputación, la de ser una de las mejores bailadoras de vallenato en mil millas a la redonda, de la que Febres-Cordero se ufana. “No hay nada que me guste más que estar metida en un ‘chuzo’ vallenato”, se defiende cuando se la observa como quien mira a una sifrinita de nariz respingona.
De esa confluencia nace el mecenazgo a los Niños Vallenatos, una banda-escuela dirigida por Andrés ‘el Turco’ Gil, habituada ya a los grandes acontecimientos —se presentaron en la Casa Rosada de Buenos Aires y en el Palacio Imperial de Tokio, así como en el homenaje por los 80 años de Gabriel García Márquez, hace un año en Cartagena de Indias—, pero cuya plataforma de proyección tuvo lugar en 1999 en una presentación urdida por Febres-Cordero para el presidente Bill Clinton en la Casa Blanca. Desde entonces, la venezolana, junto a la promotora cultural Consuelo Araújonoguera, asesinada por la narcoguerrilla, se tornaron sus madrinas. Y Clinton, por cierto, en su fanático.
“Los que fueron a la Casa Blanca ya crecieron todos. Tres o cuatro de ellos están en grupos grandes que suenan en toda Colombia. Dos son acordeoneros, entre ellos, el principal de Peter Manjarrés. Son hombres hechos y derechos. Pero el cariño es el mismo. Todos tienen mi celular, me llaman, conversamos; sé dónde viven, quiénes son sus padres… Y eso lo estoy haciendo hoy también con las nuevas generaciones. Por ejemplo, estamos en un proyecto bien chévere que ya se terminó de filmar, una película llamada El ángel del acordeón. Al niñito protagonista, Camilo Molina, yo me lo llevé a la Biblioteca de Clinton. Estuve muy involucrada en seguir la película, cuando se hicieron las audiciones, en velar que tenga un propósito social y que parte de la taquilla vaya para la creación de escuelas de música vallenata, o conseguir que Hoehner, que es la empresa alemana que fabrica los acordeones, nos donara algunos instrumentos para la escuela que se hará con lo que la película recaude”.
Por lo demás, siempre consigue quien le ofrezca recursos para comprar acordeones, un bien preciado y escaso en Colombia, aunque “es interesante: el acordeón vallenato sólo se usa en Colombia y la fábrica tiene esa línea de producción solamente para Colombia”. En los días de nuestra entrevista, la ex ministra cargaba en su equipaje un acordeón adquirido con fondos de un donante para reparar una injusticia: Yeimi Arrieta, un talento precoz de nueve años de edad del municipio de Arjona (Bolívar), primera chica que en 40 años del Festival de Valledupar ganó la competencia infantil de acordeoneros en 2007, no tenía instrumento propio. “Ahora voy a ir a entregarle el acordeón”.
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RECUADRO 2

Empezar de cero

Ciudadana del mundo, podría ser el título de su gentilicio. Con residencia hasta no hace nada en Washington DC, cuando en aduanas o inmigración le preguntan donde vive, responde: “Nueva York; es el sitio donde más tiempo paso”.
Tiene enfrente, sin embargo, una reparación menos geográfica pero, no por ello, menos tangible y que ella misma resume así: “De una u otra forma yo organicé mi vida en torno a las actividades de Luis Alberto y en torno a su vida. Al no estar ya Luis Alberto en mi vida, pues, tengo que rehacer todo”. La separación, que abonó por un tiempo las comidillas de Bogotá y de la comunidad diplomática en Washington, sigue su curso mientras Gabriela Febres-Cordero palpa con todas sus asperezas la inminente condición de divorciada.
- Tengo que arrancar de nuevo, digamos que de cero, y eso toma tiempo. Eso no es ‘snap your fingers’ como Hechizada y ¡ya! todo se organizó.

- ¿Esta transición no te genera incertidumbre?
- La transición, en una circunstancia personal como esta, siempre genera mucha ansiedad, sin duda alguna. Las ansiedades son normales porque es una circunstancia emocional fuerte. Pero a su vez hay una tranquilidad interna muy grande también.

- ¿Y no guardas rencor?
- Yo creo que en el proceso uno tiene malos ratos. A mí que me digan que los divorcios son todos armoniosos… ¡No! Cuando hay un divorcio es porque hay un desencuentro, al haber desencuentro hay diferencias y cuando hay diferencias es porque hay posiciones que tiene cada persona. Pero yo creo que el tiempo siempre pone las cosas en perspectiva. El ejercicio más importante es ver la puerta que se abre y no la que se cierra. Si uno puede levantarse en la mañana, tener la disciplina y espartanamente mirar todas las oportunidades que se te están dando, y no estar mirando lo que perdiste, o lo que dejaste, o lo que hiciste que se quedó allá, sino realmente la actitud de mirar hacia lo bueno que se te abre, la mala energía se reduce sustancialmente.

- Pero te mueves en un ambiente social en el que es probable que te cruces con Luis Alberto Moreno…
- ¡Nos saludamos! Acaba de ocurrir en un evento social en Cartagena y nos saludamos de manera muy cordial. Yo creo que la cordialidad de todas maneras se tiene que mantener. El hecho de que haya dos caminos distintos, pues… Claro que uno se va a conseguir en la vida, pero uno está mirando el porvenir.

-Para las actividades comunitarias que vienes haciendo, supongo que la plataforma que Moreno te ofrecía era excelente, ¿ahora puedes hacerlas sola?
- La verdad es que la fundación arranca desde la embajada pero se ha podido sostener. Nosotros salimos de la embajada hace dos años, ya van a hacer tres años. Y sigue perfectamente bien. Nunca tuvo base de apoyo en el BID. Eso anduvo solo y continúa solo y es una causa, creo, muy sentida no solamente en mi caso personal sino las personas que están involucradas la sienten. No sólo sentida, también necesitada, hasta el punto que no creo que mi situación personal cambie para nada el trabajo.

-¿En qué estás pensando ahora?
- Sigo todavía rumiando. No tengo claras muchas cosas. Las cosas que tengo claras son el proyecto de los indígenas de la sierra de Santa Marta, el tema de las víctimas de la guerra en Colombia, tanto soldados como civiles, que también va a continuar en la medida que las FARC sigan sembrando minas.

- Pero estas cosas que enumeras son externas a ti. ¿Y lo que tiene que ver con tu vida personal?
- Por esa parte yo no puedo especular qué va a pasar. Digamos que cuando me levanto en la mañana me pregunto qué me toca hacer y sé que esas dos cosas están allí que son importantes. Como también el tema de la música vallenata, el tema de la educación musical de los niños. También tengo unas ofertas que están en la mesa. Pero todavía sigo en la transición, digamos, de ser divorciada oficialmente. Ese status no lo tengo, estoy en proceso, mientras no salga de eso, que tiene su tiempito, no creo que me aventure a tomar a corto plazo una decisión.

El gran hermanito


N. de R.: Esta nota la hice en diciembre de 2006 para la revista "Exceso" de Caracas, entonces todavía bajo la conducción de Ben Ami Fihman. Su personaje principal: Julio Augusto López, un magnate mediático incubado al calor del chavismo. Según los rumores de las columnas de farándula, su "Canal de Noticias" se parecía mucho a un fiasco. Cuando cubrí la historia, estuve detrás de su inusual figuración como "periodista" y "patrocinante" en la campaña electoral de Ollanta Humala en Perú. De esa dupla queda como testimonio la foto

CITIZEN LÓPEZ

Joven empresario de origen peruano y nombre patricio, Julio Augusto López aparece desde hace unos años en vías de amasar un imperio mediático al servicio, según los rumores más punzantes, de la causa revolucionaria. Con facilidad de maromero emprende y aborta proyectos de comunicación, casi siempre de factibilidad dudosa, de los que por ahora le quedan el diario The Daily Journal y Canal de Noticias, una nueva señal televisiva. En medio del derroche, una aventura editorial en Perú de llamativa proximidad con Ollanta Humala, y una alianza en veremos con la cadena Al-Yazira, forman parte de sus peripecias.

“Sí, me llamó y me planteó hacer lo mismo que yo hacía en Globovisión”, declara sin tapujos José Domingo Mingo Blanco. “Cené con él y me contó sus proyectos”, asiente, por su parte, Nelson Bocaranda. Ambos periodistas, figuras de postín de la pantalla chica todavía y a pesar –o quién sabe si a propósito- de las incomodidades que generaron a sus últimos patrones en la TV, oían ofertas de Julio Augusto López, un joven magnate a quien puede que le falte mucho por acumular antes de equipararse con un Cisneros Rendiles o un Azcárraga Jean, pero que ya tiene en su haber un conglomerado mediático en ciernes.
En un abrir y cerrar de ojos López pasó a controlar El Diario de Caracas (2003) y The Daily Journal (2006), negocios editoriales que, si bien languidecían en términos de lectoría, ventas publicitarias y circulación, conservaban entre sus activos algunas marcas llamativas y cargadas de viejas glorias que valía la pena reactivar. Ahora, y luego de ceder su participación en El Diario de Caracas –reconvertido en gratuito matutino- al inversionista Pedro Perucho Torres, el editor de origen peruano concentra sus desvelos en la puesta a punto de su nuevo proyecto: Canal de Noticias, una señal de 24 horas de información que se mantiene al aire en período de pruebas desde principios de noviembre, a través de la red de televisión por suscripción Intercable.
La parábola del emprendedor con un sueño por seguir podría calzarle a la perfección, de no ser por los rumores pertinaces que atribuyen la fortuna y el emporio comunicacional de López a favores concedidos por sus amigos del gobierno. En Internet, comarca donde por igual se enseñorean difamaciones, conspiraciones virtuales y esas primicias que nadie en los medios tradicionales se atreve a difundir, se leen afirmaciones como esta que, bajo el título en inglés de Dispatches from Caracas: the Bolivarian Daily Journal, se atribuye a Tirso Suárez: “López Enríquez is just a straw man”. Evitando honduras tan rotundas, Mingo advierte sin embargo que se sintió obligado “a hablarle claro” a López para preguntarle a boca de jarro: “¿Para qué quieres contratarme si ese canal tuyo es rojo, rojito?”.
El prejuicio se viene esparciendo con rapidez y las actuaciones de López poco contribuyen, si no a disiparlo, siquiera a contenerlo. Las dudas que ensombrecen su reputación se alargaron hace poco hasta el Perú, tierra natal de sus padres, donde un popular programa periodístico de la TV consiguió elementos para atreverse a insinuar la hipótesis de que López podría haber servido de biombo en una operación de transferencia de fondos desde Caracas a la campaña electoral del candidato nacionalista a la presidencia, Ollanta Humala. Y es cierto que los indicios, numerosos, alientan la sospecha. Desde 1998 López se embarcó, tanto en Venezuela como en Perú, en una fila de proyectos periodísticos cuya lógica de negocios cuesta entender y de cuya difícil sustentabilidad tendría que prevenirse cualquier inversionista de mediano olfato. De hecho, casi todos fueron abortados: The Daily Journal y el canal de TV que apenas germina son los testimonios pervivientes de la casi conmovedora insistencia de López en el método del ensayo y error. Una perspectiva que sólo puede cambiar, según lo dicta la suspicacia, si se cuenta con un pote inagotable de recursos para gastar. ¿Es este el caso? Y de serlo, ¿de dónde provienen esos fondos? ¿Será que financian una estrategia más vasta de índole política? ¿O se tratará, como protesta López desde su oficina en la industrial urbanización Boleíta Norte de Caracas, de una decodificación amañada de meras circunstancias coincidenciales que él no niega, pero que para nada forman parte de una colusión oculta con el proyecto bolivariano? ¿Un visionario incomprendido?

Una advertencia útil para considerar durante la lectura de este reportaje desde la polarizada visión venezolana: tener simpatías políticas, y expresarlas, no constituye delito. Tampoco una trasgresión moral. De ello estarían concientes los periodistas peruanos que, en medio de la áspera campaña electoral de este año, veían con frecuencia a Julio Augusto López Enríquez acompañar al candidato Ollanta Humala. Pero al final de la campaña tuvieron más de qué enterarse. La más llamativa señal de que la cercanía de López con el ex oficial de artillería del ejército peruano sobrepasaba las relaciones entre un candidato y un reportero demasiado comprometido con su fuente o, incluso, entre un candidato y su mecenas, fue la aparición en el comando de campaña del humalismo, la víspera de las votaciones para la segunda vuelta presidencial, de un longuilíneo personaje de bigotes y cabello cano. El hombre portaba un típico chaleco de corresponsal con la inscripción “Press” a la espalda y el logotipo de The Daily Journal sobre el pecho. Ante las cámaras de sus colegas se identificó como corresponsal del diario en inglés. ¿Qué otra cosa esperar? Pero vaya que, si en verdad era reportero, suscitaría la envidia de la bandada de periodistas que ese día clave para la democracia peruana no conseguía traspasar el mural de los cuarteles generales de Humala. Mientras tanto, el enviado del diario caraqueño gozaba del inusual privilegio de acompañar al candidato y a sus consejeros hasta los recintos más reservados de ese puesto de mando.
Si en esas condiciones consiguió exclusivas para su medio o no, dejó de ser un asunto relevante a las pocas horas, y no sólo por el ajustado triunfo de Alan García sobre Humala. Pasó entonces que el programa La ventana indiscreta, conducido por la periodista Cecilia Valenzuela en el canal 2 de Frecuencia Latina –la empresa del controvertido Baruch Ivcher- , identificó al reportero venido desde Venezuela como José Suárez, en realidad, teniente coronel retirado del ejército peruano, ex integrante del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), cuya última posición de comando en guarniciones la ocupó, justamente, durante el primer gobierno de García. Otro trascendido permitió saber que Suárez, también oficial de artillería, había sido instructor de Humala. Y sin hacer caso a las sospechas habituales sobre ese período, ya en Caracas López Enríquez admitiría que, durante la dictablanda de Alberto Fujimori, su pretendido corresponsal “fue el segundo a bordo en el medio de comunicaciones del ejército peruano, un experto en operaciones psicológicas”, aludiendo, quizás de manera equívoca, a las famosas operaciones psicosociales que tanto y con tan resaltantes resultados puso en práctica Vladimiro Montesinos.
La primicia terminó así de atar los cabos sueltos de los recelos que hasta entonces levantaba entre la comunidad mediática del Perú la irrupción de The Daily Journal en ese mercado. Desde el 3 de abril de 2006 –lunes de la última semana de campaña antes de la primera vuelta electoral-, el periódico venezolano empezó a distribuirse, sin costo alguno, de acuerdo a un mailing list que incluía a formadores de opinión locales a los que se quería atrapar como suscriptores. Los contenidos eran casi siempre los mismos de la edición caraqueña, con algunos agregados locales que un pequeño buró de periodistas aportaba. El archivo llegaba a los talleres del diario El Comercio de Lima, el más importante del país, donde se imprimían alrededor de 3.000 ejemplares.
Como La ventana indiscreta comprobó, para amparar el extravagante emprendimiento -¡un diario de noticias venezolanas, en su mayoría, escritas en inglés, sin publicidad local, justo para el Perú que por entonces se veía al borde del holocausto étnico!- Julio Augusto López abrió un rosario de compañías, algunas de ellas constituidas después de iniciar las operaciones limeñas, y todas con capitales irrisorios que equivalían a 1.000 dólares por razón jurídica. Los domicilios de las empresas correspondían a las casas de habitación de individualidades como Pilar Salazar, prima-hermana de López. Salazar figura como principal accionista de la Agencia Latinoamericana de Noticias, primera empresa que manejó la franquicia del Daily en Perú. El otro accionista es el hijo de Pilar, César, un imberbe simpaticón de melena alborotada que abrió a Exceso las puertas de su casa en el distrito de Santiago de Surco de la capital peruana, una zona de casas sencillas de una planta y techo a un agua con cierto aire a Prado de María o Los Rosales, aquí en Caracas. A todas vistas no se trata de potentados capaces de arriesgar cerca de 2.000 dólares diarios sólo en costos de impresión.
López hizo sus pininos de redactor al publicar, con llamados en primera y despliegue generoso, sendas entrevistas exclusivas con Ollanta Humala y su lugarteniente del momento y hoy diputado, Daniel Abugattás. Nada similar ocurrió con cualquiera de los otros candidatos inscritos en el tarjetón electoral, ni tan sólo con los dos más competitivos adversarios del candidato nacionalista, como lo eran Lourdes Flores y Alan García, electo presidente a la postre. Sin embargo, una de las redactoras del staff en Lima, que pidió a Exceso mantener su nombre en reserva pues “no creo que mi testimonio vaya a reforzar tu reportaje”, asegura que “nunca nos impusieron ninguna línea editorial, ni que tienes que escribir esto o lo otro”. La periodista, reclutada por sus conocimientos del idioma inglés, cubría la guardia de la mañana en las espartanas oficinas, hoy desocupadas, del diario en San Isidro, municipio comercial de Lima. Del mismo modo en que no conserva nexos con López y sus empresas, no tiene ambages para decir que el editor jamás se metía en los asuntos redaccionales, pasaba por ahí para saludar de cuando en vez, y no sólo toleraba sino que hasta llegaba a impulsar la cobertura de actos de los rivales políticos de Humala. Pero, esto sí lo confirmó, cuando en el mes de julio –a pocos días de la toma de posesión de Alan García-, la señora Pilar anunció el final de la aventura periodística, “nos dijo que cerraban porque ya había pasado la campaña electoral”.
El propio López diría a Exceso que, si bien en efecto, la distribución de The Daily Journal “se hizo con premura porque se quería agarrar el momento de la elección”, no fue el término de los comicios sino el agotamiento de la capacidad para amortizar el déficit lo que le llevó a desistir de su intento. “No sólo nosotros, sino varias empresas venezolanas que estaban allá, se vieron afectadas por el impasse diplomático que hubo entre Venezuela y Perú. Creo que aquí no se sintió tanto, pero allá fue el tema más importante de la campaña electoral. Una locura. Tú le tocabas la puerta a cualquier empresa peruana a nombre de un medio venezolano, y era como perder el tiempo… ¡Y con la raya que nos echaron por televisión! El mismo personal de la oficina estaba sumamente preocupado. Se llegó a convertir en un asunto de seguridad. Era como si mañana hubiese un conflicto entre Israel y Palestina y a mí se me ocurriera montar una oficina de un medio israelí en el centro de Beirut”, apela a la analogía al ver que su testimonio no termina de asombrar al entrevistador.
Sin embargo, el cronograma de actividades de The Daily Journal y sus empresas derivadas en el Perú es apto para perspicaces. Cuando La ventana indiscreta dejó conocer sus hallazgos, el diario seguía repartiéndose gratis. De consagrarse de nuevo al tema, es posible que Cecilia Valenzuela asomara una respuesta a la interrogante que dejó al aire para cerrar el segmento de su programa, poco después de la medianoche del pasado 1 de junio: “¿Cuál es el negocio del Daily Journal en estas elecciones?”. Porque la repentina deserción del medio sembró en los círculos periodísticos la impresión, hasta el punto de la certeza, de que la exagerada y rauda aparición de López Enríquez en medio de la campaña sólo buscó circunscribirse al período eleccionario. Nada más.

“Ja, ja, ja. Llegó a decir que nosotros éramos una especie de KGB latinoamericana del gobierno venezolano. Un verdadero disparate. La verdad que da risa, ja, ja”.
Se ve despreocupado Julio Augusto López Enríquez, a pesar de que la entrevista le insta a recordar a la periodista que le habría arruinado el negocio. Hay algo siempre impertérrito de su talante que le impidió exigir su derecho a la réplica y también le disuadió de intentar alguna lección legal en contra del programa. Incluso, elogia a La Ventana Indiscreta, “nosotros no tenemos nada tan bueno en nuestra televisión”.
Tal vez habrá también que achacar su genio inalterable a los satisfactorios efectos de un by-pass gástrico con el que acaba de rebajar 60 kilos. Pocos han de recordar la humorada que Hugo Chávez le gastó a López en plena rueda de prensa, y que los micrófonos abiertos de Venezolana de Televisión captaron en la reciente gira presidencial a China: “Mira ahí a Julio Augusto, ¡cómo quedó!”. El señor presidente tenía toda la razón. El antes y el después del empresario de medios impactan como una trama de infomercial de pastillas con yerbas mágicas del Amazonas.
Con el adelgazamiento puede que se le haya aflautado un poco más la voz pero la dicción continúa siendo atropellada, tal como afirman quienes lo conocen desde hace un tiempo. Cuesta entenderlo. Cabe suponer que el problema no sólo se remonta a la falta de articulación sino a la ansiedad por poner todo sobre la mesa, y a la vez, sobre los proyectos que tiene entre manos, tan motivadores y deseados que parecen eclipsar los sinsabores de Perú.
Despacha rápido cualquier señalamiento. Sobre sus empresas de portafolio en Lima dice que la ley allá no exige ningún monto específico como capital mínimo para constituirlas, y que si las puso a nombre de familiares fue porque, como en Venezuela, en el Perú se establece un límite para la participación accionaria de los extranjeros en medios de comunicación. Que no conocía el país de sus ancestros y que aprovechó los tres meses de exportación de The Daily Journal para recorrerlo de cabo a rabo. Que si entrevistó a Humala y a Abugattás fue porque a ambos los encontró a bordo de aviones en vuelos internos del Perú y no iba a desaprovechar tamañas oportunidades. Que, en cambio, Alan García nunca le abrió el paso hasta su comando, a pesar de todos los intentos. Que, también a su pesar, consiguió fama, nacional y nacionalista, de la que se percató “el mismo día de la segunda vuelta electoral: cuando llegué al comando de Humala, a donde no dejaban entrar a nadie y estaba la prensa amontonada allí, me bajé del taxi y toda la prensa se apartó para dejarme pasar. Si yo hubiera tenido un cartel que dijera ‘Cargo peste encima’, no se hubieran apartado así”. .
- Aquí no puede entrar nadie de la prensa, ¿quién es usted?- le habrían preguntado con hostilidad desde el interior del comando humalista cuando tocó a su puerta. Pero, siempre según su propio relato, cuando se identificó como Julio López, “me agarraron por la chaqueta y me metieron al comando”.
Y sigue en su descargo: pensaba no sólo alquilar la oficina, sino adquirir la torre de San Isidro donde se instalaría su incubadora de medios de comunicación y otras empresas venezolanas, “como Pdvsa y un banco del Estado que no llegué a saber cuál era”. Pero eso no debería tomarse como reflejo de su supuesto consorcio con el gobierno venezolano, sino como una consecuencia inexorable de la lamentable escasez de oficinas en la ciudad, “sólo quedan dos edificios bonitos e inteligentes para ese fin en Lima y todos tienen que terminar allí”. Y que si el teniente coronel José Suárez cumplió el papel de enviado especial para cubrir el proceso eleccionario fue porque hacía buen trabajo y para colmo es pariente, marido de su tía, Nancy Enríquez.
- ¿Me da el número telefónico de Suárez, su tío? Me gustaría entrevistarlo- le pide el reportero de Exceso.
- Qué va. Si quieres, me das tiempo para conseguírtelo. Él se fue a Perú.
- ¿Ya no trabaja con usted?
- No, desde que cerramos allá.
- Entonces, ¿quizás si llamo a su prima, Pilar, a Lima, me pondrá en contacto con él?
- No, ya hablé con Pilar y no sabe de Pepe… Bueno, así le decimos a mi tío. Fíjate que mi mamá creía que seguía trabajando conmigo. Pero no sé qué se fue a hacer en Perú.
Las referencias familiares y de la milicia aparecen con frecuencia en su autobiografía oral. No obstante, relata casi con ironía que el único antepasado castrense fue un abuelo, médico, que se asimiló. Es hijo de dos peruanos inmigrantes, Leoncio y Ana María, que hicieron fortuna en el sector construcción. La apoteosis del negocio la vivieron durante la apertura petrolera: “Veinticuatro de los mayores proyectos de la apertura en el Oriente del país los hizo mi papá, que se retiró en 1999, y yo era su segundo en la empresa”. Por eso, Julio Augusto apela a menudo al retruécano y a la paradoja histórica para puntualizar que si gasta millonadas, se trata de capitales de la llamada Cuarta República, a la sombra de la cual su familia prosperó.
- En el Perú siguen comentando que su incursión allá fue una operación pensada sólo para las elecciones.
- ¡Por favor! Un periódico en inglés, con un tiraje muy limitado, ¿qué influencia podía tener sobre las elecciones?
- Ninguna, claro. Pero pudo servir de tapadera para transferir fondos desde Venezuela. Un proyecto tan caro y poco rentable sería una cortina de humo perfecta.
- Lo que allá se gastó fue un monto importante para mí como persona, ¡ojalá hubieran sido nada más que los 100.000 dólares de los que hablaron en la televisión peruana! Pero para las magnitudes de una campaña electoral, era poco. Yo que estuve en varias oportunidades en el comando de campaña de Ollanta, puedo decir que el hombre no tenía recursos. De haberlos tenido, a lo mejor gana la presidencia. El día de la segunda vuelta, dijeron los de su comando: “Mira, que aquí hay un fraude”, a lo que yo les sugerí: “Bueno, saquen un comunicado y repártanlo, allá afuera hay 100 periodistas esperando”. Pero resulta que no tenían ni siquiera papel para sacar fotocopias.
Concluye con un anuncio: en 2007, después de consolidar su canal de televisión, regresará al Perú.

Gusta de argumentar que no es un advenedizo en el mundo del periodismo. Y que desde siempre tuvo a tiro un proyecto de televisión. Tan temprano como en 1989 solicitó la frecuencia UHF correspondiente el canal 49 del estado Anzoátegui, que no le fue concedida.
La oficina donde tiene lugar la entrevista resulta perfecta para ilustrar esa pasión: media docena de monitores embonados en la pared chispean con las imágenes de diversos canales, nacionales e internacionales. Destacan las promociones de la cadena Al-Yazira que mantiene al aire en su señal de prueba, caballito de batalla –apuesta- de su grilla futura de programación.
También el efecto estroboscópico que crean las pantallas detrás del escritorio de López constituye un símil de un rasgo personal que le atribuyen tirios y troyanos: una capacidad de malabarista para manejar de manera simultánea ideas y proyectos múltiples, que en su mejor momento bosqueja el deber ser de la gerencia, pero que en su peor versión le hace pasar por desordenado, iluso y embarcador.
Retomó su vocación de comunicador en 1999 con el lanzamiento del semanario La otra opinión que fracasó, a confesión propia, “porque era muy izquierdista y no tuvo el impacto que esperábamos”. De esa época lo conoce Nelson Bocaranda: “Recuerdo la fecha. Fue el 5 de julio de 1999, y a mí me invitaron a su quinta en La Lagunita, llamada María Isabel, para bautizar El correo del presidente, un diario donde estaban con él (Juan) Barreto y (Eduardo) Semtei”. Es posible que el periodista confunda la publicación con La otra opinión, pero lo que no se escapa a su precisa memoria de bodeguero es que López ha sido, sin nombrarlo a veces, constante protagonista de sus Runrunes en el diario El Universal. “Hace poco publiqué que él fue quien salvó a Barreto de que Chávez lo defenestrara cuando el lío con los alcaldes López y Capriles y la expropiación de los campos de golf. Entiendo que Diosdado Cabello viajó a ver al presidente, que estaba en gira, con un informe que no era nada positivo para Barreto. Pero luego Julio López transmitió por satélite a África, donde ya se encontraba el presidente, el video completo de la actuación del Alcalde Mayor. Eso fue lo que puso a Chávez a reconsiderar el caso y a estar de nuevo en sintonía con Barreto”.
De un naufragio editorial al próximo, López siguió con su avidez de medios. Bocaranda recuerda que supo del mismo interesado los contactos que hacía para comprar Radio Capital, “pero Pepe Lebrón no le vendió”. Se distrajo entonces con una iniciativa, diríase, institucional, desde la sala de máquinas de El patriota, órgano oficial del ministerio de la Defensa, creado por su buen amigo, el hoy general del Ejército Clíver Alcalá Cordones. “Yo estaba haciendo un posgrado en el Instituto de Altos Estudios de Defensa Nacional (Iaeden), sobre Negociación en Crisis, y mi compañero de pupitre era Alcalá Cordones. Yo lo conocía de mucho antes, pero ahí compartí con él y se estrechó la relación. Clíver me pidió el favor de encargarme de eso, él quería tener rápido el periódico. Jamás pensamos el éxito que iba a tener. Llegamos a tirar 40.000 ejemplares. Se hacía en el Cuartel General del Ministerio de la Defensa. Luego, por cuestiones de espacio, nos pasamos al Batallón Caracas. Yo era el editor en jefe. Cuando llegó el ministro Baduel decidió reestructurarlo, ascendió a general al entonces coronel Alcalá Cordones, quien era el motor del periódico, y lo pasaron a la guarnición del Zulia. Así que el medio se quedó congelado esperando al nuevo director. Llegó a 12 números”.
Claro que nada de esto sería suficiente para que desatendiera el llamado de la televisión. En 2004 llegó a poner al aire el código de barras de Caracas TV, precursor del incipiente Canal de Noticias de hoy. Pero, dice, no contaba con los peros del grupo 1BC, que receló de la semejanza de denominaciones con su marca estrella, RCTV, antigua Radio Caracas Televisión. Dio inicio a un pleito con numerosas bajas y dudoso desenlace. Aunque el Servicio Autónomo de Propiedad Intelectual (Sapi) terminó por asignar la etiqueta de Radio Caracas Televisión, por falta de uso, a López, la batalla continúa en tribunales de Caracas y Nueva York, así como en la Organización Mundial de Propiedad Intelectual, en Suiza.
López jura que no guarda animadversiones contra sus caseros, sí, sus caseros, de 1BC: son propietarios del edificio donde él y sus medios trabajan. Que una simple conversación en tono amigable habría sido suficiente para detener la pugna en sus primeras de cambio. “Lo que pasa es que si yo hubiera querido montar bajo el nombre de Caracas TV un canal pornográfico o de comiquitas, ellos no habrían tenido problemas. Pero como se enteraron de que iba a ser un canal de información balanceada, reaccionaron, porque tienen unos intereses políticos muy claros”.
En cualquier caso las hostilidades paralizaron la puesta en marcha de Caracas TV. Dos equipamientos sucesivos, con sus respectivas frustraciones, terminaron por hacer de López un proveedor de tecnología para dos televisoras oficiales, Tiuna TV y Ávila TV. En Aporrea.org se citaba su salida del aire, junto a las de VTV y Catia TV, como otro ejemplo de la censura al estilo escuálido que la revolución jamás ha practicado. Pero a la tercera va la vencida.
Hoy López hace grandes planes para Canal de Noticias. Con una falta de empachos que llega a semejar candidez, remacha que se propone convertirse en el anti-Globovisión pero, aclara, no por la línea editorial sino porque “Globovisión es un canal de política, que lo ha hecho muy bien, mientras nosotros tendremos si acaso 10% de información política”. En el tú a tú con Alberto Federico Ravell cuenta con Al-Yazira, “que es mucho mejor que CNN en español”. Aunque antes, por encima de su mentada amistad con el Emir de Qatar, es probable que tenga que resolver un asunto legal. Consultada por Exceso, Dima Khatib, corresponsal-jefe del canal Al-Yazira árabe para América Latina, con sede en Caracas, confió que “López no tiene ningún derecho para retransmitir y traducir al español las emisiones de Al-Yazira. De haber algún proyecto de Al-Yazira en español, seguro que el canal tendría que considerar la propuesta del señor López, junto a otras propuestas que se han recibido desde España y Marruecos. Se estudiaría muy bien, porque Al-Yazira es uno de los 10 principales brand names del mundo y debe protegerse su calidad. Pero nada de eso ha ocurrido. Lo máximo que puede tener López con The Daily Journal o Canal de Noticias, tal como lo tienen muchos medios a la manera de APTV, EFE o AFP, es la posibilidad de citar una información de Al-Yazira dándonos el crédito”.
Pero da la impresión de que nada puede llevar a Julio Augusto López a pedir tregua. Otro traspiés reciente, la cobertura deficiente, a su entender, de eventos del presidente Chávez, lo supo resolver de manera ejecutiva con el despido de un grupo de periodistas y de los gerentes Pablo Leandro y Josefina López, reconocidos nombres del negocio televisivo que habían traído parte del know-how de su antigua casa, Venevisión. Al momento de redactar esta nota, mediados del mes de noviembre, seguía negociando con canales de la provincia la retransmisión de su noticiero, cuya señal iba a subir hasta el satélite. Mientras Exceso lo entrevistaba, su celular repicó: llamaba Arturo Sarmiento, nuevo zar de Telecaribe y trader petrolero al que las consejas cibernéticas adjudican afinidades con el gobierno bolivariano. “También negocio con Promar, de Mariano Kossowsky, en Barquisimeto”, se apresura a contrastar. “A nadie en su sano juicio se le ocurriría calificar a Promar como chavista”. Y agarra al toro de las maledicencias por los cuernos:
- A mí no me hace falta el dinero del chavismo. Y tampoco nadie del chavismo me ha llamado a darme dinero. ¡Claro que tengo amigos militares! Te voy a contar esto: cuando era jovencito obtuve una beca para estudiar Ingeniería en Brasil. Un requisito era aprender el portugués. Así que el año 86 hice el curso en el Centro de Estudios Brasileros. Conmigo estudiaba portugués un comandante que era jefe de la Casa Militar de Gladys de Lusinchi. Resultó ser Ortiz, uno de los cuatro comandantes que dieron el golpe con Chávez. Con él andaba un poco de militares que conocí entonces. Yo era un muchacho de 16 años que ni sabía en qué estaban. Sólo me entero cuando, en febrero de 1992, abro el periódico, veo la foto y me digo: “¡Yo conozco a todos estos!”. Muchos están ahora en el gobierno. Pero nadie nota que también soy amigo de Claudio Fermín. Y del general Camacho Kairuz, que se le volteó a Chávez el 11 de abril, ¿recuerdas? O que saqué al general Rosendo en la primera del diario. O que por aquí ha pasado Leopoldo López a conversar conmigo. ¿Por qué no me reclaman eso? ¿Ah?
Mejor no cambiar de canal. Julio Augusto López promete más, mucho más, entretenimiento.