25 de febrero de 2008

Justicia: la humana tarda, la divina ¿llega?


N. de R.: Se llamaba Fernando Romeo Lucas García y cuando lo encontré en Puerto La Cruz ya estaba postrado en una cama sin remedio. La agonía le llegó temprano. Requerido por la justicia española para pagar por algunos de los crímenes que le atribuían, se encontraron con que desde hacía bastante tiempo expiaba sus culpas en el abismo del Alzheimer. Así que, a pesar del hallazgo periodístico, todo lo que me quedó para constatar en este trabajo publicado en 2005 en "El Nacional" era la laxa custodia de la policía local para el acusado de lesa humanidad, y la escasa probabilidad de que fuera extraditado para enfrentar a la justicia. En efecto, un par de meses después el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela rechazó la solicitud española de deportarlo, por razones humanitarias. Y un año después, el 26 de mayo de 2006, murió de un paro respiratorio.

Ex presidente de Guatemala, requerido por cargos de lesa humanidad, vive en Venezuela
EL GENERAL LUCAS GARCÍA RECORRE EL LABERINTO DE LA JUSTICIA Y LA AGONÍA

Dictador entre 1978 y 1982, se le achacan múltiples atrocidades. La Audiencia Nacional de España acaba de emitir una orden de detención en su contra, responsabilizándolo del asesinato de siete ciudadanos españoles, algunos de ellos fallecidos en el mismo incidente en que murió el padre de la Premio Nóbel de la Paz, Rigoberta Menchú. Pero quizás nunca responda por ello: pasa sus días en Puerto La Cruz, extraviado en las profundidades del Mal de Alzheimer.

En 1983 Rigoberta Menchú se dio a conocer en todo el mundo con un libro cuyo título anticipaba el tono, necesariamente confesional, aunque inimaginablemente cándido y brutal a la vez, de su autobiografía: Me llamo Rigoberto Menchú y así me nació la conciencia.
Hoy, en cambio, se presenta a páginas completas de los tabloides de Guatemala con un propósito distinto, aunque también con la apariencia del testimonio: “Soy Rigoberta Menchú”, encabeza el texto de un aviso de Farmacias Similares, la cadena mexicana de medicamentos genéricos, “y yo no recomendaría nada que no fuera de ¡excelente calidad!”.
Entre tantas cosas que tienen que haber cambiado a lo largo de estos 22 años para que la Premio Nóbel de la Paz de 1992 endose a una marca comercial –de la que, insisten en señalar sus detractores, además sería socia–, una parece, sin embargo, inmutable: el grupo de cuentas que Menchú mantiene pendientes desde hace un cuarto de siglo con los regímenes militares que asolaron su país en medio de la guerra fría internacional y de la guerra civil nativa, más caliente y sucia, que costó la vida a unos 200.000 guatemaltecos. Las bajas incluyeron a dos hermanos de Rigoberta, Patrocinio y Víctor, y a su madre, Juana, todos desaparecidos; así como a su padre, Vicente, quien murió junto a otras 35 personas entre los escombros calcinados de la Embajada de España en Ciudad de Guatemala, recuperada a sangre y fuego por la policía en un confuso asalto que intentaba desalojar a un grupo de tomistas en enero de 1980.
Ahora, después de tanto tiempo, las pistas conducen a que el máximo responsable de ese incidente y, por lo tanto, de la muerte de Vicente Menchú –al menos, según lo establecido hasta el momento por la Audiencia Nacional española-, yace moribundo en una quinta de Lecherías, estado Anzoátegui, sin aguardar a que la tardía justicia de los hombres lo sancione o lo absuelva.

SILENCIO EN LECHERÍAS
Cerca de la intersección de las calles Píritu y Urbaneja de ese cantón pudiente de Puerto La Cruz, se encuentra una quinta de estilo colonial y amplia fachada de color blanco. Allí vive el general Fernando Romeo Lucas García, presidente de Guatemala entre 1978 y 1982. O quizás sería más preciso decir que allí sobrevive el general Lucas: según numerosos testimonios, ya son muchos los años desde que se hundió en el Mal de Alzheimer, en cuya fase terminal se encontraría.
El único periodista que lo ha podido ver fue, a mediados de 2004, Pedro Pop, entonces reportero del diario Prensa Libre de Guatemala y hoy consultor independiente en comunicaciones. “Acostado, inmóvil y con la mirada perdida, Lucas García pasa los días y las noches sin tener noción de lo que ocurre a su alrededor”, escribió Pop para su periódico. “Sus rasgos físicos han cambiado, en especial el rostro, que parece más afilado y alargado (…) el jefe militar autoritario, a quien acusan de haber ordenado múltiples crímenes políticos, ahora luce extremadamente delgado y sin capacidad para hablar”.
No son pocos los conocedores del caso que atribuyen la prolongación de la vida de Lucas García, hoy de 81 años de edad, a los desvelos de su esposa desde 1978, la venezolana Elsa Cirigliano. Ella es parte de una de las familias más influyentes de Anzoátegui, los Cirigliano, propietarios de la televisora regional TVO, del equipo Marinos de Oriente de la Liga Profesional de Baloncesto y, haciendo honor a sus ancestros italianos, del principal pastificio de la zona.
Contactada por El Nacional el pasado mes de mayo, la señora Cirigliano declinó la oportunidad de brindar declaraciones públicas, alegando que “no era oportuno” y que no quería “levantar el polvo” en este momento. Sus precauciones no parecen estar de más. Gente del entorno familiar asegura que, a raíz de las fugaces revelaciones que la prensa internacional recientemente hizo sobre el pasado del general Lucas García, y de las que los medios venezolanos apenas se hicieron eco, la única hija del matrimonio, María Fernanda, de 26 años de edad y desconocedora de ese pasado, habría sufrido un leve accidente cerebrovascular que dejó secuelas en su visión.
El general Fernando Romeo Lucas García reside en Venezuela desde 1982, después de que fuera derrocado por un putsch de jóvenes oficiales del ejército. El bajo perfil que desde entonces mantuvo y las garantías de cobertura que quizás adivinó en el peso específico que su familia política ha adquirido en el oriente del país, tendieron un conveniente manto de olvido y, se supone, de alivio, alrededor de su figura. El mismo manto quizás patrocinó la inveterada costumbre de los Cirigliano de contar con personal guatemalteco en sus hogares, probable señal de su continua relación con el país centroamericano. De hecho, el reportero Pedro Pop rastreó el paradero de Lucas García en Venezuela a través de la familia de Luz Hernández, enfermera de cabecera del general, también chapina.
Pero el camuflaje poco pudo contra la orden internacional de detención que el juez Fernando Grande-Marlaska, de la Audiencia Nacional de España, libró hace cuatro meses contra el general Lucas García bajo cargos de tortura y asesinato.

JUSTICIA ESPAÑOLA
En 1999, la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de Guatemala concluyó que nueve de cada diez de las 200.000 víctimas fatales provocadas por el conflicto irregular de ese país, habían caído por acciones de las Fuerzas Armadas. Este dato, responde desde Guatemala el presidente de la Fundación Rigoberto Menchú Tum (FRMT), Gustavo Meoño, y “el proceso abierto en España en contra del General Augusto Pinochet y su posterior detención en Londres, nos permitieron ver, que la doctrina y los procedimientos jurídicos de la Jurisdicción Universal nos abrían una puerta para luchar contra la impunidad que prevalecía y prevalece en Guatemala para proteger a los responsables del genocidio cometido en nuestro país”.
Así fue como en el año 2000 y ante la propia Audiencia Nacional de España que promovió la inédita captura del dictador chileno, la Fundación introdujo una causa por genocidio contra diferentes funcionarios de los regímenes militares que gobernaron Guatemala con mano de hierro durante 25 años, entre ellos, Lucas García. El proceso quedó a cargo del juez Fernando Grande-Marlaska. No obstante, en una revisión del caso que solicitó la Fiscalía española, el Tribunal Supremo determinó en 2003 –mediante una decisión que hoy sigue sujeta a un recurso de amparo presentado ante el Tribunal Constitucional de España- que la Audiencia Nacional no dispone del fuero para examinar la acusación genérica de genocidio en otros territorios y que, en su lugar, sólo puede avocarse a los casos que afecten a víctimas españolas.
En ese marco jurídico el juez Grande-Marlaska, que por estos días ha vuelto a ocupar las primeras planas de los diarios hispanos al poner tras las rejas al parlamentario de la izquierda vasca Arnaldo Otegi, emitió el 15 de febrero pasado una orden internacional de detención contra Fernando Romeo Lucas García, a quien imputa siete cargos de asesinato –incluyendo a tres diplomáticos españoles que perecieron en el asalto a la Embajada, y a cuatro sacerdotes de la misma nacionalidad aniquilados por la represión-, uno de tentativa de asesinato –en la persona del ex Embajador de España en Guatemala, Máximo Cajal- y otro de tortura. Persuadido de que, como reza su resolución, “se ha podido comprobar razonablemente cómo Fernando Romeo Lucas García, entonces Presidente de la República de Guatemala, pudiera residir actualmente en territorio de Venezuela”, el juez Grande-Marlaska libró una orden de detención preventiva al amparo del artículo 24 del Tratado de Extradición suscrito entre Venezuela y España en 1989.

NO HAY CASO
En Venezuela, las autoridades competentes para diligenciar la detención preventiva son los oficiales del Ministerio Público. La Fiscal Nacional 22, Elba Hager, habría sido así la responsable de llevarla a efecto. Pero dada la condición de salud del imputado, y la imposibilidad consiguiente de presentarlo ante un juez de control en Caracas, la Fiscalía acordó solicitar al tribunal un apostamiento policial para la custodia de Lucas García, que la Policía del Estado Anzoátegui hizo efectivo mientras el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) establece qué hacer con este reo, más que de la jurisprudencia, del Alzheimer. “Yo actúo en este caso, que no está en mis manos, de acuerdo a lo que un tribunal requiere”, aclara el gobernador del estado Anzoátegui, Tarek William Saab, abogado, y un reconocido activista de los derechos humanos antes de militar en el oficialista Movimiento Quinta República (MVR). “Aquí las competencias están muy delineadas”.
Corresponde al TSJ –contando con la opinión del Fiscal General de la República- determinar si la extradición, que aún no ha sido solicitada desde España, se cumple. El mecanismo de rotación de la Sala Penal puso el caso en manos de la magistrada Blanca Rosa Mármol de León, quien será la ponente del proyecto de decisión si el país requiriente, España, sustancia su solicitud.
“Aquí hay un dilema: la persona está efectivamente en un estado muy delicado de salud y su comparecencia ante la Audiencia Nacional española podrá ser sólo simbólica, porque este señor no habla, no camina. Por lo tanto, ya competirá a la justicia española decidir”, se anima a opinar el gobernador Saab, siempre a título personal.
Pero la idea de que en este caso late una cruel disyuntiva pertenece al mundo de los legos. Según una fuente muy cercana al TSJ y conocedora de la materia, que solicitó anonimato, “jurídicamente no hay caso, pues el imputado no tiene ni conciencia ni voluntad. Además, el Tratado de Extradición entre España y Venezuela prevé la posposición de la extradición por enfermedad, y estando la enfermedad del general Lucas García debidamente certificada por la Fiscalía mediante el examen médico forense que realizó, y siendo de carácter irreversible, lo que se da técnicamente es una especie de suspensión permanente”. Por tanto, la extradición no procedería, un escenario que lleva a la misma fuente tribunalicia a ensayar la siguiente propuesta: “Deberíamos reflexionar por qué la justicia llega tan tarde”.
La larga agonía del general Lucas García, sin duda cada vez más próxima a su fin, no arredra, sin embargo, a los querellantes de la Fundación Rigoberto Menchú Tum. “Nosotros confiamos en que el Estado de la República Bolivariana de Venezuela”, insiste Gustavo Meoño, su presidente, “cumpla con sus compromisos internacionales en apoyo a la justicia, contra los perpetradores de crímenes de lesa humanidad. En todo caso, si no se concede la extradición, son las autoridades judiciales o gubernamentales de Venezuela las que deben dar las explicaciones pertinentes y sería el juez español que está realizando la solicitud, ante el tipo de respuesta, el que solicitaría la acción o prevención pertinente”.

RECUADRO 1
Amor y paz

Ni proscrito ni rescatado, Fernando Romeo Lucas García llegó a Venezuela “a través del amor”. La frase pertenece al periodista Jorge Palmieri, quien fuera Embajador de Guatemala en México durante el gobierno del general y quien se jacta de haber estado almorzando con él cuando el entonces Presidente conoció, el 31 de enero de 1980, la noticia de la toma de la Embajada de España por un grupo de campesinos maya-quiché. “Al principio se puso muy disgustado pero luego, muy tranquilo, le preguntó al ministro de Gobernación, Donaldo Álvarez Ruiz, qué estaban haciendo. Al final del almuerzo, Álvarez llamó para informar que la policía había rodeado la sede diplomática. Jamás olvidaré lo que Lucas dijo entonces: ‘Decíle a Chupina’, refiriéndose a Germán Chupina, comandante de la policía, ‘que tenga mucho cuidado, porque en estas cosas, el que se enoja, pierde’”.
Hoy columnista del diario Prensa Libre de Guatemala, Palmieri sigue empeñado en revisar la historia oficial del desgraciado episodio. Desde las páginas de opinión siembra dudas acerca de la actuación del embajador Máximo Cajal –a quien, sin más, tilda de simpatizante de la guerrilla- y del inicio del incendio en la edificación, que atribuye a una bomba molotov de los tomistas.
A pesar de ello y de una lealtad sin vacilaciones hacia la gestión de Lucas, jura no haber tenido más contacto con él. “Se fue de Guatemala y tengo entendido que se aisló bastante. Varios de sus amigos trataron de contactarlo y no pudieron. Él estaba muy deprimido y decepcionado después del golpe de 1982, pensaba que el ejército no lo iba a traicionar. Luego, su madre murió al poco tiempo que él cayó. Lucas era un hombre muy serio pero solitario, muy deseoso de formar familia, con un complejo de Edipo tremendo, muy apegado a su mamá, y andaba buscando formar familia, una paz que no llegó a tener por mucho tiempo. Por todo ello creo que fue muy afortunado de su parte cuando se pudo ir a Venezuela por tener esta relación amorosa”. Sin perjuicio de la versión del aislamiento que Palmieri enarbola, fuentes cercanas a la familia del general en Puerto La Cruz aseguraron a El Nacional que el general Lucas conservó una propiedad rural en el área de Cobán, Guatemala, a la que habría visitado en diversas oportunidades.
De acuerdo al reportero Pedro Pop, Lucas se topó con Elsa Cirigliano tan temprano como en 1956, cuando vino a Venezuela a hacer un curso de especialización militar. El amor floreció, resistente, hasta que en 1978 contrajeron matrimonio en secreto. A la caída de Lucas, se expatrió en el terruño de su consorte. Tan larga estadía no valió para que adoptara la nacionalidad venezolana. En el legajo que actualmente reposa en la Sala Penal del TSJ, constaría la existencia de una cédula de identidad a su nombre, en condición de extranjero.

RECUADRO 2
Se busca
El juez Fernando Grande-Marlaska, que imputó en principio al general Fernando Romeo Lucas García la urdimbre de “un plan tendente a minimizar la etnia maya”, finalmente le responsabiliza por la muerte de siete ciudadanos españoles: Jaime Ruiz del Árbol, Luis Felipe Sanz Martínez y María Teresa Vázquez, personal de la Embajada española; y los sacerdotes José María Gran Ciera, Faustino Villanueva, Juan Alonzo Fernández, y Carlos Pérez Alonzo. Aparte de eso, las organizaciones de derechos humanos de Guatemala cargan a la cuenta del gobierno de Lucas García más de 500 masacres documentadas. Otras sonadas atrocidades, como el secuestro y desaparición de 27 dirigentes de la Central Nacional de Trabajadores, se le atribuyen.

5 de febrero de 2008

La periodista ¿indeseable?


N. de R.: Polémica, provocadora, estentórea, Olga Wornat se mantiene calladita en Venezuela al frente de una revista de sociales. Raro, ¿no? En todo caso, la entrevisté para la más reciente edición de “Contrabando”. La verdad es que no rehuyó ninguna pregunta y tiene argumentos para defenderse contra las críticas más comunes que para ella suelen hacerse desde las sociedades de amigos del periodismo de investigación. Aquí está una versión sin recortes del texto.

“CUALQUIER LIBRO QUE SE VENDA LOS INTELECTUALOSOS LO SUBESTIMAN”

Ewald Scharfenberg

"¡Me voy a vengar, juro que me voy a vengar de esa maldita!", dicen que vociferaba Marta Sahagún de Fox en los recintos privados de la residencia presidencial de Los Pinos cuando terminó de echar un vistazo a la primera edición de La jefa, biografía autorizada al principio pero luego excomulgada por la propia biografiada, la hoy ex primera dama de México. Quien dice que lo dijo es la autora de la denostada biografía, la periodista argentina Olga Wornat, en el prefacio de un libro posterior, Crónicas malditas desde un México desolado (2005, editado en Venezuela por el sello Debate de Random House-Mondadori), donde volvería a cargar las tintas no sólo contra Martita y su prole, sino también contra el ex dictador chileno Augusto Pinochet, el caudillo militar paraguayo Lino Oviedo y, cómo no, contra nuestro comandante Hugo Chávez Frías.
El episodio que se cita en el párrafo previo puede servir como resumen de las virtudes y defectos que fans y rivales de Wornat achacan a sus maneras periodísticas, controvertidas –como hasta ella misma acepta- y, sin duda, llamativas para el público –se trata de la primera, más consistente, y quizás única, reportera en América Latina cuya firma en un libro garantiza un bestseller en todo la región a sus editores -, A saber:
- Que se mete con el poder (“Me atrae el poder, sobre todo desentrañar esas cosas oscuras que hay detrás de los personajes que tienen poder”).
- Que olfatea buenos temas (Aunque “siempre creo que van a ser un fracaso”).
- Que no teme a nada, a veces, ni siquiera, a los parámetros del periodismo ortodoxo (“Detesto los manuales de periodismo”).
- Que se gana con premeditadas artes de seducción a sus perfilados, a los que luego “traiciona”. (“Claro, todo periodista hace eso. ¿O qué? ¿Cómo te vas a enfrentar a un poderoso? ¿Con un arma en la mano?”).
- Que no verifica de manera segura las versiones que maneja antes de publicarlas (“Cuando una fuente me da un testimonio, para corroborarlo, yo entrevisto a otras cuatro o cinco personas”).
- Que en sus notas y libros se atreve a reconstruir parlamentos y diálogos que nunca pudo presenciar y que, por más indagación que haga, no podría estar en capacidad de citarlos a la letra. (“Es un recurso literario-periodístico”).
Lo anterior también funciona para sintetizar la entrevista que sigue, en verdad, un careo entre este reportero, que hacía las veces de fiscal inquisidor, y la afamada periodista nacida en Misiones (Argentina), virtual fundadora en el hemisferio de un subgénero del periodismo, que bien pudiera denominarse la reportería del corrillo palaciego. Aunque ha trabajado para muchas e importantes publicaciones de Argentina, México, España y Estados Unidos, y entre sus asignaciones estuvieron coberturas en el fuego cruzado de las guerras en Líbano, la antigua Yugoslavia, Afganistán, Centroamérica y la frontera peruana-ecuatoriana, el renombre se lo hizo con sus radiografías de poderosos en libros como Menem, la vida privada (1999), Menem-Bolocco S.A. (2001), y La Jefa (2003), este último, instrumento clave en la esterilización de las ambiciones presidenciales de Marta Sahagún de Fox. Otro extenso reportaje, Nuestra Santa Madre: La historia de la Iglesia Católica (2000), le costó la prelatura a un arzobispo argentino señalado en la obra como abusador de menores.

EL DULCE EFLUVIO DEL PODER
Pero la entrevista con esta periodista trashumante, cuyas peripecias y peligros la han llevado por medio mundo, tuvo lugar en Caracas, en las oficinas de corte ejecutivo del Centro Lido. El caso es que ahora Olga Wornat trabaja en Venezuela. Y en una empresa relativamente menor: la dirección de la revista de eventos y sociales Look Caras, donde tiene al omnipresente Roland Carreño como Editor Adjunto. Aunque Wornat pone mucho de sí para refutar la supuesta minusvalía de la llamada prensa del corazón y de los ricos y famosos: de hecho, su próximo libro, anuncia, le debe casi todo a esa fuente. Cuenta que viene de trabajar como editora de la revista Poder, en México. Y que allí obtuvo un puesto de avanzada para observar con detalle a la high society mexicana.
- Mi próximo libro- apunta-, que va a publicar Random House, no es sobre una persona en particular, si no algo un poco sociológico sobre la sociedad mexicana a través de este tipo de revistas, de las revistas del corazón. Es trasladar a un libro esa alta sociedad que es ostentosa, impúdica, que sale mostrando sus joyas y sus millones y sus yates, teniendo en cuenta que México, como todos nuestros países, es un país con una enorme pobreza.

- Con ello, ¿no estarás entonces renunciando a volver a México?- se le repregunta a la periodista urticante, invicta en decenas de libelos y pleitos judiciales, pero que al fin y al cabo dirige en Venezuela un proyecto de la todopoderosa Televisa.
- Ja, ja, ja… No. En todo caso, le resultaré non grata a los ricos y poderosos.

Y para rematar el punto arroja sobre el escritorio de su cubículo un ejemplar del número uno de Look Caras, que se abre en una doble página: se trata del arranque de un reportaje donde la diputada chavista a la Asamblea Nacional, Iroshima Bravo, muestra su casa, sus gustos, y hasta asoma algunas pistas acerca de su vida sentimental.
- ¿En qué otro tipo de publicación creés que un político, un empresario, un poderoso, hablaría de esta manera?- termina de argumentar a favor del periodismo rosa- No es algo menor, bajo o poco serio. Al contrario, es un tipo de periodismo que a mí me encanta.

- ¿El de husmear en la vida privada de los poderosos?
- Cuando publiqué el libro sobre Menem, que fue un libro muy polémico porque justamente se llamaba así, La vida privada, ocurrió casi una explosión en torno al tema de si los políticos tienen derecho o no a una vida privada y por qué sí o no. Yo estoy convencida de que los políticos tienen muchísimas más obligaciones que los ciudadanos y que, por lo tanto, aunque claro que tienen derecho a una vida privada, deben estar dispuestos a que el periodismo cumpla su obligación de mostrar las contradicciones entre las vidas privada y pública de los políticos. La vida privada de un político no está separada de su vida privada. ¡Todavía hoy es cuando la prensa francesa se sigue criticando por el silencio con que se hizo cómplice en el caso de la hija natural que tenía Francois Mitterand, que vivió con dinero del Estado francés durante los 14 años de su presidencia!

- Muchos colegas te señalan como alguien poco serio en la verificación en los datos de tus investigaciones.
- No te voy a negar que a mí en algún momento me importaran esas críticas, pero nunca fue un tema que a mí me paralizara. Yo tengo una manera de hacer periodismo, tengo una escuela de hacer periodismo que es la que aprendí en la revista Gente o en la revista Noticias, ambas de Buenos Aires, o con toda la camada de Jorge Lanata cuando fundamos la revista Veintiuno. Yo no creo en los manuales de periodismo, no me interesan los manuales de periodismo, es más: los detesto. No me interesa la objetividad, porque no existe; lo que existe es la honestidad. Yo sé que no soy una persona políticamente correcta. De hecho, que lo quiero aclarar: yo no me recibí de periodista. Ni me interesa tampoco, aunque quizás me hubiera importado en algún momento por darle un gusto a papá. Pero cuando empecé a estudiar me agarró la militancia y era o la universidad o la guerrilla; yo me fui a vivir a una villa miseria, faltaba plata y la Argentina era un incendio, con la Triple A buscándonos por todas partes… En fin: yo no creo en los licenciados en periodismo, ni en los títulos, yo sólo creo en el periodista que se forma en la calle.

- En todos tus trabajos relatas diálogos entre personajes que investigaste. Debes reconocer que resulta muy cuesta arriba afirmar que eso fue lo que los personajes dijeron. A menos que tuvieras grabaciones; que no es el caso…
-Es una técnica o una manera de acercar al lector a través de distintas fuentes. Por ejemplo, para la nota de “Los hijos de la jefa” en Crónicas Malditas… [sobre los negociados de los hijos del primer matrimonio de Marta Sahagún, N. de R.], yo no te puedo explicar la cantidad de gente que entrevisté. Te estoy hablando de una época en la que los Fox todavía gobernaban en México. Hoy, ¡claro! Ya los Fox son carne de cañón, están ante el paredón de fusilamiento, pero yo esto lo dije en el año 2005. Yo tengo una manera que es la de juntar varios testimonios; cuando una fuente me da un testimonio, para corroborarlo, yo entrevisto a otras cuatro o cinco personas. Lo mismo hice con el libro de Menem, porque ese mismo cuestionamiento me lo hicieron en Argentina. Que si había diálogos exactos… Bueno, en algunos, fui testigo yo. Y en otros, se trató de lo que las fuentes me transmitieron. A mí me gusta contar una historia poniéndome desde la mirada de un lector y para que el lector se sienta dentro de ese texto. Soy capaz de entrevistar a una persona que fue testigo de esa conversación, guardando su identidad, obviamente, que ya estuvo con Marta Sahagún, por ejemplo, o con Menem. Y entonces desmenuzar y volver a armar, lo más cercano posible a la realidad, lo que pudo haber ocurrido en ese momento, en ese lugar, en ese escenario. Es curioso lo que me decís. Porque muchos periodistas que en México comenzaron a escribir después de mi libro, comenzaron a aplicar eso. Y me dieron la razón. Por ejemplo, después de Crónicas Malditas… salieron dos libros sobre la administración Fox que aplican la misma técnica mía, que no es mía, ¡eh!, porque la misma técnica la aplica Jorge Lanata, la misma técnica la aplican los chicos de Página 12 y de Noticias. Esa es mi escuela.

- Pero se trata de una técnica que quizás debas reconsiderar, de acuerdo al número de demandas y amenazas que has recibido.
- No, para nada. Te digo: cuando me han demandado, como la mujer de Fox o el hermano de Menem, siempre pusieron demandas por daños morales, por sentirse afectados, invadidos, pero no por los diálogos, no por mi técnica, no por los hechos que yo contaba. Yo utilizo el recurso cuando me es útil para describir una situación que yo no puedo describir de otra manera, porque si yo la describo de otra manera se hace muy aburrido el texto. Es casi un recurso literario-periodístico. Pero al respecto te quiero aclarar que jamás he mentido ni he exagerado.

- También se cuestiona que te acercas demasiado a los poderosos para después apuñalarlos por la espalda.
- ¡Ja! Me río de esas estupideces.

- Que, por ejemplo, frecuentabas la Casa Rosada [Casa de Gobierno en Argentina, N. de R.] en tiempos del presidente Carlos Menem.
- Nunca tuve amistad con Menem. Sí tuve una relación con Zulema Yoma, su ex mujer, por quien tengo un enorme aprecio aunque llevo muchos años que no la veo. Ella fue mi gran fuente para el libro de Menem. ¡Pero eso de ganarse la confianza o no ganarse la confianza! Yo soy una periodista. Yo cubría todas las actividades de Menem desde que prácticamente consiguió el poder porque yo trabajaba en la revista Gente y a mí se me asignó la cobertura de la presidencia. Ganarse la confianza de un político casi queda como que uno se sienta a comer con él. Te digo más: Menem gobernó casi once años en la Argentina. Y en ese tiempo yo tuve muchos problemas. Cuando Menem se enteró de que yo estaba escribiendo un libro, los problemas que tuve fueron infinitos: llamadas telefónicas, seguimientos, tuve que tener custodia… ¿Yo, amiga de Menem? No. De hecho, le hice notas y entrevistas con las que se disgustó mucho, en las que se levantaba y decía: “Me voy”.

- Marta Sahagún de Fox te “abrió las puertas de su casa”.
- Sé que en México también se dijo que yo me gané la confianza de Marta Sahagún y que después la traicioné. Eso fue una cosa que dijo la propia Marta Sahagún. Yo lamento que algunos periodistas se hayan hecho eco de esa versión, aunque creo que hoy ya nadie en México le da crédito… Pero, mirá, eso lo hacen todos los periodistas. ¿O qué? ¿Cómo te vas a enfrentar a un poderoso? ¿Con un arma en la mano? No. Tratás de ser lo más amable posible con ese personaje para que se afloje, se relaje, y pueda abrirse y contestarte la mayor cantidad de cosas que te pueda contestar. Por ejemplo, recuerdo que yo fui la primera periodista en Argentina que preguntó al presidente Menem sobre su vínculo con Alfredo Yabrán, el polémico empresario. En ese momento era el escándalo en Argentina. Entonces yo le pido la entrevista a Menem, imaginate, en una cumbre de dos días en Ecuador; siempre me respondía que no tenía tiempo y al final me dice: “Te la doy en el avión de regreso”. Y yo me tenía que devolver del viaje con la nota. Entonces ahí fue que me subí al avión presidencial, el Tango 01, e hicimos la entrevista en el avión. Lo que hace cualquier periodista, ¿no? Pero al principio Menem no quería hablar de Yabrán. Me lo dijo claramente. Tema que para mí, en cambio, era el único título que me valía. Entonces le dije: “Pero, presidente, ¿cómo no va a hablar del tema?”. Se me ocurrió desafiarlo: “¿Qué? ¿No se anima?”. Porque él decía siempre: “Yo soy el número uno”. Bueno, le dije: “Si usted es el número uno, usted es el presidente, el más importante, ¿no se anima a hablar?”. Y el se quedó ahí un rato y me contestó: “¡Claro que me animo! Yo soy el número uno. Encendé el grabador y preguntame lo que quieras”. Ese es un recurso. ¿Es válido? ¡Claro que es válido!

- Sin embargo, tu reciente libro sobre Cristina Fernández de Kirchner, Reina Cristina (2006), no parece tan incisivo.
- Pero, ¿qué era lo que querían que yo cuestionara de este libro? Lo que ya está en el libro: por ejemplo, cómo hicieron su fortuna los Kirchner, están los testimonios de la gente que la cuestiona a ella, pero ¿y después qué otra cosa tengo yo que cuestionarle a Cristina? Yo nunca la vi salir de una tienda cargada de bolsas Versace. No era como los menemistas. Acordate que este libro lo hice en el 2005. Desde entonces pasaron dos años y ocurrieron muchas cosas. Quizás si este libro hubiera salido ahora, yo hubiera tenido algunas cosas para cuestionarle. Pero yo no soy objetiva. Yo la conozco a Cristina desde hace muchos años. Desde la época de La Plata, cuando militábamos. También conozco a Kirchner desde esa época.

- Ese es el problema. Que la diferencia de trato pueda deberse a que conoces a tu biografiada.
- Tampoco te puedo decir que seamos amigos. Yo nunca fui a Olivos [residencia presidencial argentina, N. de R.] a comer con ellos. Fui a Olivos a entrevistar a Cristina, a entrevistarlo también a él, estuve en su casa en Santa Cruz, pero no hay una relación de amistad. Siempre fue una relación de gente que compartió una época de su vida. Yo le tengo afecto a los dos. Pero eso no quiere decir que yo no sea crítica de algunos pensamientos de Cristina frente a algunos temas.

- Pero debes reconocer que no se trata del libro típico que esperaría un lector regular de Olga Wornat.
- Yo lo explico en el prólogo del libro, yo no soy deshonesta con el lector. Lo lamento por el lector que espera un escándalo o espera algunos secretos de alcoba. Pero ahí no iban a haber secretos de alcoba. En primer lugar, porque ellos nunca ostentaron ni ella nunca me abrió la puerta de su alcoba. Ella nunca ha aparecido en los medios mostrando su dormitorio. Lo que sí hizo Marta Sahagún. O Menem.

- Bien, pero ahora que Cristina es presidenta, ¿te ves haciendo una investigación sobre su gestión en años venideros?
- No lo sé. Es muy difícil saberlo. Lo que te quiero decir es que no es nada fácil escribir un libro sobre alguien que vos conocés. Yo no soy objetiva. Hay personas que te caen más o menos bien, con los que sos más o menos condescendiente sin que alcances a explicarte por qué, ¡si hay intelectuales del mundo a los que les cae bien Fidel Castro! Preguntale a García Márquez, por ejemplo, yo no me explico hasta el día de hoy… En el caso de Cristina yo le he criticado algunas cosas, como lo de no dar entrevistas a los medios… Por supuesto, si el día de mañana me decepciona, lo diré. Pero nos une sobre todo esa etapa tan dolorosa que vivimos, en una ciudad que fue prácticamente devastada por la dictadura, La Plata, donde sobrevivimos muy pocos; nos conectan los amigos y compañeros comunes que tuvimos y con los que vivimos situaciones muy intensas y particulares. Esa es una cosa que te marca. Y por eso a mí me cae bien Cristina. Además, ella arriesgó su vida, aunque no era miembro orgánico de Montoneros, cuando otros se escondían bajo la cama. Yo me saco el sombrero ante eso.

LA GUERRILLA COMO ESCUELA DE PERIODISMO
- Coincidiste con Cristina en la militancia clandestina, ¿todavía te definirías como alguien de izquierda?
- Yo reivindico mucho ese pasado, me siento muy orgullosa de esa etapa de mi vida. Yo me definiría como una persona de izquierda, de una izquierda moderna, democrática, que respeta los derechos humanos, no autoritaria ni estalinista. Si vamos al caso, yo milité en una época en la que el mundo era o blanco o negro; hoy ya no es así. Y eso me costó mucho aprenderlo. Yo era una mujer que empezó a militar cuando recién había cumplido 16 años de edad. Y mi primer novio, que hoy está muerto, fue un guerrillero del ERP. Milité mucho tiempo con Montoneros hasta 1982, orgánicamente. Si me preguntás por qué estoy viva te diré que no sé; será cuestión de suerte. Viví en la clandestinidad. Estuve en muchos lugares: en el norte de Argentina, después muchos años en La Plata, y finalmente en Provincia de Buenos Aires. Estuve en la clandestinidad porque mi marido, el papá de mis chicos, tenía un pedido de captura de la Marina. Él murió hace cuatro años de un cáncer; curiosamente muchos de mis compañeros de esa época están muriendo de cáncer, no sé con qué tendrá que ver. Tuve una militancia muy activa. Llevaba armas. Era una inconsciente absoluta. Ahora me pongo a mirar para atrás y me digo cómo me pudieron haber matado y dónde habrían quedado mis chicos. Me casé con el papá de mis chicos en mayo del 76, y a partir de esa fecha iniciamos como una peregrinación a distintos sitios, y ya clandestinos, y para colmo, solos, a partir del 77. Porque todo a nuestro alrededor se fue derrumbando. Se fueron muriendo o cayendo presos la mayoría de los compañeros, y tuve la suerte de que dos compañeros que fueron detenidos y torturados, no nos delataron ni a mí ni a mi compañero. Fue una época muy complicada para mí. Estaba embarazada de mi primer hijo. Nació en circunstancias de mucha pobreza, de no tener para comer y de cargar la pastilla de cianuro en el bolsillo. Teniendo en cuenta la época en que ocurrió, yo reivindico la mayor parte de lo que hice en esa época. Lo hice convencida. Entonces yo era una persona muy idealista, creía que a través de la violencia se podía cambiar el mundo; hoy no creo en eso. Ni lo volvería a hacer jamás. Ni creo a los que todavía lo hacen, ni los justifico. Es un tema complicado el de la violencia en Argentina. Pero a nosotros la violencia guerrillera nos llevó a la tragedia que tuvimos. Si yo pudiera darle marcha atrás al tiempo quizás habría algunas cosas que hice a las que ya no adheriría y que en su momento adherí porque era muy joven, porque creía ciegamente en eso y porque milité en una organización que era como mi familia.

- ¿Qué herramientas crees haber ganado en esa época de la guerrilla para tu posterior ejercicio periodístico?
- El olfato, el arrojo, la intuición, la audacia para los temas. Cuando a mí me toco cubrir las guerras, en distintos lugares, me sirvió de muchísimo lo que había aprendido en esa época. Recuerdo que el director de la revista Gente siempre que me enviaba a cubrir una guerra me decía: “¿Sabés por qué vas vos? Porque seguro que me traes la nota”.

-Y por eso será que no tiemblas frente a un Menem…
-Ni frente a una demanda judicial. Que la verdad que no me importan, porque así como hay gente que me cuestiona, hay que gente que me apoya.

- Cuando empiezas a reportear un libro, ¿estás muy pendiente de que trate un tema que llegue a ser vendedor?
- No te voy a negar que uno quiere que la gente te lea. Lo contrario es un complejo de intelectualosos. Cualquier libro que se venda mucho lo subestiman o lo bastardean los intelectualosos. Pero… Qué va. Siempre pienso que mis libros van a ser un fracaso. Imaginate: cuando escribí el libro de la iglesia, venía del de Menem. Pero me metí en un tema que era absolutamente engorroso. Tuve que aprenderme todo los códigos de la iglesia, que encima de que es un mundo muy hermético, es un mundo donde no existen las mujeres. Y terminó siendo un libro de 800 páginas; un libro así no puede ser jamás un libro comercial. Sin embargo, vendió bien. Pero más fue el impacto que causó la caída de este arzobispo argentino, que fue tremenda, porque además generó toda una movilización popular, hasta que Ratzinger, que no era Papa sino Cardenal en ese momento, le pidió la renuncia. Y yo tenía todas las pruebas, a pesar de que en ese libro yo no di ni una sola fuente. Porque los seminaristas que yo entrevisté, que habían sido víctimas de este arzobispo, hablaron conmigo con esa condición. No mencioné a ninguno.

- Aunque se dice que te puedes prestar a maniobras publicitarias. Por ejemplo, que el secuestro que sufriste en 1999 [relatado por la propia periodista en una nota de la revista ‘Gatopardo’, N. de R.] fue fingido.
- Pero, ¿quiénes dicen eso? Por mí pueden decir lo que quieran, ¡pero me da la impresión de que sólo hablaste con mis enemigos! ¿Qué te puedo decir? ¿Yo voy a mentir sobre algo como eso? ¡Tendría yo que tener una imaginación para inventarme todos esos detalles! Además, hubo una investigación judicial. Yo fui golpeada, ¿me iba a golpear a mí misma? ¿Voy a hacer pasar por esa angustia a mi familia? Bueno… Pero también entiendo que este mundo es así, qué sé yo… Quien te diga que no tiene enemigos o gente que no lo quiere, es medio raro, ¿no? Somos seres humanos, y los periodistas nos movemos en un espacio que está lleno de envidias, de competencias, de cuestionamientos. Pero como dijo una vez Jorge Lanata por televisión, a quien también una vez lo acusaron de inventarse un ataque: “¿Sabés qué? Todo lo que dicen de mí es verdad: soy un hijo de puta, soy puto, soy mitómano, soy todo lo que digan. ¿Y? ¿Cuál es la historia?”. Soy lo que soy pero ahí están mis libros, mis resultados.

Memoria corta


N. de R.: El siguiente texto formó parte, en diciembre de 1991, del primer número del suplemento dominical “Letra G” del ya desaparecido diario “El Globo”.
Lo reproduzco con especial cariño porque creo que José María Cruxent ha sido el entrevistado que más me ha impresionado en mi vida biológica y periodística. Sé que él fue muy criticado por antropólogos y arqueólogos académicos, sucesores suyos que empezaron a verlo –supongo que con razón- como un aventurero, una suerte de Indiana Jones inmigrado para hacer, de la ciencia, la arena para un espontáneo. Pero eso no me importa. Nada de lo que me impresionó tenía que ver con su currículo. Tampoco aparece aquí. El reportaje fue en verdad una versión telegrafiada de la conversación de tres o cuatro horas que tuve con él y donde se habló de todo. Era un señor que transmitía bonhomía, humildad, sabiduría y paz consigo mismo. Recuerdo que en ese entonces del viaje a República Dominicana me dio una gripe de pronóstico reservado. En La Isabela ardía en fiebre y no podía lidiar más con el tizón que parecía hincarse en mi garganta ni mis narices, hechas agua. ¡Y así habrá sido de terapéutico el encuentro con Cruxent que todavía lo recuerdo en esos términos! Me temo que entre la maledicencia y el olvido ya se habrán hecho cargo de la memoria de J.M. Cruxent en Venezuela y habrá pasado a ser un personaje tan borroso como Colón. Ojalá que no.
¿Y qué fue de “Letra G”? Pues existió en la medida que la confusión lo permitió. Sí, la confusión. El mismo hecho de que me pagaran una expedición hasta Santo Domingo para cubrir un reportaje que no prometía escándalo, fue en sí un milagro también atribuible a la ambigüedad. Me habían contratado en “El Globo” –una empresa periodística bastante artificial, donde sobró por un tiempo el dinero y creo que siempre faltó el concepto- para crear el dominical: se suponía que yo tenía el know how de “Feriado”, el irreverente dominical de “El Nacional” que a mediados de los ochenta hizo mucho ruido y de cuya plantilla llegué a hacer parte. Para más colmo, tuve por asesor –una figura extraña en nuestra prensa- a quien había sido mi jefe y director de “Feriado”, Luis Alberto Crespo. Era evidente que querían un clon de “Feriado”. Pero yo no quería hacerlo. Ya no me interesaban ni el periodismo de tendencias ni el propósito taxonómico de clasificar qué era lo in y qué lo out. Quería, en cambio, descubrir nuevas historias con periodistas jóvenes que no temieran adentrarse en los terrenos noticiosos de temas beligerantes, incluso, de la política y de los negocios. Eso fue lo que empezamos a hacer.
Creo que entonces hubo algún desconcierto entre los responsables de “El Globo”. La permisividad duró lo que ese desconcierto. Cuando cayeron en cuenta de que no era otro “Feriado”, empezaron las verdes, que en este caso curiosamente sucedieron a las maduras. El director de “El Globo” de entonces se dedicó más a censurarnos y a desalentarnos, antes que a otra cosa. Todos los lunes había un problema. Me reconvino por una sabrosa crónica que Milagros Socorro escribió acerca de las penurias que padecían los vecinos de Cecilia Matos –secretaria y posterior esposa del presidente Pérez- en la urbanización El Marqués. Hizo que levantáramos la primera nota –escrita por Crespo- donde se perfilaban los rasgos del líder de la asonada del 4 de febrero de 1992, Hugo Chávez Frías; ese domingo 9 de febrero, cuando debimos circular, todo el mundo se preguntaba todavía quién era el teniente coronel pero Crespo lo conocía de sobra por sus andanzas en el llano. Y vetó un reportaje sobre un colegio de ricos, Las Cumbres, porque la orden que lo dirigía, los Legionarios de Cristo, había llegado a Venezuela en parte gracias al patrocinio de los propietarios del periódico.
Ese director de “El Globo”, que también había sido presidente de la Editora de “El Nacional”, figuraba como directivo de la Asociación de Venezolanos Egresados de Harvard, o algo así. Ergo, había estudiado en Harvard. Esa experiencia generó en mí una máxima que entonces, y creo que todavía hoy, me reconforta un poco: también los idiotas estudian en Harvard.



DESCUBRIENDO AL DESCUBRIDOR

José María Cruxent, venerable arqueólogo venezolano, encuentra y excava en República Dominicana la legendaria ciudad de La Isabela, primera fundada por Colón en América

Desde que en 1492 Cristóbal Colón cruzó la mar océana para tropezar con las Antillas Mayores del Caribe, en vez de las islas asiáticas de las especias, nadie más ha podido optar de buena ley al título de Descubridor como no fuera, quizás, al de Descubridor de Colón.
Ningún territorio, geográfico o imaginario, será tan esquivo como el rastro de este personaje que puede haber sido genovés o normando, mallorquí, gallego o hebreo, de quien nunca se pintó un retrato en vida, cuya sepultura se extravía entre Sevilla, Valladolid, La Habana y Santo Domingo, y cuya principal referencia documental, su Diario de Viaje, es copia de una copia transcrita por el padre Bartolomé de Las Casas quien, de todas maneras, ante el texto se pregunta “si la letra no miente”.
“Es que don Cristóbal era un tío sumamente complicado”, sonríe el arqueólogo José María Cruxent, a cuenta de una familiaridad a la que sustentan cuatro años y medio de excavaciones y el examen de más de dos millones y medios de desmenuzados vestigios del paso de Colón por tierras dominicanas. Cruxent, catalán de nacimiento, venezolano por asimilación, comenzó en 1987 el levantamiento arqueológico de La Isabela, primera ciudad erguida por españoles y por el mismo Colón en América, sobre la costa noroccidental de la actual República Dominicana, en 1493. “Cada día estoy más convencido de que don Cristóbal era judío. Un español de esa época estaba más para ser guerrero o sacerdote, no tenía una mentalidad de empresario así”.
Nada de indicios por mampuesto o derivados de tercera mano: la certeza de estar sobre suelo reclamado y transitado por Colón, incluso, habitado por él, es una seguridad exclusiva de Cruxent. Todas las ambigüedades y engañifas del Descubridor parecen borrarse con la brisa de la bahía de La Isabela entre los restos de construcciones pioneras: el primer astillero de América, la primera iglesia de América, la primera fortaleza de América. “Como una vez dije en Perú”, resume Cruxent, pionero él mismo de los estudios de arqueología en Venezuela, “a las estatuas americanas de Colón, que siempre están señalando al horizonte porque son copias de las españolas, las deberían cambiar y ponerlas a apuntar al suelo, porque aquí está la huella de don Cristóbal”.

ROMPECABEZAS DE 499 AÑOS
Algo más que el estoicismo –será el entusiasmo que se conserva invicto a los 81 años de edad- trajo a José María Cruxent hasta este villorrio de chozas de madera, sin servicio de agua corriente, comunicado sólo por una carretera empedrada cuya preservación se debe sólo a la benevolencia de los dos ríos que la atraviesan. “Ese señor es un misionero”, proclama el director del diario La Información de Santiago de los Caballeros, capital del Cibao y vecina segunda ciudad del país, mientras un próspero comerciante de la zona, Nicolás Benedicto, cuenta que “el profesor es tan bueno que los pocos pesos que le llegan a la mano los reparte, y a la yipeta que tiene para transportarse, la gente del pueblo ya le dice la ambulancia, de tanto que la presta para llevar enfermos”.
El aludido rechaza la tintura beatífica que le asignan sus admiradores, y la reemplaza por un claro aserto: “Soy un hombre feliz”.
Desde que en los años 40 comenzó a hacer arqueología en el Caribe, la precariedad ha estado en su equipaje, y parece que hasta el fin de sus días tendrá por costumbre levantarse cada madrugada a las cinco de la mañana. “Yo sabía perfectamente en lo que me metía cuando acepté trabajar aquí”, dice Cruxent, pero sin referirse a las carencias e incomodidades del pueblo, sino a las ingentes dificultades técnicas que representaba la excavación, “un reto que acepté resignadamente, por compromiso moral con mis viejos amigos dominicanos, a pesar de que reiteradamente había evitado intervenir”.
La naturaleza de esas dificultades mantiene vinculación con la propia historia del lugar, una historia de penurias, fracasos y vandalismo.
En su primer viaje, en 1492, Colón tomó posesión de un poblado indígena en la isla de La Española, cerca de Cabo Haitiano, en lo que hoy es territorio de Haití, e hizo levantar allí una ranchería para los 39 primeros colonos españoles en América, forzados a quedarse por el naufragio de la nao Santa María, y bajo la protección del cacique local, Guacaganarí. “Con un tipo tan sagaz como don Cristóbal”, aventura Cruxent, “que había conocido de la existencia de oro en la región, yo estoy dispuesto a creer que ese naufragio fue provocado para dejar unos colonos y asegurar así la posesión de las minas”. El futuro Almirante llamó Navidad –por la fecha del naufragio- al pueblo usurpado, al que volvería un año después, en su segundo viaje.
En 1493 regresó al mando de una imponente flota de 17 naves y 1.500 personas, artesanos y maestros de oficios en su mayoría, para poblar los territorios recién descubiertos. En Navidad, sin embargo, encontró la más aterradora desolación: ningún sobreviviente; en esos meses las disensiones internas, las enfermedades, y las incursiones punitivas del cacique Canoabo, habían acabado con el primer asentamiento europeo en el Nuevo Mundo –sin contar a los vikingos, por supuesto-.
El desastre de Navidad confrontó por primera vez a Colón y a sus expedicionarios con un panorama de muerte y destrucción en lo que hasta entonces sólo habían sido promesas de plácida riqueza. Esa experiencia los alarmó y les llevó a vagar a vela rendida por toda la costa norte de La Española, en busca de una plaza menos expuesta a las arremetidas de los indios y de la naturaleza. Así, exhaustos, dieron con una bahía semiabierta, apenas protegida de los vientos alisios del Este por un cabo, dominada por una pequeña explanada que se elevaba unos seis metros sobre el nivel del mar. Allí, Colón decidió fundar La Isabela.
Al sitio elegido se accedía sólo por botes, pues ningún buque podía acercarse por las rocas que tapizan el fondo. Además, no había ninguna fuente inmediata de agua dulce. Ambas desventajas se confabularían para que La Isabela menguara hasta su desaparición cinco años más tarde, abandonada en favor de la flamante Santo Domingo, que Bartolomé Colón, hermano del fundador, fundó sobre la desembocadura del río Ozama, al sureste de la isla.
Con los siglos, muchas de las piedras de la ciudad fueron canibalizadas por los habitantes del cercano Puerto Plata, para construir sus mansiones. Y por fin, a comienzos de la década de los sesenta del siglo XX, un funcionario de la dictadura de Trujillo, excesivamente celoso de la pulcritud, ante el anuncio de la próxima visita de una comisión de estudiosos al lugar donde la tradición aseguraba había estado La Isabela, hizo limpiar la explanada de escombros –en realidad, centenarios restos de la ciudad primogénita- para no causar mala impresión. Entonces sí se pudo decir que La Isabela había sido borrada de la faz de la Tierra.
“Esto era un caso desahuciado para la arqueología”, esboza Cruxent un resumen de la deprimente situación. “En el llamado Solar de las Américas se había dado un proceso de depredación tan tremendo que, cuando en 1987 hice la primera inspección del sitio, me di cuenta de que aquí no se podía hacer responsablemente un clásico y riguroso anteproyecto de excavación, sino que sobre la marcha debería adoptar flexibles técnicas arqueológicas”.
La labor se tradujo en la engorrosa práctica de cernir la tierra de cada cuadrícula de la ciudad, para conseguir minúsculos trozos de cerámica y vidriería de la época: “De esta manera ya localizamos dos millones y medio de piezas”. También se escarbó entre las, por fortuna, intactas zapatas de los diversos edificios, asentados sobre las llamadas Piedras de Sillería que tallaron los artesanos de la flota de Colón. “Fíjate”, demuestra al señalar un muro preservado bajo techo, un paralelepípedo desdentado que no sobrepasa en ninguno de sus salientes los 30 centímetros de altura, “la zapata de la casa del Almirante es la más completa, porque como está tan al borde del mar (de hecho, ya una parte de la casa se derrumbó y cayó a las aguas), por aquí no pasó el tractor en los años sesenta”. Al borde de unas de sus piedras se ven unos extraños dibujos en espiral, altorrelieves trazados sobre la argamasa: “Yo creo que es un artificio para mejorar la adherencia de la probable segunda capa del muro. Pero un profesor de Santiago de los Caballeros dice que son dibujos árabes, ¡yo no sé!”.

LA CASA DE COLÓN
El grado de devastación del sitio podría obligar a una arqueología homeopática, minimalista, apenas tangible en el sesudo informe final del levantamiento. Pero José María Cruxent no comulga con esa tesitura: “A mí me gusta dejar algo que se vea en los lugares donde trabajo”. En consecuencia, con paciencia de artesano, ha puesto sobre las zapatas originales piedras recogidas en los alrededores, interpretando a su mejor entender de experto los indicios hallados, la topografía local y las crónicas de la época, de modo de reconstruir algo de lo que fue La Isabela.
“Esta construcción tan grande, de unos 40 metros de largo por 12 de ancho, es una alhóndiga, un tipo de almacén militar de la época, heredado de los árabes”. De una abrupta hondonada, entre la ciudad y otro promontorio, ha averiguado que se trató “el primer astillero de América. Aquí se construyeron carabelas, con maderas mejores que las de Europa, porque eran resistentes a la broma, los gusanos que carcomían el maderamen de los barcos”. Otro rectángulo era la iglesia, “aquí iba el campanario; la casa de Colón era la única otra edificación torreada de la ciudad”. Y también figuran los croquis de un polvorín, de un urinario y de una caseta de vigilancia.
Una treintena de cruces blancas esparcidas irregularmente desde la plaza hasta la calzada principal indica la presencia de restos humanos. “Sólo dejamos el esqueleto de un colono al descubierto para que la gente lo viera. A los demás, según los localizamos, los cubrimos y señalamos, para que después se haga aquí un estudio de antropología física, que quizás determine de qué murieron esos colonos y por qué fueron sepultados en grupos tan separados. Quizás algunos de ellos eran moros o judíos; no olvides que desde la fundación de La Isabela sólo hacía un año de la expulsión de moros y judíos de España”.

DOS PRIMERAS VECES
En Venezuela, Cruxent vive en la ciudad de Coro, estado Falcón, guarecido del estrés urbano y de la polémica que nunca lo elude en el marco de la comunidad académica. Sin embargo, hasta su confinamiento de La Isabela lo ha perseguido la controversia con cierta saña. El arqueólogo sembró todo el sitio con flamboyanes, despertando susceptibilidades entre sus colegas. “No hay problema”, responde, “porque el flamboyán, cuando brota, no destruye el suelo sino que lo consolida”. Luego conmovió al medio científico cuando dedujo, y después dijo haber comprobado, que además de La Isabela existió otro poblado de europeos, apéndice de la ciudad aunque previo a ella.
“En la Edad Media, primero existieron las villas y después los castillos”, abre fuegos con un axioma. “Aquí fue igual. Los artesanos que venían con Colón necesitaron instalarse en un lugar que les permitiera cumplir sus labores. Como en la explanada escogida para fundar La Isabela no había agua dulce, los constructores de lo que debía ser esa ciudad-fortaleza se establecieron al otro lado de la bahía, sobre la margen izquierda de la desembocadura del río Bajabonico, en un paraje conocido como Las Coles. Allí fue donde en verdad Colón desembarcó, y donde se hicieron las rancherías para alojar a los constructores de La Isabela”. Las excavaciones en Las Coles toparon con los restos de un horno, comprobación de que allí hubo, como Cruxent barruntaba, actividad artesanal. “El sitio se ubica en las descripciones del padre de Las Casas, que en su relato confunde indistintamente la ranchería de La Isabela con la fortaleza de La Isabela. Su emplazamiento fue un aporte nuestro”.
Las investigaciones en La Isabela le han valido a Cruxent, aunque ya era conceptuado como una autoridad en arqueología caribeña, una aparición en la serie documental de la PBS norteamericana The Age of Discovery, la invitación a dictar una conferencia ante la Asociación para el Avance de la Ciencia en Washington DC, numerosas publicaciones pero, sobre todo, el apoyo institucional, financiero y científico de la Universidad de Florida en Gainesville y del gobierno de España, amén del patrocinio original de la Universidad Experimental Francisco de Miranda de Coro. “No yo, sino Venezuela, estuvo sola en este proyecto los primeros tres años. Ahora la Universidad de Florida, con la doctora Kathleen Dragan, y los jóvenes arqueólogos que vienen de España, me brindan un respaldo invalorable”.
Para los fastos venideros del Quinto Centenario, Cruxent espera haber terminado –“en realidad es un trabajo que nunca está concluido”- el rescate del sitio arqueológico de La Isabela. De otro modo, una repentina celebridad audiovisual podría arrastrarlo; y es que también se conmemorará el Quinto Centenario de Evangelización en América y a La Isabela, lugar de la primera misa del continente, viajará el Papa Juan Pablo II en octubre de 1992 para oficiar en un aparatoso templo que con premura levanta el gobierno a la entrada del pueblo. Ante la visita del jerarca vaticano, Cruxent se encoge de hombros: “Yo nunca he tenido problemas con la religión, así que no tengo inconvenientes en ser anfitrión del Papa”.

21 de diciembre de 2007

Mientras llega a Cooperstown


N. de R.: Gracias a los buenos amigos y apasionados editores de la revista "Podium", de vez en cuando tengo la oportunidad de escribir sobre deportes, tema que me entusiasta aunque sólo sea en la butaca, jamás sobre la cancha. Aquí publico un perfil que me pidieron de Omar Vizquel a propósito de su despedida del béisbol profesional venezolano. Admito que lo que me complace de este texto fue el ejercicio de desprendimiento de mis prejuicios guairistas para tratar con justicia a un emblema del Caracas.

La despedida de Omar Vizquel
PRIMERO Y ULTIMO

Entre dos aguas se desarrolla la carrera del mejor campocorto defensivo en la historia del béisbol. Pero no se trata de su encrucijada sobre si conseguirá o no empleo para el próximo spring training. Es buena la oportunidad de su despedida de los diamantes locales para repasar la transicion que le ocupó entre ser el último ejemplar de la dinastía de grandes fildeadores venezolanos en la posición y ser el primer hijo de la clase media urbana que llegó a jugar pelota en grande.


Quizá haya que hacerse a la idea de que el regreso de Omar Vizquel a los diamantes venezolanos, esta vez en son de despedida, evidenciará junto al final de una carrera deportiva llena de glorias, la probable extinción de una especie endémica, de una cepa puramente criolla: del campocorto orgánico, ese menudo, ligero de pies y con una suavidad en las manos que compensaba la anemia del bate, en contraposición al cada vez más dominante campocorto trasgénico, al que la biotecnología deportiva y el mercado han acordado exigirle no sólo un desempeño óptimo con el guante sino además un rendimiento ofensivo de cuarto bate, y del que Alex Rodríguez y Troy Tulowitsky despuntan como ejemplares representativos.
Por supuesto que no hay nada de festivo en ser el último de los mohicanos. Pero si precisamos la tesis anterior, tampoco es que Vizquel vaya a hacer las veces del pájaro dodó en Grandes Ligas; más que un ejemplar en extinción, viene a ser como la remesa que queda por liquidar de un producto que alguna vez resultaba muy cotizado pero que un cambio radical del mercado arrojó a los precios de oferta, si no a la mismísima inutilidad.
Algo así debió pasar, por ejemplo, cuando el caucho y el balatá de la Orinoquía fueron sustituidos por los hallazgos de la química. O cuando ya la farmacéutica europea no necesitó más de aceite de palo para tratar con éxito las enfermedades venéreas. En Venezuela seguirán brotando de manera silvestre talentos y fisonomías como los de Vizquel, así como antes los de un Luis Aparicio o un Enzo Hernández, pero habrá que temer que de ahora en adelante ya nadie los sopesará en su justo valor.
Sí: su justo valor. Porque será una lástima, en términos estéticos, pero también una miopía en términos del espectáculo, concederle la primacía a los todoterreno. Un Alex Rodríguez o un Tulowitsky, por meterse con alguien, podrán rendir mediante números de excepción y hasta completar sobre el campo, como ya lo han hecho, jugadas espectaculares que ilustran los inimaginables alcances del cuerpo humano. Lo que no se les da muy bien, en cambio, son movimientos, gestos, sutilezas, imágenes sobre el campo que, expresándose en lo corporal y retando también a la imaginación, parezcan sin embargo originarse del alma más que del cuerpo. Eso, pues, que solemos llamar arte.
Vizquel ofreció, y sigue ofreciendo, arte. El arte del béisbol o, mejor: el arte del sior, para ubicarlo en su precisa especialización de raigambre criolla. Como Aparicio, en cierta manera, y a diferencia de Enzo Hernández, porque éste no tuvo tiempo de ajustarse; y sin duda, al igual que Concepción y Guillén; la veteranía concedió a Vizquel las herramientas necesarias para ir mejorando, temporada a temporada, su bateo en lo que respecta al promedio y, prodigiosamente, por encima de fatalismos antropométricos, al poder. Más sabe el diablo por viejo, se puede alegar. Sin dejar de lado, además, la buena forma física a la que Vizquel parece rendir culto y su ventajosa habilidad de ambidiestro. Pero eso es oficio, tecnología, adiestramiento. Donde el duende de Vizquel aflora es en la custodia de las paradas cortas.

EL IMPERIO DE LOS SENTIDOS
Los números, esos que casi sin chistar habrán de franquearle la entrada al Salón de la Fama de Cooperstown, describen muchos de los logros de su carrera: tres veces All-Star, 11 Guantes de Oro –nueve de ellos consecutivos, al menos uno con el uniforme de cada equipo en que militó, y en ambas ligas-, el mayor fabricante de doubleplays de la historia, el campocorto con la cadena más larga de juegos sin error en la Liga Americana, próximo a convertirse –gracias a su longevidad: si consigue contrato, el próximo abril estará completando 41 años de vida a la vez de arrancar su vigésima temporada en las mayores- en el de más apariciones en esa posición en toda la historia del béisbol organizado, el de mejor porcentaje de fildeo con más de 1.000 encuentros oficiales, entre otras estadísticas. Pero si los laureles pueden contabilizarse, la plasticidad no. El genio de Omar Vizquel se manifiesta en una dimensión que, de ser humana, ni proviene ni se aprecia en lo conciente: es asunto de los sentidos. No en balde, la vistosidad suele ser la categoría con que muchos testimonios asocian a algunas de los emblemas de Vizquel, como su característica jugada de tomar los roletazos o los botes de pelota con la mano limpia, o su histórica e irreproducible asociación creativa con Roberto Alomar alrededor de la segunda almohadilla de los Indios de Cleveland, a fines de los noventa. ¿Cómo se mide lo asombroso?
A estas alturas de la nota, su autor precisa tomar durante un párrafo la voz de la primera persona para hacer una advertencia al lector, a manera de una declaración éticamente necesaria: ojo, soy hincha de los Tiburones de La Guaira, equivale a decir, un resentido crónico desde hace tiempo y, claro, añorante de lustres antiguos de los que no queda casi nada tangible como no sean la samba del estadio y la moderna rivalidad con los Leones de Caracas. De modo que siempre –un lapso que abarca hasta este preciso momento en el que pulso las teclas de mi computadora– he percibido a Vizquel con la distancia escéptica, y por momentos hostil, que un fanático guaireño puede reservar para un icono caraquista. Pero también creo que es en este marco que adquiere relieve la apreciación desapasionada, si el adjetivo cabe para hablar del arte, de la obra de Vizquel. Recuerdo que el primer presentimiento de que Vizquel podría estar para cosas mayores de verdad lo tuve en un juego La Guaira-Caracas. Desde que obtuve cierto uso de razón, dicen que a la edad de siete años, 99 por ciento de mis comparecencias al estadio Universitario han sido a propósito de choques entre Tiburones y Leones. Al que quiero referirme debe haber sido en noviembre o diciembre de 1987. Iba con un buen amigo, magallanero, que, supongo, convino a acompañarme a un juego de dos equipos extraños más por la primera seña que por la segunda. En uno de esos baches en los que caen los partidos de pelota, la combinación de segunda base del Caracas completó una doble matanza de rutina, en la que correspondió a Vizquel hacer de pivote y lanzar a primera. Un relámpago que por unos segundos distrajo la atención, mía y de buena parte de los asistentes a la tribuna derecha del estadio, de las chanzas de aficionados y el llamado permanente a los vencedores de cerveza. Pero apenas instantes después, mi amigo me preguntó: “¿Te diste cuenta de la elegancia con que se volteó Vizquel?”, luego de soltar la pelota. Pues no, no la había visto. Aunque no me quedaran dudas que, de haberla visto, me habría sorprendido menos que el comentario de mi amigo, un magallanero –repito-, visceral pero escasamente erudito en el béisbol, que reparaba en un aspecto tan nimio y en todo caso ajeno a la propia acción del juego. O mi amigo se había equivocado de evento y se creía en una función de ballet del Teresa Carreño, o simplemente los lances de Vizquel daban fe de un don perceptible hasta para los adversarios con más encono.
De vuelta al ámbito de la tercera persona: de pronto la oportunidad de degustar la experiencia estética de Vizquel en juego se la debemos a la circunstancia, más bien histórica, de que la afición venezolana haya sido conquistada por deportes norteamericanos. Algún puntilloso lector anotará, con razón, lo siguiente: el baloncesto y el voleibol también son inventos norteamericanos. Muy bien. Pero las dos disciplinas que resumen el orden social, los valores éticos y las proyecciones colectivas de Estados Unidos, el béisbol y el fútbol americano, tienen varios rasgos en común: son deportes de equipo con una compleja reglamentación; el elenco que se despliega en campo difiere según el equipo esté a la defensiva o la ofensiva; se juegan con pantalones largos y, en general, con una indumentaria sobrecargada y hasta ridícula; pero, sobre todo –y lo que más interesa notar aquí-, son deportes en los que todos, gordos, altos, flaquitos, bajos, cerebrales, alucinados, lentos, rápidos, tienen cabida, una tarea que cumplir o una posición por ocupar. ¿Habría algún lugar para alguien con la complexión de Vizquel en el fútbol o el rugby o el básquet? Claro que no. Como tampoco para un Aparicio o, pongamos, para un Argenis Salazar o un Williams Ereú. Pero por algo será que en estas latitudes del Caribe nos acomodamos a este juego de larga duración, bastante estático, casi una analogía del abandono, pero con intermitentes explosiones de acción, apto para cerveceros o para gente pequeña, correosa y resistente, como un chasqui o como el propio Vizquel.

OH!MAR
El caso es que, con lo dicho hasta aquí, el retiro local de Vizquel –su despedida de campos venezolanos cuando, por fortuna, está entero y goza de salud y reflejos- y su retiro definitivo, menos inminente que cronológicamente inevitable, del béisbol, resultarán oportunidades para el reconocimiento, la conmemoración y, en definitiva, ese gran sentimiento asociado a la pelota que es la nostalgia. Como el cumpleaños de un familiar, pues.
Sin embargo, también se hace necesario caracterizar a Vizquel como un precursor en, al menos, un sentido: desde el debut del Patón Carrasquel con los Senadores de Washington en 1939, hasta la irrupción de Vizquel en el firmamento de Grandes Ligas 50 años después, los peloteros venezolanos –incluso aquellos fraguados a la sombra de esos enclaves de cultura gringa que fueron los campamentos petroleros- reproducían, desde su origen rural, la imagen del nativo un poco sorprendido y asimilado por la modernidad industrial para la cual, sin percatarse hasta entonces de ello, guardaba un bien de valor: un poco como pasó con el petróleo que yacía hasta principios del siglo XX en el subsuelo patrio sin que nadie reparara en su valor.
En cambio, Vizquel fue el primer ejemplar de la clase media urbana que arribó al béisbol mayor desde Venezuela. Más que sus mocedades en la urbanización El Cafetal del sureste caraqueño, el prestigio logrado por la profesión peloteril como vehículo de acceso a la riqueza, o, incluso, la universalización de los niveles educativos, ese origen pone de relieve algunos valores que el campocorto porta y manifiesta, tales como una cierta vocación empresarial, la aceptación y estímulo de la iniciativa individual como origen de todo emprendimiento, y su disposición en ser el primero de los peloteros criollos culturalmente dispuesto a plegarse a los mecanismos del mercadeo para promoción de su propia marca. ¿Lo dudan? Pues entonces resulta útil revisar algunos hitos de su biografía:
- La edición a cuatro manos con el periodista Bob Dyer del libro Omar!: My Life on and off the Fields, ya de por sí una aventura editorial sin precedentes en los anales de la transparencia beisbolística venezolana, vino además aderezada con típicos señuelos de promoción como las polémicas infidencias sobre José Meza –el relevista dominicano al que señaló como escaso de agallas para soportar las presiones de una Serie Mundial- y el toletero Albert Belle –nombrado como un truhán del bate encorchado-. Se ganó los enconos de los dos peloteros, algún señalamiento de deslealtad de parte de sus ex compañeros pero, en particular, muchas páginas de publicity durante la primavera de 2003.
- Su rol como entrepeneur que ha invertido en negocios como una industria de salsas y aderezos, una marca de bates -¡de bates! No de guantes- y todo un ramo del merchandising.
- La connivencia que siempre mostró ante una tendencia que hoy es norma pero de la que fue pionero: alimentar a los medios con notas acerca de los distintos flancos de su personalidad, desde su vocación para la pintura artística hasta su tumbao salsero, dando cuenta de una voluntad de integración entre cuerpo y alma casi renacentista.
La paráfrasis de la sentencia de Gramsci a la que tanto echa mano el presidente Chávez puede valer para Vizquel: mientras por un lado su estilo de juego y complexión es reliquia de algo que está por pasar a la historia, a su vez fue heraldo de un futuro que se le venía encima al béisbol venezolano, como en efecto se le vino la era del mercadeo y de los hijos de la clase profesional. Se puede decir que encarna una transición: de ser el último ejemplar de la dinastía de grandes fildeadores venezolanos en la posición, por un lado, y ser el primer hijo de la clase media urbana que llegó a jugar pelota en grande, por el otro. Custodio de una tradición deportiva concreta o fundador simbólico de una tendencia socioeconómica: ¿por cuál de esos méritos usted da más?

El buen editor


N. de R.: Venezuela tiene algo que ver con la editorial de Quino, Fontanarrossa, Liniers, Caloi y demás grandes del humor gráfico argentino: Ediciones de la Flor, que ahora cumple 40 años. Sus fundadores y persistentes cabezas, Daniel Divinsky y Kuki Miller, tuvieron que pasar el exilio en nuestro país. A propósito del aniversario y con ese viejo vínculo en mente, entrevisté por email a Divinsky para "El librero".

Daniel Divinsky a los 40 años de Ediciones de la Flor
“QUE QUEDE COMO UN BUEN RECUERDO EN LA CULTURA DEL CONTINENTE”

La casa editorial que en 1966 se proponía iniciar Daniel Divinsky, casi como cualquier empresa juvenil, padecía de oportunismo: cuando los militares que deponen al presidente Illia también ocupan la universidad y expulsan a toda la disidencia, el joven abogado y estudiante de Sociología de la Universidad de Buenos Aires, para matar el tiempo tan abruptamente disponible, se recuesta de un hobby recién adquirido. En la Facultad de Derecho tuvo la oportunidad de producir algunos libritos para el Centro de Estudiantes y de la experiencia le queda el regusto. Pero además de oportunista, la empresa luce desmedida. Cuando Pirí Lugones, amiga del chico y nieta del poeta Leopoldo Lugones, se entera del perfil olímpico de los temas y autores que desea editar, exclama: “¡Pero lo que ustedes quieren hacer es una flor de editorial!”. La expresión, mitad halago y mitad incredulidad, sirve de troquel para el nombre de la nueva compañía, que arrancaba con un aporte de 300 dólares.
Ya a los cuarenta años de distancia de aquel esbozo veinteañero habrá que acordar que el afán de Divinsky no era ni frívolo ni elusivo. De hecho, tan leal le fue en la inversión casi exclusiva de sus recursos y energías, que Ediciones de la Flor se convirtió tanto en su misión de vida como en un ícono de la cultura argentina, tal como lo acaban de constatar una exposición retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires e innumerables reportajes de la prensa porteña.
Aún cabe suponer que un par de generaciones de lectores, acaso fans, latinoamericanos se sentirían en desamparo sin algunos de los autores del catálogo de Ediciones de la Flor. En primerísimos lugares Joaquín Salvador Lavado, Quino, y Roberto Fontanarrosa, por ejemplo. Pero también, ojo, como aclara Divinsky, “Umberto Eco (coeditado con Lumen de España en el momento de su gran impacto con El nombre de la rosa, que publicamos para su venta en Latinoamérica), Rodolfo Walsh, Ariel Dorfman, los más importantes dramaturgos argentinos como Carlos Gorostiza y Juan Carlos Gené, bien conocidos en Venezuela, Griselda Gambaro y otros. Visualizar a Ediciones de la Flor como una editorial de humor no es incorrecto, en la medida en que es el género en el que hemos obtenido nuestros mayores y más duraderos éxitos de ventas. Pero no oculta que nuestro catálogo incluye muchísimos títulos y autores de ficción y no ficción, y libros infantiles, que se han difundido enormemente: No hubo una especialización deliberada en un principio, si bien durante los últimos años estoy más atento a descubrir nuevos humoristas que nuevos narradores”.
La efemérides tendría que llevar adjunto un asterisco como referencia a los seis años de exilio que Divinsky y su esposa, Ana María Kuki Miler –pareja también en la gerencia de la editora y quien “introdujo la dosis necesaria de realismo y el dominio de los números imprescindible para que la empresa pudiera subsistir primero y prosperar después” – tuvieron que pasar en Venezuela. Algunos de sus autores llegaron a ser prohibidos por las autoridades y, por si faltaran malos augurios, el propio Divinsky quedó detenido durante 127 días a disposición de ese Poder Ejecutivo que por entonces, en 1977, detentaban Isabel Martínez de Perón y las Fuerzas Armadas a nombre del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.
Divinsky y Miler dejan, pues, Argentina: “La verdad es que hicimos varias escalas previas y posteriores a Caracas… Un poema de Brecht dice algo así como que, al salir de Alemania, se iba probando países como chaquetas para ver cómo le sentaban. Pues bien: fue en Venezuela, muy pujante en el aspecto cultural en ese momento, donde tuvimos propuestas concretas de trabajo. Por un lado, para mí, desde la Biblioteca Ayacucho, a través de mi maestro y amigo, el crítico uruguayo Ángel Rama. Para mi mujer, experta en Literatura Infantil, del Banco del Libro que estaba preparando el lanzamiento de Ediciones Ekaré. Además, en Venezuela había amigos argentinos como Rodolfo Terragno, Miguel Ángel Diez, Tomás Eloy Martínez, y el país, la ciudad y su gente, que conocíamos de viajes anteriores, nos sentaban bien”. Pero el prodigio estuvo en que el asterisco del desarraigo no se tradujera en un paréntesis para Ediciones de la Flor; su gestión comercial siguió adelante.
- Como para 1977 los libros de Quino y Fontanarrosa que De la Flor ya tenía publicados se reeditaban con frecuencia, ellos fueron la base de la continuidad, a cargo de mi suegra, Elisa de Miler, y un reducido grupo de personas, teledirigidos por carta desde Caracas. No había correo electrónico, ni siquiera fax. Y comunicarse internacionalmente, vía el casi mítico 122 (que, creo recordar, hasta fue “inmortalizado” en su ineficiencia por una canción popular) requería paciencia sobrehumana: no existía el Discado Directo Internacional. Nos enviaban a Caracas, por correo o por viajeros, los originales propuestos, los leíamos durante los fines de semana, y los que decidíamos publicar aparecían, cuando la economía argentina y la de la empresa lo permitían. Como, bajo la dictadura militar, se vivió por unos años un artificial auge económico, en esa época se publicaron mayor cantidad de reediciones y de más ejemplares, que en épocas democráticas posteriores y que ahora mismo.

- Al mismo tiempo, usted se hacía cargo de una empresa precursora en Venezuela, la colección de los ‘Libros de Hoy’ que circulaba con El Diario de Caracas.
- Sí. La iniciativa de obsequiar con el diario de los domingos un libro “de verdad, verdad”, en vez de una revista o suplemento, había sido de Terragno y Tomás Eloy Martínez, pero llegaba la fecha de lanzamiento de El Diario de Caracas y no habían avanzado mucho, salvo en la decisión de comenzar con un texto de Guillermo Meneses. Por eso recurrieron a mi compañera y a mí, que aprovechamos el hecho de vivir en el mismo edificio que Juan Fresán, diseñador original del diario, para diagramar portadas e interiores en el parque de las Residencias Country. Durante un fin de semana pensamos varios volúmenes, y armamos incluso uno, sustitutivo del de Meneses, por si no se podía conseguir la autorización para éste (que finalmente se obtuvo). La colección nos dio una enorme satisfacción como editores: hacer libros que no había que vender, que eran recibidos con satisfacción (eso lo supimos luego) y que podían cubrir la amplia gama de intereses de los lectores de un periódico. Implicó una inmersión total en la cultura de Venezuela, no sólo la literaria, y fue una experiencia por entonces totalmente innovadora.

- Su editorial es reconocida por sus autores de humor y dibujantes, como los clásicos de Quino y Fontanarrosa, o ahora, con el boom de Liniers. ¿Qué cualidad le ha permitido a usted especializarse en el reclutamiento de esos talentos?
- Los procesos fueron muy diferentes. Quino ya publicaba con gran repercusión en otra editorial y recurrió a mí, inicialmente, como abogado para cobrar compulsivamente sus derechos de autor: su inclusión en el catálogo fue la muy bienvenida consecuencia de esa gestión profesional inicial. A Fontanarrosa lo descubrí cuando publicaba algunos cartones sueltos en un periódico político de izquierda, y en una revista provincial los comienzos de los que fueron luego sus famosos personajes. Liniers, en cambio, el más joven, saltó a la luz en el suplemento juvenil de un diario y le propuse editarle esos materiales, que luego fueron desplazados para comenzar con una recopilación de su poética tira Macanudo que, endosada por Maitena y su propuesta, comenzó a aparecer en un matutino de gran circulación, La Nación de Buenos Aires.

- Lo llamativo es que, ya consagrados e internacionalmente reputados, Quino y Fontanarrosa optaron por seguir trabajando con ustedes, una editorial tan pequeña.
- En el caso de Quino y Fontanarrosa, creo que funcionó el afecto personal, que hizo que no abandonaran el barco ni siquiera durante la prisión y exilio de sus editores. Este sentimiento se vio fortalecido porque, en lo profesional, sus intereses siempre fueron privilegiados y sus libros editados con la prioridad y cuidado que se merecían.

- Con ese ojo que ha demostrado tener, ¿a cuál nueva firma apuesta personalmente ahora?
- Un editor independiente, con ánimo de jugador, apuesta con igual fervor a todas sus elecciones. Si tuviera que dar un nombre que puede ser conocido en Venezuela ya, a través de Internet y de su blog, nombraría a Liniers. Y entre los muy desconocidos a una narradora de humor, Belén Wedeltoft, cuya primera novela, "Casualidades permanentes", todavía no apareció.

- ¡De nuevo el humor! Si hoy estuviera en el punto de arranque de su editorial, ¿qué haría distinto?
- He publicado libros de muchos géneros, pero muy poco de ciencia ficción. Esta pregunta sólo encontraría respuesta en esa rama de la Literatura.

- ¿En qué apuestas se ha visto retribuido, y en cuáles falló?
- Sin ninguna duda, y a años luz en cantidad de ejemplares de cualquier otro título, nuestros grandes éxitos fueron los diez volúmenes de la colección de Mafalda, cuyas tiradas desde 1970 hasta ahora no pueden totalizarse porque se perdieron los ficheros de confección manual que se usaban en los primeros tiempos: habría que pensar en un millón de ejemplares de cada volumen como mínimo, dado que las tiradas iniciales de los primeros números que publicó De la Flor, comenzando por el #6, eran de 200.000 ejemplares. No hubo sorpresas en los “fracasos”, sino más bien en los “sucesos”. Tal vez entre los primeros, el del libro de un humorista radial muy popular en Argentina, que debió dejar el programa diario en el que actuaba poco después de la aparición de su obra.

- Transcurridos 40 años, con una gran obra ya completada, ¿habrá continuidad en Ediciones de la Flor?
- Esta es la pregunta de los 64.000 dólares. Porque siendo una empresa familiar de una pareja sexagenaria, con un solo hijo que se dedica, justificadamente, a la música, y un nieto de tres años de edad, no existe lo que era el futuro tradicional de este tipo de compañías. Impensable aliarse con transnacionales, que es someterse. Está a la vista el destino de los editores que creyeron que esa supuesta “sinergia” era la salida: desaparecieron de las que habían sido sus empresas, como Esther Tusquets de Lumen, o Gloria Rodrigué de Sudamericana… Tampoco vender y retirarnos para ver desnaturalizado lo que tanto costó tanto con prestigio y coherencia. Tal vez sea un buen, o mal día, cerrarla y que quede como un buen recuerdo en la cultura del continente.

El retiro está en la tumba


N. de R.: Por estos días publicaron las fotos de un Carlos Andrés Pérez enclenque y algo ido, testimonio de una mala racha para los ex presidentes venezolanos que tumbó en una larga convalecencia -¿o agonía?- a Lusinchi, a Caldera y al propio CAP, y que ya dio cuenta de Luis Herrera Campins. Pérez está en el crepúsculo de la vida y, a pesar de que en el texto siguiente asegura con terquedad que no vive en el exilio, parece probable que muera en el extranjero. Se trata de una entrevista que le hice en 2001 en su refugio de la República Dominicana, a donde fue a parar entonces y donde un incidente coronario le trajo un primer aviso sobre su inexorable mortalidad. La publicó la desaparecida revista “Primicia”.


“EN LA INDIGESTIÓN IDEOLÓGICA DE CHÁVEZ SÓLO HAY MILITARISMO"

Al líder que en mayo de 1993 dijo preferir, mediante histórica cadena de televisión, otra muerte distinta a la deshonra y la defenestración, el destino estuvo a punto de contrariarlo de nuevo, hace tan sólo cuatro semanas. “Bueno, en realidad no fue más que un susto”, se alienta Carlos Andrés Pérez, desembarazado ya por una angioplastia la obstrucción arterial que lo puso el pasado 10 de julio, si no al borde de la muerte, sí a bordo de una aeroambulancia que lo trasladó de urgencia desde la ciudad de Santo Domingo a Florida. “Ya usted ve, aquí me tiene”, abre los brazos en ademán característico, “puede decir en Caracas que me vio lleno de vigor”.
Si bien en aquel entonces del impeachment, y de la irrepetible conjura de voluntades urdida para sacarlo del poder, Pérez tuvo al menos la oportunidad de evidenciar su estupor, esta vez el infortunio lo tumbó rápidamente en pijama sobre una camilla, sin mayor posibilidad de réplica o restitución de la dignidad, disminuido a la muy resignada –y, quizás por ello, impropia para un caudillo- condición de convaleciente. Pero la recuperación en el Cedars Medical Center de Miami fue corta: a los tres días le dieron de alta sin más precauciones, dice el dos veces presidente de Venezuela, que una autoimpuesta veda del alcohol “aunque ya me tomaré un trago de vez en cuando”, anuncia urbi et orbi.
No tardó tampoco en volver ni a su rutinaria prédica antichavista ni a la situación de convidado. Regresó a la República Dominicana, plaza que, gracias a las deferencias del presidente socialdemócrata Hipólito Mejía, ha estado alternando con Miami para guarecerse de las inclemencias de un destierro que pretende temporal.
Veterano en exilios, trotamundos en las buenas y en las malas, de Carlos Andrés Pérez habrá que decir que le acompaña, como expatriado, la estrella que quizás le viene faltando durante la última década de vida pública. En particular, el Caribe le reserva alivios eficaces contra la nostalgia, el desamparo y otros azotes del alejamiento: gobiernos más que amistosos, culturas afines a la venezolana, y viejas deudas de gratitud a las que resta mucho por saldar.
Se recuerda que en los años 50, Pérez –como buena parte de la dirigencia adeca en desbandada por la represión perejimenista- encontró refugio en la Cuba de Prío Socarrás y la Costa Rica de José “Pepe” Figueras, a cuyos palacios de gobierno, sonríe ya añoso el político de Rubio, estado Táchira, “yo entraba prácticamente cuando quería”.
Hoy, en la República Dominicana el PRD (Partido Revolucionario Dominicano) de su difunto amigo, José Francisco Peña Gómez, está en el poder. El actual presidente guarda consideración por Pérez en su doble investidura de ex mandatario de una nación amiga y mentor ideológico, lo que se traduce en miramientos como el oficial del ejército dominicano que hace las veces de edecán personal, y el vehículo que lo traslada por las calles de la ciudad, una “yipeta”, vocablo con el que los nativos distinguen a las camionetas tipo Blazer y que se han convertido en el símbolo más claro del arribismo oficial.
Pero no sólo hasta ahí llegan sus amigos. Al oeste de la misma isla de La Española, en la ciudad capital de Puerto Príncipe, el presidente haitiano, Jean-Bertrand “Titid” Aristide, tiene una habitación permanentemente preparada para las visitas de quien considera como su segundo padre. “Es más”, enfatiza Pérez, “el único retrato que tiene en la sala de su casa es una fotografía mía. Y eso tiene su razón: yo le salvé la vida a Aristide. La noche que lo derrocaron yo mandé mi avión y logré quitárselo de las garras a los dictadores haitianos. Me lo llevé a Venezuela”.

LA MUERTE QUE RONDA
Con tanta vocación antillana, puesta a prueba a lo largo de medio siglo, curiosamente persiste un detalle en el vestir que enseguida lo delata como un “alien” en el reino del ritmo y el sabor: le tiene alergia a la guayabera y es una dolencia –físicamente perceptible en una tarde estival de humedad y calor, como la de nuestro encuentro- que se corresponde, como debe ser en un político de la llamada “Cuarta República”, con la lealtad acérrima al flux y la corbata. Aunque, a decir de Pérez, no son cosas de deformación profesional sino de gentilicio: “Yo me he mandado a hacer guayaberas, pero la verdad que no me acostumbro. Prefiero ir más formal”, incurre en un desliz de vanidad antes de deducir, enfundado en un conjunto de color crema y con una vistosa corbata borgoña: “Así somos los andinos”. No sería la única vez durante la entrevista que citaría su estirpe cordillerana para explicar algún proceder. La recordaría también para justificar el bajo perfil que conserva con su esposa, Cecilia Matos, a pesar de haber regularizado su estado civil.”Eso somos los andinos”, repite para hacer a un lado el tema, “reservados”.

- Usted en Venezuela siempre ha tenido una imagen de dinamismo, de vigor. Con su reciente enfermedad, ¿cambia esa condición? ¿Lo ha hecho pensar en su mortalidad?
- La verdad es que lo mejor que uno puede hacer es no pensar en la muerte, a pesar de que es lo más seguro que uno tiene. Yo quisiera ser inoxidable pero lamentablemente me estoy oxidando. Pero, eso sí, tengo vigor y espero mantenerlo hasta la democracia haya sido restituida y mejorada en Venezuela.

- Pero, en esos momentos de malestar, ¿pensó en la muerte? ¿Pensó: ya me llegó la hora?
- No. Fíjese usted que cuando me sacaban en una camilla, de aquí en la República Dominicana para Miami, que debía estar quieto, me incorporé para saludar a la gente y decirle que estaba dispuesto a seguir mis luchas por la democracia en Venezuela.

-¿Se lo mandaba a decir a Fidel Castro también?
- Desde luego que yo tuve una larga relación con él, relación que nunca involucró una adhesión o aceptación de su pensamiento, sino mis motivaciones para lograr que Fidel se integrara al mundo latinoamericano. Yo tuve muchas reuniones con él, tuve incluso una entrevista secreta en La Orchila.

- ¿Habría algún tipo de fascinación mutua?
- No, en lo absoluto. Es un hombre de gran personalidad, pero yo nunca me equivoqué con respecto a quién era. Mis conversaciones con él siempre fueron respetuosas, pero también muy claras y terminantes, con respecto al pensamiento político.

- ¿Cree que, en efecto, Fidel Castro esté aconsejando al presidente Chávez?
- Fidel Castro hoy se está aprovechando, con “a” mayúscula, del presidente Chávez.

- ¿Para usted no habrá retiro?
- El retiro estará en mi tumba.

- ¿Y la vida familiar?
- ¡Pero es que la política es mi vida! Yo comencé a hacer política a los 14 años y desde entonces no he hecho más que política. Yo no he tenido otros puestos en mi vida que los puestos que me ha deparado mi acción política. Y esto lo he dicho yo cuando se refieren a mi fortuna: Yo no soy de familia rica, no tengo a quien heredar, nunca me dediqué al comercio, de manera que si yo tengo fortuna, me la tuve que robar. Todos los cargos que tuve fueron cargos públicos, claro, que me han dado la posibilidad de vivir adecuadamente, pero sin ninguna capacidad para gastos exagerados.

- El presidente Chávez suele referirse a usted como un “muerto político” y también acostumbra a preguntarse entonces cómo hace usted para seguir viajando por el exterior, tener viviendas, pagar cuentas…
- Todos los que están conmigo aquí, en Santo Domingo, saben cómo con esta enfermedad amigos míos tuvieron que suministrarme los fondos para pagar la clínica. No voy a dar nombres, pero algún día se podrá saber cómo he vivido yo. Ni llego a grandes hoteles, ni vivo en grandes fiestas, sino que llevo una vida absolutamente modesta y ateniéndome a las circunstancias. Yo tengo dos entradas: una, la pensión de ex presidente, y otra, mi jubilación como congresante.

- ¿En la “Quinta República” no le han interrumpido esos beneficios?
- No sé, me los pueden interrumpir cuando les dé la gana, pero yo tendría la acción de la justicia, con la que yo tampoco contaría, pero son derechos adquiridos.

- ¿Usted no teme, que en el contexto institucional y político de la Venezuela actual, se le pueda abrir otro proceso bajo cargos de corrupción?
- Yo no tengo ningún problema, porque ya me vieron ustedes cómo lo enfrenté cuando se me quiso hacer. Y cómo, a pesar de que fui condenado a dos años de prisión se tuvo que reconocer que no era por peculado o enriquecimiento ilícito, sino por la ayuda que yo le había prestado a Nicaragua y a El Salvador para liberarlas del problema del militarismo guerrillero que las tenía sometidas. De manera que yo estoy dispuesto a confrontar cualquier cosa, con la misma tranquilidad de conciencia que me permitido afrontar esto.

- Ese fue un proceso judicial, pero ¿y la historia? ¿Cómo desearía que lo sentenciara?
- Yo en eso estoy tranquilo. Porque yo sé que la historia va a ir decantando la realidad de lo que ha sucedido en Venezuela. Reconocerá los grandes esfuerzos que hicieron mis dos gobiernos por modernizar nuestro país. Y también tendrá que rendir honor a la honestidad y a la dignidad con que yo actué como presidente de Venezuela. Yo espero confiado en que esto sucederá, porque el tiempo pasará y no aparecerá mi fortuna por ninguna parte, ni en ningún heredero mío ni de nadie, y se darán cuenta de la realidad que yo viví, de cómo fue mi vida y de que yo fui un hombre honesto a lo largo de toda mi vida. Por eso es que yo me quedé en Venezuela a enfrentar las acusaciones contra mí.

- Pero esa reivindicación que usted espera puede ser póstuma.
- No importa. Mi única ambición ha sido la historia.

LOS CONVIDADOS SON DE PALO
¿Cómo debería lucir un búnker? La palabreja trae del idioma alemán imágenes de construcciones inaccesibles, revestidas de placas de hormigón y repletas con aparatos de luces centelleantes y mapas animados de los frentes de batalla. Nada, en cualquier caso, parecido al edificio Rosmar No. 80, en el sector El Vergel de Santo Domingo: una construcción vulgar de tres plantas, no muy lejos de las avenidas México y Máximo Gómez de la capital dominicana. Allí, en “un apartamento que nos prestó una amiga”, se alojan Pérez y su esposa, cuando no están en Miami con sus hijas menores. Blancas son sus paredes y en la sala, amplia, un juego playero de muebles de mimbre es lo único que ocupa espacio. Si éste es el puente de mando de la guerra sucia que, según el gobierno venezolano, Pérez capitanea, hace alarde de una economía de recursos impresionante. En un cuarto, junto a la hamaca personal del ex presidente, está la computadora con la que todas las mañanas navega por Internet, quizás impulsado, más que por la necesidad de leer noticias de Venezuela, por el deseo de no convertirse en un dirigente anacrónico, ajeno a la web.
“¿Conspirar yo?”, chancea, “¡Míreme dónde estoy!”. Dice no conocer a ninguno de los funcionarios policiales implicados, de acuerdo a las versiones oficiales, en el resguardo de Vladimiro Montesinos; en cambio, contragolpea con una pregunta: “¿Y por qué el gobierno de Chávez los tenía trabajando todavía en su policía política?”. Advierte, sin embargo, que su propia actividad política no se ha apagado en el extranjero y que “mientras tenga vida, lucharé por la restitución de la democracia en mi país. Una nueva democracia que corrija todos los errores, todas las corruptelas, en las que desgraciadamente había degenerado la democracia venezolana”.
Esa beligerancia amenaza con convertirle en una piedra en los zapatos de sus anfitriones. Para los parámetros de locuacidad y protagonismo que lo han caracterizado, la verdad es que Pérez parece haberse propuesto ser un huésped poco molesto. Pero los adversarios del presidente Mejía, en la partisana vida pública dominicana, no pierden ninguna oportunidad para hacer notar la polémica presencia. Durante el proceso electoral del año 2000, participó –junto al secretario general de la Internacional Socialista, Luis Ayala- en el mitin de cierre de campaña del entonces candidato Mejía, quien luego, como presidente, contó con Pérez –esta vez junto al ex presidente del gobierno español, Felipe González- como valedor del llamado “Paquetazo”, una serie de medidas de ajuste en el gasto público y de carácter impositivo. Buena parte de la opinión pública resiente, además, la gestión mediadora de Carlos Andrés Pérez en las tradicionalmente ásperas relaciones entre dominicanos y haitianos, juzgada por aquellos como favorables a éstos, cuando no simplemente imprudente.
Un alto directivo de uno de los principales diarios en la capital anota, además, que “Pérez puede convertirse en un problema de Estado”. Sus constantes arengas contra el régimen de Caracas, proferidas desde Santo Domingo, pudieran enajenar, se teme, la buena voluntad del presidente Chávez y de Venezuela, principal proveedor de combustibles para la isla a través de los dadivosos términos del Acuerdo de San José. Y durante el curso de la administración Mejía, por si faltaran otros ingredientes potenciales para el conflicto, el disenso parece haber surgido dentro del gobernante PRD en torno a la figura del ex presidente venezolano. Algunos militantes del ala ortodoxa socialdemócrata creen que el propio Mejía ha sucumbido al carisma de Hugo Chávez y como inicio de esa presunta simpatía personal entre ambos mandatarios –que iría en detrimento de la estancia de Pérez en Quisqueya-, se fecha la visita del presidente venezolano a la República Dominicana del año pasado, cuando juntos oficiaron otra ceremonia de la diplomacia peloteril en un partido de softbol.
Para colmo, cierto halo de misterio en torno a su presencia exacerba, localmente, la leyenda negra del ex presidente. Antes de su actual residencia, se acomodó en los hoteles El Embajador y Dominican Fiesta de la capital en las que, se decía, eran “lujosas suites”; pero en el último hotel, se apresura a aclarar Gerardo Zavarce –venezolano que sirve a Pérez como ordenanza en Santo Domingo, y hermano de Nestor, el recordado intérprete de El pájaro chogüi-, “no hay suites y lo que conseguimos fue una habitación grande por 66 dólares diarios”.
Se escribió sobre el boato vacacional de una casa propia en La Romana, centro veraniego de ricos y famosos, pero Zavarce interviene de nuevo para puntualizar que el ex presidente “llega a casas de amigos; le sobran las invitaciones. Si atendiera todas las que le llegan, no pararíamos nunca”. Medios de comunicación dominicanos, dignos de todo crédito, afirmaron en su momento que durante las funciones de inicio de la gira “El Niágara en bicicleta” de Juan Luis Guerra, en agosto de 2000 en Altos de Chavón y el estadio Quisqueya de Santo Domingo, se vio al progenitor de la “Gran Venezuela” acompañado de una rumbosa comitiva de 15 personas; pero, prosigue Zavarce su deber de orientación, “sólo fuimos el ex presidente, su esposa y yo, con unos pases de cortesía que nos dio el banco Baninter. Lo que pasa es que estuvimos en un área VIP, junto al presidente Mejía”.
Ahora es el propio Pérez quien suspira:
- Fíjese usted, ¡todas las cosas que inventan para decir que yo tengo dinero!

- También se denunció aquí que usted había adquirido el Hotel Hispaniola de Santo Domingo, privatizado por el gobierno a cambio de 16,5 millones de dólares.
- Eso quedó en el ridículo. Fue una versión creada por el eterno panfletario contra Peña Gómez, “Vincho” Castillo, porque yo he heredado los odios contra Peña Gómez, quien fue mi amigo. Nadie puede decir que yo tenga o un edificio o una fortuna. Nadie puede mostrar un cheque mío en un banco del exterior, porque yo no tengo cuentas en el exterior. Ahora, ¿qué sucede? Que, desgraciadamente por culpa de nosotros mismos, los políticos somos unos pillos, unos ladrones. Nadie cree que un hombre que haya sido dos veces presidente de Venezuela, que tuvo actividades ran importantes como la nacionalización del hierro y del petróleo, sea un hombre sin fortuna. Incluso mis propios amigos puedan sospechar que eso no sea cierto, pero yo, frente a esas sospechas, siempre he dicho que hay dos cosas que no se pueden ocultar: la tos y el dinero. Por algún lado salen.

- ¿Le atormenta, abruma o deprime, que siempre le persiga esa sospecha?
- Desde luego que es muy incómodo y, hasta cierto punto, humillante.

- Según la leyenda popular venezolana, usted llegó a figurar en la lista de los hombres más ricos del mundo.
- Eso lo inventaron. Yo recuerdo mucho que un periodista del diario “Panorama” de Maracaibo publicó una vez que yo figuraba como el décimo hombre más rico del mundo. Entonces abrí un juicio contra ese periodista y le dije que le quitaba el juicio si me mostraba el periódico o la revista de donde hubiera surgido esa información. No lo hizo, pero la Asociación de Periodistas vino a visitarme para pedirme que retirara el juicio y lo retiré. Jamás, en ningún periódico del mundo, ha aparecido ese hecho que me quisieron endilgar.

- ¿Y el apartamento de Sutton Place? ¿También es una leyenda infundada?
- ¡Ah, no, no! Ese es un apartamento que le regaló a Cecilia Matos el señor Ángel Cervini. Eso es bien sabido en Venezuela. Eso es cierto.

- Los amigos que le ayudan, ¿son venezolanos?
- Fíjese usted que, ahora, la ayuda máxima que he recibido ha sido, en vez de venezolanos, sobre todo de aquí, de amigos dominicanos que me han solventado muchos problemas económicos. Cada vez que voy a alguna parte es porque voy invitado con gastos pagos, o es porque alguien me ha facilitado el dinero.

- ¿Por qué escogió República Dominicana como residencia?
- Estaré entre República Dominicana y Miami por su cercanía a Venezuela. Aquí tengo un gobierno amigo, un partido amigo; tengo todas las facilidades.

-¿Asesora al presidente Mejía?
- No, yo soy amigo del presidente Mejía y hablo con él. Pero el presidente Mejía no necesita asesoramiento. Él tiene su buena conducción política.

- ¿Pero él no le consulta nada?
- Yo hablo con él, como con tanta gente. Yo no soy asesor. Hablamos de todo, claro, comentamos las realidades políticas, regionales, locales y mundiales.

- Se dice que el presidente Mejía y el presidente Chávez han hecho buenas migas.
- No, el presidente Mejía tiene formas de educación que, por cierto, le faltan al nuestro. Desde ese punto de vista, ellos se entienden cordialmente, pero más nada. Desde luego, yo tengo que ser muy discreto para expresar ciertas ideas sobre esta materia, porque estoy en la República Dominicana. Pero tengo plena constancia de que el presidente Mejía no tiene ninguna afinidad política con el presidente Chávez.

- En la calle, muchos dominicanos expresan simpatía por el presidente Chávez.
-No. Ellos tienen agradecimiento porque Chávez ha aumentado su participación en el Acuerdo de San José. Pero Chávez no lo hizo por los dominicanos. Chávez lo hizo por Cuba. Por otra parte, si usted sale por aquí por las calles de Santo Domingo y saben que usted es venezolano, se va a encontrar con un hecho en cierta forma desagradable para uno, pero desgraciadamente justificado: que sin ningún respeto le preguntan “¿Y cuándo sacan ese loco?”, refiriéndose al presidente de Venezuela.

-Entre sectores de la política y la prensa dominicanas, parece existir un malestar porque usted frecuentemente no sólo opina sobre cosas de política interna, sino que hasta se le ha visto de gira por el país, como si fuera un funcionario gubernamental.
- Jamás. A la única parte que he ido, fuera de Santo Domingo, fue a la frontera con Haití, porque estoy muy interesado en la solución del problema con Haití y ahí sí estoy interviniendo abiertamente. Visito Haití, hablo con el presidente Aristide, hablo con el gobierno acá, tratando de mejorar las relaciones. Yo no he ido a ninguna parte más. La embajada de Venezuela aquí ha querido inducir ese tipo de discusiones. Pero eso no tiene posibilidad alguna, porque, por otra parte, yo soy lo discreto que debe ser uno. Ahora, hasta cierto punto estas polémicas son inevitables, porque usted sabe que en nuestros países hay criterios parroquianos sobre el extranjero. Yo no me considero extranjero en ningún país de América Latina, yo soy latinoamericano.

- Pero aquí se le ve a usted como un defensor de Haití. Eso causa resquemores.
- ¡Ah, sí! Pero eso tenemos que arreglarlo. Ese es un problema de América Latina y de allí que yo no tenga por qué limitarme en el caso de las relaciones entre Haití y República Dominicana. Yo en eso sí me siento obligado como latinoamericano y no tengo ninguna contención.

- ¿A Aristide sí le da consejos?
- Converso con él, hablamos mucho.

- ¿Por qué se resiste tanto a admitir que aconseja a algunos de sus pupilos?
- Esa no es la posición de uno. Uno conversa, discute, presenta sus ideas… Pero más nada.

- Pero, por ejemplo, ¿qué lecciones extraería usted del colapso del sistema político venezolano, para compartirlas o con el presidente Mejía o con el presidente Aristide?
- Que los partidos políticos somos los grandes responsables de las tragedias de nuestros pueblos. En Venezuela, Acción Democrática y Copei fueron dos grandes organizaciones populares que tuvieron mucho que ver con la conformación de un proceso democrático y fueron luego los que lo llevaron a la tumba, porque se clientelizaron, se corrompieron. Esa experiencia tiene que presentársela uno a sus amigos en todas partes.

- ¿Y cree que sus amigos están tomando nota de ella?
- ¡Es que tienen que tomar nota, porque en eso se va la suerte de la democracia en América Latina! Y eso se lo acabo de decir en Perú a los apristas y a los partidarios de Toledo: que tuvieron mucho cuidado ahora que están de nuevo reestructurando los partidos políticos.

¿MI OTRO YO?
Puede que para él ya no haya frecuentes baños de multitudes, pero, por otro lado, la estela de su popularidad no se disipa todavía.Los taxistas de la ciudad y los agentes aduaneros del aeropuerto de Las Américas hablan de “mi amigo Carlos Andrés”, y en la costera Punta Cana, hace algunos meses, fue aclamado por cerca de 500 venezolanos que se encontraban en el principal complejo hotelero de la zona. “Fue tan entusiasta el recibimiento”, recuerda extasiado Pérez, “que un columnista que no es precisamente cercano a mí, Asdrúbal Zurita, se hizo eco del hecho en ‘Quinto Día’”.
Se trata, sin duda, de un don llamado carisma. Un don cuyas emanaciones traspasan fronteras y que, en el caso de Carlos Andrés Pérez, en cierto modo lo hermana con otro señalado, el presidente Chávez, cuyas maneras ya dan mucho de qué hablar tanto al ciudadano raso como a los medios de República Dominicana. Cara y revés del liderazgo visceral en Venezuela, algunos rasgos comunes sirven para especular acerca de parentescos y emulaciones.

- ¿Usted da crédito a los analistas que encuentran paralelismos entre el afán de proyección internacional que usted mostraba como presidente de Venezuela y el que tiene el presidente Chávez?
- Yo no tengo ansias de proyección internacional. Ni las tuve. Yo tengo ansias de conformar la integración latinoamericana.

- El presidente Chávez también dice que quiere eso.
- ¡Sí, por eso dicen que se parece a mí! Y es que él tiene ideas que parecen buenas, pero después las retuerce con su mentalidad deformada. Él tiene una indigestión curiosa de Simón Bolívar, Zamora, Simón Rodríguez, pero no tiene ideología, no tiene nada que ver con el marxismo-leninismo, él es militarista.

- ¿Qué otras ideas de Chávez le han parecido buenas?
- Básicamente, que él habla de la integración latinoamericana como un objetivo. Pero luego apoya a la guerrilla colombiana, apoya a los indígenas de Bolivia, apoya a los indígenas de Ecuador… El habla del mar para Bolivia, como yo hablé, pero lo plantea en unos términos controversiales frente a Chile. Él habla de la multipolaridad en el mundo y de una política activa por parte de Venezuela, pero la hace contrahecha, de acuerdo con su propia deformación ideológica.

- Entonces, usted descarta las posibles semejanzas con el liderazgo de Chávez.
- Pero, ¡cómo! Véame: estoy enfrentado a él.

- Usted, con frecuencia, ha estado vaticinando un golpe de Estado contra Chávez.
- No he estado vaticinando un golpe de Estado, sino una implosión del gobierno de Chávez. Y esto no es porque el deseo, o la esperanza de que esto suceda, prive sobre mi raciocinio, sino como producto del análisis objetivo de la situación que impera en Venezuela. La verdad es que éste es un gobierno sin operadores que le permitan atender a la solución de los problemas más graves que afectan al país.

- Pero ante esos problemas se podría decir, tal como suele alegar el presidente Chávez, que son herencia de 40 años de desgobierno, y que dos años no bastan para resolverlos.
- Indudablemente que, cuando él asume el gobierno, lo hace después de una fracasada y estúpida presidencia de Rafael Caldera, que hundió al país en una crisis sin precedentes y que le sirvió de base a Chávez. Pero no hay falacia más infame que esa que pretende presentar los 40 años de democracia representativa como 40 años de desastre para Venezuela. La verdad es que Venezuela fue transformada por la democracia.

- Cuando usted pronostica una “implosión”, más allá de sus dotes como analista, ¿lo hace porque maneja información privilegiada? ¿Mantiene vínculos con la oficialidad venezolana?
- Yo tengo un concepto sinceramente bueno de la formación institucional de los oficiales de la Fuerza Armada venezolana. Y esto me permite afirmar, con plena seguridad de lo que digo, que la inmensa mayoría de la oficialidad está descontenta. Yo, desde luego, conservo buenas relaciones y buen conocimiento de la Fuerza Armada. Pero tenga o no tenga yo esas relaciones, sería de mi parte una cosa insólita que yo pudiera hacer una mención pública de ellas.

- Si este exilio suyo se prolonga algunos años, ¿no corre el riesgo de convertirse, como llegó a serlo Pedro Estrada en París, en un gurú más o menos exótico por quien los venezolanos viajan a consultar algunas cosas?
- ¡Por Dios! ¡Eso es hasta ofensivo! Pedro Estrada era la expresión de la barbarie, no merece ningún recuerdo… Además, yo no estoy exiliado. Yo regreso a Venezuela. Lo que pasa es que estoy esperando el momento oportuno de hacerlo.

- Pero, actualmente, ¿vienen venezolanos a consultarle?
- Siempre. Por eso es que estoy en las cercanías. Hablo con todo venezolano que quiera hablar conmigo.